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Chagas y el escenario científico nacional

In document Epidemias y salud pública (página 106-110)

Hasta aquí hicimos un recorrido histórico del estudio y las investigaciones referidas a la enfermedad en un marco internacional, haciendo hincapié en la re- ciprocidad de los acuerdos entre Brasil y Argentina, a continuación nos detendre- mos en lo que sucedió al interior de nuestro país en materia de desarrollo de las investigaciones, contextualizándolo política y socialmente.

Mientras los trabajos de Carlos Chagas en Brasil disparaban un conjunto de indagaciones sobre distintos aspectos relacionados con las características de la enfermedad, en Argentina se cuestionaba la relevancia de encarar estudios sobre estos males subtropicales lo que se vio reflejado en el marcado desinterés de la comunidad médica. Los primeros trabajos datan de 1812 y consistían en un rele- vamiento en la Provincia de Salta para poner a prueba la existencia de la enfer- medad en la Argentina. Las investigaciones trataron de verificar si las vinchucas estaban infectadas y comprobar la existencia de casos crónicos de la enfermedad en nuestro país, las que no tuvieron ningún tipo de repercusión.

En este recorrido no podemos dejar de mencionar la creación del Instituto bacteriológico, en 1916, como un hito en la institucionalización de la actividad científica en Argentina tanto por el crecimiento material que significaban sus instalaciones, como por la incipiente profesionalización de la actividad científi- ca. Proceso que había comenzado con las reformas en el área de salud en el si- glo anterior promocionadas con la creación de la Oficina Sanitaria Argentina por parte de José Ramos Mejía. Este organismo estaba compuesto por una sección bacteriológica, otra química y una tercera demográfica cuyo objetivo era sentar las bases necesarias para el estudio de nuestros propios problemas de salud. Esta institución se vio fortalecida por las iniciativas del entonces Senador Nacional Carlos Malbrán quien impulsó la conocida “Ley del Impuesto Sanitario, instru- mento que permitió generar recursos destinados a la construcción e instalación de importantes servicios, como el de la “vacuna jeneriana”, la construcción de un nuevo edificio y la incorporación de equipamiento para la investigación.

Al comienzo el Laboratorio de la la catedra de bacteriología de la facultad de medicina de la UBA se vio desbordado, quedando la tarea de investigación relegada a un segundo plano debido a la creciente demanda de la función de diag- nóstico y producción de sueros y vacunas. En 1910 hay un aumento de personal importante y dentro de estas incorporaciones encontramos la del Dr. Salvador Mazza. El aumento de los recursos disponibles permitió ampliar el radio de ac- ción del instituto, instalando laboratorios en distintas partes del país. El primero

de ellos en la Isla Martín García bajo la dirección del mencionado médico, por entonces jefe de trabajos Prácticos en la Cátedra de Bacteriología de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA.

La fundación del nuevo Instituto Bacteriológico bajo la dirección de Rudolph Kraus significaría un salto cualitativo en el desarrollo de la actividad científica en la Argentina. En sus instalaciones se desarrollaban acciones tendientes al estudio de gran parte de los problemas sanitarios relacionados con la higiene y las enfermeda- des infecciosas.

En este contexto el Instituto Bacteriológico estaba en condiciones materiales como para ser el más importante centro de investigación de América Latina, lo que implicaba una competencia con el instituto Oswaldo Cruz de Brasil, esto ex- plicaría en parte la actitud de los investigadores hacia la enfermedad de Chagas, que fluctuaba entre desinterés y el hostigamiento, en la medida que un recono- cimiento abierto a los descubrimientos de Chagas menoscabaría el prestigio del Instituto Bacteriológico.

Sin reconocimiento epidemiológico en el país, la enfermedad de Chagas no podía competir con el tifus, la tuberculosis o la fiebre amarilla. Tendría que es- perar unos diez años más para evidenciarse como una dolencia en el país, de la mano de diversas investigaciones que en general no tenían por objetivo relevar casos de esta enfermedad, encontramos citas de estudios de malaria, leishmania- sis, fiebre recurrente, paludismo, tifus, entre otras, pero en ningún caso aludían a Chagas. Estos estudios eran llevados adelante por médicos extranjeros a los cua- les se les presentaba una oportunidad empírica única de trabajo en enfermedades tropicales, estos galenos del exterior, a su vez significaron un aporte importante ya que eran portadores de adelantos técnicos desconocidos en el país. Aún sin relevar la enfermedad estos estudios dieron cuenta de la existencia de casos en el país y por otro lado impusieron medios técnicos de diagnóstico microscópico que se constituiría en el principal método de la comprobación de la infección humana.

El interés por la enfermedad va a renovarse a partir de los trabajos de Salva- dor Mazza en la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (MEPRA). Comenzará un período caracterizado por la creación de un espacio institucional dedicado exclusivamente al estudio y la investigación del tema. Fue en esta etapa en la que se produjeron los conocimientos que permitieron registrar a la enferme- dad como “entidad mórbida”, tanto por el reconocimiento epidemiológico, como por la identificación de los efectos del protozoo sobre humanos.

Desde su creación, la MEPRA, dependería de la Universidad de Buenos Aires, destinada a apoyar la labor de los médicos del norte, los que en su mayoría traba-

jaban en zonas rurales, con escasas posibilidades de actualizarse y sin acceso a un laboratorio para el diagnóstico, . Logró generar, además una red de médicos de las provincias del noroeste, que permitió tener reportes de varios colaboradores, con una intensa actividad itinerante de difusión de las distintas patologías de la región, reforzadas con la adquisición de un vagón de tren acondicionado como la- boratorio en 1930. La etapa de mayor desarrollo de este centro comenzará cuan- do Mazza se instala en el edificio erigido en Jujuy.

A lo largo de este período Salvador Mazza adquirió un paulatino prestigio en la comunidad científica, y consigo la MEPRA; pero este esplendor iba a decaer en la década del 1940. La enfermedad de Chagas va a reconocerse como problema de salud y objeto de investigación a principios del 50, aunque va a ser interrum- pido en los años 1954 y 1955, cuando finaliza el gobierno peronista que marcará el alejamiento de buena parte de los actores, de los espacios de decisión y el ascenso de nuevas figuras. La relevancia de lo señalado no radica en la renova- ción de nombres sino en la reconfiguración del espacio social que redundará en la resignificación de la enfermedad como problema público. Esto se suma a un nuevo aspecto de las investigaciones que ya mencionáramos, nos referimos a la “urbanización” de la enfermedad, que deviene de los desarrollos cognitivos que mostraron la asociación de la infección con las cardiopatías crónicas. En conse- cuencia la trama se instaló en los servicios de atención de la salud de las principa- les ciudades, adonde llegaban las olas inmigratorias del interior del país, producto del proceso de industrialización que movilizó a numerosos pobladores del ámbito rural, en búsqueda de nuevos rumbos laborales. Los “enfermos urbanos” con dis- capacidad crónica y sin acceso al mercado laboral, atendidos por una comunidad de cardiólogos, ya sea en los servicios de cardiología de los hospitales, en las cátedras universitarias o en los institutos de investigación vinculados a la salud pública, serán ahora el foco de atención.

En este período histórico adquirirá relevancia el médico santafesino Cecilio Romaña, recibido en la Universidad Nacional del Litoral, el se desempeñaba en el hospital de la Compañía La Forestal en Villa Guillermina, en pleno monte del nor- te santafesino, aislado de los centros de investigación, pero rodeado de la cruda realidad de los ranchos habitados por las vinchucas, es quien va a señalar uno de los signos más importantes de la enfermedad, que ya mencionáramos, el edema ocular o “signo de Romaña”. Ya entrada la década del 60, el estado de investi- gaciones y de relevancia de casos, llevará la enfermedad al escenario nacional y formará parte de la agenda de actividades del Ministerio de Salud, favorecido por el estatus que también había adquirido en Sudamérica, a raíz del reconocimiento

de la que luego sería la Organización Panamericana de Salud y la disponibilidad de medios técnicos para la realización de campañas de profilaxis basadas en la eliminación del vector de la enfermedad.

La relevancia de la dolencia va a ser concomitante con la consolidación de un complejo institucional que combinó el crecimiento de las instituciones existentes con nuevos espacios de desarrollo científico. Así veremos crecer el Programa Na- cional de Chagas, que posibilitará la extensión del diagnóstico de la enfermedad, el progreso epidemiológico y el ulterior tratamiento, así como también la defini- tiva incorporación del Chagas en diversas instituciones del país : universidades, centros de atención, organismos encargados de reglamentar las políticas sanita- rias y laborales.

Este es el escenario, que con altibajos llega hasta nuestros días, el del reco- nocimiento de la producción de conocimiento científico como una estrategia de intervención legítima sobre la enfermedad. La investigación sobre la enfermedad da un salto cualitativo a partir del desarrollo del programa especialmente dedica- do al estudio de la enfermedad por parte de la Organización Mundial de la Salud. Nos referimos a TDR, Programa Especial de Investigaciones y Enseñanzas sobre Enfermedades Tropicales, originada en la Asamblea Mundial de la Salud, justa- mente las tres enfermedades tomadas en este capítulo serán componentes de este programa.

El retroceso de la enfermedad en el espacio público, y esto será común para malaria y leishmaniasis, se reflejó en la falta de estadísticas sistemáticas. A esto deben sumarse otros factores que contribuyeron a la “invisibilidad”. Uno es la propia disposición de los infectados a ocultar la enfermedad, sobre todo en ins- tancias de búsquedas laborales, debido a la discriminación de la que pueden ser objeto, ya que la dolencia supone una incapacidad para el esfuerzo físico, al igual que la malaria. Finalmente debemos agregar que la capacidad de los laboratorios de investigación no permite siquiera cubrir las primeras instancias de desarrollo de drogas y no existen laboratorios privados interesados en desarrollarlas, como suele suceder en todas las enfermedades declaradas huérfanas. La historia narra- da muestra que el fracaso de control de vectores, no sólo debe buscarse en cues- tiones presupuestarias, sino también en el descuido de políticas ambientales, en las recurrentes crisis socio-económicas, en los fenómenos migratorios asociados a la urbanización precaria, en el cambio climático global y fundamentalmente en la inequidad que posterga a grandes sectores de la sociedad.

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