14 Por tanto, amados míos, huid de la idolatría.15 Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. 16 La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no
es la comunión del cuerpo de Cristo? 17 Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo;
pues todos participamos de aquel mismo pan. 18 Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrifi-
4Ver también He. 4:14–16.
cios, ¿no son partícipes del altar? 19 ¿Qué digo, pues? ¿Qué el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a
los ídolos? 20 Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quie-
ro que vosotros os hagáis partícipes con los demonios.21 No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los
demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios.22 ¿ O provocaremos a
celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?
Este pasaje es tanto un compendio de mucho de lo que ya ha sido dicho por el apóstol, así como una pre- sentación de los temas que le restan. El contenido general se refiere a la idolatría (ya tratado en el cap. 8, y que culminará en la parte final de éste). El ejemplo del pueblo hebreo y su comunión con Dios se ejemplifica con la participación en la mesa de Señor.6Estos dos hechos concretos son un ejemplo de una nueva vida que
Dios nos da al incluirnos en la fraternidad de su pueblo, y son demostrativos de si le servimos a él (en la mesa del Señor) o a los demonios (en la idolatría).
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Comienza por hacer una doble apelación (vv. 14, 15).7Antes de cada una, los califica sea de“amados míos”, sea de “sensatos” (sabios, entendidos). Cada vez que quiere ser enérgico, agrega una palabra afectuosa. Esto nos muestra que el amor ha de ser la base para cualquier exhortación categórica. Pablo había explicado anteriormente que el verdadero cristiano tiene “la mente de Cristo” (1 Co. 2:16) y, potencialmente, la posibilidad de juzgar con la sabiduría de Dios. Por lo tan to, Pablo les concede un margen de confianza, dando por sentado que, siendo cristianos, podrían juzgar con sabiduría las palabras del apóstol. Al menos ésa es su esperanza. Teniendo tales ejemplos del pasado, la presencia de un Dios fiel, y la mente de Cristo, debe- mos estar en condiciones de juzgar qué es lo que más nos conviene.
El mandamiento es conciso, y luego se extenderá: “Huid de la idolatría” (v. 14b). En 6:18 dijo lo mismo de la fornicación. Es evidente que los corintios necesitaban una expresión muy definida. La idolatría no era sólo llevar sacrificios a un dios falso, sino todo u n concepto de la vida y una forma de expresión social. Apa- recía por todas partes, y era difícil eludirla. Sólo decisiones muy categóricas podían lograr la separación co- munitaria y espiritual necesaria para el cristiano. Los últimos versículos (19–22) hacen suponer que los lec- tores se habían permitido alguna indulgencia. Por ejemplo, haber acompañado a familiares paganos a una ceremonia de sacrificio a los ídolos, o haber participado en ac tos cívicos que incluían invocación a los dioses. Ante tales situaciones, la única solución era huir (1 Jn. 5:21).
Recurre entonces a lo que para nosotros es el máximo ejemplo, pues suponemos que los corintios tenían gran respeto por la mesa del Señor—a pesar de los hechos negativos que describe el cap. 11. El privilegio de
participar de ella hace más grave la participación en la idolatría en cualquiera de sus formas.
Hay aquí ideas importantes sobre esa parte clave de nuestro culto. En primer lugar, hay paralelismo entre la comida y la bebida dada milagrosamente a los hebreos del Exodo, y la copa y el pan de que participamos hoy en la mesa del Señor. El sentido espiritual de los prodigios de la antigüedad debe estar presente en nues- tras conciencias ahora. La expresión “la copa de bendición que bendecimos” (v. 16a) es una traducción lite- ral de una forma de hablar de hebreos y griegos. Se refiere a la “copa bendita” (V.P.), en sí misma una bendi- ción porque nos habla de la gran bendición redentora do Dios. Por eso “bendecimos”, damos gracias a Dios, señalando cómo toda bendición viene de él. Al tomar esa copa, pues,
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lo hacemos elevando nuestro espíritu en agradecida alabanza. En ese momento el Espíritu de Dios hará que reconozcamos que “la comu- nión de la sangre de Cristo” abre camino a la declaración de 11:25. La copa no es la sangre de Cristo, sino la expresión visible de un vínculo (la participación) que se ha creado en él por su sacrificio. Cuando participa- mos en la Cena del Señor, se crea un nuevo vínculo con Dios y con su pueblo.Del mismo modo, “el pan que partimos” (v. 16b) nos habla de la “comunión del cuerpo de Cristo” (v. 16b), lo que también nos lleva a 11:24. Aquí, sin embargo, la idea también abarca las enseñanzas sobre la iglesia como cuerpo de Cristo (12:13 y siguientes). Anticipémonos ahora al tema de los dones, señalando có- mo Pablo los ve a través de su experiencia en la mesa del Señor. No es un acto del individuo, sino del nuevo pueblo cristiano. Nuestra “comunión”—una coparticipación espiritual—se establece tanto con el Señor como con su iglesia, con aquél a través de ésta, y con ésta en el Espíritu de aquél.
6Lo que será tratado más extensamente en 11:17–34. 7“Huid de la idolatría”; “juzgad vosotros lo qu e digo”.