¿En el judaísmo de los tiempos de Jesús existía la fe en una resurrección? Existió en el judaísmo tardío, en los tiempos inmediatamente anteriores a Jesús. El ejemplo más hermoso está en el segundo libro de los Macabeos (escrito hacia el año 100 antes de Jesucristo, hoy llamado, en general, «libro de los mártires de Israel»), en la historia de los «siete hermanos mártires» y de su madre (VII). Aceptaron el martirio porque creían en una resurrección de los muertos.
Sin embargo, no todo el mundo compartía esta idea. Incluso tenemos la impresión, por algunos indicios, de que los discípulos de Jesús estaban muy lejos de esa esperanza. En cualquier caso, grupos como los saduceos, que también se oponen a Jesús en los Evangelios, rechazaban expresamente la idea de una resurrección de los muertos (ellos son los que interrogan irónicamente a Jesús acerca de la mujer que perdió siete maridos: ¿de quién será esposa cuando resucite?).
Jesús creía en la resurrección de los muertos. Tal como parece haber presentido su propia muerte -como los profetas de cuya muerte violenta evoca-, así también se refiere a su resurrección por obra de Dios. Habla del grano de trigo, que debe morir en tierra para dar fruto: creo que esa imagen nos acerca a lo más íntimo de la conciencia que tenía de sí mismo antes de su muerte.
La resurrección no tiene aspecto triunfal. Los apóstoles lo comprueban con algo de desilusión cuando admiten que el Resucitado «no se ha manifestado a todo el pueblo, sino sólo a algunos testigos escogidos de antemano» (Hechos de los Apóstoles X, 41). Parece que los apóstoles habrían preferido una manifestación más ruidosa y espectacular...
¿Por qué?
Sin duda estaban influidos por la idea de un Mesías o de un Enviado de Dios que desempeñaría un papel político en la tradición de las liberaciones de Israel. Al final mismo, cuando Jesús los deja definitivamente, le plantean la pregunta: «¿Y ahora vas a restaurar el Reino de Israel?» (Hechos, I, 6). Este equívoco se presenta durante todo el tiempo que acompañaron a Jesús. Sólo cuando todo había pasado, cuando comprobaron el fracaso definitivo de una liberación política, se vieron obligados a preguntarse y a comprender lo sucedido: ¿por qué había llegado al extremo de la muerte? ¿Qué significaba esa muerte?
Sí, ¿y qué sentido tiene?
La resurrección era, en sí misma, un paso a través de la muerte, y obligaba a buscar las razones de esa muerte, para colmo violenta y sin gloria. A fin de cuentas, el amor de Dios por los hombres parecerá más resplandeciente en el paso por la muerte que en la gloria de la resurrección (y de la victoria). De hecho, ambas cosas están ligadas: la resurrección se comprende como la apertura de las puertas del cielo a todo hombre, y por lo tanto como una manifestación del poder del amor, «fuerte como la muerte».
Por otra parte, está el silencio de Dios, la impotencia de Dios durante la muerte de Jesús. No interviene. Es injuriado en su Enviado, pero no responde. Este silencio de Dios se convierte en una nueva revelación: un nuevo rostro de Dios, que no nos salva doblegándonos bajo su poder, sino atrayéndonos por su amor, manifestando un amor incondicional hacia no- sotros. Ésa es la novedad: el cristianismo no recibe la revelación de Dios en el triunfo de Dios, en su manifestación gloriosa y majestuosa, sino en la debilidad de la muerte de Jesús. Ése es el Dios que nos salva.
¿Que nos salva de qué?
¿Cuál era la razón de esa humillación? Encontramos una: salvarnos, liberarnos del pecado. Más tarde se hablará mucho del pecado original. Como si el hombre estuviera maldito por Dios y fuera preciso que Jesús muriera para calmar la cólera de Dios y satisfacer su venganza contra el hombre. Es decir, se vuelve al Dios omnipotente que aplasta al hombre. Al
poder de la religión, al que ya me he referido... Y el crucificado se trans- forma en el símbolo de la imagen terrible de Dios...
Por el contrario, la muerte de Jesús nos libera del temor a Dios tal como lo presentan las religiones. Y en este sentido nos salva del pecado y de la muerte, del pecado que lleva a la nada de la muerte eterna. Pues ese miedo es el pecado esencial, «original»: destruye la libertad del hombre creado a imagen de Dios, engendra manipulaciones idólatras de lo divino y conduce por mimetismo a la voluntad de poder y al dominio del prójimo. La cruz me parece el advenimiento de la libertad del hombre ante Dios. Al abdicar de su poder, Dios revela que sólo es amor y amor que salva de la muerte.
¿JESÚS, HIJO DE DIOS?
Hemos hablado mucho de Jesús en los Evangelios. Pero después de su muerte, de su resurrección y del acontecimiento de Pentecostés -que señala el nacimiento de la primera comunidad cristiana, y por lo tanto del cristianismo-, hay más de una evolución en el entendimiento que se tiene de Él. En particular, se empieza a ver en Él al Hijo de Dios.
En efecto, pero conviene distinguir entre los primeros cristianos de origen judío y los que vienen del paganismo. Los primeros tendrán dificultades específicas. En los medios cristianos de origen judío subsistirá durante mucho tiempo la idea de que Jesús es Hijo de Dios porque es adoptado por Dios, o de que pertenece al linaje de los profetas o enviados de Dios tal como los conocían los judíos en las Escrituras.
Esta noción de «Hijo de Dios», que se impone muy deprisa, si no de inmediato, mantendrá su sentido bíblico en un medio puramente semita: el Hijo de Dios es el Enviado, el Mesías, pero no Dios mismo.
¿Las cosas ocurren de otro modo entre los primeros cristianos provenientes del paganismo?
En las comunidades de origen pagano se instala con mayor facilidad la idea de un Cristo de origen divino, porque esta noción de Hijo de Dios y de una pluralidad de seres divinos no les parecía extraña.
Pero en unos medios influidos culturalmente por las religiones griega y romana, e incluso por otras, esa expresión adquirirá el sentido que tenía en las religiones paganas y obviamente generará equívocos. Las élites cultas se burlaban, en efecto, cuando los cristianos les anunciaban un nuevo «Hijo de Dios»: en relación con sus mitologías, eso no era nada no- vedoso... Había que salir, pues, de esas mitologías.
Por ello aparece -muy pronto, en realidad, a finales del siglo I, hacia el año 100- la palabra logos, el «Verbo», la «Palabra». Jesús, Hijo de Dios, es Palabra de Dios. «Al comienzo era el Verbo», dice el primer versículo del Evangelio de Juan. A través de Jesús, el propio Dios se expresa, expresa lo que es y lo que quiere ser.
Dios es el Infinito, el Completamente Otro, pero «habla» por medio de una Palabra que se «despega» de Él sin dejar de ser Él. Esta palabra es Jesús. Siempre en el comienzo de su Evangelio, algo más adelante en el prólogo (I, 14), Juan propone una fórmula conmovedora: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» La Palabra de Dios se expresa en ese niño que fue Cristo cuando vino al mundo. Esta interpretación pretende, ante todo, separarse de la mitología pagana.
¿Pero no provenía también el escándalo de la afirmación «Jesús es Hijo de Dios» porque el Mesías había aparecido débil, impotente y para colmo había muerto ignominiosamente?
Ciertamente. Hay que agregar sin embargo que esto jugó a favor de que no fuera reconocido como un simple profeta más, sino que se viera en él, verdaderamente, una manifestación distinta de Dios. El modelo de Mesías de los judíos, un Mesías político, quedaba trastocado por completo.