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EL BAUTISMO DE JUAN Mt 3, 5-12; Mc 1, 1-

VII. EL PRECURSOR 1 Un nuevo profeta.

2. EL BAUTISMO DE JUAN Mt 3, 5-12; Mc 1, 1-

San Juan no solo predicaba la penitencia y conversión, sino que exhortaba a someterse al rito de su bautismo. Unía a su predicación un acto simbólico que subraya su significado y refuerza sus efectos. No es solamente un pregonero público, como le gustaba calificarse (Jn), sino el que bautiza, el Bautista. En Israel ya se conocía el empleo de las abluciones religiosas: se practicaban para admitir a los prosélitos en la comunidad judía; también, y con mucha más frecuencia, en las múltiples purificaciones legales. Pero el bautismo inaugurado por Juan era algo distinto: recordaba a los antiguos profetas y era un rito que formaba parte de su misión.

El bautismo de Juan era un modo de preparar interiormente a los que se acercaban a él y hacerles comprender la inminente llegada del Señor. Sus exhortaciones a la conversión y a una vida recta con el reconocimiento humilde de sus pecados disponían para recibir a Cristo.

El movimiento de gentes originado por el Bautista fue tan general que Marcos y Mateo se atreven a decir que toda Judea, con Jerusalén a la cabeza, se conmovió. El cuarto evangelio nos informa de cómo esta conmoción afectó también a Galilea, puesto que algunos jóvenes de esta región, y hasta del valle alto del Jordán, frecuentaban la escuela del nuevo profeta y figuraban entre sus discípulos más cercanos.

El prestigio de Juan era solo comparable con el de los más grandes profetas. Aún más, Juan los superaba. Su misión alcanzará enorme resonancia en el territorio judío y se prolongará a lo largo del tiempo. Unos lustros más tarde Pablo encontrará discípulos de Juan incluso entre los judíos de la dispersión (Jn y Hch).

3. JESÚS ES BAUTIZADO

Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22

Juan, con su vida austera y su predicación, mantenía al pueblo en suspenso, y provocaba una expectación llena de fervor. Los judíos estaban a la espera de grandes acontecimientos religiosos, y la misión de Juan presagiaba, en efecto, sucesos extraordinarios. Sus palabras daban un nuevo aliento a la esperanza mesiánica y muchos

se preguntaban en su interior si él mismo no sería el Cristo. Pero Juan decía: Yo no soy el Cristo (Jn), y añadía: Yo os bautizo con agua; pero viene quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego (Lc).

Esta declaración, envuelta en cierto misterio, estaba penetrada de una profunda humildad. Con una comparación sencilla se colocaba en el sitio que le correspondía: el que viene –dice– es un gran señor, y los grandes señores tienen siervos para quitarles las sandalias cuando llegan de un largo camino. Yo soy tan poca cosa a su lado que ni siquiera soy digno de servirle de criado. En comparación de él, yo no existo, venía a declarar[129].

Juan no presentaba directamente al Señor, pero lo tenía, sin duda, en el corazón. Al declarar que él no era el Cristo empleaba la misma discreción, y por los mismos motivos que mostrará Jesús para decir que Él sí es el Cristo.

El evangelio no nos dice si hubo algún encuentro anterior entre Jesús y Juan. Los años de juventud de ambos fueron muy diversos, y no parece por los textos –habitaba en el desierto (Lc); yo no le conocía (Jn)– que se hubieran visto antes de estos sucesos.

Toda la vida del Precursor culmina con el bautismo de Jesús. Un día se presentó el Señor entre la multitud. Venía de Galilea para ser bautizado por Juan (Mt), aunque Él no lo necesitaba, pues tenía la plenitud de la gracia.

Cuando Juan vio venir a Jesús sabía que era Él, el Mesías tanto tiempo esperado. Quizá no conocía la divinidad del Señor y su íntima y eminente relación con Dios Padre. Esto le será revelado de modo parcial. Aparentemente, Jesús iba, como los demás, a escuchar su palabra y recibir su bautismo. Lo solicita con modestia, pero el Bautista se negó, diciendo: Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿cómo vienes tú a mí? Y Jesús le replicó: Déjame ahora, así es como debemos nosotros cumplir toda justicia (Mt), es decir, todo lo establecido por Dios Padre. «El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir toda justicia, se manifiesta en la cruz: su bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados del mundo. Estas palabras pueden considerarse como un anticipo de las que pronunciará Jesús en Getsemaní: no se haga mi voluntad, sino la tuya»[130].

Déjame ahora… Estas son las primeras palabras que conocemos de Jesús en su vida pública; están en la misma línea de aquellas que dirigió a sus padres cuando le encontraron en el Templo. A lo largo de los tres años de predicación repetirá de modos diversos que Él ha venido a cumplir la voluntad del Padre.

Y el Señor recibió el bautismo de manos de Juan. Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua (Mt) y se recogió interiormente: estaba en oración, nos indica expresamente san Lucas[131]. Y entonces, mientras dialogaba con su Padre del Cielo, tuvo lugar la manifestación del misterio de la Santísima Trinidad[132]. Esta

escena, junto a la de la Transfiguración, es una de las más bellas de la vida del Señor. Y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Una voz del Cielo atestiguó: Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido (Mt).

Literalmente ha de leerse: Este es el Hijo mío, el amado. Y el Amado, precedido del artículo y unido a la expresión el Hijo, normalmente en la Escritura se refiere al hijo único. Con toda propiedad y fuerza se declara aquí que Jesús es el Hijo de Dios, el Unigénito, Hijo en un sentido distinto a los demás hombres. Por esa filiación poseía la plenitud del Espíritu Santo. Este nuevo descendimiento significa que la Tercera Persona de la Trinidad comenzaba su acción por medio del Mesías. Muchos textos del Antiguo Testamento anunciaban esta especialísima manifestación del Espíritu Santo.

El Señor no necesitaba ser bautizado, como tampoco precisaba de la circuncisión, a la que, sin embargo, también se sometió. El evangelista indica la razón: era la voluntad de su Padre que se sometiese a la Ley, como Él mismo enseñará más tarde.

Los cielos abiertos son el primer elemento de la teofanía; si se abren sobre el nuevo profeta, es un signo de su unión en la intimidad de Dios. A este primer elemento se agregan los otros dos: el vuelo de la paloma, símbolo del Espíritu, y la voz del Padre que sale de lo más profundo.

El testimonio del Precursor, a partir de este momento, será más completo y más apremiante. Ved al Cordero de Dios –escribirá Juan–, ved al Elegido.

Cuando el Bautista comprendió cómo le había sido mostrado el Cristo, pensó quizá que debía él retirarse para dejarle el lugar. Pero Jesús desapareció tan súbitamente como había aparecido, y durante más de un mes, el tiempo que permaneció en ayuno y en oración en el desierto, nadie lo vio, ni probablemente nadie sabía dónde estaba. Juan comprendió que debía continuar su misión.

Jesús quiso comenzar su vida pública a partir del movimiento religioso iniciado por su Precursor. Es tan importante este momento que Pedro exigirá haber acompañado a Jesús desde el Bautismo de Juan para cubrir la vacante dejada por Judas en el Colegio de los Doce (Hch).

Tenía Jesús al comenzar como unos treinta años. Después del Bautismo[133], regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto (Lc).