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PARA QUÉ SIRVE DIOS?

Pero no es nada fácil representarse la presencia de Dios en el mundo y en la historia de los hombres...

Nada fácil «representársela», sin duda. Quizás haga falta ser un poco ateo en este aspecto, o quizás agnóstico en el sentido del filósofo Merleau- Ponty, por ejemplo, que se defiende de la acusación de ateísmo en el Éloge de la philosophie: el filósofo no es ateo porque no hable de Dios, explica, sólo es alguien que tiene el pudor de no nombrar a Dios. Para él, Dios, o lo que con ese nombre se llama, se disimula en los límites de los seres y las cosas, y el filósofo respeta el silencio de que se rodea. Dios se mantiene «en el límite de las cosas», porque es sentido y relación. No se mantiene «detrás» de las cosas, no está oculto en otro mundo. Está en el corazón del mundo, trata de hacerse aprehender como el «misterio del mundo». Y a falta de ser reconocido como ese «misterio», se hace presentir como la pre- gunta de nuestra propia existencia en el mundo.

¿Qué es Dios en una vida humana? ¿Para qué sirve, al cabo?

¿Para qué sirve Dios? Habría que comenzar por desembarazarse de esa idea de que Él es «útil». No, no es un objeto «útil», aún menos lo es hoy, en las condiciones del mundo moderno. Es el ser gratuito por excelencia, que ni siquiera nos impone su presencia. Pero, cuando sentimos su presencia en nosotros, podemos experimentar la gratuidad, la alegría, la bondad. En este sentido, las cosas se invierten. Para los que han comprendido que la existencia es gratuidad, Dios se hace indispensable, pues Él nos devuelve constantemente a esta sensación de gratuidad, nos arranca de todo lo que nos «sujeta», nos impide replegarnos sobre las cosas del

mundo, acaparar objetos, servirnos antes que estar al servicio de todos. La idea de Dios, o la fe en Él, permite entonces una resistencia. Nos permite prever y construir una humanidad que a veces es contraria al modelo que se nos propone y que concebimos nosotros mismos. Contraria en particular a los modelos que nos quisiera imponer una humanidad que se ha separado de Dios sin por ello acusar en nada a aquellos para quienes Dios ya no importa. Acerca de estos últimos, por lo demás, lo que importa no es mostrar que Dios «importa». Y es lo que, desgraciadamente, todavía hacen muchos «misioneros». Sería preferible intentar que se comprendiera ese sentimiento de gratuidad que Dios nos da de la existencia. ¿Quizás devolverá algún crédito a Dios?

Esto no quiere decir que yo estime indispensable que los hombres piensen en Dios para salvarse: pueden salvarse de otro modo. Pero para vivir una vida humana, concebida según el modo de la libertad de espíritu, creo, en cambio, que hay que llegar a ese sentimiento de la gratuidad de la existencia. Si Dios «sirve» para algo, es esencialmente para eso, quizás únicamente para eso.

EPÍLOGO

Un Dios único... Esta idea nació hace más de tres milenios. De esta intuición de Moisés, o de esta revelación que tuvo en el monte Sinaí, nacieron dos grandes religiones monoteístas: el judaísmo y el cristianismo. Ambas tienen una larga historia, de una duración muy semejante si uno recuerda que el judaísmo rabínico o talmúdico tuvo su auge al mismo tiempo que el cristianismo.

Se podría imaginar que una historia tan larga, a la vez común y distinta, marcada por la enemistad y el odio, alejaría uno de otro a los dos monoteísmos y haría que su mensaje fuera divergente. No es así.

En el corazón de cada una de las dos religiones permanece, de forma neurálgica, el doble mandamiento de amar a Dios y de amar al prójimo, la preocupación ética, la bondad, la justicia y la libertad. Es verdad que las palabras para decir esto no son las mismas. Joseph Moingt señala que la novedad cristiana es reunir los dos mandamientos en uno solo, mientras que el judaísmo los distingue. Pero Marc-Alain Ouaknin advierte que los Diez Mandamientos fueron escritos en dos Tablas para poner las prescripciones que se refieren a Dios frente a las que conciernen al prójimo. El otro es esencial para el judío y el cristiano: hay indudable traición allí donde no se le honra, respeta, ama.

Pero los dos monoteísmos interpretan cada uno de modo diferente la presencia de este Dios en el mundo. Para el judaísmo, Él se «contrae» en un texto; para el cristianismo, Él se hace hombre, toma un cuerpo. De esto resulta una relación compleja, por una parte de los judíos con el texto de la Torah, interpretado infinitamente, y por otra parte de los cristianos con Cristo, lo que les obliga a pensar la naturaleza de Dios. Pero, al cabo, las dos religiones monoteístas vuelven siempre a una sola y

misma afirmación: el Otro existe. Dios y el prójimo, Dios o el prójimo, ése es tu otro. Por retomar las palabras de Jean Bottéro, la observancia del «código moral» predomina sobre el fasto y el aparato del culto. Comportarse honestamente, respetando a los demás, es el único medio auténtico de rendir a Dios un homenaje a su medida. Esta novedad de la revelación a Moisés sigue siendo el corazón del judaísmo y el cristianismo. Sin embargo, estas entrevistas hacen que aparezca con fuerza la diferencia cultural y religiosa entre judíos y cristianos. Se aceptaba que el «judeo-cristianismo» designaba una suerte de religión y de cultura comunes que nos habrían influido para lo mejor y lo peor. Los «valores judeo-cristianos», los «tabúes judeo-cristianos» forman parte de nuestros lugares comunes. Seguíamos con la simple idea de que los judíos se negaron a reconocer en Jesús al Mesías o, a la inversa, que los cristianos rompieron con el judaísmo porque creían que Jesús era el Hijo de Dios. Creíamos que toda la diferencia estaba en eso.

Ahora, ¿qué vemos? Los dos últimos milenios no sólo han sido la historia de una incomprensión. Han cavado además un foso entre dos culturas. Es indudable que «la historia más bella de Dios» parece estar escindida no sólo en dos religiones con dos historias divergentes, sino en dos lenguajes acerca de Dios, dos planteamientos de su Revelación, dos modos de leer la Biblia, dos maneras de ver la presencia de Dios entre nosotros y de extraer las consecuencias. Hay, sin duda -es el punto común-, un judeo- cristianismo ético y moral, del mandamiento y la libertad, de la justicia y la solidaridad. Pero el Dios único ha engendrado dos religiones evidentemente muy distintas.

¿No es poco decir? En el curso de estos dos milenios, el cristianismo se dividió en tres confesiones: católica, ortodoxa y protestante. En el seno de esta división, es conocida la multiplicidad protestante. La ortodoxia no es «una». Incluso el catolicismo es un mundo en sí mismo: aunque no estima las palabras «evolución» y «diversidad», posee sin embargo familias de pensamiento y corrientes espirituales muy diferentes. Y sólo estamos evocando las tres grandes confesiones: hay numerosos cristianos que no se reconocen en ellas y afirman diferencias más o menos importantes. ¿Y qué decir del judaísmo? En él cohabitan las más diversas sensibilidades, y las oposiciones se expresan a veces con franqueza poco habitual...

A partir de la Revelación inicial, esa intuición genial de Moisés, Jean Bottéro ha mostrado el lento pero inexorable ascenso hacia un riguroso monoteísmo que se opuso a los politeísmos del entorno. No obstante, Marc-Alain Ouaknin expresa esta idea asombrosa: en lugar de decir «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», la Biblia dice: «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.» Según él, lo hace para señalar que cada uno de los Patriarcas de Israel, como cada hebreo, cada israelita y cada judío después, tiene en cierto modo «su» propio Dios único. Joseph Moingt no dice otra cosa cuando destaca este hecho indudable: tantas épocas, como concepciones de Dios y como interpretaciones de Cristo. ¡Y cuántos

rostros distintos de Jesús durante la Historia!

¿Pero entonces Dios es tan único como se suele creer? Este libro lo muestra sin equívocos: Dios es único, sí, pero sólo se le conoce por la interpretación, o, mejor, por las interpretaciones de los hombres. Y éstas son a la vez múltiples -infinitas como Él- y capitales. Porque ellas deciden su historia en el mundo. Los hombres, poco o mucho, hacen a Dios, a menos que Dios no se deje hacer por ellos. Serían, se nos dice, res- ponsables de Dios... Religión de la interpretación sin fin del Libro, dice Marc-Alain Ouaknin, o de la interpretación sin fin de un hombre en quien Dios se hizo carne, dice Joseph Moingt.

En la mente de muchos, influidos por la historia cristiana, el monoteísmo sólo suele aparecer majestuoso, bajo los rasgos del poder y la conquista. Pero hemos aprendido de nuestros interlocutores judío y cristiano la debilidad de un Dios impotente ante las catástrofes de la Historia humana. ¿Para qué sirve entonces ese Dios? Para resistir, se nos dice, lo que es inhumano e indigno en el hombre. Si así es en verdad, ¿no será que aún no se escriben las más bellas páginas de la historia de Dios?

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