Mery Vega
En mi primera experiencia clínica, siendo aún estudiante de psicología y a pasos de comenzar el periodo de práctica profesional, tuve la oportunidad de trabajar en terapia con una niña de 14 años, diagnosticada de retardo mental leve, residente de un centro femenino de menores, por abandono y negligencia de parte de su familia.
En esta primera oportunidad de vivir un proceso terapéutico desde el rol de terapeuta, pude experimentar distintas situaciones en las cuales me fue posible aprender y crecer, tanto personal como profesionalmente. Esto, por tener la posibilidad de poner en movimiento y sinergia procesos cognitivos, afectivos y madurativos, por permitirme avanzar desde el plano teórico al práctico y evolucionar en lo profesional.
Una de esas situaciones que me ayudaron a madurar ocurrió en la segunda sesión. En esa oportunidad poseía un vago conocimiento del caso y del motivo de consulta, ya que mi preocupación principal en el primer encuentro, había sido establecer una alianza terapéutica favorable. Por lo tanto, para esa sesión pretendía profundizar más respecto del motivo de consulta, el cual me provocaba una extraña sensación.
En la primera entrevista la niña expresó sentirse incapaz de manejar su ira, sin embargo, a mí no me dejaba conforme ese motivo de consulta. Me daba la impresión que ese problema le era lejano, casi ajeno, como tomado prestado. Esto, por el hecho de que la niña no se mostraba motivada a hablar de eso, incluso en ocasiones parecía evadir el tema, como si en realidad no le interesara conversarme al respecto.
Por lo tanto, para esa segunda sesión me había planteado como objetivo principal, el familiarizarme en profundidad con su problema y fortalecer la alianza terapéutica, la que, a mi parecer, era bastante buena.
Para mi sorpresa, ese día, la niña estaba molesta y enojada por algo y no se encontraba de humor para trabajar. En ese instante pareció abrirse un paréntesis gigante en la situación y en el tiempo, me inundó una marejada de pensamientos y sentimientos. Con la niña enfrente de mí, mostrándome de todas las formas posibles su enfado, no me quedó otra cosa que optar por tomar las cosas con mucha calma y aceptar lo que se me estaba manifestando. Lo inmediato era tan solo permitir que los acontecimientos ocurrieran, una intuición me hizo sentir que no era necesario forzar, ni apresurar las cosas.
Así le di tiempo a la niña para experimentar su emoción, para tomar contacto con sus sentimientos y de paso, me otorgaba la oportunidad de observar, de primera fuente, aquello que la niña me planteaba como una dificultad en su vida. Además, me permitía darme el tiempo necesario para poner en orden ese torbellino de ideas y pensamientos, que se habían desencadenado en mí.
Ella se mostraba rígida, tenía el cuerpo tenso y sus extremidades apretadas. Estaba de pie, levemente inclinada hacia un lado, apoyándose en el umbral de la puerta. Sus piernas y brazos estaban cruzados, su cabeza apuntaba hacia abajo y me daba la espalda. No me miró en ningún momento, tampoco me habló, tan solo al saber que había llegado la “tía psicóloga” gritó “yo no voy a trabajar”. Una auxiliar del hogar intentó persuadirla y tomarla de un brazo, pero en un rápido y brusco ademán, la menor recupero la posición.
Con esa imagen ante mis ojos, sentí un poco de preocupación por la posibilidad de resentir la alianza que habíamos logrado, también sentí como esta situación había generado caos en lo que había planeado de antemano, desequilibrándome al enfrentarme a un acontecimiento nuevo, ante el cual debía responder. Mi preocupación era poder actuar de acuerdo al rol de terapeuta y que cualquier acción emprendida fuera beneficiosa para la niña.
De hecho, el equilibrio se vino a reestablecer cuando dos polos de mi persona lograron armonizarse. Al ver a la niña así, surgieron en mí muchos pensamientos, los que no fueron útiles si no hasta unificarse con los sentimientos que me generaba la situación.
Por un lado, mi mente sabía que se me estaba regalando, en su máximo esplendor, el fenómeno que esperaba conocer, sabía que era una oportunidad única de ser testigo de eso que la niña decía ser incapaz de controlar. A esto se sumaron conceptos tales como; el principio de utilización de Erickson, que me invitaba a usar lo acontecido en beneficio de la terapia. Conceptos como el de inclusión, me
permitía situarme en la experiencia, observarla sin juzgar, ni interpretar, conservando mi propia esencia al vivir la situación. Sabía que por no tener seguridad sobre qué hacer, me encontraba en un momento muy importante, el de mayor fertilidad creativa, donde todo podía pasar.
Y cuando la balanza estaba cargada hacia el lado intelectual o racional, surgió la otra parte; la emocional. El polo afectivo vino a dar a las ideas una intención; al integrarse en un todo unificado, ambas partes armonizaron dándole forma a la acción. En cosa de segundos, mis pensamientos pasaron de ser algo difusos y abstractos a generar una acción concreta, la cual fue motivada por una emoción, por un sentimiento de amor, que surgía de la aceptación incondicional de la totalidad de esa persona, con quien había adquirido un compromiso profesional.
En ese momento, cuando los polos emocional e intelectual encontraron un equilibrio me fue posible acercarme, sin defensas, a la niña. Empatizar con ella y tocarla, poniendo una mano en su hombro, tan solo para transmitirle calma, esa misma calma que me había permitido, en pocos segundos, comprender que yo debía acompañarla en su proceso.
Todo se fue dando con mucha naturalidad. Yo me ocupé de transmitirle que aceptaba, sin juicios, la situación, diciéndole que no era necesario trabajar en sesión si ella no lo deseaba. Además, le manifesté que si no realizábamos la sesión, yo no me enojaría, y que podríamos conversarlo cuando ella se sintiera mejor o lo estimara conveniente. Esto, con la idea de ser lo más honesta posible, pero principalmente para permitirle ver que la aceptaba en su totalidad, con sus virtudes y defectos. Esta
mezcla entre aquello que aprendí y aquello que sentí, me permitió mantenerme en el rol de terapeuta humanista-gestáltica y contactarme con aquel compromiso que, desde la primera sesión, había adquirido. Todo esto me ayudó a dar una beneficiosa resolución a lo ocurrido, ya que, posterior a mi intento por llegar a la niña, a través de la empatía y el amor, ella aceptó ir a la oficina donde construimos terapia por siete sesiones en total.
Para mi agrado el desenlace de esta historia fue una calurosa muestra de afecto por parte de la niña, quien después de dialogar por alrededor de una hora sobre lo acontecido, me retribuyó con un tierno y apretado abrazo. Sin duda, esta situación permanecerá en mi memoria por mucho tiempo, ya que ad portas de lo que sería mi primera experiencia como terapeuta, tuve la oportunidad de poner a prueba mi capacidad de recoger aquello aprendido a lo largo de mi formación como psicóloga, relacionarlo con mi modo personal de ser y poner en marcha una estrategia, tan especifica y única, quizás propia sólo de este caso. Así, una anécdota pasó a constituirse en un importante aprendizaje, que me permitió darle crédito a mis capacidades como profesional y que me ayudo a crecer y evolucionar como persona.