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LOS MIEMBROS ENTRE SI (12:24–26)

1. Se saben parte de un cuerpo.

2. Aprecian el lugar que Dios dio a cada uno. 3. Cuidan que no haya desavenencia entre ellos. 4. Se preocupen los unos por los otros.

5. Se duelen con el que se duele y se gozan con el que es honrado.

Cuando Pablo redondea sus ideas en el v. 27 (que es sólo un resumen de las dos ideas básicas—somos “ el  cuerpo en Cristo y miembros cada uno en particular”), nos ha hecho recorrer un camino que debe impresio- narnos si nos detenemos a pensar en él. Seguidamente el apóstol llega al final del capítulo, y retoma el t ema del principio. Aquel planteo inicial de si tenemos dones y cómo se relacionan éstos con la acción del cuerpo (pasando por la insistencia en que somos precisamente eso, un cuerpo), ha culminado en el cuadro del amor  y la ayuda recíproca que es el fundamento de la iglesia. Si consideramos la profunda belleza del cap. 13, en

vez de pensar que la totalidad de los caps. 12–14 es una discusión del tema de los dones, consideraremos que Pablo presenta un paréntesis en 12:28–30, y que las cosas espirituales sólo son un motivo para el camino superior del amor.

[P. 204]

Pablo cree que debe insistir en que, si somos algo en la iglesia, es porque así nos “puso Dios” (v. 28a).

Antes de pasar al tema del amor, Pablo repite el tema de los dones. Para ilustrar que somos “miembros cada uno en particular” (v. 27b), enumera en dos listas sucesivas algunos de los dones o ministerios que ha mencionado antes, así como otros nuevos; por ejemplo, “los que ayudan” y “los que administran” (v. 28). El porqué del orden ha preocupado a muchos. Puede haber algún criterio histórico, dado que señala que “pri- meramente” Dios puso a los apóstoles. Otros piensan que la mención inmediata de “dones mejores” (v. 31a) puede entenderse como que estos son citados antes que los que no lo son. Pero no es conveniente hacer este tipo de valoraciones, o introducir un sentido cronológico que no ha estado antes.

“Procurad los dones mejores’ (v. 31) indica que algunos son “mejores’ que otros, y nos lleva a inquirir cuáles son, para poder entonces dedicamos a su búsqueda. La misma epístola da la respuesta. Por un lado, ése es, en el fondo, el tema del capítulo 14, que al comienzo nos dice: “Procurad los dones espirituales, pero so- bre todo que profeticéis” (14:1b). Aclara luego que “el que profetiza19habla a los hombres para edificación,

exhortación y consolación” (14:3).

Esto muestra que los dones mejores son aquellos que sirven para la edificación. Todo el cap. 12 indica asimismo que también debe traer provecho para la unidad en la diversidad del cuerpo. Cualquier don es “mejor” cuando cumple con la función para la cual Dios lo ha concedido. La B. de J. traduce “los carismas superiores”, o sea los más elevados, los que están más cerca de los planes divinos. La palabra griega

CARISMA—que se ha hecho popular en los campos religiosos y seculares—significa sencillamente “regalo”. No tiene nada que ver con la noción, por ejemplo, de un “líder carismático”, como se dice en política, salvo que se trata de una persona que tiene el don de atraer a otros. En el campo religioso, es común hablar de “ca- rismático” para calificar a quienes ponen un énfasis especial en los dones de Dios por el Espíritu. Como Pablo dice claramente que, en su bondad Dios nos ha dado dones (carismas) a todos, todos los cristianos son, por

definición, carismáticos—ya que es claro que no hay creyente que no haya sido bendecido por el Señor con algún don.

Pero Pablo agrega que existe “un camino más excelente” (v. 31b), una forma más elevada de vivir cris- tianamente que el procurar los mejores dones. No se trata de otro don, sino de otra senda por la cual transi- tar.

[P. 205]

CAPÍTULO 17

2. EL CAMINO MÁS EXCELENTE DEL AMOR (13:1–13)

a. La superioridad del amor (13:1–3)

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o 

címbalo que refiñe.2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la 

fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.3 Y si repartiese todos mis bienes para 

dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. Entramos aquí al trozo más citado de esta epístola, y con justa razón. Todo pensamiento sobre el amor de Dios y el amor que Dios pone en nosotros debe llenarnos de emoción. Sin duda, este capítulo puede leerse en forma aislada y ser de mucha bendición, pero es igualmente cierto que su sentido más pleno sólo se alcanza si comprendemos que es una continuación del anterior.

El mensaje de Pablo puede resumirse, diciendo que debemos preocuparnos por usar adecuadamente lo que Dios nos da para provecho de los demás, pero debemos hacerlo todo con amor. El amor no es un don, sino el requisito indispensable para que los dones cumplan la función por la que han sido dados. Siguiendo las ideas previas del cap. 12, el apóstol se preocupa de lo que somos, más que de lo que tenemos o hacemos; sin el amor, “nada soy” (v. 2c).

No es sólo cuestión de erudición el preguntarse qué es aquí el amor. No se trata de un amor romántico, que en griego es EROS.1Tampoco se refiere a la amistad ni al amor familiar, para lo cual se usaba el término