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HEMOS VENIDO A ADORARLE Mt 2, 1-

V. LA ESTRELLA DE BELÉN

1. HEMOS VENIDO A ADORARLE Mt 2, 1-

Se presentaron en Jerusalén unos personajes regios, unos Magos, dice san Mateo, que provenían del Oriente. Y preguntaban a las gentes, un tanto desconcertadas al verlos y oírlos: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Y con sencillez explicaban el motivo de sus consultas: Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Ellos pensaban que todo el mundo conocía el nacimiento del Salvador, pero nadie les sabía dar respuesta alguna. Se notaba en su lenguaje y en sus vestiduras que venían de lejos y que habían realizado un largo viaje.

San Mateo, al darnos noticia de este suceso, supone que el lector conoce ya los pormenores del nacimiento de Jesús, y los pasa por alto como algo sabido. Recuerda, sin embargo, el momento –en tiempos del rey Herodes– y el lugar: repite por dos veces que se trata de Belén de Judá, que dista unos pocos kilómetros de Jerusalén, para evitar la confusión con otra ciudad del mismo nombre, menos conocida.

La visita de los Magos tendría lugar después de los cuarenta días de la purificación de María y cumplidas ya en Jerusalén las prescripciones que manda la Ley. Se puede suponer con toda lógica que la Sagrada Familia se había instalado en Belén, en un lugar más confortable que el establo donde se cobijó en un primer momento. De hecho, los Magos la encuentran en la casa, dice el texto; casi puede traducirse en su casa. Podemos suponer que la Sagrada Familia se ha establecido en Belén con ánimo de permanecer allí. Lo insinúa el propio san Mateo cuando nos dice que, después de volver de Egipto, José pensó en quedarse en Belén. Estaba convencido de que el Hijo de David debía crecer en la ciudad de David, donde había nacido, y estaba dispuesto a vivir con exactitud lo que cree que es la voluntad divina. Dios mismo le indicará más adelante sus planes. ¿Cómo iba a dejar a la casualidad lo que más quería en el mundo?[94].

Pero ¿quiénes son estos personajes, que se presentan tan de improviso en la ciudad?, ¿de dónde vienen?, ¿de qué estrella se trata?

El nombre de magos era dado por los medos y los persas a los sacerdotes sabios, muy considerados entre el pueblo y muy solicitados como consejeros de señores y de reyes. Eran hombres dedicados al estudio del cielo y acostumbrados a buscar signos en él. En esas observaciones encontraron un día algo singular: vimos su estrella, su astro,

dicen. Sin duda ha llegado hasta ellos el proselitismo de los judíos de la diáspora, que esperaban el advenimiento del Mesías. La expectación mesiánica se había extendido por todo el Oriente.

Hemos de suponer que estos sabios, además, fueron esclarecidos por una luz interior, que les movió a investigar más aún y, por fin, a seguir esa estrella, que brillaba, quizá para ellos solos, con un fulgor especial[95]. La interpretación literal del texto del evangelio hace suponer que se trata de una estrella que aparece, avanza y se oculta, hasta lucir de nuevo. Esta es y ha sido la opinión popular, y la de la mayor parte de los Padres[96]; algo parecido a la nube de fuego que guiaba a los hebreos por el desierto[97]. Se trataría, por tanto, de un hecho sobrenatural y de una gracia interior especial que movía a estos hombres buenos que también esperaban la Redención. Parecía como si la estrella invitara a seguirla[98].

Señalemos aquí, aunque solo sea de paso, cómo el Señor adapta sus gracias e inspiraciones a las disposiciones íntimas y a las circunstancias de aquellos a quienes se digna atraer hacia sí. Más tarde conquistaría Jesús el ánimo de los pescadores de Galilea a través de las redes milagrosamente repletas de peces; de los enfermos, por curaciones; de los doctores de la Ley, por la explicación de los textos de la Escritura…; de estos Magos, dedicados a investigar el firmamento, por la aparición de la estrella[99].

Los Magos aparecen por vez primera con nombre en un manuscrito del siglo VIII, que se encuentra en la Biblioteca Nacional francesa. En el siglo IX son nombrados como Gaspar, Melchor y Baltasar en un mosaico de Rávena[100]. Las pinturas de las catacumbas representan casi siempre a tres personajes portando uno oro, incienso otro y mirra el tercero. En otras pinturas se ven dos o cuatro. Desde san León Magno y san Máximo de Turín, los latinos han hablado de los tres Reyes Magos. El número de los presentes, aunque no constituye una prueba completa, se ha interpretado como indicio del número de los Magos. La tradición popular arranca ya de Orígenes[101].

En cuanto a si eran o no reyes, se puede afirmar que ningún autor anterior al siglo IV les da expresamente este título. Herodes no los trató como a tales, tampoco como a mercaderes.

Muy pronto la inesperada noticia que traían los Magos corría de boca en boca, y llegó enseguida a oídos del monarca. Y, al oír esto, el rey Herodes se turbó, y con él toda Jerusalén. Los motivos de la turbación son bien distintos. El soberano, cercano ya a los setenta, había reinado treinta años en medio de intrigas y violencias, y era detestado por la mayoría de sus súbditos por su conducta, por su poder despótico y por su falta de religiosidad, que tanto importaba a los judíos celosos. Había vivido pendiente del menor atisbo de un competidor del trono, para eliminarlo. Y en aquel tiempo estaba muy difundida la esperanza de la pronta venida del Mesías, concebido a la manera de un nuevo rey más grande que David.

También los habitantes de Jerusalén tenían sus razones para turbarse. De un lado, la posibilidad de la pronta realización de estas esperanzas mesiánicas que hacían latir los corazones; de otro, el temor a la cólera de Herodes, tantas veces puesta de manifiesto, que haría todo lo posible por suprimir a cualquier posible competidor de su trono y de su corona. Escribe san Mateo que se inquietó toda Jerusalén. Deja entender que la noticia corrió como la pólvora. No se hablaba en la ciudad de otra cosa[102].

Herodes, simulando tranquilidad, convocó enseguida a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo para saber dónde había de nacer el Mesías. Los consultados respondieron, como por otra parte todo el mundo sabía, que en Belén de Judá, pues así está escrito por medio del profeta (Mt). Los expertos en la Ley comentaron la profecía de Miqueas, interpretada por la tradición judía como indicadora del lugar exacto del nacimiento del Mesías:

Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá;

pues de ti saldrá un jefe

que apacentará a mi pueblo, Israel.

Con estos datos, Herodes llamó en secreto a los Magos y les preguntó más detalles y, sobre todo, el tiempo en que había aparecido la estrella: se informó cuidadosamente, dice el evangelista. Y los envió a Belén, que estaba solo a unas dos horas de camino a paso no muy rápido, para que se informaran bien del niño y le avisaran a él, para ir yo también a adorarle, les dice. Los Magos, sin sospechar nada, se pusieron en camino hacia Belén.

Entonces ocurrió de nuevo algo asombroso: la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Es muy posible que ellos mismos contaran a la Virgen lo que experimentaron ante la nueva aparición de la estrella: se llenaron de inmensa alegría. El texto latino recalca de modo intensivo: gavisi sunt gaudio magno valde[103]. Siempre recordarían aquellos momentos en los que, camino de Belén, volvieron a ver la luz que había sido su guía durante tantos días de viaje[104].

De repente se detuvo la estrella. Y ellos entendieron que allí se albergaba el rey a quien venían buscando desde tan lejos[105]. Y entraron en la casa donde se había instalado la Sagrada Familia.

Como hemos dicho, esta habría realizado algún viaje a Nazaret; quizá solo José. Pueden darse varias razones puramente prácticas para ese viaje: deseo de presentar al Niño a la familia, necesidad de recoger los enseres que se habían dejado, arreglar algún

asunto pendiente. Lo cierto es que cuando los Magos llegaron se encontraban de nuevo instalados en Belén.

Y, entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Se postraron, como correspondía a un rey entre los orientales: es un verdadero homenaje real. Y le adoraron, como a Dios[106].

Todo el contexto anterior y el siguiente señalan que esta expresión –le adoraron– tiene un significado religioso profundo, no solo en el sentido de un saludo respetuoso al modo oriental. El camino tan largo para conocer a este Niño, la aparición de la estrella, el gozo profundo que produce en ellos, los dones tan significativos que le ofrecen… indican claramente que reconocen su divinidad. Parece una visión anticipada de la adoración que más tarde se tributaría a Jesús resucitado. Y en esta visión queda también incluida María, como Madre del Mesías. Así lo han entendido los Padres de la Iglesia. Sin duda recibieron gracias especiales –la gracia debió de correr a torrentes en aquellos días– para que, rodeado de tanta sencillez, supieran reconocer al Rey de los Judíos, al Mesías, Hijo de Dios[107].

Los Magos mostraron enseguida los presentes, como corresponde a la costumbre oriental. Ofrecieron a Jesús una nueva muestra de aquella fe sencilla y generosa: abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. ¿Por qué estos regalos? Porque eran verdaderamente regios y de gran valor[108]. Estos dones tenían, además de su valor material, una significación simbólica, que los antiguos escritores cristianos han indicado con pocas variantes: en el oro han visto simbolizada su realeza; en el incienso, la divinidad; y en la mirra, que solía emplearse también en la sepultura de los muertos, su humanidad.

Es de suponer que aquellos viajeros no se marcharon enseguida, después de tan largo viaje. Contarían a María y a José cómo vieron en Oriente la estrella y cómo sintieron en su corazón una llamada para seguirla, y el encuentro con Herodes y lo que este les había indicado… La Virgen estaría atentísima, pendiente de sus palabras. Y Ella, por su parte, no se limitaría a sonreír, sin decir nada. Les diría que Dios les había conducido a través de la estrella; quizá les hablara de Gabriel y de su mensaje, y del Niño… Les explicaría que era Hijo del Altísimo y que Dios le iba a dar el trono de David, su padre… Porque no es lógico pensar que entraran en la casa y le adoraran y se marcharan, como puede sugerir una lectura poco atenta del evangelio.

Solo María podía encontrar explicación a todo lo que estaba ocurriendo. Entonces recordaría las palabras del ángel: Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

La venida de los Magos y las razones por las que se habían puesto en camino debieron de ser motivo de inmensa alegría para José, cuando María se lo contara (nada

dice san Mateo de su presencia en la adoración de los Magos). Con todo, había algo que les causaría una honda preocupación: el que Herodes hubiera dicho que pensaba venir a adorar al Niño. Herodes era rey desde hacía muchos años y no había un solo judío que ignorase su crueldad.

La estancia de los Magos en Belén duró poco, pero María recordaría siempre aquel suceso. Desde entonces vio a su Hijo, con más claridad aún, como Salvador de Israel y de todos los hombres. Los Magos eran los primeros de los que luego se acercarían a Él a través de los tiempos; gentes de todas las razas y de toda condición[109]. Se hicieron más claras las palabras de Simeón cuando hacía referencia al que has puesto ante la faz de todos los pueblos como luz que ilumine a los gentiles…

El ángel del Señor advirtió a los viajeros que tomasen otro camino para su país. Los Magos obedecieron con presteza y desaparecieron misteriosamente, como habían venido. Estos hombres sabios, escrutadores del cielo, fueron los primeros gentiles llamados a la fe. Por eso, la Iglesia celebró su fiesta desde el comienzo con especial solemnidad[110].

La Sagrada Familia debió de tomar la ruta menos frecuentada: pasaba cerca de Hebrón y llegaba hasta Bersabé, para atravesar luego el desierto de Idumea y cruzar la parte superior de la península del Sinaí. La tradición señala que llegaron hasta Leontópolis (hoy, Heliópolis), al norte de El Cairo, donde había una numerosa colonia judía. La vuelta, muerto Herodes, la realizarían por la vía maris, que pasaba por Gaza y costeaba el Mediterráneo.

2. LA HUIDA A EGIPTO