¿Cómo se puede liberar a las personas del «vacío existencial»? La logoterapia ve en las neurosis y depresiones noógenas una de las pocas indicaciones para dilucidar extensamente el pasado de una persona. Naturalmente, no para barrer los fallos y los fracasos de su vida, sino para plantearse una cuestión: ¿cuál ha sido la mejor época del paciente? ¿Cuándo le pareció la vida llena de sentido en todos sus aspectos? ¿Qué sucedió entonces, qué proyectos se había marcado, cuáles eran sus principales preocupaciones? El paciente se somete a un «análisis existencial» (Frankl) que lo examina «hacia su capacidad personal de ser responsable» e indaga contenidos colmados de sentido en su existencia ante los cuales todavía tenga contraído un compromiso. Por ejemplo, una persona que nace con dotes musicales es responsable de hacerlas florecer de manera constructiva; una persona que ha disfrutado de
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una educación multidisciplinar es responsable de sacar partido de sus conocimientos; o una persona que ha experimentado el amor y la bondad del prójimo es responsable de transmitir lo que le han dado.
Al indagar «legados» positivos en el pasado y estructuras de sentido antiguas, emergen puntos de conexión con el presente que permiten al paciente reanimar unos contenidos que, como le son familiares y él está mentalmente unido a ellos, tienen una buena oportunidad para ascender al grado de «contenidos vitales». Por ejemplo, puede suceder que una persona haya aprendido hace mucho tiempo a tocar un instrumento musical, actividad que desempeñaba con alegría, y que en la conversación terapéutica tome la decisión de volver a refrescar esta habilidad y reservarle una parte de su tiempo libre en un futuro. Sólo con esto, la persona puede lograr desprenderse del consumo pasivo de televisión y ganar una actividad —por ejemplo, en un círculo musical— que le proporcione una experiencia de sentido actualizada.
Otra posibilidad terapéutica es la búsqueda de modelos. El terapeuta pide al paciente que piense en qué personas, a su parecer, llevan o han llevado una vida llena de sentido. En general, será capaz de citar algunos nombres, aunque se trate de ídolos legendarios como Albert Schweitzer o la Madre Teresa. A continuación, se discutirá sobre el motivo por el que el paciente atribuye tal abundancia de sentido a la vida de las personas citadas. ¿Qué es o era lo singular de sus estilos de vida? ¿Podría el paciente hacer lo mismo? ¿Qué se lo impide? En la búsqueda de modelos adecuados aflora, prácticamente siempre, la conexión entre suerte y entrega, es decir, el hecho banal de que la suerte no significa que las cosas le vayan bien a uno, sino que uno es bueno para algo. Resulta interesante comprobar que los enfermos adivinan esta conexión con suma precisión, lo que demuestra que el primitivo conocimiento humano del
logos no muere, ni siquiera en el «vacío existencial».
De aquí se pasa a la búsqueda de personas para las cuales el paciente podría ser importante, personas que podrían necesitarlo, porque el «vacío existencial» también es un vacío social: nadie llama a su puerta. ¿Es que no hay suficientes personas ahí fuera, al otro lado de la puerta, que podrían necesitar a alguien? ¿Cómo sería este alguien que podría serles útil? ¿Qué cosas emanaría de su personalidad, cómo se comportaría, qué debería hacer? Un «retrato robot» de este alguien puede hacer que el paciente empiece a identificarse con él.
Aquí se pueden poner en práctica técnicas de imaginación destinadas a despertar visiones en el paciente. Este, por así decirlo, abre en el sueño la puerta de su celda neurótico-depresiva, sale de ella y mira alrededor. ¿Qué ve en el mundo exterior? Si es algo agradable, ¿no será simplemente un sentido en la vida? Si es algo desagradable, ¿no será simplemente una llamada para emprender una revisión? Tratar al enfermo noógeno significa sacarlo de la indiferencia. No hay que ofrecerle un trozo de mundo íntegro, sino un pedazo que hay que curar. Si acepta el encargo, se curará a sí mismo.
Otra posibilidad terapéutica es el «entrenamiento de sensibilización de sentido». Ante las pequeñas decisiones cotidianas (y también ante las grandes, sólo que éstas vendrán después), el paciente deberá acostumbrarse a sacar el siguiente cuestionario de cinco puntos y responderlo:
1. ¿Cuál es mi problema?
El problema no debe ser impreciso ni incomprensible, sino que ha de estar relacionado con una situación concreta para poder adoptar una actitud espiritual frente a él. Si el problema aparece con claridad, el área no problemática también dejará ver sus contornos claramente, lo cual siempre resultará consolador.
2. ¿Dónde está mi espacio libre?
El problema ligado a la situación concreta se debe localizar en el ámbito de lo fatídico, porque está absorbido por la historia. Es posible modificarlo y, sin embargo, hay partes inevitables surgidas de su
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génesis. El objetivo es desviar la atención de éstas y orientarse hacia el campo de acción libre no mencionado por el problema.
3. ¿Qué opciones tengo?
En el campo de acción libre hay opciones. La siguiente tarea consiste en agruparlas mentalmente —sin entrar todavía en valoraciones—. Esta actividad se convierte en un ejercicio de fantasía lleno de sorpresas. A veces, las posibilidades que existen más allá de lo usual y de las que no somos conscientes resultan ser fenomenales.
4. ¿Hay alguna que tenga más sentido que las otras?
Aquí se invita al «órgano de sentido» conciencia a «jugar a detectives». La conciencia debe descubrir qué es lo que hay, aunque esté escondido: la opción de mayor sentido. No se tendrá en cuenta si aporta placer o no, pero sí las consecuencias imaginables para todos los afectados.
Inciso recordatorio
La imagen logoterapéutica del mundo no sólo es optimista, sino también objetivista, dado que parte del hecho de que el sentido no se puede inventar, sino que siempre se puede encontrar porque, objetivamente, «existe». No sólo existe sentido en nuestra conciencia, también existe sentido en el mundo. Según la logoterapia, el «sentido del instante» que hay que descubrir en el punto 4 es como una mancha de luz dorada en el suelo creada por un rayo de sol que penetra por una persiana casi cerrada. Esta mancha es el reflejo de un «suprasentido» (Frankl) nuestro que supera toda comprensión, de la misma manera que el rayo de sol es el destello de una bola de fuego más luminosa que todas las luces de la Tierra. La logoterapia no venera la concepción subjetiva del sentido, según la cual el hombre podría definir arbitrariamente qué es lo que considera que tiene sentido. Tal concepción sería como decir que se puede pintar una mancha de color amarillo en el suelo y hacerla pasar por luz solar.
5. ¡Quiero hacer realidad esa opción!
El paciente lleva a cabo a solas el último paso del entrenamiento. Nadie puede ayudarle; lo único que se puede hacer es pedirle encarecidamente que lo haga. Es su fiat, su «hágase» lo que él mismo ha descubierto, su decisión para el sentido.
De la suma de estas decisiones cotidianas tomadas con acierto va formándose poco a poco una nueva línea de orientación en el paciente. Una línea que lo extrae del vacío «a lo largo de un rayo de sol». Veamos un ejemplo:
1. ¿Cuál es mi problema?
El problema del paciente es el inicio del fin de semana, durante el cual no sabe qué hacer. Está desanimado y no muestra interés por nada (padece una «neurosis dominical»). Su problema no son tanto los días laborables en los que está firmemente enganchado a la dinámica laboral y con frecuencia tiene que hacer horas extra.
2. ¿Dónde está mi espacio libre?
Lo fatídico para el paciente es que es fin de semana y, también, que no experimenta placer por nada. No puede elegir a voluntad sus sentimientos. Sin embargo, sí que puede determinar libremente lo que hará el fin de semana —con y a pesar de su desinterés.
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3. ¿Qué opciones tengo?
Hay que dar rienda suelta a la imaginación. El paciente tiene permiso para recopilar todo lo que se le ocurra: puede quedarse medio dormido en la cama, puede levantarse y leer, fumar un porro, escuchar música, saltar por la ventana, ir a algún bar, hacer una excursión en bicicleta, llamar a su madre, escribir una carta...
4. ¿Hay alguna que tenga más sentido que las otras?
Sin tener ganas, el paciente admite que, en su situación, lo más sensato el fin de semana sería escribir una carta que desde hacía tiempo había prometido a un antiguo compañero, dado que éste ya le ha llamado varias veces y nunca ha recibido señales de vida.
5. ¡Quiero hacer realidad esa opción!
Aunque no le apetece, el paciente se esfuerza en escribir un borrador de la carta. Mientras escribe, se le van ocurriendo más ideas de lo que había imaginado y, contra todo pronóstico, le sale una carta que no está mal. El paciente experimenta una leve sensación de satisfacción que le permite acabar el fin de semana de manera aceptable.
Con independencia de todo esto, se está abriendo camino a otras oportunidades de sentido. Quizás el destinatario de la carta se vuelva a animar y revitalice una relación que había quedado estancada. Y quizás esta relación dé un impulso para superar la frustración existencial. Nunca se sabe...
A veces, a pesar de la falta de ganas, hay que iniciar algo sin otro motivo que porque tiene sentido, y las ganas o el placer llegan al llevar a cabo lo que tiene sentido, porque en la corriente de todo acto lleno de sentido navega también la satisfacción. Sin embargo, rara vez se consigue la satisfacción si, a la inversa, se espera a que a uno le lleguen las ganas de hacer algo con sentido. La espera puede hacerse eterna. Para finalizar, compararemos los dos grupos de trastornos discutidos. En psicoterapia apenas se tienen en cuenta, a pesar de que están representados en elevados porcentajes de población: se trata del trastorno del neurótico noógeno y el del homo patiens. Si bien los puntos de partida de ambos son contrarios, existe una coincidencia entre ellos: no perciben ni capturan las posibilidades de sentido que ofrece la vida.
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En el homo patiens, el horizonte de sentido está parcialmente tapado. Allí donde ha padecido graves pérdidas de valores, sus posibilidades de realización al respecto están limitadas o no existen. El problema reside en que el homo patiens sólo ve esta porción, esta «fatalidad», y nada más.
En el caso del neurótico noógeno, el horizonte de sentido está completamente abierto y, si el afectado vi ve en circunstancias positivas, también es muy amplio. Sin embargo, ante su «ojo interior» tiene un «velo» que le impide acceder a las posibilidades de realización de valores. La actitud trágica que lo encadena al «vacío existencial» es: ¡todo es nada!
Por lo tanto, en el caso del homo patiens habrá que proceder terapéuticamente desplazando el ángulo de visión para que dedique toda su atención al horizonte de sentido del que todavía dispone, mientras que en el caso del neurótico noógeno, habrá que volver a habilitar su «capacidad de visión» espiritual.
No se trata de dar al paciente un sentido de la existencia sino, única y exclusivamente, de ponerlo en disposición de encontrar un sentido de la existencia; de, por así decirlo, ampliar su campo de visión para que perciba todo el espectro de posibilidades de sentido y valores, personales y concretos. (Frankl, 55)
Todavía nos falta tratar brevemente la problemática de las neurosis y depresiones noógenas que descansan sobre un conflicto moral, es decir, de conciencia. En tales casos, lo mejor que puede hacer el terapeuta es tomar en serio la lucha espiritual del paciente. En las capas profundas del inconsciente, el enfermo vislumbra la decisión más adecuada y tiene que madurar en esta dirección. A veces, el acompañante puede facilitar este proceso mediante pequeñas modulaciones de actitud o, simplemente, animando al paciente para que preste atención a las «señales». Hay lugares y estados particulares que «quitan el polvo» a las antenas de nuestra conciencia y filtran las interferencias que provoca el mundo. Tales estados saludables pueden ser la relajación, el silencio o la soledad. Sentarse a contemplar un cielo estrellado en una noche clara u observar la salida del sol desde un punto elevado son experiencias conmovedoras que ayudan a dilucidar las señales. Si preguntamos a un habitante de una gran ciudad cuándo contempló las estrellas o el amanecer tranquilamente por última vez y se empapó de su propia persona, es posible que ya no se acuerde. Sólo los artistas y poetas saben todavía lo inspiradoras que pueden ser para el alma estas vivencias fenomenales. Los logoterapeutas lo saben y, de vez en cuando — en casos de conflictos de valores, falta de decisión, ambivalencias, búsqueda de Dios, en resumen, cuando el «corazón está agitado»—, en lugar de pastillas recetan al paciente experiencias tales como pasear por el desierto, sentarse en un bosque, navegar o contemplar el cielo. Lo esencial se manifiesta cuando se aísla de lo no esencial.
Antes decíamos que, en los casos que correspondía, ante una pregunta no condicionada por la enfermedad, sino absolutamente humana, el médico estaba obligado a responder no como neurólogo, sino simplemente como ser humano. De ser así, se plantea entonces la cuestión de si está autorizado a hacerlo —¡como médico!—y hasta qué punto puede hacerlo, pues la amenaza que aquí se cierne es manifiesta: la imposición de la visión del mundo personal del médico (es decir su opinión privada) sobre el paciente... Sin embargo, en esta situación, ¿no es deber del médico llevar al paciente sólo hasta el punto en que él, el paciente, acceda a su propia visión del mundo e interpretación de la vida y, por tanto, encuentre un nuevo camino espiritual de salida a partir de la propia responsabilidad? (Frankl, 56)