Mientras esto ocurría en Neghadá, llegó la embajada del Chalit Aher- mesú desde Zoan, ciudad en que se hallaba establecida la sede principal de su reino. Les acompañaba el Audumbla que había dado el consejo de buscar un Kobda, para sucederle en el gobierno de sus pueblos.
Traían amplios poderes para investir al heredero de todos los derechos y prerrogativas inherentes a esa designación, caso de aceptarla, y para llevarle con ellos a Zoan, por si era posible alcanzar vivo aún al anciano Chalit.
El Alto Consejo de la Casa de Numú recibió a los embajadores con toda la delicadeza acostumbrada y entraron a tratar el asunto.
–Nuestro Chalit, a quien Numú sea propicio, está para emprender el viaje de la media luna y hemos tenido aviso de lo Alto, de que aquí debe buscarse el que ha de sucederle en el gobierno del pueblo.
–Entre nosotros hay varios que, a su vez, tuvieron aviso de que en sus destinos estaba marcado el ser mandatarios de pueblos –contestó el Pharahome–. Mas no sé el caso presente, a cuál de ellos pertenece.
–Numú ha señalado a este –dijo colocando sobre el pecho de Bohindra el sagrado alfiler de plata, cuya cabeza era un cordero echado sobre un rollo de papiro semidesenvuelto.
Bohindra nada contestó, pero su rostro se puso intensamente pálido. – ¿Sabe este Kobda el secreto magnético de las plantas y domina con la música las enfermedades de los hombres? –preguntó el Audumbla, de pie todavía junto a su elegido.
–Así es –contestó el Pharahome–. Ha recibido del Altísimo esos grandes dones.
–Podéis tratar con él vuestro negocio –dijo el Audumbla a los em- bajadores del Chalit, retirándose a un lado, porque juzgaba haber ter- minado su cometido. Este Audumbla había sido dos veces Kobda en vidas anteriores y teniendo un considerable desarrollo en sus facultades psíquicas, había ido con nueve Kobdas más, como fundador de la Casa de Numú que existía en un valle del Tronador en el Altái (*alusión al río Indo de la India), desde tres siglos atrás. Este ser, destinado a las duras pruebas de los grandes misioneros del Amor Eterno, en siglos futuros debía sufrir todo el dolor de que es capaz el ser humano en una sola vida, bajo el nombre de Job, en el país de Idumea.
–Quiero y pido que estén presentes el Pharahome y estos otros Kobdas, mis hermanos –respondió Bohindra, cuando vio que los siete enviados del Chalit lo rodeaban.
Se establecieron, pues, las bases sobre las cuales contraía Bohindra los solemnes compromisos de gobernar los pueblos del País de Ahuar, sin abandonar la Casa de Numú, donde tendría su sede principal, si bien existiría en Zoan un Consejo autorizado por él, para atender a las necesidades del momento y adonde se comprometía a trasladarse cada dos lunas.
La distancia era relativamente corta, pues Zoan estaba separada de Neghadá sólo por el Delta del Nilo, y el viaje podía hacerse fácilmente navegando por los canales del caudaloso río o por la costa del Mar Gran- de, ya que ambas ciudades eran puertos bastante importantes para la navegación de aquella época.
La embajada quiso enterarse si para el caso de muerte de Bohindra, se comprometía a dar al país un heredero.
–Espero la voz del Altísimo, que me hará comprender si debo tomar esposa para dejar al país un hijo mío, o si haré lo que este Chalit y bus- caré un sucesor entre mis hermanos los Kobdas –contestó serenamente el futuro Chalit del país de Ahuar.
Los embajadores estaban encantados, y colocaron sobre la mesa cen- tral de la sala, la lámina de piedra en que el anciano Chalit Ahermesú había grabado su última voluntad y donde Bohindra estampó su nombre con un punzón de cobre y de plata que le prestaron para ello:
“Bohindra de Otlana”
El pacto estaba terminado y el nuevo Chalit debía salir al día siguiente para hacerse conocer del pueblo, antes de que se divulgara la noticia de la muerte del anciano Rey.
Los Kobdas del Alto Consejo y el Pharahome abrazaron tiernamente a Bohindra, por el gran amor que había demostrado a la Casa de Numú; de la cual no quería separarse ni aun para ocupar el trono, al cual le obligaban a subir los acontecimientos.
Quiso llevar consigo a Zahín y los jóvenes Kobdas de la última consa- gración, entre los cuales se encontraba Aldis, para no dar a éste la nueva tortura de una separación, cuando él apenas había conseguido resignarse a los grandes dolores pasados.
–Conviene asimismo que estos jóvenes –decían los del Alto Consejo–, den un postrer vistazo a la vida del exterior, antes de iniciar sus tareas disciplinarias del pensamiento en busca de la quietud espiritual. Además que, dada la época que atravesamos, comienzo de una era nueva, sabemos que se acerca la hora en que los Kobdas todos seremos removedores de la tierra donde el Verbo de Dios sembrará su semilla.
El Kobda Zahín era el gran ayudante de Bohindra y tocaba el laúd con gran sentimiento, pues su espíritu era igualmente sensible a la armonía, y tenía además la facultad de emitir con extraordinaria
abundancia, el fluido necesario para las manifestaciones plásmicas a largas distancias.
El Kobda Zahín sería siglos después, aquel Rey hebreo que tocando la lira cantaría sus Salmos divinos, como quejas de su arrepentimiento profundo; aquel doliente David del pueblo judío, y el Othoniel de los jardines de Mágdalo, cuando el Cristo caminaba por la Tierra.
Cuando llegaron a Zoan, el anciano Chalit aun vivía y tuvo la inmensa felicidad de estrechar sobre su corazón, la bronceada cabeza del joven Kobda que iba a sucederle. Zahín y los jóvenes Kobdas que le acompa- ñaban formaron un compacto círculo en torno al lecho del anciano, al pie del cual habían hecho colocar una gran pilastra de agua rodeada de plantas acuáticas y sensitivas. Bohindra sentado sobre el mismo lecho en el centro del círculo, pulsó su lira como solía hacerlo cuando se trataba de reanimar un organismo humano, próximo ya a la desintegración.
Desde luego que los efectos no fueron tan maravillosos como en aquel jardín del reposo, donde había acumuladas fuerzas vitales benéficas desde tantos años, pero fueron lo bastante para calmar los dolores que el enfermo padecía, y para llenar su espíritu de la paz y la serenidad necesarias para emprender el viaje conscientemente y despertar con lucidez en el plano espiritual. El anciano vivió seis días más, que em- pleó en dar a su sucesor las instrucciones necesarias para el acierto en su gobierno.
Antes de que su espíritu se libertara, y rodeado por Bohindra y sus compañeros, tuvo la visión de su futuro lejano y se vio joven, junto al hombre justo de los ojos dulces de mirar profundo, que le decía: “Arjuna, no cometáis jamás el delito de la separatividad porque todo es uno en el gran seno de Atmán”.
Y luego se vio sobre un blanco y fogoso corcel, al frente de un nume- roso pueblo que daba vueltas y más vueltas en torno a una ciudad de torreados muros, los cuales caían desmenuzados como arena que des- morona el viento. Era Josué desmoronando los muros de Jericó, con la irresistible fuerza de la onda simpática formada por el paso acompasado del pueblo y el acompasado sonar de trompetas y clarines.
Y aun se vio en un brumoso lejano, cargado de años y envuelto en pobrísima indumentaria, casi como un harapo, dominando a un pequeño dragón de larga cola entre la cual se estrujaban millares de hombres, de quién sabe qué región de la tierra.
Cuando Bohindra vio que se acercaba el momento de expirar, se le acercó y besándole en la frente le dijo: –Partid tranquilo, padre mío, pensando que el hijo que dejáis en vuestro lugar, no torcerá el rumbo que disteis a vuestro pueblo. Que el Altísimo os cobije en su seno.
a la vida física con la suavísima calma emanada del amor fraterno, al- truista y puro que le rodeaba.
El embalsamamiento de los cadáveres, tan sólo era conocido en aquel entonces por unos pocos y escogidos cultores de la Ciencia Oculta, que se generalizó en épocas posteriores. Lo más común era poner el cadáver en una caja de piedra, en la forma encogida en que se encuentra el niño en el seno materno. “Para bajar a la madre tierra, decía la vieja costum- bre, el hombre sin vida debe adoptar igual posición que en el seno de su madre carnal”.
El cadáver del Chalit fue colocado en su caja mortuoria con todos los objetos de su uso particular, como vasos, platos y utensilios de plata, cobre y oro que había usado durante sus últimos años; y pasadas las exequias fúnebres, el Kobda Chalit recibió de manos del Audumbla, en- tre la muchedumbre que le aclamaba, el dorado casco, especie de tiara, cuya terminación era la cabeza de una grulla con su copete de plumas levantado en abanico, finamente cincelado en cobre y plata.
La primera acción ejecutada por el nuevo Chalit, fue bajar a los cala- bozos y poner en libertad a los detenidos, pues Ahermesú le dijo al morir que durante su enfermedad, habían ejercido venganza sus guerreros y sus hombres de gobierno, de lo cual estaba enterado por una anciana de su servidumbre. Formó un nuevo Consejo de Estado, que lo reempla- zaría a su satisfacción durante sus ausencias y puso al frente al mismo Audumbla que le trajo desde Neghadá.
–Quiero que sea el amor quien gobierne todos estos pueblos –dijo al nombrar el nuevo Consejo–, y seré inflexible para toda iniquidad cometida por los fuertes en contra de los débiles.
Y al alejarse su barco de la orilla llena de numeroso pueblo, tomó su lira de oro y su alma, hada blanca de amor y de esperanza, se desbordó en una inmensa oleada de armonía que parecía llenar de luz las olas del mar y de las almas de los que, apiñados en la costa, le escuchaban.
Aquel hombre había conquistado en pocos días el inmenso amor de su pueblo. Dormido poco después en la popa del barco que le volvía a Neghadá, pasaron por su espíritu ensueños divinos y grandiosos, las tragedias de hombres y dioses que en la “Eneida” cantaría siglos más tarde, Publio Virgilio Marón; y la “Divina Comedia” del proscrito de Florencia de los tiempos modernos, desfilaron por el campo luminoso de aquella mente, habituada a las creaciones sublimes de epopeyas de amor, solamente realizadas en su mundo de origen, la sonrosada Venus, el planeta por excelencia de la Armonía y del Amor.
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