XVI. CAMINO DE JERUSALÉN
4. LE SERVÍAN CON SUS BIENES Lc 8, 1-
Jesús recorría aldeas y ciudades en este viaje sin prisas hacia Jerusalén. Le acompañaban los Doce y algunas mujeres. San Lucas nos da los nombres de algunas de ellas: María Magdalena[236], Juana[237], mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana… y otras muchas que le asistían con sus bienes. La Virgen se unió en ocasiones a ellas, y las ayudaría a preparar el hospedaje y la comida de su Hijo y de los discípulos.
Este hecho, el tener mujeres como «discípulas» que le siguen, era del todo nuevo en las costumbres y usos de aquel tiempo[238]. Jesús adoptó desde el principio una postura de respeto y de valorar a la mujer, que llamó poderosamente la atención. Los evangelios reflejan el asombro y, a veces, el desconcierto entre los suyos, y con más frecuencia el escándalo de sus enemigos[239].
Las costumbres judías de la época prohibían hablar por la calle con una mujer (aunque fuera de la familia), hacerse acompañar por ellas, ser servido por manos femeninas. Hoy difícilmente nos podemos imaginar hasta qué extremo llegó en el mundo antiguo la situación de la mujer. Desde el punto de vista jurídico era equiparada a un menor dependiente. El marido o el padre era su amo y señor, y la contaba entre sus posesiones[240].
Nunca tuvo el menor reparo en conversar con ellas en público: con la madre de Santiago y Juan, con la samaritana, con la hemorroísa. Tampoco lo tuvo en dejarse servir por ellas, como dice aquí san Lucas (o en el caso de la suegra de Pedro). En sus palabras y en sus actitudes encontramos siempre una gran naturalidad. Su postura desconcertó incluso a los propios apóstoles, quienes se admiran cuando le ven hablar con la samaritana[242].
Precisamente a una mujer, la samaritana, revelará Jesús por vez primera que Él es el Mesías. Marta, hermana de María y de Lázaro, proclamará la divinidad de Jesús. Su hermana, con la unción de Betania, es la primera en darse cuenta del desenlace final de la vida de Jesús… El Señor restituyó a la mujer su dignidad, también dando valor definitivo e indisoluble a la unión conyugal.
Muchas de las protagonistas de las parábolas son mujeres, cosa del todo inusual en los rabinos de la época[243]; o bien habla con estima de mujeres del Antiguo Testamento y las pone como ejemplo. Jesús siempre habló de modo positivo de la mujer, con aprecio, con elogios; a veces, con admiración.
En otras ocasiones, al trato de Jesús con mujeres se añade el agravante –grande para los judíos– de hacerlo con extranjeras, consideradas como idólatras por sus contemporáneos: es el caso de la samaritana o el de la sirofenicia. Siempre se elogia su gran fe. En otras, pone a la mujer como modelo a imitar por los mismos discípulos y por los fariseos; así sucedió con la pobre viuda que echó en el cepillo todo lo que tenía.
En esta actitud positiva no le importó que algunos se escandalizaran fuertemente, Así sucedió, como hemos visto, con la pecadora en casa de Simón. Aceptar este gesto de una mujer de la calle era inaudito para cuantos le rodeaban. Jesús sabía además que este escándalo de los fariseos sería inevitable. Después de aquel suceso comenzaron a acusarle de mezclarse con publicanos y prostitutas. Y Jesús contestará que muchas de ellas y de ellos precederán a los demás en el Reino de los Cielos.
Es significativa la defensa por parte de Jesús de la mujer sorprendida en adulterio. El Señor reconoce que la mujer ha pecado y la trata como pecadora (por eso perdona sus pecados); pero no tolera, sin embargo, el ataque frontal a su dignidad de mujer, que conserva aun después de su falta, ni el castigo inhumano de la lapidación por parte de quienes se atribuían el poder de juzgar y sentenciar. Jesús la defiende contra todos, y la trata con suma dignidad, a pesar de su miseria moral.
Jesús enviará a varias mujeres como primeros testigos del hecho fundamental de su vida, la Resurrección. No eran testigos ocasionales, sino personas elegidas, oficialmente encargadas por Él mismo de testimoniar. Habían ido ellas al sepulcro solo para embalsamar el cuerpo del Señor, y se encontraron con la misión de transmitir la gran noticia a los apóstoles y al propio Pedro. Este hecho es narrado por los cuatro evangelistas.
La mujer cristiana enriquecerá más tarde de una manera singular a la Iglesia y a la sociedad[244].
Se puede afirmar que el cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana, como madre, esposa y hermana, debía desempeñar en la propagación del cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, Lidia y Eunice, madre y abuela respectivamente de Timoteo, etc.