• No se han encontrado resultados

de las infecciones

In document Epidemias y salud pública (página 53-56)

Como hemos visto, Los intentos para terminar con las epidemias fueron des- ordenados, desatinados y muchas veces asociados al misticismo, la discrimina- ción y la xenofobia. Pero a partir del siglo XIX la ciencia comenzaría a dar respues- tas a muchos de los interrogantes que planteaban la aparición de estas dolencias. Se avizoraba un panorama más alentador para hacer frente a estas enfermedades que supusieron la desaparición de gran parte de muchas poblaciones.

En 1796 el médico inglés E. Jenner descubrió las bondades de la vacunación y creó la primera vacuna antivariólica. Era la primera vez en la historia de la hu- manidad que se creaba un método sencillo y seguro para controlar una enferme- dad mortal, que consistía en inocular gérmenes en una persona sana para que no desarrollara la enfermedad, o si lo hacía, que la cursara en una forma benigna. Jenner observó que las personas que habitualmente ordeñaban vacas, contraían una enfermedad con manifestaciones leves en humanos, llamada viruela boba y que, al mismo tiempo, si estos trabajadores contraían la viruela humana, la misma no presentaba un cuadro grave. Una tarde, el joven Jenner, tomó pus de la mano de Sarah Nelmes, una joven ordeñadora que había contraído la enfermedad de su vaca lechera, y la aplicó a James Phipps, un niño de ocho años. Seis semanas más tarde inoculó al pequeño con el virus vivo de la viruela humana, logrando que el 11  Panacea fue una diosa griega menor de la salud. Ayudaba junto a sus hermanas en la labor de su padre, curar y hacer medicinas.

muchacho no se enfermara. A partir de ese momento la vacunación se implemen- tó en muchas partes de Europa con muy buenos resultados12, incluso Napoleón, en 1805, mandó a vacunar a todo su ejército. En el siglo XIX y XX se descubrieron otras vacunas, marcando importantes hitos en la historia de la sanidad. Tales son los casos de las vacunas contra la rabia (Pasteur), contra la tuberculosis (Calmet- te-Guerin13) y contra la poliomielitis (J. Salk y Sabín).

Unos años más tarde, en 1840, un médico húngaro, Ignaz Semmelweis, ad- virtió que las parteras contabilizaban menos casos de muerte maternal que los médicos de los hospitales. Los doctores de la época solían atender a las embara- zadas luego de revisar a otros pacientes o de manipular cadáveres. A diferencia de éstos las comadronas tenían la costumbre de lavarse las manos después de cada parto y de atender solamente a embarazadas a punto de parir. El joven Sem- melweis ordenó a los médicos de su hospital que siguieran esta rutina. La morta- lidad descendió drásticamente, a tal punto que su hospital comenzó a ganar fama y a desbordar de pacientes, que no se querían atender en otro lado que no fuera ahí. Esta medida fue muy resistida por los galenos contemporáneos de Semme- lweis, quienes no podían aceptar que ellos mismos fueran la causa de la muerte de sus enfermos y se rehusaban sistemáticamente a lavarse las manos después de trabajar sobre cadáveres y antes de atender a las mujeres que iban a dar a luz. Hoy sabemos que la enfermedad que por ese entonces mataba a las parturientas, era la fiebre puerperal producida por la bacteria Streptococcus agalactiae, que era introducida en el cuerpo de las madres a través de las manos contaminadas de los médicos. Paradójicamente Semmelweis fue expulsado del hospital por sus co- legas y terminó sus años olvidado, pobre y recluido en un hospital para enfermos mentales. Años después, el descubrimiento de los gérmenes hecho por Pasteur, reivindicaría al tocólogo húngaro.

12  la inoculación, en realidad, nació en China alrededor del 200 a. C. los médicos orientales recogían frag- mentos de pústulas secas de los pacientes que sufrían tipos leves de viruela para molerlas hasta conseguir una mezcla con aspecto de polvo que luego se les introducía por la nariz a pacientes sanos, esperando que esto los inmunizara (Arana, 1994)

13  La vacuna contra la tuberculosis recibe el nombre de B.C.G. Son las iniciales de Bacilo Calmette Guerin. Las dos últimas letras de la sigla hace honor a los apellidos de sus descubridores.

John Snow y la bomba de agua de Londres:

En la insalubre Londres de 1858 se produjo una brutal epidemia de cólera que provocó miles de muertos. Por esos años no se sabía cuál era el agente que generaba la enfermedad ni cómo se contraía. Se creía que los “miasmas”, o sea, los vapores tóxicos llevados por los vientos de un lugar a otro, eran los causantes de la aparición de las recurrentes epidemias infecciosas. John Snow (1813-1858) un médico cirujano inglés, que residía en Londres, pudo observar que, en una zona de la capital inglesa (el Golden Square) se habían producido más muertes que en otros. Magistralmente entendió que la diferencia más marcada entre éste y los demás distritos era la presencia de una bomba de agua que los despreve- nidos londinenses usaban para beber. Snow, infirió entonces que el origen de la epidemia radicaba en “algo que contenía el agua” (que provenía de un sucio y contaminado río Támesis). Como medida preventiva mandó a quitar la palanca de la bomba de la calle Broad Street. Con este hecho pudo terminar con la epidemia de cólera de ese año. Por su logro el médico fue considerado, años más tarde, el “padre” de la epidemiología moderna. Aún hoy en el lugar, se conserva la bomba con la palanca extraída en recuerdo del cirujano inglés.

A comienzos del siglo XX se produce un gran hallazgo en la lucha contra las enfermedades infecciosas. En 1920 Alexander Fleming, pudo advertir que el hongo Penicillium chrysogenum contenía propiedades antibacterianas muy eficaces y que, si se sintetizaba el principio activo que contenía, se podrían curar un sinnúmero de enfermedades letales con mínimos efectos adversos para las personas. Basada en ese principioa partir de 1950, la industria farmacéutica comenzó a desarrollar antibióticos a gran escala. La tuberculosis, la sífilis y la peste lograban ser reduci- das y muchas infecciones podían ser tratadas con los nuevos medicamentos anti- bacterianos. Las muertes intrahospitalarias descendieron considerablemente, los animales de granja y de corral también fueron beneficiados con el suministro de antibióticos. A mediados del siglo XX los organismos internacionales de salud juz- garon que para acabar para siempre con las antiguas epidemias infecciosas, falta- ba solamente eliminar a los insectos vectores (principalmente los mosquitos) que causaban anualmente millones de muertes en todo el mundo. Se creía que, una vez que pudieran liberase de los insectos transmisores de enfermedades infecciosas, las epidemias serían desterradas .

Es por este motivo que en los años ´60 el D.D.T. fue intensamente usado en las campañas de fumigación. Era barato, se podía elaborar a gran escala y poseía un alto poder residual. En menos de una década disminuyeron notablemente las muertes por malaria, tripanosomiasis, dengue y fiebre amarilla en casi toda Amé- rica, Asia y África.

Finalmente, como dijimos anteriormente, en 1977 en Somalia, África, oficial- mente se registró el último caso de viruela en el mundo, gracias a las campañas de vacunación masiva organizada por la O.M.S (ver fig. 2.3). Además con este tipo de campañas otras enfermedades epidémicas, como la parálisis flácida, dis- minuyeron considerablemente. La sensación a esta altura de los hechos, entre la comunidad médica, era que ya se había ganado la guerra contra las infecciones.

Tanto optimismo reinaba que la O.M.S. vaticinó que para mediados de los ´80 iban a desaparecer por completo casi todas las patologías milenarias. Unos años antes Williams Stewart director de la Dirección General de Salud Pública de los Estados Unidos declaró “Ha llegado la hora de cerrar el libro de las enfermedades infecciosas en Estados Unidos” (EnBryson, 2006: 395).

In document Epidemias y salud pública (página 53-56)