2. La resurrección de los hombres: hecho y doctrina (15:20–58)
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CAPÍTULO 19
Entramos ahora a un terreno sagrado. Por supuesto, lo es toda esta epístola y t oda la Biblia, pero este cap. 15 es una de las cumbres de las cartas paulinas por su tema y su forma de presentarlo. Sólo tiene pocos para- lelos, entre ellos Ro. 8, Fil. 2, 2 Co. 5 y otros. Después de tanta lucha, después de tanta angustia ante cuestio- nes negativas, después de tanto fracaso de los cristianos, ahora nos elevamos al gran triunfo de Cristo y su Iglesia, que nos hace prever la gloria del Apocalipsis.
Era común que las cartas del apóstol incluyeran to doctrinal y lo práctico, ya que el evangelio es precisa- mente eso: una doctrina que surge de los hechos, y hechos que pueden interpretarse doctrinalmente.
Debemos leer estos versículos tratando de captar la gran importancia que daba a la resurrección la iglesia apostólica. Es natural que demos un lugar preponderante a la muerte de Cristo en la cruz, y esta doctrina está presente en todos los escritos paulinos. Pero es posible que la iglesia de siglos posteriores—y la de nuestros días—haya relegado a segundo plano la resurrección de Cristo y de los suyos, y la sensación de vida triun- fante que surge de asignarle un lugar preponderante. Por ejemplo, existe un símbolo claro de la muerte de Cristo, la cruz, pero ¿cómo representamos gráfica y concisamente su resurrección? Es necesario, pues, que al menos en nuestro corazones tengamos conciencia de esa grandiose realidad.
Es posible que este capítulo también haya surgido de preguntas concretas de los corintios.1Todo lo relati-
vo a los últimos tiempos despierta
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inquietud e interrogantes. Es positivo que, en medio de todas las disputas y conflictos, haya habido también en la iglesia de Corinto tiempo e interés para hablar de problemas espirituales—y no sólo de situaciones presentes sino también de glorias futuras. Por eso el tono de Pablo es positivo, sin críticas. Las cuestiones suscitadas presumiblemente se referían al regreso a la vida de los creyen- tes, en especial los que iban muriendo en el seno de la comunidad cristiana. Pero Pablo llega a todo eso des- pués de narrar y analizar el hecho fundamental de la resurrección del Señor.La resurrección es el tema tratado más extensamente en la epístola. La lucha espiritual de los capítulos anteriores no había dejado al apóstol sin fuerzas para alabar al Cristo que vive para siempre.
1. HECHO Y DOCTRINA DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO (15:1–19)
a. El Hecho De La Resurrección (15:1–11)
1 Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he Predicado, el cual también recibisteis, en el cual
también perseveráis; 2 por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creis-
teis en vano.3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, corforme a las Escritu-
ras; 5 y que apareció a Cefas, y después a los doce. 6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez,
de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.7 Después apareció a Jacobo; después a todos los apósto-
les; 8 y al último, como a un abortivo, me apareció a mí.9 Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que
no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.10 Pero por la gracia de Dios soy lo
1Las circunstancias especiales de la iglesia de Corinto exigían el de sarrollo amplio del tema de la resurrección. Los griegos, q ue
admitían cierta supervivencia de las almas, tenían gran dificultad en el misterio de la resurrección de los cuerpos. En Atenas, ape- nas empezó Pablo el tema de la resurrección, unos se le rieron y otros le dijeron que sería mejor que hablara otro día. El prejuicio contra la resurrección de los cuerpos no lo depondrán tan fácilmente los griegos. En 2 Ti. 2:18 encontramos a Himeneo y Fileto, que niegan la resurrección do la carne.
que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo sino la gracia de Dios conmigo.11 Porque sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído.
Como siempre, Pablo comienza con observaciones generales. Es como si creyera que, al final de la carta debe especificar cuál es la esencia del mensaje (“el evangelio”) que ha predicado, así como las etapas en que se ha producido esa proclamación.
En cierta manera, al hablar de la resurrección de Cristo como parte especial del evangelio, se está adelan- tando a la abjeción que suponemos fue presentada y es mencionada en el v. 12.
“Evangelio” significa literalmente “buena noticia”. Para que exista una noticia debe haber tres elementos, como en toda comunicación: un mensaje (que aquí es lo que Pablo describe luego), un emisor y
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un receptor. El había anunciado y ellos habían recibido y creído.2El evangelio, como noticia, se diferencia detodas las otras en que siendo algo de orden espiritual, no sólo debe ser escuchado (recibido) sino también creído. Sólo entonces podremos decir que en verdad ha llegado. Haste tanto transforme al oyente, su papel será meramente informativo. Si hasta la resurrección de Cristo es para el que nos escucha sólo un episodio más de la historia, habrá creído “en vano” (v. 2b). Esto significa que no es verdadera fe la que no produce perseverancia ni un cambio permanente en la persona.
Antes de pasar a la narración histórica, Pablo enuncia su decisión de hacerlo con palabras casi idéntical a las que usó en 11:23. Lo importante son las diferencias. Aquí no dice que lo recibió “del Señor” c omo en aquel caso, lo que nos da base para pensar más definidamente que lo supo por la narración de los apóstoles que fueron testigos. Por otro lado dice que al enseñarlo, este tema fue colocado “primeramente” (v. 3a),3lo
que demuestra la trascendencia que le da.
El sucinto relato tiene una gran importancia. Señalemos que éste es el más antiguo que tenemos sobre el retorno de Cristo a la vida pues los evangelios aún no habían sido escritos. Indica, por lo mismo, cuál era la forma en que se contaba la vida del Señor en la iglesia primitiva (vv. 3–8). Fuera de alguna referencia muy pasajera (como que fue “nacido de mujer”, Gá. 4:4), no hay en las epístolas paulinas relatos de los hechos de Jesús—salvo lo relativo a la Cena (11:23–26) y este trozo sobre la resurrección. Pablo no aporta detalles so-
bre su nacimiento, sus viajes, sus milagros, ni aun sobre su c ruz y ascensión. Eso nos indica que, para él, era importante que los creyentes corintios conocieran realmente cómo ocurrieron los hechos de la resurrección. Haste hoy, en el terreno jurídico o histórico, el testimonio de los actores sigue siendo fundamental. En aque- llos años iniciales—más aún entre los judíos—no había necesidad de insistir en que Jesús había muerto, aun- que sí exponer para qué. Pero era preciso aportar pruebas de que había resucitado, sobre todo cuando algu- nos lo negaban (v. 12). De todos modos, Pablo comienza aclarando que su mensaje comprendía varios puntos relativos a Cristo mismo.
[P. 238] QUÉ PREDICAR SOBRE CRISTO (15:3–5)
1. Murió por nuestros pecados (según lo prometido). 2. Fue sepultado (prueba de que había muerto).
3. Resucitó al tercer día (también según las Escrituras). 4. Apareció a los suyos (prueba de que había resucitado).
Estrictamente hablando no hay un relato de la resurrección, sino una nómina de algunas de sus aparicio- nes; en realidad, menciona sólo cinco, sin contar la que le tuvo a él mismo por testigo. Sumando lo que dicen los Evangelios, la lista llega a no menos de once o doce, de modo que habría que reflexionar por qué las que aquí menciona podrían tener más importancia para los corintios. No se mencionan los casos de María Mag- dalena, las demás mujeres, Tomás, el mar de Galilea, los discípulos de Emaús y un caso al grupo apostólico. Pero sí se refieren dos apariciones a los apóstoles, lo que tiene que ver con lo que dirá luego (vv. 9–11), y tres casos que nos resultan interesantes. El primero es el del Pedro (v. 5a), del que sólo hay una referencia indire- cta en Lc. 24:34. También encontramos a Jacobo (v. 7a), de quien debemos pensar era medio hermano de Jesús, lo cual demuestra un cuidado especial del Señor por su familia en la carne. Esto puede ser una explica-
2Pablo les declara el evangelio. Utiliza el verbo GNORIZO, que significa “hacer conocer”. Es posible que algunos corintios no en-
tendieran el evangelio. Lo habían acept ado (“recibisteis”, en tiempo griego aorista, que indica recibir una vez y para siempre) pero no entendían todas las implicaciones. De allí que hubiera tantos problemas en Corinto.
ción de la diferencia en cuanto a su incredulidad previa (Jn. 7:35) y su presencia en el aposento antes de Pentecostés (Hch. 1:14). Sería así una notable consecuencia de la resurrección.
Entre ambos aparece algo muy notable: “quinientos hermanos a la vez de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen” (v. 6). ¿Quiénes formaban este enorme grupo? ¿Dónde ocurrió el hecho? ¿Por qué lo ca- llan los Evangelios? No lo sabemos, Pero hubo necesidad de alguna tarea de información y convocatoria, pen- samos que en Galilea adonde fue el Maestro después de aparecer en Jerusalén. Además, en esto vemos que hubo una base para la evangelización del propio país.4
Después, Pablo se incluye a sí mismo. Por un lado, llama la atención que así lo haga, y demuestra su segu- ridad de que lo ocurrido en el camino a Damasco no fue una mera visión sino una presencia de Cristo tan real como la que tuvieron “todos los apóstoles” (v. 7b). Precisamente ese contacto personal es lo que le acre- ditaba en tal condición. Sin embargo, hace algunas salvedades. La primera es que ello le ocurrió “como a un
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abortivo” (v. 8); aunque la palabra aparece también en la B. de J., no es la más feliz, ya que no tiene ahora el significado que suponemos le dieron Reina y Valera. Lo entendemos leyendo “como a un niño naci- do anormalmente” (V.P.) o “como a un nacido fuera de tiempo” (BLA).5En segundo lugar, aun después de haber defendido tanto su ministerio apostólico, reconoce que por haber perseguido a la iglesia, no se considera “digno de ser llamado apóstol” (v. 9b). No está diciendo que no es apóstol o que no debe ser reconocido como tal, sino que sólo ha llegado a serlo “por la gracia de Dios” (v. 10a).