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c Todo para Dios (3:18–23)

18 Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para 

que llegue a ser sabio.19 Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El 

 prende a los sabios en la astucia de ellos. 20 Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son 

vanos.21 Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro; 22 sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, 

sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, 23  y vosotros de Cris- 

to, y Cristo de Dios.

Pablo era un hombre de gran capacidad para el razonamiento. Sus deducciones y conclusiones a menudo nos asombran. Pero eso no significa que fuera un hombre frío; todo lo contrario. No se avergonzaba de dete- nerse con frecuencia—a veces en medio del tratamiento de los temas que parecen más áridos—para elevar su voz en alabanza al Señor. En esos instantes surgía su espíritu poético. Estos versículos son uno de esos casos.7

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En el trozo anterior el apóstol ha estado haciendo declaraciones de tipo doctrinal. Ahora, se pre- ocupa de la aplicación práctica. En general, ése es su esquema. En cartas como Romanos, Filipenses o Colo- senses, la división es muy clara entre los primeros y los ú ltimos capítulos. En 1 Corintios, por el contrario, la necesidad obliga a que ambos planos permanecieran entremezclados.

En cierta manera, retoma lo que ha tratado en el cap. 1a pobreza de nuestros propios valores, sobre todo los intelectuales. Si en el tiempo de Pablo había tanta posibilidad de jactarse de ser sabio, sin duda el peligro es mucho mayor hoy en aspectos de ciencia, técnica, pensamiento, etc.

dras preciosas (como las perlas) se cons ideraban más valiosas que el oro, y la plata se utilizaba para cosas que el oro no podía usar- se. Por otra parte, madera, heno y hojarasca no son cosas pecaminosas de manera aparente sino sutil. Las tres pueden ser útiles para construir. Hasta el heno puede usarse para construir un techo. Pero cuando pasan por la prueba del fuego, las tres se quema- rán. Pablo aquí no habla de los talentos o los dones espirituales que nos dio el Señor, sino de lo que hemos hecho con aquello que el Señor nos ha dado—que por supuesto incluye dones y talentos.

5 Job 23:10; Zac. 13:9; 1 P. 1:17; Ap. 3:18.

6Otra interpretación señala que la enseñanza del pasaje radica en que Pablo les recuerda que la iglesia es templo de Dios. 7Aquí encontramos un claro reflejo del final de Ro. 8. Otros ejemplos son Fil. 2, Ef. 3.

Pablo no menciona lo que debe hacer alguien que realmente sea sabio. Sólo habla de quien “se cree sabio en este siglo” (v. 18), y sospecha que eso puede ocurrirle a alguno de sus lectores. No los acusa directamente, sino que les advierte con delicadeza.

Hace uso de palabras enérgicas. Los corintios necesitaban ese lenguaje y tal vez ocurra hoy lo mismo. De todos modos, ¿qué quiere decir con “hágase ignorante”?8Recordemos el llamado de Jesús a volvernos “como

niños” (Mt. 18:3). El niño no sabe nada. Sólo con el esfuerzo y la disciplina llega a aprender y quizá a ser sabio—lo que Pablo acepta como buena posibilidad. Sólo aprende el que admite que ignora. Y lo que es ver- dad en las cosas intelectuales, también lo es en las espirituales. Si queremos que el E spíritu nos enseñe (como leímos en el cap. 2), debemos admitir nuestra ignorancia. En este caso concreto, los corintios eran creyentes con poca experiencia cristiana y demostraban su desconocimiento de muchas cosas—a veces elementales. El problema consistía en que no se daban cuenta.

El hecho de que haya una “sabiduría de Dios” esencialmente diferente de la sabiduría humana, plantea el problema de que es ésa la que se precisa para la vida del individuo cristiano y la iglesia.

 ¿Cómo puede el hombre adquirir sabiduría de Dios cuando su propia sabiduría está limitada por sus ca- racterísticas humanas? Naturalmente, nunca podrá tener toda la sabiduría divina, pues si no, tendría una mente igual a Dios. Ello nos obliga a varias cosas prácticas. La primera es permitir una guía continua del Es- píritu Santo. Casi siempre esta guía es espontánea y hasta imperceptible; a veces hay que buscarla específi- camente. En estas situaciones, podemos recurrir a la Biblia o a la oración. En otras, Dios habla por intermedio de los demás.9En general, la voz colectiva de la iglesia, o sea la suma de los hermanos o la tradición de un

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largo tiempo (quizá siglos) pueda ser la respuesta; sin embargo hemos de ser prudentes, ya que no siem- pre la mayoría implica verdad.

Ya expuso en el final del cap. 1 lo que ahora reitera: que ante la majestad divina, todo lo que los hombres pueden saber no pasa de ser una tontería, una minucia. Si nos reímos de lo que creían los hombres de hace unos pocos siglos, así como se reirán de nosotros nuestros bisnietos, ¿qué será cuando Dios mira n uestro or-  gullo desde los cielos?

Pablo refrenda los pensamientos anteriores con dos citas bíblicas: Job 5:13 y Sal. 94:11.10

Los últimos tres versículos tienen un tono distinto, con ese notorio fervor paulino a que aludimos antes. Es una aplicación concreta de los principios preanunciados. Teniendo en cuenta estos, no tiene sentido jactarnos o vanagloriarnos de lo que consiguen los hombres. En resumen, la idea es doble: todo les pertenece a ustedes  y todo proviene de Dios.

 ¿Por qué Pablo se menciona en primer lugar? Antes que nada, pare que quede en claro que no debían  jactarse en él. Luego, debido a que su enumeración va de lo más bajo a lo más alto, pues culmina en Dios

mismo.

Hay un sentido de interdependencia y pertenencia que impide dar v alor aislado a los factores que se mencionan. Somos parte de la vida, la cual es parte de nosotros, así como ellos eran parte del ministerio del apóstol y éste era integrante de la misma existencia eterna de los corintios. Formamos parte de un mundo en el que nos rodean la vida y la muerte, donde corre el tiempo presente, rumbo al porvenir. Parte de ello son Pablo, Apolos y Pedro, que no se sienten sino servidores de los corintios y colaboradores de Dios. Por otra parts, no ha vuelto a mencionar al sector de la iglesia que decía ser “de Cristo” (1:12), lo cual puede demos- trar que ni eran dignos de que se les recordara.

Finalmente todo ello (vv. 21–22) es tomado en bloque y entregado a Cristo, quien se ofreció para dar eternidad a aquello que sin él sería completamente perecedero. Y ese Cristo es una unidad con Dios, es en él y  por él y pare él (Jn. 1).

8(BLA).

9Quizá un predicador diga exactamente lo que es sabio para Dios y que nosotros no habíamos pensado.

10Esta última nos demuestra que el Señor es capaz de examinar lo más profundo de nuestra mente. La primera es una expresión de

Elifaz, uno de los presuntos amigos de Job. La idea nos muestra cómo Dios permite que los hombres se enreden en su propia sabi- duría y vanidad—que terminan siendo una trampa.

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CAPÍTULO 6

5. EL MINISTERIO DE LOS APÓSTOLES (4:1–21)

a. Servidores y administradores (4:1–7)

Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.Yo en muy poco tengo el ser 

 juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo.4 Porque aunque de nada 

tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 5 Así que, no juzguéis na- 

da antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará  las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. Pero esto, hermanos, lo he   presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pen- 

sar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.7 Porque ¿quién 

te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras  recibido? 

Todo el cap. 4 es una apasionada continuación del trozo anterior. Pablo se siente compelido a aclarar su posición, sin entrar en detalles, pero usando un lenguaje que llega a ser doloroso más adelante. Salvo, en cierta medida, el contenido del cap. 9, es lo único que hay de este tipo en la epístola. En la segunda, por l contrario, a partir del cap. 10, la defensa de su ministerio por parte del apóstol es muy ferviente.

Notemos que comienza con un “así, pues”, es decir, en vista de lo anterior. Ya que todo les pertenece a ellos y a su vez todo pertenece al Señor, ¿cuál es el lugar que corresponde a los obreros cristianos? La res- puesta es doble: ante los creyentes, son servidores; ante Dios, son administradores. Desde el primer capítulo ha estado presente la idea de que son servidores, para demostrar lo ilógico que resultaba dividir la iglesia usando sus nombres. Ahora Pablo quiere ir un poco más lejos. Es

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necesario aclarar que aunque él y  Apolos son de los corintios, el dueño de sus vidas y ministerios es nada menos que Dios. Con frecuencia, las congregaciones se consideran verdaderas dueñas de sus pastores, con autoridad para dictaminar en cual- quier campo. Pablo lo hubiera rechazado categóricamente. En su f uero íntimo se sentía obligado a darse por entero a la causa de la salvación y santificación de los corintios, pero al mismo tiempo comprendía que sólo debía rendir cuentas a Dios.

En ámbitos cristianos hoy solemos usar la palabra “mayordomo” o “mayordomía”. Cuando Pablo usa aquí el término “administradores”, está recurriendo a ese concepto.

 ¿Y qué es lo que administra? “Los misterios de Dios”, término que ya ha usado en 2:7.1Se trata del conte-

nido del evangelio, que sería un misterio para los seres humanos (1 Ti. 3:9) si Dios no hubiera encargado a algunos que lo administren—de la manera en que un gobernante administra los caudales públicos, por ejemplo, para que sean del mayor beneficio posible a sus gobernados.