Acabamos de describir la grave situación del proceso cíclico de las neurosis de ansiedad, donde el síntoma produce la fobia y la fobia fija el síntoma. Hemos llegado a la conclusión de que hay que combatir y eliminar ante todo la angustia ante la expectativa subyacente en la fobia, porque dicha angustia mantiene activo el círculo vicioso y, además, impide el despliegue de la autotrascendencia de la persona, dado que la obliga a pensar continuamente en lo temido. ¿Cómo se puede eliminar la ansiedad en estos casos, al menos para aquellos momentos que puedan resultar curativos? Un método óptimo para conseguirlo es la intención paradójica, desarrollada por Viktor E. Frankl. Este método establece un enfrentamiento en toda regla entre las dimensiones espiritual y psíquica de la persona, un diálogo entre ambas. Se trata de «sobrevolar» la debilidad psíquica con unas alas espirituales, en concreto, deseando con ansia que se produzca lo temido psíquicamente (emocionalmente) en un acto espiritual acrobático —de ahí la paradoja—. El temor y el deseo se inhiben y se neutralizan mutuamente. Simplemente, es imposible, por ejemplo, temer la llegada de la noche y, al mismo tiempo, desear con fervor que se haga por fin de noche. Esto da como resultado una «inhibición recíproca»: el menos del temor y el más del deseo se neutralizan mutuamente y dan como resultado cero.
Ciertamente, no es fácil desear algo que atemorice. Esto sólo se consigue mediante una robusta movilización de fuerzas en la que, a partir de las reservas del «poder de obstinación del espíritu», se genera la capacidad de autodistanciamiento y de humor. Pensemos en el paciente de la fobia al metro. Al
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subir al tren, tiembla a causa de unas náuseas que le podrían entrar y, al instante, le entran. Demos ahora la vuelta a la situación: a partir de hoy, el pasajero deseará viajar en metro sin ningún tipo de problemas. Al contrario que antes, nada más entrar en la estación, se dirá a sí mismo:
―Lo ideal sería que me desmayara y me cayera al suelo, así alguien me cedería su asiento y podría recuperar el sueño de la mañana que me ha faltado; es que me he despertado demasiado pronto. Bueno, espero empezar a notar ya algo...»‖. ¿Qué sucede bajo la «protección» de esta paradoja? Efectivamente, si el paciente reúne la fuerza necesaria para desear algo tan equivocado como chistoso, no ocurrirá absolutamente nada. ¡No se llega a producir el más mínimo atisbo de náusea! Es decir, si quiere que algo le vaya mal, no le será tan fácil conseguir que así sea. Por lo tanto, no se producen las tensiones y convulsiones que podría generar eventualmente una anemia transitoria en el cerebro. Y si, encima, se ríe de la absurda idea de «un pequeño y placentero desmayo acompañado de un agradable sueño», y lo encuentra cómico por lo absurdo que resulta, entonces el sistema circulatorio estará más estable que nunca, porque el paciente está relajado y liberado humorísticamente, y muy lejos de padecer una náusea de origen psíquico.
Tan pronto como la intención paradójica paraliza la angustia ante la expectativa, el síntoma deja de presentarse. A partir de entonces, el proceso cíclico cambia de sentido. Como el síntoma no se presenta, el paciente recupera la valentía, tiene menos angustia y puede reírse con más facilidad de los sentimientos de temor restantes... De nuevo, los síntomas dejan de aparecer, el paciente se muestra más seguro, ya no espera que le ocurra nada malo, deja de evitar la situación ocupada por la angustia y, con el tiempo, puede volver a moverse libre de trastornos.
El arte de aplicar este método tan desconcertantemente sencillo como efectivo no es menos importante. Hay que encontrar las fórmulas paradójicas correctas para cada paciente. Al más malhumorado habrá que incitarlo para que esboce una mínima sonrisa, mientras que al mayor de los pusilánimes habrá que inducirlo a la proeza de entregarse al síntoma (tan idolatrado en la paradoja), y para ello se necesita mucho tacto. Nadie se ríe del paciente, sino que es él quien se ríe de sí mismo; se ríe, por así decirlo, de una «tontería» exagerada que forma parte de su irritado mundo sentimental y que quiere asustarlo con predicciones catastróficas. Siguiendo el lema «ningún poder para la tontería», el paciente interpreta el papel de resignado: «¡Ya tenemos aquí la catástrofe anunciada! Tengo mucha curiosidad. ¡Por fin un poco de color en mi monótona vida! Pero ¿dónde está la catástrofe? Hoy en día, no te puedes fiar de nadie, ni de tu propia angustia. También ella falta a su palabra...».
Para ayudar al paciente a conseguir una posición tan soberana, es recomendable acompañarlo en su situación crítica. Por ejemplo, en el caso anterior, se trataría de tomar el metro con el paciente y advertirle a intervalos regulares que se acerca un pequeño y agradable desmayo y que no desperdicie la «magnífica oportunidad de echar una cabezadita». Al principio, a pesar de todas las instrucciones facilitadas, el paciente siempre alberga la sospecha de que lo temido podría volver a suceder. En su interior, la disposición para experimentar se enfrenta con el escepticismo frente a la intención paradójica. En esta situación, la presencia del terapeuta sirve de apoyo hasta que el paciente ha comprobado varias veces que no pasa nada y que es capaz él solo de vencer su «tontería».
A veces hasta se dan casos en los que, siguiendo este método, la persona afectada consigue desembarazarse de una neurosis de ansiedad por sus propios medios, sin el acompañamiento del terapeuta. Una de mis alumnas, que durante la carrera de psicología había oído hablar de la intención paradójica, me explicó lo siguiente. De niña le había mordido un perro, y desde entonces anidaba en ella un miedo atroz a estos animales. Este temor le hacía cruzar al otro lado de la calle cada vez que veía acercarse de lejos a un peatón con un perro por la acera. Muchas veces se habían burlado de ella por este motivo y casi no se atrevía a salir con amigos porque no sabía cómo explicarles su continuo zigzagueo de una acera a otra. Pero tras conocer la intención paradójica, decidió aplicarla. Se propuso de firme caminar lentamente y con arrojo junto al primer perro que se le acercase y hablar interiormente con él. «Venga! —le
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diría— ¡gruñe y muestra tus dientes, que unas piernas tan jugosas como éstas no te las sirven cada día!» Lo probó con un pequeño teckel, y siguió hablando mentalmente con él cuando éste ya había pasado de largo:
«¡Me has decepcionado profundamente! No te has llevado nada, gallina, ni el más mínimo bocado...». A continuación, la estudiante se fue atreviendo con perros cada vez más grandes, hasta que, finalmente, pasó la prueba de fuego al tratar con un dogo. La chica me explicó que, entretanto, su miedo había desaparecido por completo y que ya no pensaba en perros cuando iba por la calle.
Reflexionemos ahora acerca del mecanismo que asegura que la intención paradójica no influya sobre la realidad. El enfrentamiento interior del paciente consigo mismo (con la «tontería» que lo martiriza) se asemeja a una especie de «efecto de sombra por debajo de la realidad». Por un lado, tenemos un miedo
irracional que no se adecua a la situación. Aunque sea perfectamente posible desmayarse o sufrir el ataque
de un perro, tales desgracias resultan poco frecuentes en la vida cotidiana y no tienen por qué af ectar continuamente al estado de ánimo de una persona. (A diferencia de esto, si el afectado experimenta un temor realista y adecuado a la situación, no habría lugar para el método de la intención paradójica. A nadie se le podría aconsejar, por ejemplo, que metiese la cabeza en la jaula del tigre del zoológico y pensara: «¡Venga, devórame, a qué esperas...!».)
Por consiguiente, en la neurosis de ansiedad existe una angustia irracional que, a pesar de su irracionalidad, afecta a la realidad produciendo síntomas (como las náuseas en el metro) y conductas de huida (como el cambio de acera). Por otro lado, el deseo paradójico es igualmente irracional. Por lo tanto, podríamos decir que es un absurdo que se expulsa con otro absurdo. Pero el deseo no alcanza la realidad, sino que más bien impide los efectos de lo irracional en la realidad, precisamente porque, gracias a la exageración humorística, el deseo no tiene la más mínima oportunidad de surtir efecto de forma autosugestiva. Las fórmulas paradójicas nunca dirán «me van a entrar náuseas», o «seguro que me muerde un perro», lo cual sería psicohigiénicamente peligroso. Al contrario, la intención paradójica contiene una conformidad irónico intrépida con el peor medio amenazador, un contundente acto de decisión del espíritu consistente en no ceder más a las angustias del alma desplazadas y engañarlas por medio del humor.
Las mediciones experimentales realizadas por el Instituto de Psicología de Viena, bajo la dirección de Giselher Guttmann, aportan a este respecto otra vía de explicación. El laboratorio de investigación cerebral de Viena dispone de un equipo que capta las fluctuaciones de tensión, en millonésimas de voltios, emitidas por el cuero cabelludo intacto. Esto permite observar el potencial de tensión continua de la corteza cerebral como si fuera un indicador del nivel de actividad de la persona. De estos experimentos se deduce que el aumento de la negatividad eléctrica viene acompañado de fases de mayor capacidad de rendimiento. Dicho de un modo más sencillo: siempre que el potencial de voltaje continuo empieza a desplazarse hacia
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valores negativos, aumenta la aptitud de una persona (hay que tener en cuenta que un intervalo de 10 a 20 microvoltios supone ya una enorme diferencia en este sentido).
Con independencia de ello, la ergopsicometría nos dice que la capacidad de rendimiento en situaciones de estrés grave varía de manera muy desequilibrada. Así, hay personas que se descompensan y su rendimiento cae, y otras que, en la misma situación, se ven verdaderamente estimuladas y consiguen el éxito. A las primeras se las llama, de forma chistosa, «campeones del entrenamiento», porque se asemejan a los deportistas que, en situaciones de neutralidad, alcanzan un rendimiento altísimo pero que, cuando compiten, fracasan.
Las encontramos no sólo en el mundo del deporte, sino también en la escuela y en el trabajo. Estas personas no son fáciles de descubrir mediante las pruebas psicológicas habituales, porque un test convencional se desarrolla, como sabemos, bajo condiciones de tranquilidad (a nadie se le ocurriría hacer un test de inteligencia después de pasar una noche en vela).
Pero si decidiéramos repetir un test bajo estrés, nos llevaríamos más de una sorpresa. Por lo menos, así nos sucedió hace más de diez años en el Instituto de Psicología de Viena, cuando realizamos esta clase de pruebas en condiciones de estrés parecidas a las reales. El resultado principal fue sorprendente y trascendental, porque hallamos personas que, a diferencia del rendimiento en circunstancias neutrales, se derrumbaban cuando se sometían a estrés, mientras que había otras que sólo llegaban a su plena forma en las situaciones estresantes y eran mucho mejores que bajo las condiciones neutrales. (Guttmann, 28)
En el marco de la línea de investigación citada, también se comprobó que la caída del rendimiento en estos «campeones del entrenamiento» se debe a una activación incontrolada y excesiva de la corteza cerebral, y que esta sobreactivación vuelve a estar condicionada por factores perturbadores emocionales, es decir, por la angustia. Volviendo al principio: si conseguimos suprimir a corto plazo la angustia —Utilizando un «truco»—, la sobreactivación retrocede y la negatividad eléctrica de la corteza cerebral aumenta, con lo que crece también la capacidad de rendimiento de la persona, reduciéndose así la base para la angustia. Ésta es exactamente la «cadena» curativa que se inicia con la aplicación de la intención paradójica.
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Paralelamente a la «cadena» curativa, el esquema alude también a la interacción entre las tres dimensiones del ser al mostrar que la logoterapia se aplica con sus métodos en lo espiritual —lo que nunca puede enfermar— para, atravesando los otros planos del ser, enfermos o con trastornos funcionales, fortalecer de nuevo el plano espiritual y crear finalmente un estado de salud general. Sin embargo, el deseo paradójico nunca deberá llevarse al terreno consciente demasiado tarde. Un paciente dispone de la fuerza necesaria para hacerlo mientras se está aproximando a su problema, pero si ya se encuentra en medio del conflicto, le vencerán los elementos perturbadores procedentes de lo psicofísico. Nuestro poder de distanciamiento espiritual es extraordinariamente fuerte, pero también tiene sus límites.
Para acabar, analicemos una cuestión general: hemos visto que, al aplicar la intención paradójica, el paciente supera su miedo irracional durante cierto tiempo, el suficiente para suprimir el síntoma. ¿Se trata, por tanto, de un método de reducción de síntomas? Y si es así, ¿no se corre el riesgo de que se desarrollen síntomas sustitutivos?
De hecho, en ninguno de los numerosos estudios longitudinales norteamericanos relativos a la efectividad de este método han aparecido síntomas sustitutivos. Ello se debe a dos motivos. En primer lugar, el enfermo aprende a manejar la intención paradójica con autonomía y, por ello, puede ayudarse a sí mismo cada vez que la angustia irracional vuelve al acecho. En segundo lugar, no se sabe si es del todo cierta la hipótesis de que los procedimientos de reducción de síntomas ordenan necesariamente el despliegue de síntomas sustitutivos. En cambio, lo que sí está anticuado es el modelo según el cual una única causa comprensible conduce a un síntoma patológico determinado y que el síntoma no se puede eliminar si no se elimina antes esa causa. Actualmente sabemos que las cosas son algo más complejas, que los trastornos mentales se amontonan en complicadas redes etiológicas y que cualquier trastorno se convierte nuevamente en la causa de un trastorno posterior. En el gráfico de la página siguiente aparecen algunos de estos trastornos posteriores, como el fracaso profesional, los problemas familiares o la depresión.
Si consideramos que un paciente puede controlar su síntoma neurótico-ansioso (u obsesivo-compulsivo) mediante la intención paradójica, las manifestaciones posteriores del síntoma desaparecerán. Esto confiere al paciente un impulso mental que, a su vez, presenta manifestaciones posteriores: aumento de confianza en sí mismo, normalización profesional, estabilidad familiar, etc. Todo esto puede contribuir a que, finalmente, se superen las eventuales causas que, en su momento, hayan podido provocar la enfermedad (traumas vividos). En cualquier caso, las posibilidades de éxito son más halagüeñas que si se intenta «elaborar el pasado» todavía en la fase aguda de la enfermedad, durante la cual el paciente se encuentra tan triste y abatido. Por lo tanto, la reducción del síntoma no sólo tiene la importancia de ser un «primer auxilio» psicoterapéutico para frenar al instante las posteriores manifestaciones negativas de síntomas, sino que incluso puede revelarse como un medio que, en determinadas circunstancias, contrib uye a eliminar las causas de la enfermedad.
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Al fin y al cabo, la intención paradójica es más que un tratamiento de síntomas. Sirviéndose del humor, el paciente se eleva por encima de sí mismo y deja de someterse a sus impulsos psicofísicos. Se siente fuerte porque demuestra valentía, «agarra el toro por los cuernos» y se encara consciente e intencionadamente a la situación ocupada por el miedo. Todo ello introduce un crecimiento interior en el paciente que nunca se conseguiría con un mero combate racional contra sus angustias. Su actitud frente a la vida se modifica por completo y se recupera una parte de la confianza original. Esta confianza original constituye la mejor protección contra cualquier desliz neurótico, dondequiera que se hallen sus raíces.
La predisposición psicofísica y, junto con la predisposición vital, la situación social conforman juntas la posición natural de una persona. Sin embargo, la posición natural nunca es determinante. Lo determinante es la persona espiritual, la actitud personal ante la
posición natural. Pero allí donde se da una actitud, siempre es posible un reposicionamiento, y es a este reposicionamiento al que aspira básicamente la logoterapia. Pero con ello no se está dirigiendo hacia las primeras causas, sino a la última causa del sufrimiento. La logoterapia no se ocupa de las causas impropias, es decir de las condiciones, sino de la causa verdadera, de la causa real de un sufrimiento. Sin embargo, esta causa real se halla en la persona del enfermo que adopta una posición —con respecto a todas las condiciones (interiores y exteriores)—; y es a esta causa, en tanto que instancia última que está en posesión de la última palabra, la decisiva, a la que recurre y apela la logoterapia. (Frankl, 29)
Para hacernos una idea del «reposicionamiento existencial» al que se puede llegar en el transcurso de un tratamiento logoterapéutico, reproducimos a continuación un dibujo de uno de mis pacientes, quien me ha autorizado su publicación. Este paciente había padecido durante años una serie de neurosis obsesivas y de ansiedad de carácter agudo que le impedían llevar una vida con un mínimo de libertad, hasta que consiguió —mediante la intención paradójica— enfrentarse a sus angustias, tal como él mismo representó en el dibujo:
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