Parte IV: Los intereses
Capítulo 11: Cómo se despierta nuestro interés
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Pero es que la mente humana no es como una película fotográfica virgen en la que de una sola vez y para siempre quedarán registradas cada una de las impresiones que se abren paso a través de sus lentes y obturadores, sino que se caracteriza por su incesante y continua capacidad creativa. En ella las imágenes se desvanecen o combinan entre sí, toda vez que determinados aspectos se intensifican o condensan a medida que las hacemos enteramente nuestras. En lugar de permanecer inertes en la superficie de nuestra conciencia, las imágenes se convierten en una expresión personal de nosotros mismos por la acción de nuestra facultad poética. Así pues, tomamos parte en la acción y ponemos el énfasis donde nos parece conveniente.
Para lograr esto tendemos a personalizar cantidades y dramatizar relaciones. Salvo en el caso de las mentes más sofisticadas, todos tendemos a representar los asuntos del mundo en forma de alegorías. De esta manera, tratamos como si fueran personas de carne y hueso a los Movimientos Sociales, las Fuerzas Económicas, los Intereses Nacionales y la Opinión Pública y, a su vez, personas como el Papa, el Presidente, Lenin, el banquero Morgan o el Rey se convierten en ideas e instituciones. El estereotipo humano más profundo es el que confiere naturaleza humana a cosas inanimadas o colectivas.
A pesar de sufrir la censura en todas sus variantes posibles, nuestras impresiones nos desconciertan por su variedad, obligándonos a adoptar formas alegóricas para economizar esfuerzo. Por otro lado, cada una de ellas conlleva una multitud de cosas de una magnitud tal, que nos resulta imposible retenerlas en la mente de forma gráfica. Esto nos lleva a ponerles nombre y a dejar que éstos representen el conjunto de la impresión. Sin embargo, los nombres son porosos. Sus significados antiguos se evaporan a medida que otros nuevos se filtran a su interior, de forma que todo esfuerzo por retener el significado pleno de cada uno resulta una tarea casi tan agotadora como intentar recordar las impresiones originales. Por otro lado, los nombres constituyen una pobre moneda para el pensamiento. Esto se debe a que están demasiado vacíos de contenido y resultan excesivamente abstractos e inhumanos, por lo que en un primer momento vemos los nombres a través de determinados estereotipos personales en cuyo interior leemos y, posteriormente, contemplamos en ellos la encarnación de alguna cualidad humana.
Sin embargo, las cualidades humanas son vagas y cambiantes. La mejor manera de recordarlas consiste en emplear rasgos físicos. Esto nos lleva a visualizar aquellas que adscribimos a los nombres de nuestras impresiones en forma de metáforas físicas. De esta manera, el pueblo de Inglaterra y su historia se condensan en Inglaterra, que a su vez se convierte en John Bull, al que sintetizamos en un ser gordo y jovial, tal vez no demasiado inteligente, pero absolutamente capaz de cuidar de sí mismo. Sirva de ejemplo adicional que la migración de determinados pueblos puede adoptar desde la forma del meandro de un río hasta la de una avalancha devastadora a los ojos de los demás, de la misma manera que la representación del valor que cada nación puede desplegar en un momento dado puede adoptar la forma de una roca, su determinación la de una carretera, las dudas que le asaltan la de un desvío, las dificultades que le rodean las de rodadas y piedras, y su progreso la de un valle fértil. Como resultado de ello, cuando dichas naciones movilizan sus acorazados es como si desenvainasen la espada, y cuando sus ejércitos se rinden, como si les hubieran empujado al suelo. Por último, los pueblos oprimidos sienten que están en el potro de la tortura o sufriendo grandes tormentos.
Cuando los asuntos públicos se popularizan mediante discursos, titulares, obras teatrales, películas, tiras cómicas, novelas, estatuas o pinturas, su transformación en objetos de interés humano conlleva en
primer lugar la abstracción de la forma original y, a continuación, la animación de lo que se ha reducido a una abstracción. No podemos interesarnos ni sentirnos estimulados por cosas que no vemos, por lo que al no poder apreciar más que una parte ínfima de los asuntos públicos, éstos constituyen algo tedioso y poco apetitoso hasta que alguien con madera de artista los traduce en forma de película, compensando así la abstracción impuesta a nuestro conocimiento de la realidad por todas las limitaciones que se derivan de nuestro acceso a la información y nuestros prejuicios. No somos omnipresentes ni omniscientes, por lo que no podemos vislumbrar casi ningún aspecto de las cosas sobre las que, sin embargo, nos vemos en la necesidad de pensar y comentar. Por otro lado, como estamos hechos de carne y sangre, no podemos alimentarnos exclusivamente de palabras, nombres y teorías grises. Por último, como también somos artistas en mayor o menor grado, pintamos cuadros, ideamos dramas y dibujamos tiras cómicas a partir de las abstracciones.
Siempre que sea posible, además, encontraremos hombres de talento capaces de visualizar las cosas por nosotros, debido a que no todos disponemos de las mismas dotes pictóricas, ni en la misma proporción. Sin embargo, imagino que más de uno estará de acuerdo con Bergson en que la inteligencia práctica está fundamentalmente adaptada a las cualidades espaciales. 84 El que piensa con claridad, casi siempre es un buen visualizador, pero esta característica cinematográfica también se traduce en una cierta insensibilidad y apego a lo externo. Por el contrario, los individuos intuitivos, que probablemente sea otra forma de denominar la percepción musical o muscular, suelen apreciar la calidad de los sucesos y los aspectos internos de los hechos en mayor medida que los visualizadores. Gozan de una mayor capacidad de comprensión cuando el elemento crucial corresponde a deseos que nunca se expresan abiertamente y sólo ascienden a la superficie a través de gestos velados o escondidos entre el ritmo del discurso. Puede que la visualización permita captar los estímulos y los resultados, pero quienes la llevan a cabo tienden a caricaturizar los aspectos intermedios e internos con la misma pobreza con que las grandes sopranos reflejan la intención de los compositores cuando interpretan el dulce papel de una doncella.
A pesar de que tienen una forma característica de acertar, las intuiciones tienden a permanecer en un ámbito bastante privado y en gran medida resultan imposibles de comunicar. El trato social depende de la comunicación, pero aunque algunas personas son capaces de gobernar sus vidas con absoluta armonía en virtud de sus intuiciones, suele resultarles extraordinariamente difícil dotarlas de realidad a los ojos de los demás. Cuando las describen, sus palabras lo envuelven todo en la misma confusión que genera la niebla. Esto se debe a que, aunque la intuición permite obtener percepciones más acertadas de los sentimientos humanos que la razón, ésta apenas puede servirse de ellas por culpa de sus prejuicios espaciales y táctiles. En consecuencia, en aquellas ocasiones en que la acción depende del número de individuos que comparten una misma opinión, en un primer momento ninguna idea resultará lo suficientemente lúcida para tomar decisiones prácticas hasta que logre presentar valores visuales o táctiles. Sin embargo, también es cierto que ninguna idea visual adquirirá significado ante nuestros ojos hasta que consiga envolver algún rasgo de nuestra personalidad. Así pues, las ideas siguen pareciéndonos objetos carentes de importancia hasta que consiguen liberar u oponerse, atenuar o subrayar alguno de nuestros anhelos.
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Las imágenes siempre han sido la forma más clara de transmitir ideas, seguidas de las palabras que evocan las que ya tenemos almacenadas en nuestra memoria. No obstante, no conseguiremos hacer
enteramente nuestra ninguna idea hasta que nos hayamos identificado con algún aspecto de las imágenes que empleamos como vehículos de comunicación. El acto de la identificación, o lo que Vernon Lee denominó empatía,85 puede consistir en algo sutil y simbólico hasta casi el infinito. Este mimetismo puede llegar tan lejos, que aquellos aspectos de nuestra personalidad en que basamos nuestro amor propio quedarían horrorizados, si fuésemos conscientes de ello. En el caso de los individuos más sofisticados, es posible que la participación no forme parte del destino de los héroes, sino del de la idea global para la que tanto héroes como villanos resultan esenciales, pero dejemos a un lado tales sutilezas.
Las representaciones populares casi siempre contienen pistas que nos permiten identificar los caracteres. Esto nos permite identificar al héroe al primer golpe de vista. Por otro lado, ninguna representación en la que las pistas no estén bien definidas y la elección resulte clara alcanzará con facilidad la cima de la popularidad.86 Sin embargo, las pistas no son suficiente. La audiencia debe, además, tener algo que hacer, es decir, la contemplación de la verdad, lo bueno y la belleza no basta. Para no sentarnos inertes ante la imagen, y esto se aplica tanto a las crónicas periodísticas como a las narraciones de ficción y a las películas de cine, las imágenes deben conseguir que la audiencia se sienta implicada. Hay dos formas de estimular la implicación que superan con creces a todas las demás, tanto por la facilidad con que generan estímulos como por el entusiasmo con el que éstos se buscan. Nos referimos a la pasión sexual y a las polémicas. Por otro lado, ambas están tan asociadas entre sí y unidas tan íntimamente, que un enfrentamiento provocado por motivos sexuales superará a cualquier otro estímulo por la magnitud de su capacidad de atracción. No hay nada tan absorbente ni indiferente a las diferencias culturales y a las fronteras.
El tema sexual apenas aparece en la imaginería política estadounidense. Salvo en el caso de determinados estados minoritarios de éxtasis provocados por la guerra, escándalos ocasionales o ciertas fases del conflicto racial con los hombres de raza negra o de origen asiático, hablar de sexo parecería exagerado. Sólo en las películas, novelas y algunas revistas de ficción, las relaciones laborales, la competitividad empresarial, la política y la diplomacia se ven enredadas por la presencia de una joven o una segunda mujer. La polémica, por el contrario, puede surgir en cualquier esquina. La política resulta interesante cuando se desencadena una lucha o, como suele decirse, un enfrentamiento. En consecuencia, para incrementar la popularidad de la política resulta necesario encontrar motivos para el enfrentamiento, incluso aunque en verdad y justicia no se haya generado ninguno en el sentido de que las diferencias existentes en términos de opiniones, principios o hechos no estimulen sentimientos de rivalidad.87
Sin embargo, en los casos en que se prescinde de éstos, a quienes no estén directamente implicados les resultará difícil mantener despierto su interés. Por el contrario, en el caso de quienes sí lo estén, la absorción podrá ser lo suficientementereal como para mantenerlo despierto, incluso sin la existencia de enfrentamientos. Estos individuos se verán estimulados por el puro placer de la actividad, una rivalidad sutil o la mera invención. No obstante, cuando todo el asunto resulte ajeno y lejano, estas facultades no entrarán en escena con tanta facilidad. Por tanto, ninguna imagen débil cobrará sentido ante nuestros ojos, a menos que lleguemos a experimentar la pasión de la contienda, el suspense y la victoria. Frances T. Patterson88 insiste en que "el suspense... marca la diferencia entre las obras de arte del Museo Metropolitano y las películas que se proyectan en los cines Rivoli o Rialto." Si hubiese dejado claro que las primeras carecen ya sea de un modo de identificación sencillo, ya sea de un tema que goce de popularidad entre la presente generación, acertaría de lleno al señalar que "esto explica por qué el público entra en el Museo Metropolitano de dos en dos o de tres en tres, mientras que acude al cine a cientos. Las parejas o tríos que acuden al museo contemplan las obras de arte durante menos de 10 minutos, a menos que se trate de estudiantes, críticos o expertos. Sin embargo, los centenares que acuden a las salas de cine miran cada película por espacio de más de una hora. En lo que a la belleza se refiere, no hay ni punto de comparación entre los méritos de ambas imágenes, a pesar de lo cual las películas atraen a un público mucho más numeroso y acaparan su atención durante más tiempo que las obras de
arte, no por méritos propios, sino porque representan el desarrollo de los acontecimientos y el desenlace que la audiencia aguarda conteniendo la respiración. El cine posee el elemento de la contienda, que siempre consigue generar suspense."
En consecuencia, para que las situaciones que nos resultan lejanas adopten algo más que la forma de pequeños rayos grisáceos en los confines de nuestra atención, deberán traducirse en imágenes que ofrezcan una posibilidad de identificación reconocible. De lo contrario, sólo despertarán el interés de una minoría por un breve espacio de tiempo. Como resultado, se instalarán en el mundo de lo visible, pero sin que lleguemos a sentirlas; o en el de las sensaciones que estimulan nuestros sentidos, pero sin que lleguemos a reconocerlas. Tenemos, pues, que tomar partido, pero para ello necesitamos ser capaces de decantarnos. En lo más profundo de nuestro ser debemos distanciarnos de la audiencia y subir al escenario para luchar tal y como hacen los héroes por la victoria del bien sobre el mal. Podría decirse que tenemos que respirar en las alegorías el aliento de nuestra propia vida.
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En consecuencia y a pesar de las críticas, asistimos a la pronunciación del veredicto que zanja la vieja polémica entre realismo y romanticismo. Nuestro gusto popular se inclina a favor de que el drama se geste en un escenario lo suficientemente realista como para que la identificación resulte plausible, mientras que el desenlace, a su vez, debe tener lugar en un entorno lo suficientemente romántico como para resultar apetecible, aunque no hasta el punto de que parezca inconcebible. Los cánones que afectan a los aspectos intermedios entre el origen y el desenlace permiten una mayor libertad, pero el comienzo y el final feliz constituyen hitos obligados del camino. La audiencia de las películas de cine rechaza la fantasía desarrollada con lógica, porque la fantasía pura carece de puntos de apoyo en la era de las máquinas, de la misma manera que rechaza el realismo implacable, debido a que éste no gusta de la derrota en una batalla que ya ha hecho suya.
Lo que se acepta como verdadero, realista, bueno, malo o deseable varía con el paso del tiempo, ya que depende de los estereotipos adquiridos a lo largo de experiencias previas y transformados en opiniones de las más recientes. Por tanto, si las inversiones financieras que acompañan cada película y revista popular no fuesen tan exorbitantes como para requerir un grado de popularidad total e instantáneo, hombres de talento e imaginación podrían emplear la pantalla y las páginas de prensa de la manera que muchos soñamos, es decir, para profundizar, matizar, revisar y criticar el repertorio de imágenes que alimenta nuestra imaginación. No obstante, dados los costes actuales, los directores de cine, al igual que sucedió en el pasado con la iglesia y los pintores de la corte, se ven en la necesidad de respetar los estereotipos existentes, so pena de pagar el precio de las expectativas frustradas. Los estereotipos se pueden alterar, pero no a tiempo para garantizar el éxito de películas cuyo estreno está previsto para dentro de seis meses.
Los directores y editores que se limitan a proteger sus inversiones producen un efecto depresivo en, y contrarían a, los individuos que alteran nuestros estereotipos, artistas pioneros y críticos. Estos últimos piensan que lo arriesgan todo, por lo que no comprenden por qué los demás no actúan de la misma forma. No obstante, su punto de vista no es del todo justo, ya que poseídos por su justa cólera olvidan que sus recompensas superan con creces las que pueden llegar a disfrutar quienes les contratan o financian su obra. De hecho, no sólo no pueden cambiarse por éstos, sino que si pudieran, no querrían hacerlo. Por otro lado, su incesante lucha contra los filisteos les hace olvidar otro factor: el hecho de que miden su éxito de acuerdo a unos parámetros que los artistas y sabios del pasado ni siquiera evocaron en sueños.
Demandan una difusión y unas audiencias inconcebibles para ningún artista hasta hace poco tiempo. Y cuando el nivel deseado no se alcanza, se sienten frustrados.
Los que, se hacen populares, como Sinclair Lewis con Main Street, son individuos que han sabido plasmar con certeza lo que un amplio número de personas estaban intentando decirse a sí mismas, mentalmente, de forma poco clara. "Lo has dicho por mí". Así crean una nueva fórmula que será copiada hasta la saciedad,hasta que finalmente se convierta en otro estereotipo de la percepción. Al próximo pionero le resultará difícil conseguir que el público vea Main Street de forma diferente y, como los antecesores de Sinclair Lewis, tendrá que convencer al público.
Esta batalla no se deberá sólo al conflicto existente entre los diversos estereotipos, sino también a la veneración que el pionero sentirá hacia su propio material. Sea cual sea el plano que elija, se aferrará a él de forma tal, que cuando aborde los aspectos internos de un suceso los desarrollará hasta sus últimas consecuencias con independencia del dolor que ello pueda causar. No pondrá ninguna etiqueta a su fantasía con el fin de ayudar a nadie, ni gritará paz donde no la haya. Esa será su América. No obstante, el gran público no tiene estómago para aguantar tanta dificultad y lo que más le interesa del mundo es su propio ser, es decir, el producto de la educación y las tradiciones. Por ello insistirá en que las obras de arte deben ser vehículos provistos de un escalón de acceso por el que subirnos, y cuyo recorrido no se ajusta a la topografía del país, sino a la de un lugar en el que por espacio de una hora no haya relojes en los que fichar, ni platos que lavar. Para satisfacer esta demanda existe una clase intermedia de artistas dispuestos y deseosos de confundir los planos y estructurar un híbrido de carácter realista-romántico a partir de las invenciones de los grandes hombres y, tal y como Miss Patterson aconseja, dar "lo que la vida real sólo ofrece en raras ocasiones, es decir, la solución triunfal a una serie de dificultades; el suplicio de la virtud y el triunfo del pecado... pasan a convertirse en gloria de la virtud y el eterno castigo de sus enemigos".89
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Las ideologías políticas obedecen a estas reglas, que invariablemente constituyen el punto de apoyo del realismo. Las imágenes correspondientes a cualquier ser maligno real, como la amenaza alemana o la lucha de clases, siempre aparecen claramente reconocibles en todos los argumentos. Estos encierran una descripción de algún aspecto del mundo que resulta convincente, porque concuerda con ideas que nos parecen familiares. Sin embargo, en la medida en que las ideologías tratan no sólo con un presente