XVI. CAMINO DE JERUSALÉN
8. EL BUEN SAMARITANO Lc 10, 25-
Es muy probable que el Señor propusiera esta nueva parábola a la salida de Jericó, en el camino que sube a Jerusalén a través del desierto de Judá (Lc). Con mucha frecuencia el Maestro utilizaba las cosas que veía para impartir enseñanzas más profundas y misteriosas acerca del Reino que estaba a punto de llegar: así, utiliza el agua del pozo de Jacob para referirse a la gracia, el pan para hablar de la Eucaristía, etc. El camino de Jericó a Jerusalén, donde se producían tantos asaltos de ladrones a los peregrinos, era un buen escenario para la parábola que narrará a continuación. Quizá estén a punto de iniciar el camino. Poco después, san Lucas nos hablará de su llegada a Betania, que se encontraba en esta misma ruta, a poca distancia ya de Jerusalén.
tentarle. Le preguntó algo que todos sabían: Maestro, dijo, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? El doctor respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.
El doctor de la Ley respondió acertadamente, como se esperaba. Jesús lo confirma: Has respondido bien: haz esto y vivirás.
El precepto del amor al prójimo ya existía en la Ley judía, e incluso estaba especificado en detalles concretos y prácticos. Por ejemplo, se podía leer en el Levítico: Cuando hagáis la recolección de vuestra tierra, no segarás hasta el límite externo de tu campo, ni recogerás las espigas caídas, ni harás el rebusco de tus viñas y olivares, ni recogerás la fruta caída de los frutales; lo dejarás para el pobre y el extranjero. Y, después de indicar otras muestras de misericordia, dice el Libro Sagrado: No te vengues y no guardes rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo[252].
Todo estaba claro. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo en relación al alcance del término prójimo. No se sabía a ciencia cierta si se refería a los del propio clan familiar, a los amigos, a quienes pertenecían al pueblo de Dios… Había respuestas para todo. Por eso, el doctor de la Ley le pregunta a continuación al Señor: ¿y quién es mi prójimo?, ¿con quién debo tener esas muestras de amor y de misericordia? Esta era la cuestión debatida en las escuelas de la época.
Jesús responderá con una bellísima parábola: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Este es mi prójimo: un hombre, un hombre cualquiera, alguno que tiene necesidad de mí. No hace el Señor ninguna especificación de raza, amistad o parentesco. Nuestro prójimo es cualquiera que esté cerca de nosotros y tenga necesidad de ayuda. Nada se dice de su país, ni de su cultura, ni de su condición social: homo quidam, un hombre cualquiera.
En el camino de la vida encontramos a gente herida, despojada y medio muerta, del alma y del cuerpo. La preocupación por ayudar a otros sacará al hombre de bien de su camino rutinario, del propio egoísmo, y ensanchará su corazón para preocuparse del que tiene necesidad de ayuda. En el camino diario es posible encontrar a gentes doloridas por falta de comprensión y de cariño, o que carecen de los medios materiales más indispensables; heridas por haber sufrido humillaciones que van contra la dignidad humana; despojadas, quizá, de los derechos más elementales…
El Señor hace desfilar por la parábola a dos personajes que pasaron de largo: un sacerdote y un levita. Volvían seguramente a casa después de haber terminado su turno en el Templo. En ellos está concretada la piedad cultual de entonces.
previsto. Pero no tenían tiempo, no querían complicarse el viaje… No hicieron un nuevo daño al hombre malherido y abandonado, como terminar de quitarle lo que le quedaba, insultarle, etc. Iban a lo suyo y no quisieron complicaciones. Dieron más categoría a sus asuntos, importantes o no, que al hombre necesitado.
Continuó el Señor: Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino, lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta[253].
Jesús ha querido intensificar la parábola con la figura del samaritano. Este, a pesar del gran distanciamiento que había entre ellos y los judíos[254], enseguida se dio cuenta de la desgracia, y se movió a compasión. Es necesario, en primer lugar, querer ver la desgracia ajena, no ir tan deprisa en la vida que pueda justificarse con facilidad el pasar de largo ante la necesidad y el sufrimiento.
La compasión del samaritano no es mero sentimentalismo. Por el contrario, pone los medios para prestar una ayuda concreta y práctica. Lo que lleva a cabo este viajero no es, quizá, un acto heroico, pero sí hace lo necesario. Ante todo, se acercó; es lo primero que se debe hacer ante la desgracia o la necesidad: acercarse, no verla de lejos. Luego, el samaritano tuvo las atenciones que la situación requería: cuidó de él. El amor al prójimo es práctico y se demuestra en las obras. Se manifiesta llevando a cabo lo que se deba hacer en cada caso concreto.
El amor hace lo que la hora y el momento exigen. No siempre son actos heroicos, difíciles; con frecuencia son cosas sencillas, pequeñas muchas veces. Los quehaceres de este buen samaritano pasaron por unos momentos a segundo término, y sus urgencias también; empleó su tiempo y su dinero, sin regateos, en auxiliar a quien lo necesitaba[255].
Preguntó entonces el Señor al doctor de la Ley: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los salteadores?
En la pregunta, Jesús ha invertido el orden: ¿… quién fue el prójimo de aquel…? ¿Quién se comportó como prójimo? El concepto de prójimo es correlativo, exige dos términos. Y Jesús no quiere contestar quién es mi prójimo, sino quién se comportó como prójimo de aquel necesitado.
Concluye la parábola con una palabra cordial dirigida al doctor: Pues anda, le dice, y haz tú lo mismo. Sé prójimo inteligente, activo y compasivo con todo el que te necesite[256].
9. EN BETANIA
Lc 10, 33-42Jesús dejó Jericó y reemprendió el viaje a Jerusalén (Lc). Pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad se detuvo en casa de unos amigos de Betania[257]: Marta, María y Lázaro. Jesús amaba entrañablemente a estos hermanos, y allí recaló muchas veces buscando un poco de paz y de descanso. Entre aquellos amigos se encontraba el Señor a gusto. Le trataban siempre bien, y es recibido cualquier día y a cualquier hora con alegría y afecto. Decir hoy Betania en el mundo cristiano es hablar de hospitalidad[258].
En Betania fue muy bien recibido, como siempre. Después, quizá al día siguiente, se encaminó a Jerusalén.
En este clima de amistad, las hermanas se desenvuelven con naturalidad y sencillez, y muestran actitudes diversas. Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa; parece la mayor (san Lucas dice: una mujer llamada Marta le recibió en su casa), y es la que se ocupa con todo esmero de atender al Señor y a los que le acompañan; el trabajo debía de ser abundante. Atender a un grupo tan numeroso, aunque le hubieran avisado con cierta antelación, no era tarea fácil. Y Marta se ocupaba con eficacia en preparar lo conveniente.
María, en cambio, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra desentendida de los preparativos de la comida.
Es muy posible que Marta, ante la urgencia y el aumento del trabajo doméstico, prestara mayor atención y estuviera más preocupada de sus quehaceres que del Señor mismo. Además, parece como si María, sentada a los pies de Jesús, le irritara. Por eso, poniéndose delante, dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude.
Dile… Tiene tanta confianza con el Maestro que parece mandarle a Él: Dile… ¿Nada te importa…? Estas palabras suponen una gran amistad con el Maestro y enseñan a tratarle con confianza[259].
Podemos imaginar fácilmente a Jesús dirigiéndole esta afectuosa reconvención: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola es necesaria. Así pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.
Es como si le dijera: Marta, estás ocupada en muchos menesteres, pero te estás olvidando de Mí; estás desbordada por muchas tareas necesarias, pero estás descuidando algo más esencial.
Jesús no hace una valoración de toda la actitud de Marta ni tampoco de todo el comportamiento de María. Cambia con hondura la cuestión y apunta a algo más fundamental: a la actitud interna de Marta; tan metida está en el trabajo y anda tan preocupada por él, que se llega casi a olvidar de Su presencia en aquella casa. El trabajo de Marta, y cualquier otro, lejos de ser obstáculo, ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con el Maestro, que es lo más importante, lo necesario.
En Betania estuvo Jesús poco tiempo. Quizá al día siguiente marchó a Jerusalén. Muchos autores piensan que llegó a la ciudad para la fiesta de Pentecostés, que aquel año 28 cayó a mediados de junio[260].