Parte V: La construcción de la voluntad común
Capítulo 15: Los líderes y las bases
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Debido a su trascendental importancia desde el punto de vista práctico, de los líderes que llegan a triunfar ninguno escamotea tiempo para cultivar los símbolos que le permite organizar a sus seguidores. Los símbolos hacen por las bases lo mismo que los privilegios hacen por las jerarquías: preservar su unidad. Desde los emblemas que representan tótems hasta las banderas nacionales, pasando por los ídolos tallados en madera a Dios Rey Invisible, así como el mundo mágico y algunas versiones atenuadas de Adam Smith o Bentham, todos los líderes, incluso los más descreídos, han cuidado de los símbolos invariablemente, porque constituyen el núcleo en que tiene lugar la fusión de las diferencias. Es posible que los observadores neutrales contemplen los rituales "tachonados de estrellas" que envuelven a cada símbolo con tanto desdén como el rey que se dijo a sí mismo que París bien valía una misa. No obstante, los líderes saben por experiencia que sólo cuando los símbolos cumplen su función, dispondrán de la palanca que permite movilizar a la muchedumbre. En el símbolo las emociones se vuelcan hacia un objetivo común y la idiosincrasia de las verdaderas ideas termina borrándose. No es de extrañar, pues, que todos ellos odien lo que denominan crítica destructiva y lo que los espíritus libres, a su vez, denominan eliminación de sinsentidos. Bagehot118 dijo lo siguiente a propósito de la monarquía británica: "nuestra realeza debe ser reverenciada por encima de todas las cosas, pero si comenzamos a escarbar en ella, no podremos reverenciarla." Esto se debe a que hurgar a base de definiciones claras y afirmaciones sinceras resulta útil para todos los propósitos humanos, salvo el de preservar con facilidad la voluntad común. Tal y como sospechan todos los líderes responsables, al escarbar tendemos a estropear la transferencia de emociones entre cada mente individual y los símbolos institucionales, provocando, como todos ellos saben, el caos que generan el individualismo y las luchas entre facciones. La desintegración de los símbolos, como la Sagrada Rusia o los Iron Diaz, señala siempre el comienzo de un prolongado levantamiento.
Los grandes símbolos poseen, porque les han sido transferidos, todos los sentimientos de devoción, incluyendo los más nimios y detallados, de una sociedad antigua y estereotipada. Todos ellos evocan, pues, los sentimientos que el paisaje, el mobiliario, los rostros y los recuerdos que más importan despiertan en cada individuo y, en el caso de las sociedades estáticas, la única realidad de sus miembros. Ese núcleo de imágenes y devociones sin el que nadie puede imaginarse a sí mismo constituye la nacionalidad. Los grandes símbolos no sólo hacen suyas dichas devociones, sino que son capaces de despertarlas sin necesidad de recurrir a las imágenes primitivas. Los símbolos menos trascendentales del debate público, las conversaciones más informales sobre asuntos de política, siempre hacen referencia a estos protosímbolos y siempre que sea posible se asociarán a ellos. De esta forma, la cuestión de las tarifas del metro, por ejemplo, se simboliza como un asunto entre el Pueblo y los Intereses y, a continuación, el Pueblo se introduce dentro del símbolo Americano, de manera que al final, en el fragor de las campañas electorales, una tarifa de ocho centavos se convierte en algo antiamericano, es decir, algo por lo que los padres de la revolución dieron su vida, por lo que Lincoln padeció para evitar que pasara, y contra lo que se resistieron a muerte aquellos cuyos restos descansan en cementerios franceses.
Dado su poder para sacar emociones como un sifón a partir de ideas heterogéneas, los símbolos son a la vez un mecanismo de solidaridad y de explotación. Por una parte permiten que el pueblo trabaje codo con codo para lograr un fin común, pero debido a que el elegir los objetivos concretos corresponde a una minoría estratégicamente situada, los símbolos también son un instrumento que permite que unos
pocos se ceben a costa de los demás, desvíen las críticas y conduzcan a la agonía a otros hombres en el nombre de cosas que nunca llegarán a comprender.
Muchos aspectos de nuestro sometimiento a los símbolos resultan poco halagadores si optamos por considerarnos personalidades realistas, autosuficientes y autónomas. No obstante, no se puede llegar a la conclusión de que los símbolos sean instrumentos del mal. No cabe duda de que en el reino de la ciencia y la contemplación son el mismísimo demonio, pero en el prosaico mundo de la acción pueden resultar beneficiosos y, en ocasiones, necesarios. Observemos que solemos imaginar necesidades y fabricar peligros, pero cuando resulta indispensable obtener resultados rápidos, quizá la manipulación de la muchedumbre a través de los símbolos sea la única forma rápida de llevar a cabo acciones esenciales. Actuar suele ser más importante que comprender. Hay ocasiones en que la acción fracasaría, si todo el mundo la comprendiera. Esto se debe a que muchas cuestiones no pueden esperar a que se celebre un referéndum y, además, no resistirían los efectos de lapublicidad. Por otra parte, en algunos momentos, por ejemplo durante las guerras, naciones enteras, ejércitos e incluso comandantes deben confiar las cuestiones estratégicas a unas pocas mentes, sobre todo cuando la existencia de dos opiniones contrarias, aunque una de ellas sea correcta, pueda entrañar más peligro que una sola opinión errónea, ya que aunque ésta pueda producir resultados negativos, la lucha de opiniones podría provocar auténticos desastres, si rompiese la unidad.119
Así, Foch y Sir Henry Wilson, que previeron el inminente desastre de las fuerzas de Gough como resultado de la división y dispersión de las reservas, optaron por mantener sus opiniones en secreto dentro de un pequeño círculo, dado que sabían que el riesgo de una derrota total era menos destructivo de lo que podría llegar a serlo un encendido debate en los periódicos. Lo primordial cuando se está sometido al tipo de tensión que en marzo de 1918 lo invadía todo, no es acertar con un movimiento concreto, sino mantener incólumes las expectativas creadas con respecto al mando. Si Foch hubiese "acudido al pueblo", es posible que hubiese ganado el debate, pero para entonces los hombres que tenía bajo su mando se habrían disuelto. El espectáculo de una pelea en el Olimpo es a la vez entretenido y destructivo.
También las conspiraciones de silencio lo son. El capitán Wright dijo que "el arte del camuflaje se practica más en el Alto Mando que en la línea de fuego, y afecta incluso a las máximas autoridades. En todas partes se maquilla a los líderes gracias al incansable trabajo de infinitos publicistas, de tal forma que desde lejos todos ellos parecen Napoleón... Resulta casi imposible reemplazarles, sea cual sea su grado de incompetencia, debido al inmenso apoyo público generado a base de ocultar o disimular los fracasos y exagerar o inventar los logros... No obstante, el peor y más dañino resultado de toda esta falsedad organizada de forma tan sofisticada lo encontramos en los propios generales: a pesar de que la mayoría son tan modestos y patrióticos como deben serlo los hombres que eligen y hacen suya la noble profesión de las armas, también ellos se ven afectados en última instancia por esas ilusiones universales, de manera que al leerlas en la prensa cada mañana se persuaden, por muchos fracasos que tengan en su haber, de que son tan infalibles como las bombas y de que su permanencia entre el alto mando es un fin tan sagrado que justifica el uso de cualquier medio... Todas estas condiciones, entre las que tan gigantesco engaño sobresale por encima de todas, terminan por emancipar a todos los estados mayores de cualquier tipo de control. Llega un momento en el que dejan de vivir para la nación, siendo ésta la que vive o, mejor dicho, muere por ellos. La victoria o la derrota dejan de ser lo primordial. Lo que de verdad importa a estas corporaciones semisoberanas es si el querido y viejo Willie o el pobre Harry seguirán al mando, o el destacamento de Chantilly prevalecerá por encima del destacamento del Boulevard des Invalides."120
Sin embargo, el capitán Wright, que puede resultar tan elocuente e hilar tan fino en relación a los peligros del silencio, se vio en la necesidad de aprobar el de Foch con el fin de no destrozar las ilusiones públicamente. Nos encontramos, pues, ante una compleja paradoja que se deriva, como más adelante
veremos, del hecho de que la visión democrática tradicional de la vida no se concibió para las situaciones de emergencia y peligro, sino para la tranquilidad y la armonía. Por tanto, cuando la ocasión requiere que la muchedumbre coopere en entornos inciertos e inestables, suele resultar necesario garantizar la unidad y la flexibilidad sin su consentimiento real. Esta es, precisamente, la misión de los símbolos: sumir en la oscuridad las intenciones personales, neutralizar la capacidad de discernir y confundir los propósitos individuales. Para que la muchedumbre consiga actuar resueltamente, los símbolos deben anular personalidades a la vez que moldean la intención del grupo y unen a sus miembros con más solidez de la que proporciona ninguna otra cosa en época de crisis. Los símbolos permiten, pues, que la masa se movilice a base de inmovilizar la personalidad de cada individuo. Son los instrumentos que a corto plazo liberan al grupo de su propia inercia, es decir, de la indecisión y los movimientos precipitados, para que se deje conducir por los vericuetos de las situaciones complejas.
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Pero a largo plazo, el tira y afloja entre los líderes y las bases se acentúa. La palabra que solemos emplear con más frecuencia para describir el estado mental de las bases con respecto a sus líderes es "moral". Se dice que es buena cuando los individuos desempeñan las tareas que les han sido encomendadas con el mayor empeño; cuando las órdenes que vienen de arriba movilizan toda la fuerza de cada hombre.
De esto se deduce que todos los líderes deben adoptar y planificar cada medida política teniendo esto presente. Deben, pues, considerar sus decisiones no sólo en función de "los méritos" de cada una, sino también atendiendo a la manera en que vayan a afectar a cualquiera de sus seguidores, cuyo continuo apoyo requieren. A la hora de planificar una ofensiva, por ejemplo, los generales deben tener en cuenta que sus soldados perfectamente organizados en unidades se dispersarán en bandas descontroladas, si el porcentaje de bajas se incrementa en exceso.
En la Gran Guerra, las previsiones de bajas fracasaron completamente, hasta el punto de que "cinco de cada nueve hombres que lucharon en Francia se convirtieron en bajas."121El aguante de las tropas resultó ser mucho mayor de lo que nadie se había imaginado, pero desde luego había un límite. Ningún mando del ejército osó publicar durante la guerra informes veraces sobre el número de bajas, en parte debido a sus efectos sobre el enemigo, pero también a sus efectos sobre las tropas y sus familias. En Francia, por ejemplo, nunca llegaron a publicarse las listas de muertos y heridos. En Inglaterra, los Estados Unidos y Alemania, las listas de bajas de las grandes batallas se publicaban poco a poco para evitar la terrible impresión que habrían producido las cifras totales. Mucho tiempo después de que se hubiesen librado las batallas del Somme o Flandes, por ejemplo, sólo "los de dentro" sabían cuál había sido el coste humano real de cada lucha.122 Ludendorff tenía, sin lugar a dudas, una idea mucho más exacta del alcance de las bajas que cualquier particular de Londres, París o Chicago. Los líderes de todos los campos de batalla hacían lo que podían para limitar la información con el fin de no sobrepasar la dosis total de realismo que tanto soldados como civiles podían concebir gráficamente. No obstante, los soldados veteranos, como los de las tropas francesas de 1917, siempre saben mucho más de lo que llega a ser del conocimiento público. Esto les lleva a juzgar a sus superiores en función de su propio sufrimiento. Como resultado, cuando una nueva promesa de victoria resulta ser la derrota sangrienta de costumbre, los errores más insignificantes pueden desencadenar verdaderos motines,123 como el que tuvo lugar a raíz de la ofensiva de Nivelle en 1917, debido a la acumulación de fallos. Las revoluciones y los motines suelen desencadenarse después de que se haya producido una muestra insignificante de una larga serie de males.124
La forma en que cada política en particular incide en la muchedumbre determina la relación de ésta con los líderes. Éstos tendrán carta blanca, si aquellos a los que necesita para ejecutar sus planes se encuentran lejos del escenario de la acción, o si consiguen ocultar o retrasar los resultados, o si las obligaciones a las que cada individuo deberá hacer frente son indirectas o a largo plazo o, por encima de todo, si la aprobación de sus planes representa alguna emoción placentera. Los programas que no inciden de golpe en los hábitos personales de la muchedumbre, como sucede con la prohibición entre los abstemios, son los que obtienen de inmediato la aprobación popular. Esto explica por qué los gobiernos suelen tener tanta carta blanca en materia de política internacional. La mayor parte de los conflictos entre dos estados conllevan una serie de discusiones oscuras e interminables, que aunque de vez en cuando se refieren a zonas fronterizas, casi siempre suelen afectar a regiones acerca de las cuales la geografía que aprendimos en el colegio no nos aporta ideas precisas. Sirva de ejemplo que los checoslovacos consideran a los Estados Unidos su Libertador, mientras que en los periódicos y comedias musicales americanos, y principalmente en los comentarios que oímos con más frecuencia, nunca ha quedado claro si el país que liberamos fue Checoslavia o Yugoslovaquia.
Durante largos períodos de tiempo, los efectos de la política internacional sólo se dejan sentir en entornos que no se ven. Nada de lo que pasa ahí fuera se percibe como real, por lo que, como sucede en los períodos que anteceden a cada guerra, nadie se ve en la necesidad de pelear ni pagar. Por tanto, los gobiernos prosiguen su camino en base a lo que saben y sin preocuparse mucho de la gente. Por el contrario, los costes que asumen los gobiernos cada vez que ponen en marcha alguna política de ámbito local son mucho más visibles, por lo que todos los líderes, salvo los más excepcionales, actúan conforme a la idea de que cuanto más indirectos sean los costes, mejor. No les gustan los impuestos directos ni pagar a medida que avanzan. En realidad, todos prefieren las deudas a largo plazo y dejar que sus votantes crean que serán otros quienes terminen por pagar. Siempre se han visto obligados a calcular la prosperidad en términos de productores en vez de consumidores; porque en lo que a estos últimos respecta, la incidencia se distribuye entre muchos asuntos triviales. Los líderes obreros, a su vez, siempre han preferido los aumentos salariales a las reducciones de precios, de la misma manera que los beneficios de los millonarios siempre han despertado más interés popular que el derroche del sistema industrial. Esto se debe a que los primeros son insignificantes en términos comparativos, pero visibles, mientras que los segundos son inmensos, pero escurridizos. Por último, las políticas que intentan hacer frente a la escasez de viviendas, como la que nuestro gobierno está poniendo en práctica actualmente, constituyen el ejemplo por excelencia de esta norma, porque, en primer lugar, no hacen nada para incrementar el número de viviendas; segundo, golpean con estruendo a los ávidos terratenientes y tercero, investigan a conciencia a los especuladores, tanto obreros como constructores. Las políticas constructivas exigen abordar los factores más remotos y menos interesantes, pero los ávidos terratenientes y los fontaneros especuladores resultan visibles e inmediatos.
No obstante, mientras la muchedumbre siga dispuesta a creer que en algún futuro no imaginado y en algún lugar desconocido se verá beneficiada por una política determinada, los resultados políticos reales obedecerán a una lógica diferente a la de sus opiniones. Se puede inducir a una nación a creer que el aumento de las tasas de transporte redundará en beneficio de las líneas de ferrocarril, pero ninguna carretera se beneficiará de tal creencia, si el impacto de dichas tasas en los agricultores y transportistas provocase un aumento de los precios superior al que los consumidores podrían pagar. Que éstos paguen dicho precio no dependerá de si asintieron con la cabeza nueve meses atrás ante la propuesta de incrementar las tasas con el fin de salvar al sector, sino de que una vez llegado el momento tengan tantas ganas de comprarse un coche nuevo como para pagarlas.
Los líderes suelen fingir que, en realidad, los programas que ellos exponen existían ya en la mente del público. Cuando además se lo creen, lo que de verdad hacen es engañarse a sí mismos. Los programas no se inventan por sí solos de forma sincronizada en una multitud de mentes, no porque éstas sean necesariamente inferiores a las de los líderes, sino porque el pensamiento constituye la función de los organismos y la muchedumbre no es un organismo.
Los hechos terminan por sumirse en la oscuridad, porque la masa está constantemente expuesta al poder de la sugestión: no lee las noticias, sino noticias acompañadas de un aura de sugestión que indica qué línea de acción debe adoptarse, como tampoco escucha informes tan objetivos como los hechos, sino informes ya estereotipados con arreglo a un patrón determinado de comportamiento. Esto lleva a los líderes visibles a concluir que los verdaderos líderes son los todopoderosos propietarios de los periódicos. No obstante, si por medio de algún sistema de los que se emplean en los laboratorios pudiésemos liberar de sugestión y liderazgos a la experiencia de la multitud, creo que obtendríamos algo parecido a lo siguiente: una muchedumbre expuesta a un mismo estímulo desarrollaría respuestas que teóricamente podrían representarse en un gráfico que mostrase su margen de error. Habría un grupo que opinaría de forma lo suficientemente parecida como para que pudiésemos clasificarlo junto. También habría divergencias de opiniones en ambos extremos. Estas clasificaciones tenderían a afianzarse a medida que los individuos de cada grupo expresaran sus opiniones abiertamente. Dicho de otra manera: una vez que quienes sintiesen las cosas vagamente hubiesen expresado sus opiniones con palabras, sabrían con mayor exactitud qué es lo que opinan y, como resultado, lo sentirían más intensamente.
Los líderes que están en contacto con los sentimientos populares no tardan en darse cuenta de este tipo de reacciones. Así llegan a saber si el encarecimiento de los precios está presionando a la muchedumbre, o si ciertos tipos de individuos están perdiendo popularidad, o si los sentimientos hacia tal o cual nación son hostiles o amistosos. No obstante, exceptuando la influencia de la sugestión, que sólo consiste en la encarnación del liderazgo por los periodistas, no hay nada en el sentimiento de la masa que determine fatalmente la elección de una política en particular. Lo único que el sentimiento de la muchedumbre exige es que cada política concreta, tal y como haya sido desarrollada y expuesta desde el