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EXIGENCIAS DE LA VOCACIÓN Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-

XVI. CAMINO DE JERUSALÉN

6. EXIGENCIAS DE LA VOCACIÓN Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-

Muchos pequeños acontecimientos, preguntas, respuestas, etc., tuvieron lugar mientras caminaban. A veces eran comentarios de los discípulos (mira, Señor, ¡qué edificios y qué construcciones!), o discusiones entre ellos (¿qué es eso que veníais hablando por el camino?), que el Maestro aprovecha para enseñar y formar a los suyos; en ocasiones impartía su doctrina según las circunstancias: las peticiones de las gentes, la peregrinación a una fiesta… Muchas veces, nos dicen los evangelistas, Jesús estaba de camino. En Cafarnaún, después de un tiempo, dirá a sus discípulos: Vayamos a otra parte. Su casa era con frecuencia el camino, la cima de un monte, la popa de una barca o

la sombra de un árbol.

San Lucas nos presenta aquí a tres personas que quieren seguir a Jesús como discípulos suyos. El primero se acerca a Él precisamente mientras iban de camino. San Mateo nos dice que era un escriba, un hombre culto[246]. Su disposición parece muy buena: Te seguiré dondequiera que vayas, le dice. Pero el Maestro le expone el género de vida que le espera si le sigue, para que luego no se llame a engaños. La misión de Cristo es un ir y venir constante, predicando el evangelio y dando la vida eterna, y no tiene donde reclinar su cabeza. Así ha de ser la vida de sus discípulos: desprendidos de las cosas y con una disponibilidad completa. Han de vivir como el que está siempre de camino, sin instalarse en la comodidad. La Carta a los Hebreos lo recordará a los primeros cristianos: puesto que no tenemos ciudad estable y buscamos la ciudad futura[247], hemos de vivir como peregrinos y huéspedes sobre la tierra[248]. El Señor lo advirtió a sus íntimos en la última noche antes de su muerte: en el mundo, pero no del mundo. Amando las cosas de esta tierra, pero como el que está de paso y luego ha de dejarlas.

A otro discípulo es el mismo Jesús quien le invita diciéndole: Sígueme. Y este quiere, pero no inmediatamente; no se le ve del todo decidido, piensa en un tiempo más oportuno, porque le retiene un asunto familiar. No comprende que, cuando el Señor llama, ese es el momento más oportuno, aunque aparentemente, miradas las cosas con ojos humanos, puedan aparecer razones que dilaten la entrega para más adelante. Dios tiene unos planes más altos para el discípulo y para los que, al parecer, saldrían perjudicados por su marcha. Tiene dispuestas desde la eternidad las cosas para que de ello resulte el bien de todos.

El tercero (solo Lucas lo menciona) quiere volver atrás para despedirse. Quizá quiere estar un tiempo más, el último, con su familia. Pero la llamada del Maestro urge, porque la mies es mucha y los operarios, pocos. Y hay mieses que se pierden porque no hay quien las recoja. Entretenerse, mirar atrás, poner «peros» a la entrega, todo es lo mismo.

Además, la nueva labor del llamado es como la del arado palestino[249], que es difícil de guiar y todavía más en la tierra dura del lago de Genesaret, y exigía una gran atención. La faena de arar, como la del discípulo, exige una plena dedicación a la tarea. No se puede mirar atrás después de haber puesto la mano en el arado, después de la llamada del Señor[250].

Mirar atrás, con nostalgia o tristeza, puede significar en muchos casos romper el arado contra una piedra, o por lo menos que el surco salga torcido.

Nada nos ha dejado escrito el evangelista sobre la respuesta que estos dieron al Señor. Ha querido dejarnos sobre todo estas enseñanzas, aplicables a toda llamada de Dios.

7. ENVIADOS A PREDICAR

Mt 10, 5-16; Mc 6, 7-13; Lc 10, 1-12

Jesús había elegido a los Doce hacía ya algunos meses, y estos escuchaban su doctrina y eran testigos de sus milagros. No hicieron en este período nada especial; acompañaban al Maestro. Un tiempo después, cuando ya conocían lo esencial, el Señor los envió para que llevaran a cabo su primera misión apostólica, y les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Les encargó predicar el Reino de Dios.

Es posible que Jesús los enviara en otras ocasiones, pero los evangelistas solo hablan de esta misión[251]. Y lo hizo, conmovido por la situación en que se encontraban las gentes: Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Llegaban en un estado verdaderamente lamentable. Era un pueblo abandonado por sus guías. Fue entonces cuando dijo a los discípulos: la mies es mucha, pero los obreros, pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Parece como si el Señor sintiera la urgencia de llegar a muchos más de los que Él podía físicamente atender.

Les dio indicaciones concretas de cómo habían de comportarse y a quién dirigirse. En primer lugar, deberían ir solo a los judíos: no a los gentiles, ni siquiera a los samaritanos, sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel, al rebaño perdido y sin pastor.

Partirían de dos en dos. ¿Quién iría con Judas? Es posible que le acompañara el otro Simón, aquel que Mateo empareja con él en la lista de los Doce… No nos imaginamos a Judas predicando la cercanía del Reino de Dios. ¿Hablaría con entusiasmo de Jesús? ¿Qué significado tendría para él la misión? ¿Se habrían abierto ya las primeras grietas en su llamada?… Es posible, pues un poco más tarde, Jesús dirá: uno de vosotros es un diablo (Jn). Debió de ser emocionante para todos expulsar demonios.

¿Qué dirían a la gente? ¿Qué enseñarían? La muchedumbre preguntaría con insistencia si había llegado ya el Mesías. Harían también preguntas disparatadas. Todos en Israel esperaban al Cristo con impaciencia. ¿Qué responderían? Tal vez se quedarían algo cortados, pues todavía habrían de pasar unos meses antes de que el Espíritu Santo revelase a Pedro en tierras de Cesarea de Filipo que Jesús era el Hijo de Dios. Y, cuando lo afirmó Pedro, Jesús les ordenó que no dijeran aún a nadie que Él era el Cristo, pues el pueblo tenía una idea errónea acerca del Mesías. Así pues, no formaba parte de esta primera misión el declararlo. Aún no podían dar respuesta a todas las preguntas. Y si hubiesen empleado expresiones como Moisés dijo, pero Jesús dice, si hubiesen asegurado que su Maestro era mayor que el Templo y Señor del sábado, el pueblo les habría arrojado piedras.

serias dificultades para comprender en qué consistía este nuevo Reino que estaba a punto de llegar. Incluso después de declarar Jesús que iba a construir su Iglesia sobre Pedro, encontramos a los apóstoles discutiendo entre ellos, camino de Cafarnaún, acerca de quién sería el más grande en el Reino. Y en la Última Cena volverán a discutir sobre lo mismo. No parece que después de tanto tiempo junto al Maestro hubiesen calado en su verdadera naturaleza. Incluso después de la Resurrección aún le preguntarán: ¿Vas a instaurar ahora el Reino de Israel? Solo después de la Ascensión, el Espíritu Santo les hará comprender lo que el Señor les predicó con tanta insistencia: la naturaleza universal y espiritual del Reino de Dios, de su Iglesia.

Ahora comprendían la necesidad de un cambio profundo en el corazón. De esto sí predicarían, y también hablarían con entusiasmo de la Persona de Jesús, repetirían enseñanzas que habían oído a su Maestro… Quizá el Señor se hubiera sonreído al escucharlos. El Maestro les había dicho que predicaran, y quizá lo harían en las sinagogas. Y probablemente obrarían milagros: Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad los demonios (Mt). Jesús les había transmitido en buena parte sus propios poderes.

San Lucas nos da noticia del envío en otra ocasión de setenta y dos discípulos en una misión semejante. Y cuando volvieron, llenos de gozo, decían: ¡Hasta los demonios se nos someten en tu nombre! Y Jesús, en aquella ocasión, se contagió de su entusiasmo y, lleno de alegría, exclamó: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc). La soberanía del demonio estaba llegando a su fin.

De esta primera aventura, que debió de ser apasionante, los evangelistas no nos han dejado ningún detalle. Contarían al Maestro mil pequeños sucesos. Y Él los acogió una vez más con toda comprensión.

8. EL BUEN SAMARITANO