Tamara Elso
Esta historia versa sobre una intervención que llegó en el momento adecuado y con las palabras precisas. El paciente es un adolescente de 13 años, estudiante de octavo básico, el “malo” del colegio y con bajo rendimiento académico, quien continuamente agrede a compañeros e inclusive a profesores. Ha sido permanentemente estigmatizado por los directivos como: incorregible, futuro delincuente, degenerado, malo de adentro, caso perdido, y así, un sin numero de calificativos que dan cuenta de la percepción que se tiene en torno al menor. Por otro lado, el menor vive una grave situación de violencia intrafamiliar, que influía en que no podíamos contar con la participación ni apoyo de ningún familiar.
Gradualmente fuimos logrando construir una buena alianza y llegamos a establecer como objetivo de la terapia que él se porte mejor. No obstante, desde el primer momento se mostró reacio, pues señalaba que ya lo habían aconsejado harto y él no hacía caso.
Logré conectarme con él, al preguntarle ¿si te doy consejos, me harías caso?, a lo que respondió con un “no”, entonces le dije “para qué te voy a dar consejos entonces, si no me harás caso, cierto”, respondiéndome “no po tía, si yo nunca hago
caso”. En ese momento le propuse que buscáramos otras formas de ayudar a que se porte mejor en vez de aconsejarlo, esto le pareció una buena idea y accedió.
A partir de esa situación consideré apropiado utilizar una tarea paradójica de
prescripción del síntoma pidiéndole explícitamente que se porte mal, ya que el menor
manifiesta un claro oposicionismo hacia la autoridad y, pese a la buena relación que establece conmigo, yo sigo siendo un representante de ésta, por lo tanto, él debería “desobedecer” mi prescripción. Al darle una orden respecto a una conducta que hasta entonces realizaba voluntariamente, se coloca al niño en una situación de doble vínculo: si responde portándose mal lo hace bajo mi petición y me obedece, si por el contrario no me hace caso, abandona el comportamiento violento. Es una tarea sin salida, me haga caso o no, se produce un cambio, o se porta mejor o se vuelve obediente.
El momento oportuno para darle la instrucción se produjo durante la cuarta sesión. Al evaluar que él se había mostrado muy cooperador y motivado, le manifesté que le daría una tarea y que si bien las anteriores no las había cumplido, para ésta le iba a pedir que tratara de acordarse y la hiciera durante la semana, porque era muy importante.
Comencé por connotar positivamente el síntoma:
T: Estuve revisando tu caso y llegué a la conclusión de que tú te portas mal porque te sirve para hacerte más fuerte y para que tus compañeros te respeten. Además les sirve mucho a los niños que tú molestas, así
aprenden a defenderse y también los profesores se preocupan de ellos, porque son más débiles y necesitan más atención.
P: Sí, los profes altiro se preocupan y los van a ver.
T. ¿Viste? Por eso mismo. La tarea que yo te voy a pedir es que esta semana te portes lo más mal que puedas, porque ahora nos dimos cuenta que le sirve a tus compañeros y a ti, así que pórtate bien mal y cuando lo hagas fíjate muy bien en lo que pasa, cómo reaccionan tus compañeros y profesores.
P: (Con expresión de incredulidad ante lo planteado) Pero, (risas) en serio, ¿que me porte mal?
T: Sí, pero tienes que acordarte y hacerlo. P: Y si pasa algo… y me retan.
T: No importa, ya sabemos que eso te sirve a ti para hacerte más fuerte. Hazlo y fíjate muy bien en lo que pasa.
P: (Aún muy sorprendido) Bueno, pero si me llaman al apoderado la acuso a usted que me dijo eso.
T: No te preocupes, trata de portarte lo más mal que puedas. son más débiles y necesitan más atención.
T: Viste, por eso mismo, la tarea que yo te voy a pedir es que esta semana te portes lo más mal que puedas, porque ahora nos dimos cuenta que le sirve a tus compañeros y a ti, así que pórtate bien mal y cuando lo hagas, fíjate muy bien en lo que pasa, como reaccionan tus compañeros y los profesores.
La actitud del chico era de mucha sorpresa, pero al ver que no se trataba de una broma, se lo tomó en serio. Desde este primer momento ya empieza a manifestarse un cambio en él, se ve muy complicado en obedecer y portarse mal, cuando hasta hace un momento es lo que venía haciendo siempre. Con esta breve instrucción se había logrado modificar el significado de su comportamiento, ya no sería un desafío a la autoridad, si no por el contrario, un acatamiento a ésta.
El resultado en este caso fue muy significativo, a la semana siguiente me contó que se acordó varias veces de la tarea, pero que no pudo hacerla, en sus palabras: “pensaba, tengo que hacer lo que me dijo la tía, iba donde un compañero pa pegarle pero no me daban ganas…”. Dijo que “ahora como que lo pensaba, entonces se me pasaban las ganas…”.
Posteriormente, al consultar con la profesora jefe, se manifestó muy sorprendida por el cambio que había presentado el niño, la sorpresa se repite en los diferentes profesores y directivos, todos coinciden en que es muy notorio. Este cambio se ha mantenido en el tiempo y al cabo de dos semanas no había ocurrido ningún incidente en la escuela en el que estuviera involucrado y no había sido suspendido en ninguna ocasión.
Mediante una intervención sencilla y breve, planteada en el contexto adecuado, se logró una mejora significativa en la situación problema y en el ambiente que rodea al menor. Más allá de la gravedad de su situación familiar, de todas sus carencias y de un entorno escolar que lo estigmatizaba, se pudo avanzar y conectar al niño con su capacidad de portarse bien y trabajar desde allí en el logro terapéutico.