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La cuña introducida

In document La Opinion Publica - Walter Lippmann (página 180-184)

Parte VIII: Inteligencia organizada

Capítulo 25: La cuña introducida

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Si los remedios fuesen interesantes, los pioneros estadounidenses, como Charles McCarthy, Robert Valentine y Frederick W. Taylor, no habrían tenido que luchar tanto para hacerse escuchar. Pero está claro por qué tuvieron que luchar y por qué las oficinas gubernamentales de investigación, de auditorías industriales, de elaboración de presupuestos, etc. son los patitos feos de las reformas. Recorren en sentido inverso el proceso mediante el cual se crean opiniones públicas interesantes. En lugar de presentar hechos fortuitos, una gran pantalla de estereotipos y una identificación dramática, desarman el drama, se abren paso a través de los estereotipos y ofrecen a los hombres una imagen de hechos que es poco familiar y les resulta impersonal. Cuando el resultado no es doloroso, es aburrido, y aquellos a los que resulta doloroso, como el político especulador y el partidista que tanto tiene que ocultar, con frecuencia explotan el aburrimiento del público con el fin de librarse de su propio dolor.

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Sin embargo, todas las comunidades complejas han solicitado la ayuda de hombres especiales; de augures, sacerdotes y ancianos. Nuestra propia democracia, pese a basarse en la teoría de la competencia universal, buscó abogados para que dirigieran el gobierno y para que ayudasen a dirigir la industria. Se admitió que los hombres con conocimientos especiales estaban orientados de alguna forma misteriosa hacia un sistema de verdades más amplio que el que surgía espontáneamente en la mente de los aficionados. No obstante, la experiencia demostró que el equipamiento intelectual tradicional de los abogados no bastaba. La Gran Sociedad había crecido desmesuradamente, y alcanzado dimensiones colosales, gracias a las aplicaciones del conocimiento técnico. Era la obra de ingenieros que habían aprendido a usar sistemas exactos de medición y análisis cuantitativos. Los hombres se empezaron a dar cuenta de que su gobierno no podía depender de individuos que pensasen acerca del bien y del mal empleando el razonamiento deductivo. Sólo la misma técnica que la había creado podría someterla al control humano. Así, las mentes gobernantes más iluminadas fueron llamando gradualmente a expertos adiestrados, o autodidactas, para que hicieran inteligibles algunos aspectos de la Gran Sociedad a quienes la dirigían. A estos hombres se les llama de muchas maneras, como estadistas, contables, auditores, asesores industriales, ingenieros de diversas especialidades, gerentes científicos, administradores personales, investigadores, "científicos", y algunas veces simplemente secretarios personales. Cada uno de ellos trajo consigo su propia jerga, así como archivos, tarjeteros, gráficos, archivadores de anillas y, por encima de todo, el perfecto ideal del ejecutivo que se sienta a su mesa de trabajo con una hoja mecanografiada ante sus ojos, y toma decisiones sobre asuntos de política que le son presentados de tal forma, que él sólo tiene que aprobarlos o rechazarlos.

Este completo desarrollo fue el fruto no tanto de una evolución creativa y espontánea como de una ciega selección natural. Los hombres de estado, los ejecutivos, los líderes de partidos políticos y los responsables de las asociaciones de voluntarios se dieron cuenta de que alguien tendría que adiestrarles para que ellos pudieran discutir dos docenas de asuntos diferentes a lo largo del día. Empezaron

pidiendo memorandos. Se dieron cuenta de que no podían leer tanta correspondencia. Solicitaron que alguien se encargase de subrayar las frases más interesantes de las cartas importantes. Vieron que no podían digerir informes mecanografiados tan voluminosos como los que se amontonaban sobre su mesa. Pidieron resúmenes. Les resultó imposible leer series interminables de números. Echaron mano de los hombres que hacían con ellas gráficos de colores. Se dieron cuenta de que no eran capaces de distinguir una máquina de otra. Contrataron a ingenieros para que las seleccionaran y les dijeran cuánto costaban, y para que les explicaran qué hacía cada una. Se liberaron de una carga tras otra, como quien se desprende de sombrero, abrigo y camisa para poder mover un pesado fardo.

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Pero por raro que parezca, aunque los gobernantes sabían que necesitaban ayuda, tardaron mucho en recurrir a los científicos sociales. Los químicos, físicos y geólogos fueron recibidos mucho antes, y obtuvieron una bienvenida bastante más amistosa. Construyeron laboratorios para ellos y les ofrecieron incentivos, porque apreciaron de inmediato las victorias del hombre sobre la naturaleza. Sin embargo, el caso de los científicos que han hecho de la naturaleza humana su objeto de estudio es muy distinto. Esto se debe a muchas causas, pero fundamentalmente a que apenas tienen triunfos que exhibir. Casi nunca salen victoriosos, porque a menos que se ocupen del pasado histórico, no pueden demostrar sus teorías antes de presentarlas al público. Los físicos pueden formular hipótesis, probarlas y revisarlas cientos de veces, y si aun así se equivocan, nadie salvo ellos paga el precio de sus errores. Pero los científicos sociales no saben cómo ofrecer el mismo grado de convicción que las pruebas de laboratorio, y si se siguen sus consejos, y luego resulta que estaban equivocados, las consecuencias pueden ser imprevisibles. Está en la naturaleza de las cosas que tengan un grado de responsabilidad mucho mayor y que estén rodeados de mucha más incertidumbre.

Pero eso no es todo. Las ciencias que se pueden estudiar dentro de un laboratorio no plantean ningún dilema entre pensamiento y acción. Los científicos pueden reproducir la acción artificialmente en forma de muestras cuantas veces quieran y examinarla a su gusto. Sin embargo, los científicos sociales se ven constantemente en un dilema. Si permanecen en sus bibliotecas, en donde pueden pensar a sus anchas, se obligan a depender de los registros impresos, excesivamente vacuos y escasos, que obtienen en forma de informes oficiales, periódicos y entrevistas. Si salen "al mundo" en el que todas las cosas acontecen, no les queda más remedio que invertir su tiempo en un aprendizaje largo, y con frecuencia inútil, para poder ser admitidos en el santuario en el que tales cosas se deciden. En ningún caso pueden entrar y salir del mundo de la acción a su antojo. En él no se admite a ningún oyente privilegiado. Los hombres de acción, habiendo observado que lo único que los científicos sociales saben acerca del exterior es lo que, al menos en parte, han aprendido en el interior, y sabiendo que dada la naturaleza de su ciencia no pueden demostrar ninguna hipótesis realizando experimentos en los laboratorios, sino que sólo pueden verificarlas en el mundo "real", se han formado una opinión más bien negativa de aquellos que no comparten su punto de vista sobre la política pública.

En el fondo de su alma los científicos sociales comparten esta opinión sobre sí mismos. Tienen muy poca seguridad sobre su propio trabajo. Sólo creen a medias en lo que hacen, y no estando seguros de nada, no pueden hallar argumentos convincentes para defender su libertad de pensamiento. ¿Qué pueden declarar a la luz de su propia conciencia?201 Los datos de que disponen son inciertos, y carecen de medios para verificarlos. Sus mejores cualidades son una fuente de frustraciones. Cuando son verdaderamente críticos y están imbuidos del espíritu científico, no pueden ser doctrinarios y luchar en

Armagedón contra los consejos de administración, los estudiantes, la Federación Cívica y la prensa conservadora en nombre de una teoría de la que no están seguros. Cuando se acude a Armagedón hay que luchar por el Señor, pero los científicos políticos siempre dudan de que el Señor les haya llamado.

En consecuencia, si hemos de concluir que tantos aspectos de la ciencia social son apologéticos en vez de constructivos, la explicación residirá en las oportunidades de la ciencia social, no en el "capitalismo". La física y la química se emanciparon del clericalismo creando un método que, a su vez, produjo unas conclusiones que nadie pudo eliminar ni ignorar. Los científicos se convencieron a sí mismos y ganaron dignidad, y sabían por qué luchaban. Los científicos sociales adquirirán su dignidad y su fuerza cuando hayan ideado su propio método. Para ello tendrán que convertir en oportunidades la necesidad de los dirigentes de la Gran Sociedad de obtener instrumentos de análisis, mediante los cuales se pueda hacer inteligible un entorno invisible y tremendamente complejo.

No obstante, tal y como están las cosas, los científicos sociales obtienen sus datos a partir de una masa de material inconexo. Los procesos sociales se registran de forma irregular y, por lo general, como accidentes administrativos. Un informe enviado al Congreso, un debate, una investigación, expedientes de casos judiciales, un censo, un arancel, una escala fiscal; el material, como la calavera del Hombre de Piltdown202, debe relacionarse entre sí empleando con ingenio la lógica deductiva para que los científicos puedan obtener alguna imagen de los sucesos que están estudiando. A pesar de que éstos corresponden a la vida consciente de sus conciudadanos, con demasiada frecuencia resultan angustiosamente opacos, porque el hombre que intenta generalizar apenas puede supervisar de qué manera se están recopilando sus datos. Supongamos por un momento que la investigación médica dependiese de estudiantes que apenas pudieran acudir a los hospitales y a los que se privara de la posibilidad de experimentar con animales, y que se vieran obligados a extraer conclusiones a partir de las experiencias que los enfermos les contasen una vez curados, de los informes que obtuviesen de las enfermeras, en los que cada una de ellas aplicase su propio método particular de diagnóstico, y de las estadísticas realizadas por hacienda sobre los beneficios de la industria farmacéutica. Los científicos sociales con frecuencia se limitan a hacer lo que pueden partiendo de categorías que no eran importantes a juicio de los oficiales que en un momento dado aplicaron parte de una ley, o que sólo pretendían justificar, exigir o demostrar algo, o persuadir a alguien. Los estudiosos lo saben, y para protegerse han desarrollado una rama del saber que es una elaborada sospecha sobre en qué punto deben pasar por alto su información.

Se trata de una virtud, pero insignificante, porque no es más que un correctivo para la malsana posición de la ciencia social. Esto se debe a que los eruditos están condenados a adivinar lo más hábilmente posible por qué en una situación que no comprenden del todo ha podido suceder esto o aquello. Sin embargo, los expertos a quienes los representantes contratan como mediadores, y como espejo y medida de la administración, ejercen un control muy diferente sobre los hechos. Su misión no consiste en generalizar una serie de datos inconexos sobre hechos consumados por los hombres de acción, sino en redactar los informes en los que éstos se basan para tomar decisiones. Esto cambia radicalmente su posición estratégica. No se quedan fuera, rumiando los asuntos que les suministran los hombres de acción, sino que ocupan un lugar preferente al frente de las decisiones, y no tras ellas. En la actualidad, el proceso consiste en que los hombres de acción identifican sus hechos, y toman decisiones en base a ellos; después, pasado un tiempo, los científicos sociales deducen excelentes motivos por los que sus decisiones resultaron o no sabias. Esta relación a posteriori con respecto a los hechos es académica en el mal sentido de tan noble palabra. La secuencia real debería consistir en que, en primer lugar, expertos desinteresados identificaran y formularan los hechos para los hombres de acción, y, a continuación, extrajesen las conclusiones oportunas a base de comparar las decisiones tomadas, que habrían entendido, con los hechos, que ellos mismos habrían ordenado.

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En el caso de la física y la química, este cambio de posición estratégica fue lento en su inicio, pero luego el proceso se aceleró. Hubo un tiempo en que los inventores e ingenieros, seres hambrientos y románticos, pertenecían a la clase de los "de fuera" y eran tomados por seres raros. Los hombres de acción y los artesanos conocían todos los secretos de su oficio. Pasado algún tiempo, los misterios se tornaron aun más misteriosos, y al final la industria comenzó a depender de leyes físicas y combinaciones químicas que ningún ojo podía percibir y sólo las mentes adiestradas podían concebir. Los científicos abandonaron sus nobles buhardillas del Barrio Latino y se mudaron a los edificios de oficinas y a los laboratorios. Porque ellos, y sólo ellos, podían construir una imagen práctica de la realidad en la que descansaba la industria. De su nueva relación con los hombres de acción, los científicos recibieron lo mismo, o incluso más de lo que dieron: el desarrollo puramente científico superó en velocidad a la aplicación práctica de la teoría, si bien obtuvo su sustento económico, buena parte de su inspiración, y aún más relevancia, de su contacto continuo con las decisiones prácticas. No obstante, la ciencia física aún estaba sometida a la enorme limitación de que los hombres encargados de la toma de decisiones se guiaban únicamente por su propio sentido común.

Administraban sin ayuda científica un mundo que se había vuelto complejo por la acción de los científicos. De nuevo tuvieron que ocuparse de hechos que no eran capaces de percibir, y de la misma forma que antaño habían tenido que solicitar la ayuda de ingenieros, se vieron en la necesidad de recurrir a estadistas, contables y toda suerte de expertos.

Todos estos estudiosos prácticos son los auténticos pioneros de una nueva ciencia social. "Estaban engranados con las ruedas motrices"203 y de este compromiso práctico entre la ciencia y la acción, ambas se beneficiaron enormemente: la acción, por la clarificación de sus creencias; las creencias, por su continua verificación. Estamos en los comienzos. Pero si admitimos que por una cuestión de dificultad práctica todas las grandes formas de asociación humana han de incluir a hombres que acabarán viendo la necesidad de que un experto haga inteligibles sus respectivos entornos particulares, la imaginación tendrá una premisa de la que partir. En el intercambio de técnica y resultados entre expertos puede verse, creo, el origen del método experimental en la ciencia social. El día que todos los distritos y presupuestos escolares, departamentos del Ministerio de Sanidad, fábricas y listas de aranceles constituyan el material de conocimiento de todos, el número de experiencias comparables comenzará a aproximarse a las dimensiones de los verdaderos experimentos. La suma de 48 estados, 2.400 ciudades, 277.000 centros escolares, 270.000 fábricas, y 27.000 minas y canteras representa un patrimonio de experiencia; sólo hace falta registrarlo y ponerlo a disposición de todos. Y también podremos dar una oportunidad al método de ensayo y error corriendo un riesgo tan insignificante, que todas las hipótesis razonables tendrán la posibilidad de verificarse sin que se estremezcan los cimientos de la sociedad.

La cuña, pues, no sólo se ha introducido gracias a algunas eminencias de la industria y a algunos hombres de estado que necesitaron ayuda, sino a las oficinas de investigación municipales, a las bibliotecas de consulta especializadas en legislación, a los grupos de presión especializados de empresas, sindicatos y causas públicas; a las organizaciones de voluntarios, como la League of Women

Voters; a las asociaciones de consumidores, a las asociaciones de fabricantes, a cientos de asociaciones

comerciales y ciudadanas, a publicaciones como Searchlight on Congress y Survey, y a fundaciones como el General Education Board. No en todos los casos se trata de entidades desinteresadas. Pero ése no es el quid de la cuestión. Todas ellas han empezado a demostrar que resulta necesario interponer algún tipo de conocimiento experto entre los ciudadanos particulares y el vasto entorno en el que están involucrados.

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