XVI. CAMINO DE JERUSALÉN
3. LAS LÁGRIMAS DE UNA PECADORA Lc 7, 36-
En una de estas ciudades en el camino a Jerusalén, quizá en la misma Naín, le invitó un fariseo, de nombre Simón, para que comiera con él, y Jesús aceptó. Simón y los asistentes al banquete sentían mucha curiosidad por Jesús. Y debió de ser grande el interés, pues Simón había invitado a Jesús con insistencia –tal es la traducción literal del texto– para que fuera a su casa. El Maestro no descartaba las invitaciones. En esta ocasión acudió a casa del fariseo.
Había también en la ciudad una mujer pública, una prostituta, conocida por todos como tal[233]. Esta mujer ya había oído al Señor, sin duda, y se había sentido movida a cambiar de vida. Estaba hastiada de sus pecados. Y se habría sentido impresionada por las palabras y por la actitud misericordiosa del Maestro con los pecadores. ¡Él no era como los fariseos, que despreciaban a las gentes impuras y desconocedoras de la Ley!
Simón no mostró mucho aprecio al Maestro cuando llegó a su casa y comenzó el banquete. Ni siquiera tuvo con Él las muestras de deferencia normales en estos casos. El fariseo guardaba distancias; no era ciertamente uno de sus discípulos.
Jesús está sin sandalias, reclinado sobre un diván y con el brazo izquierdo apoyado en la mesa; está con los pies desnudos, retirados hacia afuera, hacia el pasillo libre para el paso de los sirvientes.
En un momento de la comida sucedió algo inesperado y terrible para el anfitrión. De pronto, una mujer, que nadie supo de dónde había salido, entró en la sala y se puso detrás de Jesús, arrodillada a sus pies, llorando. Entonces comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume. No fue cosa de un instante, pues todo esto requería su tiempo. Los invitados estaban desorientados.
Era algo insólito que una mujer irrumpiera así en la sala de un banquete, donde se reunían solo los hombres. Pero el escándalo creció cuando los comensales la reconocieron: era una mujer pública conocida en la ciudad. Lo que sucedió en el corazón de esta mujer se conoce por las palabras posteriores del Señor: amó mucho. Muestra que profesa a Jesús una veneración sin límites. Se olvidó de los demás y de sí; solo le importaba el Señor. Tenía mucha necesidad de perdón, de sentirse comprendida y
acogida en medio de su gran miseria moral; deseaba cambiar. Todo lo demás le importaba muy poco. Y lo que pudieran pensar Simón y sus amigos nada, o casi nada.
Quizá su primera intención fue solo derramar sobre los pies de Jesús el perfume que llevaba en el frasco de alabastro y salir enseguida de la sala. Pero, sin poderse contener, se abrazó a los pies del Señor y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas hasta los pies de Jesús, que, lleno de comprensión, la contemplaba en silencio. Después, el amor incontenible de la pecadora hizo algo difícil de entender en una mujer de aquel tiempo: se quitó el velo, se soltó los cabellos sin pensar que estaba delante de hombres, que verían en esto un gesto inmoral, y comenzó a secar con ellos los pies mojados con sus lágrimas. Los besó muchas veces; después, vertió sobre ellos el perfume.
Se originó un silencio tenso. La mujer no dijo una palabra, ni nadie se atrevió a decirla. Pero el escándalo estaba en el corazón de todos. Simón contemplaba la escena y despreciaba en su interior a la mujer, como pecadora pública, y también a Jesús, que permitía la situación. Se sentía un poco juez de lo que estaba sucediendo. Pensaba que el Maestro, al que tanto había insistido y del que tanto se hablaba, era un hombre de poca talla sobrenatural: Si este fuera profeta –piensa–, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora. Todos lo sabían.
Jesús, como si todo fuera perfectamente normal, se dirigió entonces al dueño de la casa: Simón, tengo que decirte una cosa. Y este, hipócritamente, le contestó: Maestro, di. El Señor le puso una comparación sencilla: dos personas deben a otra un dinero: una, quinientos denarios y otra, cincuenta. Como ninguno de los dos puede pagar, el prestamista se los perdona a ambos. ¿Quién le estará más agradecido? La respuesta era lógica: le deberá amar más aquel a quien le condonó una deuda mayor. La parábola se convirtió entonces en una gran alabanza de la mujer pecadora.
Jesús, mirando a la mujer –en realidad se dirige a todos, sin dejar de mirar a la mujer–, le dice a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pero ella, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Y terminó con estas palabras: Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho.
Y añadió, invirtiendo el orden lógico de la frase: Aquel a quien menos se perdona menos ama[234]. Y enseña que incluso el pecado, cuando va acompañado de una verdadera contrición, puede ser fuente de un mayor amor[235].
La mujer quedó llena de gozo, y también un tanto desorientada en medio de los hombres. El Señor la miró de nuevo y le dijo: Tus pecados quedan perdonados. Nunca había imaginado tanto.
hasta perdona los pecados? ¡El Maestro se había atrevido a perdonar los pecados! ¡Solo Dios podía perdonar las culpas! El escándalo por esta cuestión fue mucho mayor que por la entrada de la mujer en la sala.
La mujer estaba ahora bastante asustada. Era la verdadera protagonista del banquete. Jesús hubo de decirle de nuevo: Tu fe te ha salvado; vete en paz. Se levantó, miró al Maestro y se marchó. Salió de la sala con el alma nueva y una alegría sin límites. Desde aquel instante comenzó una existencia distinta. Quizá dejó aquella ciudad para poder rehacer de nuevo su vida. Había nacido en ella un amor limpio y grande que no hubiera sospechado que pudiera existir.
Ahora el silencio se hizo aún más denso: Simón y sus amigos no habían quedado en buen lugar cuando el Señor les acusó públicamente de falta de hospitalidad. Pero luego el Maestro había hecho algo peor: ponía a aquella prostituta por encima de ellos, con un corazón más grande y más digna del perdón que ellos mismos. Estaban desconcertados y no se atrevían ni siquiera a formular en voz alta sus pensamientos: quién sabía qué respuesta podría darles Jesús. Ellos eran conscientes de las muchas cosas que debían ocultar. El rechazo al Maestro quedó en sus corazones; aparecería más tarde. El banquete quedó bastante deslucido.