A partir de la revolución agrícola del Neolítico (8000 a. C.), cuando pobla- ciones/comunidades se trasladaron a vivir en ciudades, se generaron las condi- ciones que favorecían que las enfermedades infecciosas se hicieran presentes en gran escala. Hasta ese momento, el hombre del Paleolítico se encontraba relati- vamente a salvo de las epidemias, gracias a que los grupos de recolectores y ca- zadores, por lo general, no sobrepasaban los 500 individuos. En esas condiciones difícilmente los gérmenes pudieran prosperar, ya que para ello los organismos patógenos “requieren una reserva de víctimas susceptibles que sólo puede generar una población lo suficientemente densa” (Lindemann, 2001:36).
Desde hace miles de años las enfermedades infecciosas llamaron la aten- ción de los eruditos de todas las épocas, quienes solían encontrar una explicación posible en la hipótesis del “castigo divino”. Los libros antiguos sagrados como el Éxodo y otros “profanos”, los de Platón o Plinio dan sobrada cuenta de ello ¿Dón-
de? ¿Cuándo?. Muchas otras veces se recurría a la astrología para predecir cuán- do acabaría el flagelo o más aún, cuando comenzaría uno nuevo. Esta costumbre prosiguió durante muchos siglos, un ejemplo de ello es el nombre dado a lo que conocemos como gripe que fue bautizada como influenza en el Siglo XV durante la epidemia respiratoria; término italiano que hacía referencia a la influencia que ejercían las estrellas y los astros, en la aparición de una enfermedad.
Fue Hipócrates (460 - 357 a.C.) uno de los primerosen advertir que existía una relación casi directa entre las enfermedades infecciosas y el medio en que éstas se desarrollaban. El padre de la medicina moderna, tratando de despegar a los dioses de la responsabilidad de los padecimientos corporales, pudo describir una epidemia de paperas que se propagó en la isla de Tasos. Lo extraordinario de Hipócrates, como sostienen algunos autores, fue que “desarrolló un sistema filosófi- co racional, basado en la observación y la experiencia, que aplicó luego al estudio de las enfermedades… y prescribió que se interrogue al enfermo para deducir racionalmente las causas de su mal” (Alinovi, 2009:21). Este médico creía que los cambios esta- cionales y especialmente los climas cálidos y húmedos propiciaban la aparición de enfermedades, pero sus ideas no serían tenidas en cuenta hasta muchos años más tarde.
Las epidemias también contribuyeron a modificar la historia de los pueblos, tal es el caso de la gran plaga de Atenas que el historiador Tucídides (460-399 a. C) describió detalladamente.
Por esos años Esparta mantenía sitiada a Atenas, y esta situación provocó que muchos campesinos se refugiaran dentro de los muros de esta metrópolis griega, superpoblando la ciudad. Cuando la enfermedad ingresó4, el hacinamiento y los avatares de la guerra que se estaba desarrollando promovieron condiciones para que las enfermedades se propagaran.
Muchas de las epidemias sufridas por los pueblos europeos y asiáticos fue- ron favorecidas por el intenso intercambio comercial imperante entre el viejo con- tinente y Asia. También, los soldados que participaban de las continuas guerras, transportaban sin saberlo, vectores potencialmente peligrosos como ratas o ga- rrapatas. Tanto fue así que en el año 660, el califa Omar se abstuvo de invadir las regiones que estaban sufriendo epidemias para preservar a su ejército (Hervé, 1971). Un caso emblemático que asocia el trinomio enfermedades-guerras-solda- 4 Posiblemente se trataba de fiebre tifoidea proveniente de Etiopía; conclusión a la que se llegó al se- cuenciar restos de cadáveres de la época y encontrar el genoma de Salmonella entérica serovar Typhi (
dos fue sin dudas la epidemia de sífilis5 que se produjo en Europa a fines del siglo XV. En 1495, apenas tres años después de la llegada de Colón a tierras america- nas, 30.000 soldados del rey de Francia Carlos VIII, se asentaron en la península itálica. En esos tiempos era habitual que los soldados que sitiaban alguna ciudad y que permanecían largo tiempo en el campo de batalla fueran acompañados por un séquito de prostitutas (que en este caso fueron alrededor de 800). La enfer- medad se propagó rápidamente, primero entre los soldados, luego en la ciudad de Nápoles y finalmente en Europa. A esta infección, altamente letal, en un principio se la conoció como mal francés “morbus gállicus”. En cambio, los franceses la lla- maban “mal italiano”. No pasó mucho tiempo para que se impusiera la idea , de que la sífilis provenía de América, por ese motivo se la conocería también como “enfermedad de las indias” .
Hoy sabemos que la sífilis y otras enfermedades venéreas estuvieron presen- tes entre las poblaciones de ambos continentes muchos años antes de la llegada de los españoles a América. Muchos personajes de la historia padecieron la en- fermedad6, pero uno de ellos merece nuestra mención. Cuentan los relatos que en 1534, un noble y rico español padecía sífilis y recibió la sugerencia de que en unas tierras, en el sur del mundo, existía una planta capaz de aliviar y curar sus males. La intención de este noble, llamado Don Pedro de Mendoza, era hallar una cura para su mal. En 1536, fundó la ciudad de Buenos Aires, construyó un fuerte para un puñado de hombres (la población de Buenos Aires en 1610, no superaba los 500 habitantes) y se dedicó a rastrear al vegetal que salvaría su vida, pero no lo encontró. La planta en cuestión era el guayacán o “palo santo”, mencionado en el poema Syphilo escrito por el cirujano Gerónimo Frascatoro en 1530. Desde ya que, esa especie crece en América tropical, pero lejos estaba de proporcionar una cura para la enfermedad de Mendoza. Unos años más tarde, la muerte lo sorprendió en su regreso a España. Como un juego del destino, la verdadera cura de la sífilis provino de un hongo Penicillium chrysogenum, pero sus efectos beneficiosos fue- ron descubiertos casi 400 años más tarde.
5 Enfermedad de transmisión sexual producida por la bacteria Espiroqueta del género Treponema pallidum
que produce distintas manifestaciones clínicas y, que si no son tratadas, conllevan a la muerte del paciente. El término sífilis proviene del nombre ‘Syphilo’, pastor y protagonista del poema del médico italiano Geróni- mo Fracastoro (1478-1553), quien en el poema relata cómo Syphilo fue castigado por el dios griego Apolo por llevar una vida “inmoral y llena de vicios” con una nueva, estigmatizante y desconocida enfermedad. 6 Martín Pinzón, Pedro I de Rusia, Franz Liszt, el Papa Julio II, el emperador Tiberio, Calígula y Federico Nietszche fueron algunos de los personajes históricos que sufrieron la enfermedad. Con respecto a Nietsz- che, se especula que la demencia que lo afectó en su último año de vida estaba relacionada con las fases terminales de la sífilis.
Otra de las epidemias importantes, de las que se tiene registro es la peste que azotó a Eurasia durante la Edad Media. Conocida vulgarmente como peste negra o directamente como peste, se propagó en Asia y Europa en distintas olea- das con mayor o menor intensidad, apareciendo y desapareciendo alternativa- mente durante más de 400 años. El cronista italiano Agnolo di Tura describió a la peste de 1357 detalladamente y afirmaba que “morían tantos que todos creían que había llegado el fin del mundo” (Lindemann, 2001:38). Las tasas de morbilidad y mortalidad eran altas. Por ejemplo, en la ciudad de Padua, en 1630, se produjeron 19.000 muertes sobre un total de 32.000 habitantes o sea que las defunciones al- canzaron al 59% de la población. Porcentajes similares se registraron en Nápoles y Roma (1656). Las autoridades de la época recomendaban todo tipo de métodos para no contagiarse de la peste. Las recetas eran de lo más variadas, desde “mez- clar lágrimas en ungüento con todo el odio que se haya tenido y contrición de corazón” (Bowsky, 1994, citado en Lindemann 2001:43), hasta organizar procesiones y oficios religiosos o recomendar ayunos generales. Tampoco faltaron las recetas xenófobas y racistas, como por ejemplo la flagelación de los judíos por consi- derarlos “responsables de emponzoñar intencionalmente los pozos” (Lindemann, 2001:43), o las expulsiones de los extranjeros y los mendigos. Es interesante des- tacar que, a pesar de prevalecer las recomendaciones místicas y discriminatorias, también se aceptaba que causas naturales tuvieran alguna relación directa con el comienzo de la oleada de la peste. Veranos muy calurosos o inviernos muy crudos eran asociados al posible comienzo de una epidemia; también las hambrunas, el desplazamiento de ejércitos, la falta de higiene y el agua estancada eran factores, a considerar. El remedio más encomendado, y que seguramente sólo sirvió para expandir mucho más los brotes de peste, fue la recomendación y la obligación de huir del lugar de la enfermedad. Siguiendo este precepto, muchos de los que podían hacerlo, llevaban consigo a los vectores (las ratas) que se encargarían de extender la epidemia. Aunque, como es de suponer, algunas medidas adoptadas funcionaron (como el saneamiento de los sectores públicos o la desinfección de los enseres de los enfermos) pero eran tantas las recomendaciones a seguir que nunca se podía saber cuáles eran las medidas más adecuadas.
Hoy sabemos que la enfermedad que azotó a Eurasia durante tanto tiempo fue una epizootia (una enfermedad que infecta a un gran número de animales de la misma o de distinta especie) que afectaba a las ratas negras europeas (Rattus rattus) y que fue transmitida a los humanos por la picadura de la pulga huésped de los roedores (Xenopsylla cheopsis). Al morir la rata de la que se alimenta la pulga, ésta buscaba otra fuente de alimento, en este caso y dada su proximidad, resulta-
ban ser las personas que vivían en las ciudades, transmitiéndoles así el bacilo que producía la enfermedad (Yersinia pestis). No se sabe, a ciencia cierta, qué clase de peste fue la que castigó al viejo mundo por más de cuatro siglos (desde cuándo hasta cuándo). Dadas las descripciones hechas por los cronistas de la época, pro- bablemente se tratase depeste bubónica y peste neumónica alternativamente, ambas con una alta tasa de mortalidad.
Es evidente que las continuas oleadas de peste en Eurasia, y su alta mortali- dad, debieron tener importantes consecuencias económicas y sociales y, aunque al respecto hoy existen muchas controversias, probablemente la alta mortalidad provocó escasez de mano de obra, hecho que pudo propiciar el desarrollo de nuevas tecnologías. También se cree, que provocó una gran contracción del área cultivada hecho que con el tiempo generó un corrimiento hacia la producción de ganado. Otra de las consecuencias que se atribuyen a las epidemias de peste fue la disminución del crecimiento vegetativo7 en Europa.