¿La religión mató a Jesús?
Sí, veo, en el proceso y la muerte de Jesús, una salida de Dios fuera de la religión y una entrada de Dios en el mundo profano de los hombres. Esta salida y esta entrada aumentarán incluso en el momento de Pentecostés, cuando el Espíritu «se extiende sobre toda carne», no sólo sobre los judíos sino sobre los paganos, y se profana, por decirlo así, en la carne de todos los hombres, incluidos los impuros. Ésta es, para mí, la Buena Nueva: Dios sale del recinto de lo sagrado donde estaba encerrado. Ya no está confinado en lugares (la montaña, el templo). Ya no nos relacionamos con Él únicamente gracias a sacrificios o a la obediencia de sus leyes. Dios nos libera del peso de la religión y de lo sagrado, con todos los terrores que esto implicaba y todas las servidumbres que suponía.
Esta idea, por supuesto, tardó en germinar, pero está muy presente en los discursos de Jesús, en particular en las parábolas del Reino, que relativizan y reducen a nada el Reino de Dios: es «una pequeña semilla», «una moneda oculta bajo un mueble», «un Reino en medio de vosotros». ¿Cómo os acercáis a Él? Con las acciones cotidianas. Es la noción de que Dios viene ahora allí donde vivimos y a ningún otro lugar. No viene a desalojarnos de donde estamos; sólo exige eso espiritualmente, llamándonos siempre a una mayor libertad.
Ésta es la nueva actitud, que no se puede encerrar en una definición. Jesús se cuidó de no hacerlo. Pero lo esencial está contenido en la relación fraternal con los hombres, que se modela sobre la idea de la relación paternal de Dios con nosotros. Es también la noción de que la muerte ha sido derrotada y que el hombre puede conducir su destino: ya no está sometido a las potencias sagradas, a una multitud de astrologías. Diría incluso que el hombre se puede liberar del culto a Dios. Dios no lo necesita. Por otra parte, nunca lo ha necesitado y no lo reclama. El mejor culto que se le puede rendir es servir al prójimo, amar a los demás, ser justo con todos, tal como hizo el propio Jesús. Éste es el Evangelio, es decir, traducido literalmente, la «Buena Nueva».
¿Podríamos decir entonces que esto es el fin de la religión?
De la religión en el sentido en que la he definido anteriormente. Para mí, la novedad cristiana consiste en que la salvación se efectúa en la vida
profana; no depende del respeto de innumerables preceptos de Dios, sino del servicio que se hace al prójimo. Convertirse en servidor de los demás es el camino del Evangelio. ¿Seguirá siendo una novedad? No lo sé. Se la vivió como tal, creo, en el siglo II: el cristianismo no exhibió un estatus de secta religiosa, sino el de escuela de filosofía: se presentaba como la escuela de filosofía del logos, acentuando los preceptos éticos del Evangelio. También es un mensaje de salvación universal, porque no está ligado a ningún culto y a nadie niega la salvación: se salva todo el que se convierte en prójimo de todo prójimo, conforme lo hizo Jesús. Llegado el caso, esto puede exigir el sacrificio de la propia vida, lo que va muy lejos.
¿UNA RELIGIÓN «MISIONERA»?
Sin embargo, al escucharle, nos planteamos de inmediato una pregunta: ¿Acaso la religión no ha sido precisamente resucitada por el cristianismo, y en particular por la Iglesia?
¡Por supuesto que nosotros también hemos recaído en la religión! Era necesario e inevitable. La religión es la expresión pública y social de la fe. Concede puntos de apoyo y seguridades. Proviene también, a menudo, del miedo. Hemos recuperado el legalismo y el ritualismo que son tan esenciales en las religiones y en la vida concreta de las religiones. Pero Jesús nos enseña su superación, siempre necesaria. El cristianismo mismo necesita siempre ser evangelizado.
La desacralización del mundo de las religiones y el amor al prójimo son pues los dos aspectos indivisibles del mensaje de Jesús. El amor al prójimo es declarado equivalente al amor a Dios, nada hay sobre este mandamiento, no hay un solo precepto que se refiera a un culto específico que se deba rendir a Dios.
¿Podría no existir el culto?
La acción de gracias es el culto esencial. En un principio, los cristianos presentaban de ese modo la «eucaristía»: la acción de gracias (ése es el significado de la palabra) en el momento de compartir el pan y el vino en recuerdo de Jesús. Según ellos, Dios ya no quería sacrificios. La eucaristía reemplazó a todos los cultos antiguos (más tarde, cuando se convirtió en la «misa», se vio en ella otra vez, lamentablemente, una forma de «sacrificio»).
La acción de gracias se expresa, por ejemplo, así: «Damos gracias a Dios por los bienes de la creación y por los bienes de salvación que nos ha dado en su Hijo único, Jesús.» Ireneo de Lyon (hacia el 200) decía que Dios nos dio la eucaristía para que no quedemos como ingratos ante Él, para que tengamos algo que ofrecerle...
Dios nos salva (es decir, nos llama a la vida y a la libertad) gratuitamente, y nosotros mismos entramos en la salvación mediante una gratuidad análoga. Manifestamos esta gratuidad con nuestra actitud hacia el
prójimo. Pero es justo que hagamos subir nuestra acción de gracias hacia Dios. El culto se convierte así en la acción de gracias natural de un corazón que se sabe amado por Dios y llamado a entrar en la intimidad de Dios. Refuerza la sensación de gratuidad que debemos tener en nuestras relaciones cotidianas con los demás.
La religión cristiana ha sido «misionera» mucho tiempo. Siempre es así. ¿Qué debe anunciar hoy, conforme a lo que usted dice?
La propagación de la religión cristiana no tiene otro sentido para mí que el anuncio de la «Buena Nueva» en la forma que he explicado. No tiene sentido difundir el «culto cristiano» porque sea el único camino de salvación. La Iglesia ha ocultado en esto, como en otros puntos, el Evangelio. Es normal, pues una religión -cristianismo incluido- es la expresión colectiva de la fe, con señales religiosas de todo tipo, un culto, «sacramentos». Pero habría que recordar siempre que todo esto adquiere sentido en relación con la palabra evangélica, que es palabra de libertad, de fraternidad, de amor al prójimo, por la cual se difunde el Espíritu Santo, la presencia de Dios entre los hombres.
Sin embargo, hace mucho que la Iglesia se define como el único espacio de salvación: «No hay salvación fuera de la Iglesia...»
En efecto, pero cuando se descubrió la inmensidad del mundo debió abandonar ese lenguaje y buscar otros medios para explicar cómo salva Dios a todos los hombres sin excepción. En la actualidad se tiende a reconocer que las otras religiones también son caminos de salvación. Pero hay que decir cómo. Me parece que habría que decir que no salvan a los hombres con sus cultos y sus ritos: los salvan en la medida en que ense- ñan a los hombres a buscar a Dios y a amar a su prójimo. Este camino evangélico es el salvador e implica que no se oculte la «desacralización» que al cabo supone. No son las religiones las que salvan, sino el amor y la justicia que desencadenan, cuando lo hacen.