Acaba de hablar de la observación de los ritos. ¿Se pueden interpretar los mandamientos o los preceptos?
Por supuesto, y lo ilustraré con un breve relato judío.
Esto sucede en Polonia, en el siglo XIX. Una pobre mujer, a quien debían dinero, se encuentra con que le van a pagar en especies, con un pavo real. Como nunca ha visto uno, va a consultar al rabino para saber si el pavo real es kosher, es decir si es apto para el consumo según la Ley judía. El rabino responde:
-Mi padre, el gran rabino Yankel, siempre ha dicho que no. − ¿Pero entonces qué hago con mi pavo real?
− Déjalo en mi corral, ya me ocuparé. Puedes venir a buscarlo cuando quieras.
El pavo real se integra entonces en el corral del rabino, y la mujer lo va a visitar regularmente. Pero un día llega al corral y ya no hay pavo... Corre donde el rabino:
-Rabi, rabi, ¿qué le ha pasado a mi pavo real?
-¿Tu pavo? ¿Qué pavo? ¡Ah, sí, tu pavo, me lo comí!
− ¿Qué? ¿Te lo comiste? Pero me dijiste que, según tu padre, el gran rabino Yankel, el pávo real no es kosher?
− Es verdad, pero mi padre y yo nunca estuvimos de acuerdo en ese asunto del pavo real...
«Dios creó al hombre a su imagen y semejanza»?
La interpretación clásica consiste en decir: Dios no tiene imagen, el hombre no la tendrá tampoco. Se ve en esta frase una especie de declaración irónica o paradójica. Y, si vamos más lejos, también significa que el hombre no puede decir: «Yo soy», sino, solamente: «Estoy a punto de ser...», «Me convierto en...». Es decir: no estoy encerrado en una definición previa. Muy sencillo: ¡Dios creó libre al hombre!
Pero todas las religiones dicen eso...
Sin duda. Pero me gustaría contarle una historia del Talmud que le mostrará hasta qué punto eso es verdad en la tradición judía.
Se nos enseña que un horno fabricado con tejas recortadas y pegadas con arena no está sometido a las reglas de lo puro y lo impuro. Eso opinaba el rabino Eliezer, pero los otros sabios pensaban lo contrario. El rabino Eliezer presentó todas las posibles refutaciones a los argumentos de los otros rabinos, pero no aceptaron ninguna.
− Si debe prevalecer mi opinión, que ese algarrobo lo demuestre -dijo el rabino Eliezer, y de inmediato el algarrobo, arrancado de la tierra, se desplazó cincuenta metros.
− Un algarrobo no demuestra nada -dijeron los otros rabinos.
− Que esa fuente de agua demuestre que tengo razón -dijo el rabino Eliezer, y en seguida la fuente empezó a manar al revés.
− Nada prueba una corriente -dijeron los rabinos.
− ¡Entonces lo probarán las paredes de esta casa de estudio! Los
muros comenzaron a inclinarse e iban a caer cuando el rabino Yehochoua los increpó:
− ¿Qué os importan las discusiones de los discípulos de los sabios? Las paredes no se derrumbaron, por respeto al rabino Yehochoua; pero tampoco se levantaron, por respeto al rabino Eliezer. Hasta hoy están en esas condiciones. Entonces el rabino Eliezer dijo a los demás sabios:
− Si mi juicio debe prevalecer, los cielos decidirán. En seguida retumbó una voz celestial, que declaró:
-¿Qué tienen que discutir al rabino Eliezer? Su juicio prevalece en todo. Al oír estas palabras, el rabino Yehochoua se puso de pie y gritó:
− ¡Esa voz no está en los cielos! [Deuteronomio, XXX, 12.]
¿Qué quiere decir con eso? La Torah se nos entregó en el monte Sinaí, explica el rabino Yirmiya, y no podemos considerar una voz celestial...
Después de esta movida sesión de la Academia talmúdica, el rabino Nathan se encontró con el profeta Elías y le preguntó qué hacía Dios cuando tenía lugar esta discusión. Le respondió:
-Dios sonreía y decía: Mis hijos me han vencido y tornado eterno...
En esta historia no está en juego lo puro y lo impuro, sino el estatus de la verdad. Se puede sentir simpatía por el rabino Eliezer, pero se equivoca combatiendo por LA verdad. Hay otros criterios, distintos de LA verdad. La democracia, por ejemplo, la opción libre de cada uno, la aceptación de
algunas normas y la sanción provisional de los votos... MITO, RITO Y RITMO
¿Se puede precisar cómo leen e interpretan el texto bíblico los talmudistas? La Biblia -o la Torah (es decir, ante todo, los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio)- está constituida por dos tipos de textos: los que cuentan una o varias historias (las de Abraham, de Isaac, de Jacob, de José y sus hermanos, de Moisés y la salida de Egipto), y los que contienen los mandamientos de Dios, los preceptos, los textos jurídicos, los textos de alianza, etc. A los primeros se llama «narrativos», y «prescriptivos» a los segundos.
No me resulta difícil llamar «mitos» a los primeros. Esta palabra, en su sentido habitual, está devaluada. Se supone que un mito relata «algo que no es verdadero», que no corresponde a algo que efectivamente haya sucedido. Pero todos esos mitos no relatan sucesos en el sentido histórico. Son sumamente verdaderos, sin embargo, pues están llenos de una profunda sabiduría, de significaciones, y uno se puede reconocer en ellos, se puede identificar personal o colectivamente. El mito es una «palabra fundadora de identidad»: el que los lee se ve arrastrado por una dinámica que lo estructura. Llamo ritos a los textos prescriptivos en el sentido de que indican gestos por hacer, ritos por cumplir, tiempos que respetar. La especificidad de la Biblia (la de los judíos talmudistas) es articular los dos tipos de textos, tratar de articular el rito y el mito. Llamo «ritmo» a esa articulación.
Un ejemplo sería útil.
Ya me he referido al combate de Jacob con el ángel en el vado de Yabboq. Jacob recibe allí el nombre de Israel. Quiere marcharse y el ángel lo toca en la cadera. Jacob queda afectado en el nervio ciático y cojo. El texto dice, al término de la historia:
«Por eso los hijos de Israel no comen, hasta hoy, el nervio ciático que está en el hueco de la cadera» (Génesis, XXXII, 33). El rito -no comer el nervio ciático- se convierte así en recuerdo gestual del recuerdo narrativo, el recuerdo del combate con el ángel.
La palabra «rito» insinúa ceremonias o liturgias. Pero aquí parece usted decir que se trata de cosas por hacer, de actos prácticos.
Sí, el judaísmo es una religión del acto, o de los actos, no de la fe. La acción une al hombre con Dios. Un filósofo judío, Martin Buber, vio en esta insistencia la diferencia del sentimiento religioso entre Oriente y Occidente. En todos los libros de la Biblia se habla mucho más de acción que de fe. Pero no de acción sin alma ni de ceremonial vacío de sentido: no, cada acción, por más insignificante que parezca, está de algún modo orientada a lo Divino. En cualquier caso, de la actitud religiosa orientada en primer lugar hacia el acto surge, para los judíos, la Ley ritual.
¿Pero no hay peligro de que el acto o el cumplimiento de la Ley se vacíen de sentido?
Por supuesto. Y siempre ha habido, en el seno del judaísmo, comunidades vivas que protestan contra la observación mecánica de la Ley y para recuperar el cumplimiento del acto animado de vida y unido a Dios.
¿El cristianismo no se apoyó en parte en esta protesta?
¡Sí y no! En tiempos de Jesús había, sin duda, en Israel, en el seno mismo del pueblo y no sólo en comunidades que vivían apartadas, la aspiración a un lazo revivificado con Dios, a una acción más llena de sentido. Me parece que en el corazón del cristianismo más primitivo, en la predicación misma de Jesús, se encuentra ante todo este deseo de renovación de la religiosidad del acto. Pero ese cristianismo en que es central el acto es puro judaísmo... En el capítulo quinto del Evangelio de Mateo, donde comienza lo que se llama el Sermón de la Montaña, encontramos esta palabra de Jesús: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir.» El mensaje de Jesús expresa aquí con claridad la idea de vincular la nueva enseñanza con la antigua: no se trata de una enseñanza inédita, sino de la enseñanza antigua que recupera toda su significación, su carácter original de libertad y de sa- cralidad, contra la regla mezquina de la Ley ritual que la había oscurecido.
Y Jesús agrega, en el mismo pasaje de Mateo: «Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una yod (i) de la Ley sin que todo se haya cumplido.» Es decir, hasta que esa enseñanza del acto se cumpla en toda su pureza, con todo el poder del alma, hasta que el mundo esté santificado y divinizado por un acto verdaderamente incondicional. Creo que ese cristianismo primitivo enseñaba lo que enseñaron los Profetas: el acto (o la Ley, si se prefiere) incondicional.
¿Y le parece que el cristianismo se alejó de esta fuente judía?
Sí, abandonó esta idea de acto, que se encarna en los diversos mandamientos de todos los días.
¿De dónde viene la ruptura, concretamente?
Viene de que Pablo reemplaza la Ley judía por la Fe cristiana. Pablo, por ejemplo, habla de la «gracia» que recibe el que tiene Fe. Opone la gracia al «salario», a lo que recibe quien cumplió las obras de la Ley. De este modo pretende fundar la lectura «espiritual» de las Escrituras, opuesta a la lectura «carnal», material, de los judíos. No quiero referirme aquí a las consecuencias que después se extrajeron en el antijudaísmo de la Iglesia y en el antisemitismo moderno. Pero no hay duda de que esa interpretación de Pablo rompe con la tradición de la lectura judía de las Escrituras, que nunca opuso lo «espiritual» y lo «material». Lo que es tanto más paradójico cuanto que el cristianismo afirma que Dios se hizo carne...
Pero la ruptura aún más esencial -también una ruptura con la interpretación de la tradición- es la de la circuncisión: Pablo sencillamente la anula para no imponerla a los paganos que se hacían cristianos. La «espiritualiza»: la verdadera circuncisión, dice, es la del corazón (Romanos, II, 25-29). Al hacer esto, rompe con el comentario, rompe con los versículos de la Escritura. Ya no comenta, anula.
Las palabras mito, rito, ritmo son modernas. ¿Se trata de la concepción del Talmud o bien es una interpretación moderna de la lectura talmúdica?
Es una interpretación moderna, surgida de la experiencia del Talmud, pero que implica también una crítica a la dos veces milenaria lectura talmúdica. Me parece que esta lectura ha manifestado cierta obsesión por el rito en detrimento de la narración o del mito, que contienen el sentido o la filosofía del rito. En otras palabras, habría que volverse más al ritmo, que reúne rito y mito.
¿Qué significa esto, concretamente?
Esto quiere decir que hay que volver más a los relatos, a las «historias» que cuenta la Biblia. La raíz de la palabra hebraica que traducimos por «relato» -el mito en el sentido que he definido- significa «oponerse a». El relato, o el mito, es una palabra que se opone a algo, una palabra rompedora, revolucionaria, que sacude. Curiosamente, la Biblia utiliza el mismo vocabulario para hablar de la mujer. Literalmente, ella es una
«ayuda contra él»: en la tradición hebraica, lo femenino es del orden de lo «contra el hombre», la fractura que va a llevar al hombre a ser diferente. La narración -cuyo género por excelencia es la novela- tiene, en este sentido, algo de femenino: es una palabra que abre, que hace nacer y renacer...