Parte III: LOS ESTEREOTIPOS
Capítulo 10: La detección de estereotipos
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Hubo un tiempo en que los diplomáticos expertos, obligados a sostener debates minuciosos con pueblos en guerra y a defender sus respectivas posturas con energía, aprendieron a manejar con habilidad un amplio repertorio de estereotipos. Trataban con precarias alianzas de poder que en tiempo de guerra lograban mantener su unidad gracias exclusivamente al ejercicio de un prudente liderazgo. Los soldados de a pie y sus mujeres, descritos en las crónicas del valor como seres heroicos y desinteresados por encima de cualquier otra consideración, no eran, sin embargo, lo suficientemente heroicos para afrontar la muerte con alegría en nombre de ideales que, según los ministerios de asuntos exteriores de potencias extranjeras, resultaban esenciales para el futuro de la civilización. Muy pocos habrían cruzado por su propia voluntad tierra de nadie con el fin de conquistar puertos, minas, pasos de montañas rocosas y ciudades para el provecho de naciones aliadas.
Un buen día sucedió que el gobierno de una nación en guerra, que controlaba el ministerio de asuntos exteriores, el alto mando y la mayor parte de la prensa, reivindicó territorios de varios países vecinos. Las clases cultas, que consideraban a Kipling, Treitschke y Maurice Barras cien por cien ruritanos, denominaron a estos territorios la Gran Ruritania. Sin embargo, esta grandiosa idea no fue acogida con entusiasmo en el extranjero. Por tanto, guardando esta delicada flor del genio ruritano junto a su corazón, como dijo su laureado poeta, los hombres de estado ruritanos siguieron adelante con la idea de dividir y conquistar. Para ello partieron su reivindicación territorial en sectores que fueron reclamando por separado invocando distintos estereotipos. A sus aliados les resultaba difícil oponerse, porque ellos mismos los habían invocado con la esperanza de obtener la aprobación de los demás en relación a otras plazas que reclamaban para sí.
El primer sector era una región montañosa habitada por campesinos extranjeros. Ruritania lo reclamaba para completar su frontera geográfica natural. Si fijamos nuestra atención por tiempo suficiente en el inefable valor de lo natural, esos campesinos extranjeros simplemente se desvanecerán en la niebla hasta que sólo podamos distinguir la pendiente de las montañas. El siguiente territorio estaba habitado por ruritanos, por lo que invocando el principio de que ningún pueblo debe vivir bajo la dominación extranjera, lograron anexionarlo también. A continuación, reclamaron una ciudad de gran importancia comercial, que aunque no estaba habitada por ruritanos, había formado parte de Ruritania hasta el siglo XVIII, por lo que fue anexionada en nombre del derecho histórico. Acto seguido mostraron interés por un rico yacimiento minero perteneciente a, y explotado por, extranjeros. Lograron apropiárselo en concepto de indemnización por los daños sufridos. Más allá del yacimiento había una zona cuya población era extranjera en un 97%. Ésta constituía la frontera geográfica natural de otro país y a lo largo de su historia nunca había pertenecido a Ruritania. No obstante, una de las provincias recién incorporadas a la federación ruritana había comercializado sus productos en ese mercado, y además, la cultura de la clase social más alta era ruritana. En consecuencia, dicho territorio fue exigido en nombre de la superioridad cultural y la defensa de la civilización. Por último, había un puerto completamente desvinculado de Ruritania geográfica, étnica, económica, histórica y culturalmente que, sin embargo, fue reclamado, porque resultaba esencial para la estrategia defensiva nacional.
En los tratados que pusieron término a la Gran Guerra podemos encontrar múltiples ejemplos de este tipo. Quede claro que en ningún caso pretendo dar a entender que en mi opinión fuese posible configurar nuevamente las fronteras de Europa con un mínimo grado de coherencia en nombre de
cualquiera de estos principios. De hecho estoy convencido de lo contrario. El hecho de que se invocaran argumentos tan pretenciosos e incuestionables demuestra que nunca se tuvo la voluntad de alcanzar acuerdos y, en consecuencia, que la paz no podía fundamentarse en ellos. Desde el momento en que se empieza a discutir sobre fábricas, minas, montañas o incluso la autoridad política, poniéndolos como ejemplos perfectos de uno u otro principio eterno, se deja de debatir y se comienza a pelear. Tales principios eternos censuran todas las objeciones posibles, aíslan la cuestión central de su contexto y escenario y despiertan emociones intensas, lo suficientemente apropiadas para cada principio, pero absolutamente incorrectas cuando se trata de puertos, almacenes o propiedades. Una vez hayamos comenzado a debatir con ese talante, ya no podremos detenernos. Nos encontraremos ante un peligro real. Para afrontarlo deberemos invocar principios más absolutos con el fin de proteger lo que corre el riesgo de ser atacado. Eso nos llevará a proteger las defensas existentes y a erigir más barreras para resguardar a cada una de ellas, hasta que todo esté tan revuelto que parezca menos peligroso pelear que seguir hablando.
Sin embargo, tenemos a nuestra disposición una serie de pistas que con frecuencia nos ayudarán a detectar el falso absolutismo de los estereotipos. En el caso de la propaganda ruritana, los principios se superponían unos a otros de forma tan rápida que resultaba posible ver de qué manera se construyó el argumento. Sus contradicciones internas demuestran que para poder reclamar cada sector, se eligió el estereotipo que permitía eliminar todos los hechos que hubiesen podido constituir algún obstáculo. Este tipo de contradicciones suelen proporcionarnos una buena pista.
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La siguiente pista la encontramos en la incapacidad para tomar el espacio en consideración. Sirva de ejemplo que en la primavera de 1918, numerosas voces consternadas por la retirada de Rusia de la guerra exigieron la "reapertura de un frente en el Este". La guerra tal y como la habían concebido se desarrollaba en dos frentes, por lo que cuando uno de ellos desapareció, surgió la necesidad inmediata de volver a abrirlo. Al ejército japonés, que hasta entonces no había intervenido, le fue encomendada la tarea de enviar hombres al frente con el fin de reemplazar al ejército ruso. Sin embargo, éste se encontró con un obstáculo insuperable. Entre Vladivostok y el frente Oriental de la batalla se extendía un territorio de más de 8.000 km. de largo, cruzado por una línea de ferrocarril inservible. No obstante, esos 8.000 km. no figuraban en la mente de los más entusiastas. Estaban tan absolutamente convencidos de que necesitaban un frente oriental, y confiaban tanto en el valor del ejército japonés, que mentalmente transportaron a todos los soldados desde Vladivostok a Polonia a bordo de una alfombra voladora. Nuestras autoridades militares intentaron explicar en vano que destacar soldados en la frontera de Siberia tenía tan poco que ver con detener a los alemanes, como subir desde el sótano hasta la azotea del edificio Woolworth para llegar a la luna.
En este caso, el estereotipo consistía en que la guerra se estaba desarrollando en dos frentes. Desde el preciso instante en que los hombres comenzaron a imaginarse la Gran Guerra, concibieron a Alemania rodeada entre Francia y Rusia. Una o tal vez dos generaciones de estrategas habían vivido con esa imagen visual como punto de partida de todos sus cálculos. Durante casi cuatro años, todos los mapas que vieron del campo de batalla reforzaron su impresión de que la guerra estaba transcurriendo de esa manera. Cuando los acontecimientos dieron un giro, no les resultó fácil verlos como fueron a partir de ese momento. Seguían percibiéndolos tal y como dictaba su estereotipo, y los hechos que contradecían tal visión, como la distancia existente entre Japón y Polonia, no pudieron ascender con nitidez al plano de la
conciencia.
Es interesante observar que las autoridades estadounidenses abordaron esta novedad con mucho más realismo que las francesas. Esto se debió, al menos en parte, a que hasta 1914 los estadounidenses no se habían formado ninguna idea preconcebida sobre una guerra que transcurriese dentro del continente. Por un lado, porque los norteamericanos, absortos en la movilización de sus fuerzas, tenían una idea del frente oriental que era en sí misma otro estereotipo, en virtud del cual excluyeron de su conciencia cualquier otra imagen nítida de los demás escenarios del conflicto. En la primavera de 1918, esta visión norteamericana no podía competir con la visión tradicional francesa, porque aunque los norteamericanos confiaban ciegamente en su poder, en aquel momento, antes de Cantigny y del Segundo Marre, los franceses tenían serias dudas al respecto. La confianza de los Estados Unidos contagió su estereotipo y lo revistió de esa capacidad para poseer conciencia, esa viveza y picor perceptibles, ese efecto estimulante en la voluntad, ese interés emocional como objeto de deseo y esa congruencia con nuestra vida, que James considera características de lo que percibimos como "real."66Los franceses, en su desesperación, se aferraron a su propia imagen. Cuando los hechos, en concreto hechos geográficos de grandes proporciones, no pudieron encajar en su percepción, optaron por deformarlos o, simplemente, por censurarlos. De esta manera, la dificultad de los japoneses para alcanzar a los alemanes a más de 8.000 km. de distancia se solucionó trasladando a los alemanes para forzar un encuentro a mitad de camino. Así, entre marzo y junio de 1918, se dio por hecho que un ejército alemán estaba operando en la Siberia Oriental. Este ejército fantasma estaba compuesto por algunos prisioneros alemanes que habían sido vistos, un número mayor de prisioneros alemanes que habían sido imaginados y, fundamentalmente, por la ilusión de que esos 8.000 km. de distancia no existían en realidad.67
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La concepción real del espacio no es un asunto baladí. Si trazásemos una línea recta entre Bombay y Hong Kong y midiésemos su longitud, no descubriríamos nada sobre la distancia que tendríamos que cubrir para efectuar ese viaje. Ni siquiera midiendo la distancia real que deberíamos recorrer descubriríamos gran cosa, al menos hasta que no supiésemos qué barcos cubren la ruta, cuándo zarpan, cuántos nudos de velocidad alcanzan y si podremos reservar plaza y disponemos del dinero suficiente para ello. En la vida práctica, el espacio es más una cuestión de los medios de transporte disponibles que de planos geométricos, como supo comprender aquel magnate del ferrocarril que amenazó con plantar hierba en las calles de una ciudad que le había ofendido. Si vamos conduciendo y preguntamos a qué distancia está nuestro punto de destino, tomaremos por un completo bobo a quien nos responda que está a casi cinco km., pero olvide mencionar que la carretera da un rodeo de más de nueve kilómetros y medio. Tampoco nos servirá de nada que nos indiquen que está a casi cinco km. andando. Esto equivaldría a decir que está a más de un kilómetro y medio volando como los cuervos. Ni volamos, ni estamos andando; lo que necesitamos saber es que está a más de nueve km. conduciendo y también, si fuera el caso, que casi cinco de esos nueve km. son charcos y barrizales. Personalmente, considero un fastidio a los viandantes que me responden cinco km. y pienso mal de los pilotos que me indican una distancia de un kilómetro, porque ambos están hablando del espacio que ellos tienen que recorrer, pero no del que tendré que recorrer yo.
Cuando se trazan las fronteras también surgen complicaciones absurdas de esta índole, debido a nuestra incapacidad para concebir la geografía práctica de las regiones. En numerosas ocasiones, la aplicación de fórmulas generales, como la autodeterminación, ha llevado a los hombres de estado a trazar líneas sobre los mapas que, cuando se medían in sito, atravesaban fábricas, las calles de alguna aldea o la nave central de alguna iglesia en sentido diagonal, cuando no transcurrían entre la cocina y el dormitorio de la propiedad de algún campesino. Algunos países agrícolas y ganaderos han visto cómo sus fronteras separaban a los rebaños de los manantiales o a los pastos del mercado, y algunos países
industriales cómo las cabezas de línea se separaban de las vías férreas. Sin embargo, en los mapas de colores estas líneas eran precisas, es decir, precisas en el universo de esos mapas étnicos.
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Con el tiempo nos va igual de mal que con el espacio. El ejemplo más habitual lo encontramos en los individuos que mediante la redacción minuciosa de su testamento pretenden mantener el control que ejercían en vida sobre su dinero mucho tiempo después de haber muerto. "Fue la voluntad del primer William James," escribió su tataranieto Henry James,68 "garantizar que sus hijos, muchos de los cuales aún eran menores de edad a la fecha de su muerte, se hiciesen dignos, a través de la actividad comercial y la experiencia, de merecer el notable patrimonio que confiaba dejarles en herencia, y a tal fin redactó un testamento que era una voluminosa mezcla de instrucciones y prohibiciones. Así demostró hasta qué punto confiaba en su propio juicio y se preocupaba por la salud moral de sus descendientes." Los tribunales desbaratan los testamentos, debido a que la ley, contraria a las cosas eternas, reconoce que aquellos a quienes se permite imponer su modelo moral en un futuro desconocido nos prestan un flaco servicio. No obstante, el deseo de imponerlo es un rasgo característico de la raza humana, tanto que nos está permitido hacerlo durante un breve período después de nuestra muerte.
Las enmiendas de todas las constituciones constituyen un claro ejemplo de la confianza que sus autores albergaban con respecto a la validez de sus opiniones a lo largo de varias generaciones. Tengo entendido que resulta casi imposible añadir enmiendas a las constituciones de algunos estados de los Estados Unidos. Los hombres que las redactaron no debían tener apenas sentido del transcurso del tiempo. Para ellos el concepto de aquí y ahora era tan concreto y evidente, mientras que la idea del futuro resultaba tan vaga o aterradora, que tuvieron el valor de decir cómo debería vivirse la vida después de que ellos hubieran muerto. Por otro lado, las constituciones resultan difíciles de reformar, por lo que los más entusiastas y partidarios de las propiedades a perpetuidad han disfrutado mucho escribiendo en ese objeto imperecedero todo tipo de normas y prohibiciones que, en nombre de una actitud decorosamente humilde en relación al futuro, no deberían tener un carácter más permanente que cualquier estatuto común. Nuestras opiniones están invadidas de supuestos referidos al tiempo. Hay personas para las que cualquier institución que haya existido durante toda su vida consciente forma parte del mobiliario permanente del universo, mientras que para otras se trata de algo efímero. Por otro lado, el concepto de tiempo geológico es muy diferente al de tiempo biológico. El tiempo social es el más complejo. Los hombres de estado deben optar entre diseñar planes de emergencia o a largo plazo. Algunas decisiones deben tomarse en base a lo que pasará en los próximos dos años, mientras que muchas veces debemos decidirnos basándonos en lo que pasará en el plazo de una semana, un mes, un trimestre, una década, cuando los niños hayan crecido o cuando nuestros nietos sean mayores. Uno de los rasgos importantes de la sabiduría consiste en la capacidad de identificar, entre todas las concepciones posibles del tiempo, la que corresponde a lo que nos ocupa. Entre los sujetos que emplean una concepción errónea del tiempo figuran desde los soñadores que ignoran el presente, hasta los filisteos que no son capaces de ver nada más. Por ello, las escalas de valores verdaderas tienen un sentido muy agudo del tiempo relativo.
Se necesita concebir, de algún modo, el tiempo alejado del presente, ya sea pasado o futuro. Sin embargo, tal y como dice James, "carecemos de un sentido de `comprensión` directa con respecto a grandes lapsos de tiempo."69 La duración más larga que podemos sentir directamente es aquella que se denomina "presente especioso". Según Titchener, éste se prolonga por espacio de unos seis segundos.70 "Durante este período de tiempo, todas nuestras impresiones ocurren a la vez. Esto nos permite percibir variaciones y acontecimientos, así como objetos estacionarios. El presente perceptual se complementa con el ideacional. La combinación de percepciones e imágenes procedentes de nuestra memoria nos permite traer al presente días enteros, meses e incluso años."
discriminaciones que percibimos en él. En consecuencia, cuando nos aburrimos durante las vacaciones y no tenemos nada que hacer, el tiempo transcurre despacio mientras lo estamos viviendo, pero cuando posteriormente lo rememoramos, nos parece muy breve. Por el contrario, una gran actividad mata el tiempo, pero cuando posteriormente lo rememoramos, su duración nos parece larga. James escribió un párrafo muy interesante sobre la relación existente entre el número de discriminaciones y nuestra perspectiva del tiempo:71
"Tenemos motivos para pensar que posiblemente las criaturas difieran enormemente unas de otras en cuanto a la duración máxima de tiempo que pueden sentir de forma intuitiva, y en el grado de precisión de los sucesos que pueden ocupar dicho tiempo. Von Baer ha llevado a cabo algunos cálculos interesantes sobre el efecto de dichas diferencias con respecto al cambio de aspecto de la naturaleza. Supongamos que fuésemos capaces de percibir 10.000 acontecimientos por separado durante un segundo, en vez de los 10 que percibimos ahora.72 Si nuestra vida estuviera destinada a percibir el mismo número de impresiones, podría ser 1.000 veces más corta. Por tanto, viviríamos menos de un mes e individualmente no llegaríamos a experimentar nunca el cambio de las estaciones. Si hubiésemos nacido en invierno, creeríamos en la existencia del verano tanto como creemos ahora en el calor del período carbonífero. Nuestros sentidos percibirían los movimientos de los seres orgánicos de forma tan lenta que no los veríamos, sólo los deduciríamos. El sol estaría fijo en el cielo, la luna apenas mostraría cambios, etc. Por el contrario, en el caso de la hipótesis inversa, es decir, si existiese algún ser que sólo percibiese una milésima parte de las sensaciones que percibimos nosotros en un momento dado, y en consecuencia su vida fuese 1.000 veces más larga que la nuestra, la duración del invierno y del verano le parecería tan breve como un cuarto de hora. Las setas y todas las plantas que crecen a gran velocidad brotarían tan rápidamente que le parecerían creaciones instantáneas. Los arbustos anuales crecerían y desaparecerían de la superficie de la tierra como eternos manantiales de agua hirviendo. Asimismo, los movimientos de los animales serían tan invisibles a sus ojos como las balas a los nuestros y el sol cruzaría el cielo como los meteoritos, dejando tras de sí una estela de fuego, etc."
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E n The Outline of History, H.G. Wells llevó a cabo un valiente esfuerzo por visualizar "la verdadera relación proporcional existente entre el tiempo histórico y el geológico"73. Si empleásemos una escala en la que un espacio de 7,62 cm. representase el tiempo transcurrido desde Colón hasta nuestros días, los lectores deberían caminar aproximadamente 16,764, 167,64 y 1.610 metros para situarse en la época en que fueron realizadas las pinturas de las Cuevas de Altamira, la era de los