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Cómo se generan los trastornos del sueño y las disfunciones

In document @LOGOTERAPIA2010 (1) (página 118-122)

Hasta ahora hemos tratado dos de los tres grupos metodológicos de la logoterapia: el trato de la persona consigo misma (en la intención paradójica) y la actitud de la persona con respecto a algo que le concierne (en la modulación de la actitud). Pero el individuo no sólo está capacitado para enfrentarse a sí mismo desde una cierta distancia y adoptar una actitud frente a él y a los demás, sino que también puede ver

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mucho más allá de sí mismo, incluso pasarse a sí mismo por alto, porque está enfrentado espiritualmente con algo que va más allá de la propia persona. Desde el punto de vista terapéutico, esto supone la posibilidad de dejar para más tarde el propio yo junto con todas sus debilidades e insuficiencias, por amor a un valor ideal cuya satisfacción hace madurar al individuo más allá de sus propias debilidades. Sobre esta base se edifica el método logoterapéutico de la desreflexión.

La desreflexión fue desarrollada por Viktor E. Frankl ya en los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial sólo como método terapéutico individual para trastornos del sueño y disfunciones sexuales de origen psicógeno. Con el tiempo, hemos sabido que el mecanismo nocivo de la hiperreflexión, que se anula mediante la desreflexión, puede referirse tanto a un síntoma individual como, en general, a todo lo que tenga que ver con el sí mismo. Los factores desencadenantes pueden existir o no. A continuación, presentamos cuatro descripciones de sendos cuadros sintomáticos provocados por la hiperreflexión.

1. Trastornos psicógenos del sueño

La posibilidad de eliminar un trastorno del sueño se reduce al aumentar la atención que presta el paciente al trastorno. Si una persona está despierta por la noche en la cama y piensa continuamente en cómo le gustaría quedarse dormida y, sin embargo, no puede, su «automatismo de conciliación del sueño» se bloquea. A ello se añade rápidamente una hiperintención, es decir, una voluntad desesperada de quedarse dormido de una vez, que acaba manteniendo la vigilia. El insomne se pone nervioso, mira continuamente el reloj, se imagina las consecuencias de su falta de sueño al día siguiente y da vueltas sin parar a su problema, lo cual le impide inexorablemente quedarse dormido.

[...] El insomne se pasa el día cansado; pero apenas llega la hora de ir a la cama, le sobreviene la angustia de una noche más en vela. Se pone nervioso y se excita, y esta excitación ya no le dejará conciliar el sueño. Comete el mayor error imaginable: ¡espera impaciente la conciliación del sueño! Con toda su atención, el insomne se empeña en perseguir lo que le está sucediendo; pero cuanta más atención ponga, menos capaz será de relajarse hasta el punto de poder quedarse dormido. Sueño significa relajación completa. El insomne anhela conscientemente quedarse dormido, pero el sueño no es más que sumirse en un estado de inconsciencia. Y todo pensamiento en él y en querer dormir es lo más adecuado para impedir la conciliación del sueño.

(Frankl, 57)

De nuevo estamos ante la formación de un proceso cíclico neurótico: cuanto peor se duerme, más fuerte es la hiperreflexión y la hiperintención con respecto al problema del sueño, y más se agrava también el problema.

2. Disfunciones sexuales psicógenas

El acto sexual no tolera ningún tipo de hiperreflexión o hiperintención; ambas imposibilitan la consumación del acto o el orgasmo. La sexualidad humana requiere una entrega a la pareja y, con ello, también una concentración en la pareja. Un hombre que durante el juego amoroso está controlando si tendrá o no una erección suficiente, o una mujer que en el transcurso del acto íntimo está pendiente de si experimentará o no una resonancia corporal, no consiguen disfrutar del sexo. De la misma manera que el amor no se puede obligar, el coito logrado, como expresión corporal del amor entre un hombre y una mujer, tampoco se puede forzar.

[...] El neurótico sexual lucha por algo, y lo hace desde el momento en que lucha por el placer sexual en forma de potencia y orgasmo. Pero, desgraciadamente, cuanto más se concentra en el placer, más rápido va desapareciendo éste. El camino hacia la obtención de placer y la realización de sí mismo pasa únicamente por la entrega y el olvido de sí mismo. Quien considere

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este camino un rodeo, se verá inclinado a elegir un atajo e ir derecho al placer como objetivo, sólo que el atajo se mostrará entonces como un callejón sin salida. (Frankl, 58)

Las consecuencias de una búsqueda forzada de placer son impotencia psicógena, frigidez, inseguridad en los roles sexuales, etc., lo que se traduce, en cada encuentro sexual, en una conducta convulsiva a través de la cual se va perfilando el trastorno.

Aquí también debemos incluir las distintas perversiones sexuales. La falta de entrega cariñosa a la pareja y del olvido de sí mismo envuelve la relación sexual «normal» con la aureola de lo problemático. De repente, se produce un estímulo sexual cualquiera, lo suficientemente potente como para evocar un orgasmo, y el afectado quedará «enganchado» a él: simplemente, se sentirá potente si lo encadenan, si mete la nariz en unas bragas, si tiene a un niño delante, si una mujer se defiende con fuerza, etc. La peligrosidad práctica de una dependencia de estímulos inadecuados como éstos es evidente.

Además de en la sexualidad, también se conocen mecanismos patógenos de hiperreflexión en los trastornos del lenguaje, la motilidad, la deglución, etc., es decir, en procesos psicomotrices que dependen de automatismos irreflexivos cuya constancia y armonía sólo se garantiza si no se piensa en ellos. En el caso del habla, por ejemplo, hay que prestar atención a qué se dice, y no a cómo se dice. En el momento en que alguien se fija en sus movimientos de lengua y labios al hablar, tartamudea, dado que interfiere en el mecanismo automático del habla. (Ya hemos hablado de lo que ocurre cuando, acto seguido, la angustia ante la expectativa transforma el tartamudeo casual en un síntoma de neurosis de ansiedad.) Lo mismo sucede en el proceso de ingestión de alimentos, donde también hay que prestar atención a qué se come y no a cómo se come. La persona que quiere controlar exactamente sus movimientos de masticación y deglución tendrá dificultades para digerir un simple bocado. Otro ejemplo es el del baile. Cualquier principiante sabe lo difícil que resulta concentrarse en un paso recién aprendido y seguir simultáneamente el compás. Sin embargo, un bailarín experimentado que se olvida de las piernas y se deja llevar mentalmente por el sonido de la música, mantendrá el ritmo. Algo parecido nos explica la fábula del ciempiés que olvida cómo se camina cuando le preguntan cómo puede mover sus incontables patitas al mismo tiempo.

3. Actitudes vitales fundamentales alteradas (con factores desencadenantes)

Imaginemos a una persona que ha finalizado sus estudios y no encuentra ningún puesto de trabajo relacionado con su profesión. En adelante, ya no muestra interés por nada, habla únicamente de lo que habría ocurrido si hubiera podido trabajar en su oficio y hace responsables al estado y a la sociedad de su situación, pero no hace nada para cambiarla. Esta persona se encalla continuamente en sus preocupaciones, con lo cual bloquea la búsqueda de salidas y posibilidades de solución, así como su propia flexibilidad. El desempleado mantiene el statu quo de la misma manera que el insomne mantiene su vigilia.

Lo sorprendente es que el «desencadenante de la hiperreflexión» no tiene por qué ser en ningún caso un golpe del destino, como es el inmerecido desempleo. Las pequeñas cosas cotidianas también pueden convertirse en el principio de una espiral de ocurrencias que obligue al individuo a ensimismarse de manera enfermiza.

4. Actitudes vitales fundamentales alteradas (sin factores desencadenantes)

En los mecanismos de hiperreflexión no siempre encontramos factores desencadenantes. Existe una hiperreflexión «espontánea» del bienestar que impide un verdadero bienestar. Hay personas que, nada más despertar, ya piensan que quizás han dormido mal o han tenido pesadillas. Cuando se dirigen al trabajo, intentan comprender por qué tienen ganas de trabajar y, cuanto más cavilan, menos ganas tienen. Mientras trabajan, registran todas y cada una de las palabras descuidadas que salen de los compañeros y

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clientes y meditan sobre si éstos quieren insultarles, y así sucesivamente. Se trata de personas que están continuamente preocupadas por saber si les va bien, lo cual hace que les vaya mal las veinticuatro horas del día. Esta actitud deteriora la sencilla despreocupación de vivir y reduce el mundo exterior a un reflejo del estado de ánimo de estas personas.

El problema de estas egocéntricas actitudes vitales fundamentales, acentuadas por hiperreflexiones, es su relevancia psicosomática, ya que producen una tensión constante que despierta enfermedades latentes. En las enfermedades psicosomáticas —a diferencia de las psicógenas— intervienen dos factores: una lesión corporal previa y un desencadenante psíquico o factor estresante. En un congreso de médicos escuché una comparación muy fácil de recordar: la lesión corporal previa sería una fisura en una teja, mientras que el desencadenante psíquico sería un temporal. Cuando ambos coinciden, se rompe la teja. No se puede suponer que la fisura sería la culpable de la rotura de la teja porque, de lo contrario, ya llevaría tiempo rota, ni que el temporal sería el culpable porque, de lo contrario, se habrían roto todas las tejas del tejado. No, la lesión previa e inofensiva de la teja no ha resistido al temporal.

En un episodio psicosomático, el desencadenante psíquico o factor estresante empeora el estado afectivo de una persona. Este empeoramiento debilita el estado inmunológico, mientras que la reducida defensa o capacidad de compensación del organismo introduce, en combinación con la inevitable lesión corporal previa, la declaración de la enfermedad. En el caso de una situación de tensión persistente debida a una actitud vital fundamental alterada, ni siquiera hace falta ningún desencadenante psíquico: la situación afectiva, como estado persistente, es mala, y la propensión de la persona a enfermar aumenta de manera correspondiente.

¿Cómo podemos protegernos contra las enfermedades psicosomáticas? El ser humano es bastante débil frente a las lesiones previas orgánicas o celulares; cada uno de nosotros tiene su punto débil orgánico en algún sitio. El deporte y la alimentación sana pueden mantener el cuerpo en forma, pero nadie es inmune al envejecimiento natural. Los desencadenantes psíquicos y factores estresantes tampoco se pueden evitar de manera habitual, pues están sometidos a los designios del azar. Sin duda, la mejor prevención es vivir con tranquilidad, haciendo las cosas regularmente y utilizando la razón, aunque ello no evite los imponderables de la vida. Sin embargo, la situación afectiva y, con ella, también la situación inmunológica, se puede alterar utilizando medios espirituales. Del mismo modo que la hiperreflexiva tensión persistente fijada en el yo abre las puertas a cualquier enfermedad, el hecho de centrarse espiritualmente en elementos positivos y enriquecedores del mundo exterior protege la salud corporal y mental. Este es precisamente el secreto de la hiperreflexión: construye un techo protector de cristal (y volvemos a la comparación que escuché en el congreso de médicos) a través del cual penetra la luz del sol, pero sobre el cual rebota la tormenta.

La medicina psicosomática nos permite comprender no tanto la razón por la que alguien enferma, como la razón por la que alguien permanece sano [...]. Con respecto a ello, la medicina psicosomática puede ofrecernos indicaciones realmente importantes. Pero, con ello,

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va de la esfera de un tratamiento necesario de enfermedades a la esfera de una posible prevención. Pues es evidente que allí donde hay un desencadenamiento desde lo psíquico, ha de haber también una prevención desde lo psíquico. (Frankl, 59)

El acto de centrarse espiritualmente en la abundancia de sentido del mundo exterior estabiliza la situación afectiva de la persona, estabiliza también, por tanto, su situación inmunológica, e impide sensiblemente la declaración de enfermedades psicosomáticas.

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