Parte III: LOS ESTEREOTIPOS
Capítulo 6: Los estereotipos
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Cada uno de nosotros vivimos y trabajamos en una porción mínima de la superficie terrestre, nos movemos dentro de un pequeño círculo de amistades y sólo con algunos de nuestros conocidos mantenemos un cierto grado de intimidad. De los acontecimientos públicos más trascendentales sólo vemos en el mejor de los casos una fase y un aspecto, igual que sus eminentes protagonistas, que "desde dentro" se encargan de redactar tratados, elaborar leyes y dictar órdenes, y que aquellos en cuyo nombre actúan. Sin embargo, nada puede evitar que nuestras opiniones abarquen más espacio, tiempo y cosas de los que podemos observar directamente. Por tanto, nuestras opiniones son la reconstrucción de lo que otros han narrado y nosotros nos hemos imaginado.
En realidad, ni siquiera los testigos son capaces de rememorar imágenes fieles de las escenas vividas.41 La experiencia demuestra que ellos mismos añaden a cada escena elementos que más tarde se encargarán de suprimir, y con bastante frecuencia toman por meros testimonios lo que en realidad son verdaderas transfiguraciones de lo sucedido. Parece que sólo unos pocos hechos presentes en nuestra conciencia nos han sido dados por completo, mientras que la mayoría es en parte fruto de nuestra invención. Por tanto, los testimonios son el producto de la acción conjunta del que sabe y lo sabido, y en ellos el papel del observador es siempre selectivo y, por norma general, creativo. Los hechos vistos dependen de nuestra situación y de los hábitos de nuestra mirada.
Las escenas que no nos resultan familiares son como el mundo visto a través de los ojos de los recién nacidos: "una gran confusión bulliciosa y radiante "42 Esta es la manera, según John Dewey43 en que los adultos tropiezan con las novedades, siempre que éstas sean verdaderamente nuevas y extrañas. "Los idiomas extranjeros que no comprendemos siempre parecen ruidos incoherentes y balbuceos en los que resulta imposible identificar grupos de sonidos individuales, definidos y claros. Sirvan de ejemplos adicionales de nuestros tropiezos con las novedades las siguientes situaciones: campesinos paseando en calles atestadas de gente, marineros de agua dulce navegando en la mar y los más ignorantes en materia de deporte presenciando una competición entre expertos en algún juego complicado. Si introducimos un hombre inexperto en una fábrica, en un primer momento el trabajo le parecerá una combinación sin sentido. Por otra parte, todos los extraños de otra raza se parecen entre sí a los ojos de los turistas extranjeros, de la misma forma que ante un rebaño de ovejas, los forasteros sólo son capaces de percibir diferencias de tamaño y de color, a pesar de que para el pastor cada animal es un individuo diferente e identificable. Las cosas que no comprendemos se caracterizan por su aspecto difuso y borroso, y porque el tiro que las arrastra cambia de dirección indiscriminadamente. La adquisición de significado por parte de las cosas, o dicho de otra forma, la adquisición por nuestra parte del sencillo hábito de la percepción consiste, pues, en introducir (a) concreción y diferenciación, y (b) consistencia o estabilidad de significado en lo que de lo contrario permanecerá vago y cambiante"
Debernos observar, no obstante, que el tipo de concreción y consistencia variará en función de quién las introduzca. Más adelante,44 Dewey cita un ejemplo que muestra hasta qué punto podemos apreciar diferencias entre una definición de la palabra metal formulada por un profano y otra dada por un químico. "Es probable que" en la definición profana "se mencionen sus cualidades de tersura, solidez, lustre, brillo y peso excesivo en relación al tamaño... y que se enumeren las propiedades prácticas que permiten moldearlo a martillo y pulirlo sin que se quiebre, y ablandarlo y endurecerlo por la acción del calor y del frío, respectivamente. También es probable que se mencione su capacidad para conservar la forma y
contornos dados, resistir la presión y ser inmune a la descomposición." La definición química, por el contrario, ignorará casi con seguridad estas cualidades estéticas y prácticas, y definiría el metal como "cualquier elemento químico que al entrar en contacto con el oxígeno forma una base." Por lo general, no vemos primero y definimos después, sino al contrario. Frente a la gran confusión bulliciosa y radiante del mundo exterior, seleccionamos lo que nuestra cultura ya ha definido por nosotros, de manera que tendemos a percibir lo que hemos elegido en forma de estereotipos culturales. Pensemos en los grandes personajes que se reunieron en París para solucionar los problemas de la humanidad. ¿Cuántos fueron capaces de ver gran parte de la Europa que les rodeaba, en vez de sus compromisos sobre Europa? Suponiendo que alguien hubiese podido penetrar en la mente de Clemenceau, ¿qué habría encontrado: imágenes de la Europa de 1919 o un amplio sedimento de ideas estereotipadas, acumuladas y consolidadas a lo largo de una extensa y pugnaz vida? ¿Qué veía él: a los alemanes de 1919 o el prototipo alemán que había aprendido a ver desde 1871? Veía el prototipo y entre todos los informes que le llegaban de Alemania, al parecer sólo dio credibilidad a los que se ajustaban a la idea que tenía en mente. Por tanto, consideraba auténticos alemanes a los borrachos que bravuconeaban, pero no a los líderes obreros que confesaban la culpabilidad del imperio.
Durante un congreso de psicología, celebrado en la ciudad de Gotinga, se llevó a cabo un experimento muy interesante con lo que en teoría era un grupo de observadores expertos.45
"Cerca del lugar en el que estaba transcurriendo el congreso, se estaba celebrando un baile de disfraces con motivo de una festividad pública. De repente, la puerta de la sala del congreso se abrió de par en par y un payaso corrió hacia el interior, seguido por un hombre de raza negra que le perseguía empuñando un revolver. Dejaron de correr al llegar al centro de la sala, en donde comenzaron a pelear. Entonces el payaso cayó al suelo, y el otro hombre saltó encima suyo y le disparó. A continuación, ambos salieron corriendo del salón. La escena completa apenas duró 20 segundos. "El presidente pidió a los asistentes que escribieran un informe de inmediato, pues con toda seguridad se abriría una investigación judicial. En total se redactaron 40 informes, de los que sólo uno contenía un porcentaje de errores inferior al 20% con respecto a la descripción de los hechos principales. Otros 14 informes presentaron entre un 20 y un 40% de errores, en otros 12 casos este porcentaje se situaba entre el 40 y 50% y 13 informes más superaron el 50%. Además, en el caso de 24 informes, el 10% de los detalles eran puras invenciones. Este porcentaje era aún mayor en otros 10 informes e inferior en el caso de otros seis. En resumen, la cuarta parte de los informes presentados eran falsos.
"Huelga decir que toda la escena se había ensayado e incluso fotografiado de antemano. Los diez testimonios falsos pueden relegarse a la categoría de cuentos y leyendas, otros 24 pueden considerarse mitad legendarios y sólo los últimos seis presentan un valor comparable al de las pruebas exactas".
Por tanto, la mayor parte de este grupo, integrado por 40 observadores expertos que redactaron un testimonio responsable de la escena que acababa de producirse ante sus ojos, vio una serie de hechos que nunca ocurrieron. Cabe preguntarse, pues, qué fue lo que vieron. Se supone que resulta más sencillo narrar lo que acaba de ocurrir que inventar algo que no ha sucedido. Lo que vieron fue su propio estereotipo de una reyerta como esa. Todos ellos habían adquirido a lo largo de su vida una serie de imágenes de reyertas y éstas pasaron ante sus ojos. Sólo en un caso las imágenes reemplazaron menos del 20% de la escena real, mientras que en otros 13 casos llegaron a reemplazar más de la mitad. Por último, en el caso de 34 de los 40 observadores, los estereotipos se apoderaron de al menos una décima parte de la escena.
Un destacado crítico de arte dijo46 que, "debido al número casi infinito de formas que asumen los objetos... y a nuestra falta de sensibilidad y de atención, las cosas apenas tendrían para nosotros rasgos y contornos lo suficientemente determinados y nítidos para que pudiésemos evocarlas a voluntad, de no ser porque el arte nos ha prestado formas estereotipadas."
préstamo no proceden exclusivamente del arte entendido como pintura, escultura y literatura, sino también de nuestros códigos morales, filosofías sociales y agitaciones políticas. Si en el siguiente párrafo tomado de Bernard Berenson sustituyésemos la palabra "arte" por "política", "negocios" y "sociedad", el texto seguiría resultando igual de cierto: "... a menos que varios años de dedicación al estudio de todas las escuelas artísticas nos hayan enseñado también a mirar con nuestros propios ojos, pronto caeremos en la costumbre de moldear todo lo que vemos conforme a formas familiares prestadas por el arte. He aquí nuestras normas sobre la realidad artística. Si alguien nos mostrase formas y colores que no pudiésemos ajustar inmediatamente a nuestro limitado y manido repertorio, negaríamos con la cabeza ante lo que consideraríamos un intento fallido de reproducir las cosas tal y como sabemos que son sin ningún género de duda, o acusaríamos al autor de falta de sinceridad"
Berenson se refiere a nuestro sentimiento de desagrado cuando los pintores "no visualizan los objetos exactamente igual que nosotros," y a nuestra dificultad para apreciar el arte de la Edad Media, debido a que desde entonces "nuestra manera de visualizar formas ha sufrido miles de transformaciones."47 En la misma línea señala la forma en que se nos ha enseñado a ver la figura humana exactamente tal y como la vemos. "El nuevo canon del cuerpo humano y la nueva representación de los rasgos, creados por Donatello y Masaccio y refrendados por los humanistas,... presentaron a las clases gobernantes de la época el tipo de ser humano con más probabilidades de sobrevivir al combate desatado entre las diversas fuerzas... ¿Quién tendría poder para romper este nuevo criterio visual y seleccionar del caos otras formas indudablemente más expresivas de la realidad que las fijadas por hombres geniales? Nadie tenía ese poder. El público estaba obligado a ver las cosas de esa manera y no de otra, y a ver sólo las formas representadas, así como a amar exclusivamente los ideales propuestos..."48
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Si admitimos que no podremos entender plenamente el comportamiento de otras personas hasta que hayamos averiguado lo que creen saber, no sólo tendremos que evaluar la información de la que disponen, sino que para ser justos también deberemos tener en consideración la mentalidad a través de la cual hayan filtrado dicha información. Esto se debe a que los prototipos aceptados, los patrones existentes y las versiones estandarizadas interceptan su trayecto hacia la conciencia. La americanización, por ejemplo, no es, al menos superficialmente, más que la sustitución de estereotipos europeos por estereotipos americanos. Por tanto, si la americanización afectase a algún campesino que viese a los terratenientes como señores feudales y a los patrones como magnates locales, éste aprendería a verlos conforme al dictamen de los patrones estadounidenses. Este proceso constituye un cambio de mentalidad y cuando la inoculación se lleva a cabo con éxito, corresponde en realidad a un cambio de visión, es decir, en adelante ese campesino verá cosas diferentes. Cierta amable dama confesó en una ocasión que los estereotipos son tan sumamente importantes, que cuando los suyos no son aceptados ella se siente como mínimo incapaz de asumir la fraternidad humana y la paternidad de Dios. "Las ropas que llevamos nos afectan de una manera extraña. Las prendas crean una atmósfera mental y social. ¿Qué se puede esperar del americanismo de los hombres que se empeñan en recurrir a sastres londinenses? Incluso la comida de cada uno afecta a su americanismo. ¿Qué tipo de conciencia americana puede desarrollarse en entornos dominados por el sauerkraut o el queso de Limburgo? ¿Qué podemos esperar del americanismo de individuos cuyo aliento siempre apesta a ajo?" 49
Esta dama podía haber sido perfectamente la organizadora de un espectáculo que un amigo mío tuvo ocasión de presenciar. Se titulaba El Crisol y se representó un 4 de julio en una población que vive de la industria del automóvil y en la que trabajan muchos hombres oriundos de otros países. En medio del
campo de béisbol, a la altura de la segunda base, se colocó un inmenso recipiente de madera y lona que simulaba un crisol. A derecha e izquierda del recipiente, sendas escaleras subían hasta la boca del mismo. Una vez que la audiencia se hubo acomodado tras presenciar una actuación de la banda, una procesión emprendió su marcha desde un lateral del campo. Hombres de todas las nacionalidades presentes en las fábricas, ataviados con sus trajes regionales, desfilaron cantando sus respectivos himnos nacionales. También bailaron las danzas de sus países y mostraron pancartas de toda Europa. El maestro de ceremonias era el director del colegio y estaba disfrazado de Tío Sam. Les condujo hasta el recipiente y les guió escaleras arriba, primero hasta el borde y luego a su interior. Acto seguido salieron por el otro extremo, pero esta vez ataviados con bombines, abrigos, pantalones, chaquetas, cuellos almidonados y corbatas de lunares. Según mi amigo, es casi seguro que todos llevaban plumines originales de la marca
Eversharp en el bolsillo. Abandonaron el crisol cantando el himno de las barras y estrellas.
Para los promotores de este festival, y probablemente para la mayor parte de los actores, se había logrado representar con éxito el obstáculo más íntimo al que los antiguos y los más recientes pobladores de los Estados Unidos se vieron obligados a hacer frente en nombre de la confraternidad. Nos referimos a la contradicción generada por sus respectivos estereotipos, que interfirieron en el reconocimiento pleno de su común humanidad. Las personas que optan por cambiar sus apellidos lo saben muy bien. Al hacerlo intentan cambiarse a sí mismas y modificar la actitud que los extraños adoptan frente a ellas.
No cabe duda de que las escenas que transcurren en el mundo exterior y la mentalidad con la que las observamos están unidas por una estrecha relación. Nos referimos a la relación que nos permite asociar al público asistente a los actos organizados por grupos radicales con hombres con el pelo largo y mujeres con el pelo corto. No obstante, a los observadores apresurados les basta con apreciar una ligera conexión, de forma que si entre una audiencia determinada fuesen capaces de distinguir dos cabezas melenudas y cuatro caras con barba, asumirían que todos los asistentes son melenudos y barbudos, porque saben de antemano que este tipo de reuniones son frecuentadas por individuos que tienen esos gustos con respecto al pelo. Por tanto, entre nuestra visión y los hechos existe una relación, pero suele tratarse de una relación extraña. Imaginemos el caso de un hombre que rara vez se detuviese a admirar el paisaje, a no ser que estuviese evaluando las posibilidades de dividirlo en lotes de terreno edificable. Supongamos que este hombre tuviese colgados una serie de cuadros de paisajes en su salón, gracias a los cuales hubiese aprendido a pensar en los paisajes en términos de puestas de sol de tonos rosas o carreteras de campo dominadas por campanarios y lunas plateadas. Si este hombre saliese de excursión al campo, durante varias horas sería incapaz de ver paisajes. Sin embargo, cuando finalmente el sol se pusiese tiñéndolo todo de rosa, nuestro hombre reconocería ese paisaje de un solo golpe de vista, e incluso alabaría su belleza. No obstante, si dos días después tratara de recordar lo que presenció, lo más probable es que rememorase fundamentalmente los paisajes que decoran su salón.
A menos que estuviera borracho, soñando o loco, no puede cabernos ninguna duda de que en su momento vio un paisaje, pero lo que pudo percibir y lo que por encima de todo recuerda se parece más a lo que los cuadros le han enseñado a observar, que a lo que un pintor impresionista o un japonés experto, por poner un ejemplo, habrían visto y recordado en su caso. A su vez, también éstos habrían visto y recordado fundamentalmente en función de lo aprendido, a menos que se tratara de dos de esos extraños seres capaces de descubrir visiones nuevas en provecho de toda la humanidad. La observación inexperta, pues, hace que elijamos aquellos signos del entorno que podemos reconocer. Dichos signos representan ideas que nosotros complementamos con nuestro repertorio de imágenes. En consecuencia, no es que veamos un hombre y una puesta de sol determinados, sino que nos damos cuenta de que lo que estamos viendo es un hombre o una puesta de sol. Una vez identificados los objetos, veremos todo lo que hayamos acumulado en nuestra mente que guarde relación con ellos.
Esta manera de ver es una forma de economizar. Si siempre empleásemos una mirada inocente y minuciosa, en vez de verlo todo en forma de estereotipos y generalidades, nos agotaríamos. Por otro lado, en el caso de escenas complejas resulta prácticamente imposible adoptar formas de ver tan puras. No obstante, cuando se trata de nuestros círculos de amistades, o de nuestros socios o competidores más cercanos, nada puede simplificar ni sustituir a la comprensión individualizada. Aquellos a quienes más amamos y admiramos son, precisamente, los hombres y mujeres cuya conciencia se halla densamente poblada no por prototipos, sino por personas, y que, a su vez, nos conocen de modo concreto, y no a las clasificaciones a las que podamos pertenecer. Aun sin ser plenamente conscientes de ello, intuimos que todas las clasificaciones tienen un propósito, aunque éste no ha de coincidir necesariamente con los nuestros. También intuimos que ninguna asociación entre dos seres humanos puede alcanzar grado alguno de dignidad sin que ninguno considere al otro un fin en sí mismo, de la misma forma que ningún contacto entre dos personas es tan impoluto que lleve a la práctica el axioma de la inviolabilidad personal de ambas.
La vida moderna resulta variopinta y apresurada, y por encima de toda la distancia física separa a hombres que a menudo están en contacto vital entre sí, como patrones y empleados, o funcionarios y votantes. Carecemos de tiempo y ocasiones para conocer íntimamente a los demás, por lo que, en su lugar, nos limitamos a detectar rasgos característicos de ciertos prototipos que nos resultan de sobra conocidos y a completar el resto de la imagen echando mano de los estereotipos que pueblan nuestra mente. De esta manera, puede que lo único que hayamos detectado o se nos haya comunicado acerca de Fulano es que se trata de un agitador. Ahora bien, sabemos que los agitadores son ese tipo de persona, por lo que no nos cabrá ninguna duda de que Fulano es ese tipo de persona, de la misma forma que sabemos que éste otro, sin embargo, es un intelectual, aquel un plutócrata, el otro un extranjero, el de más allá un "Europeo del Sur", que ese individuo es de Back Bay y que ese otro estudió en Harvard, lo que suena muy diferente a "estudió en Yale". Si sabemos que esta persona es un tipo normal, aquel un hombre de West Point, ese un viejo sargento de la armada y el de más allá de Greenwich Village, ¿qué será lo que nos falte por saber acerca de ellos o ellas? Es un banquero internacional. Es de Main Street.