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C LAMOR AL D IOS JUSTICIERO

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43 1 Hazme justicia, oh Dios,

C LAMOR AL D IOS JUSTICIERO

1Del maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Poema. De

David. 2Cuando los zifitas vinieron a decir a Saúl: «¿No está

escondido David entre nosotros?».

3¡Sálvame, oh Dios, por tu nombre,

hazme justicia con tu poder;

4escucha, oh Dios, mi oración,

atiende a las palabras de mi boca!

5Contra mí han surgido arrogantes*,

rabiosos buscan mi muerte,

sin tener presente a Dios. Pausa.

6Pero Dios viene en mi auxilio,

el Señor defiende mi vida*.

7¡Recaiga el mal sobre los que me acechan;

destrúyelos, Yahvé, por tu fidelidad!

8Te ofreceré de corazón sacrificios,

te daré gracias por tu bondad,

9porque de toda angustia me has librado

y mi vista se recreó en mis enemigos.

V. 5 «arrogantes» mss hebr., Targ.; «extranjeros» hebr., testigo de una lectura xenó- foba en la época macabea.

I. VISIÓNDE CONJUNTO

Los motivos son tan típicos de la súplica que es clara la clasifica- ción de este salmo entre las súplicas; incluso es «el tipo de las súpli- cas» (Jacquet). Aunque rebose «grandeza y fuerza» (Deissler), los motivos son tan tópicos que el poeta podría ser incluso un escolar. Pese a que el valor literario sea escaso, es tal la fe del “yo” del salmo, tan grande su confianza en el poder de Dios o del Nombre, que innu- merables generaciones sucesivas han orado con este salmo. También nosotros queremos escuchar la intensidad del sentimiento religioso encorsetado en unos versos convencionales.

No sabemos quién es el orante. Hay quien, comparándolo con el Sal 86, afirma que es «una súplica real para obtener la liberación de los enemigos extranjeros» (Dahood, II, 23). Pero el lenguaje es ambiguo, estilizado y hecho de clichés comunes. Ateniéndonos al texto, tan sólo puede afirmarse que el salmo es la «súplica de un individuo para que Dios le haga justicia ante sus injustos agresores» (A. González Núñez, 254). Ya el autor anónimo del título (vv. 1-2) relacionó el salmo con una situación concreta de la historia de David: «Subieron algunos zifitas a Guibeá, donde Saúl, para decirle: ‘¿No se esconde David entre noso- tros, en los refugios de Jorsa, en la colina de Jaquilá, que está al sur de la estepa?’» (1 S 23,19). La frase «buscan mi muerte» (Sal 54,5) pudo servir de puente para relacionar el salmo con David, cuya muerte era buscada por Saúl (1 S 23,15). El título carece de valor histórico, pero se inicia así la interpretación típica del salmo, continuada en la Iglesia por los Padres. Hilario de Poitiers, por ejemplo, definía el Sal 54 como «la súplica del Verbo que se hizo carne» (PL 9,339). Por supuesto que no sabemos si es un poema tardío o temprano, dónde se compuso y con qué ocasión. Lo que sí está bien definida es su arquitectura.

Es claro el triángulo típico de los salmos de súplica: los enemigos [ellos], Dios [tú] y el orante perseguido [yo]. Es claro también el tiem- po en el que actúa cada uno: “ellos” en el pasado; “tú” en el presente; “yo” en el futuro. Es nítida, por ello, la división estrófica: a) Súplica inicial, caracterizada por la presencia de imperativos-perfectos preca- tivos, con un resultado de cuatro formas verbales volitivas: «Sálvame», «hazme justicia», «escucha», «atiende» (vv. 3-4). Resalto la primera motivación alegada para la intervención divina: «por tu nombre» (v. 3a), que forma inclusión con el v. 8b: «daré gracias a tu nombre que es bueno». En el v. 3 el nombre está en paralelismo con la segunda moti-

vación: «tu poder». El poderoso nombre divino nos brinda la clave para la lectura y comprensión del salmo. b) En el v. 5 viene la motiva- ción: el sufrimiento y la persecución a la que ha estado y está someti- do el orante a cargo de unos “extranjeros” o de unos “arrogantes”, depende de la lectura que hagamos; son hombres “violentos”, que «atentan contra mi vida». c) Una partícula deíctica «hinne-h» da entra- da al agente divino, que en el presente sostiene al orante; en virtud de su fidelidad pasada –atributo de la alianza– destruirá a los enemigos (vv. 6-7). Como puede advertirse, los tres actores del salmo se dan cita en esta tercera estrofa. d) A partir del v. 8 comienza la actuación del tercer actor: el “yo” del orante, que, de cara al futuro, está dispuesto a ofrecer sacrificios, no prescritos, sino voluntarios, y a dar gracias al

nombre de Dios, «porque es bueno» (v. 8b). Vive por adelantado la

derrota de los enemigos, aunque aún no haya sucedido; tal es la fuer- za de su esperanza (vv. 8-9). El diseño estructural del salmo es el siguiente:

a) Súplica inicial: por tu nombre y con tu poder (vv. 3-4). b) Motivaciones: los enemigos; el pasado/presente (v.5). c) Dios protector y vengador; el presente (vv. 6-7).

d) El sacrificio del fiel; dar gracias al Nombre…; el futuro (vv.8-9). II. COMENTARIO: «Sálvame por el poder de tu Nombre»

Esta oración brota desde la estrechez y la angustia presente. Es la angustia que vive el perseguido a muerte. Los enemigos se le echan al cuello cual perros rabiosos, si rescatamos la imagen que subyace en la frase: «buscan mi muerte» (v. 5) –en imagen, «buscan mi cuello»–, y el hombre, así asediado, nada puede. Será otro quien haya de interve- nir defendiendo la vida (v. 6) –en imagen, sosteniendo el cuello, per- mitiendo así que el orante levante la cabeza–. Es una auténtica hosti- lidad cainita. Los “arrogantes” o “extranjeros” se «han levantado con- tra mí», como Caín se levantó contra Abel (Gn 4,8) y lo mató. Lo de menos es el contexto de esta lucha fratricida: si es la vida normal, el campo de batalla o el ámbito forense. Lo importante es que la vida de un hombre, que por cierto es creyente, está en peligro. En esta situa- ción extrema ha de intervenir el poderoso nombre de Dios, capaz de librar de la muerte al perseguido. Desde esta perspectiva genérica emprendo la explicación del salmo.

1. Súplica inicial: Por tu nombre y con tu poder (vv. 3-4). Los impe- rativos del salmo ya nos resultan familiares. El primero es el funda- mental: “sálvame”. En otros lugares bíblicos aparece en compañía del verbo “librar” (cf. Jr 15,20-21: «contigo estoy yo para librarte y salvar- te»). Hemos de esperar al final del salmo para que aparezca el verbo “librar”: «de toda angustia me has librado» (v. 9). Existe, pues, una relación estrecha entre “salvar” y “librar”. “Sálvame” es una de las peticiones frecuentes en los salmos de súplica (cf. 3,8; 6,5; 7,2; etc.). El segundo imperativo es netamente jurídico: “hazme justicia”. El salmista apela a Dios como defensor del débil (cf. 7,9; 9,5.9; 26,1; 35,2; 41,1; etc.). Con el tercer imperativo el orante pide ser escuchado: “escucha mi oración”; no puede faltar en las súplicas (cf. Sal 4,2; 17,1; 39,13…). El cuarto está en paralelismo con el tercero: que el oído divi- no esté atento a las palabras del que sufre. Este antropomorfismo se encuentra en otros salmos (cf. Sal 5,2; 55,2; 86,6; etc.). Nada nuevo hallamos en estos cuatro imperativos.

La súplica va dirigida a Dios, que ocupa un lugar destacado en esta estrofa: los dos versos comienzan con el nombre divino (Elohim), que por cuatro veces sonará en el salmo. No se le pide que intervenga directamente, sino a través de su nombre: «Sálvame por tu nombre» (v. 3a). El paralelismo con el segundo hemistiquio añade lo peculiar de ese nombre: «hazme justicia con tu poder» (v. 3b). Es un nombre poderoso. El nombre es el Dios presente. Como Dios es santo, su nom- bre es también santo (Sal 111,9). Dios habita en el cielo, sí, pero comunicó su nombre a su pueblo. Ese nombre tiene una morada: el templo (cf. 1 R 8,1-66). El nombre es una personificación del nomi- nado más que una hipóstasis –ésta, con su entidad metafísica, que- braría el monoteísmo bíblico–. La personificación del nombre es rati- ficada vigorosamente en el v. 9, donde el nombre es el sujeto verbal: «[su nombre] me ha librado». El nombre divino libra del cerco mor- tal o de la angustia en la que se vive el salmista, porque el nombre es

poderoso. «El ‘nombre’ es el exponente del poder de la revelación, del

‘poder heroico’ de Dios activo en la tierra. El nombre es –con plena independencia– el signo de la relación de Yahvé con el mundo y la pre- sencia de Dios en medio de su pueblo elegido» (Kraus, 786). En este contexto, es magnífico el aforismo de Pr 18,10: «El nombre de Yahvé es fortaleza / a la que acude el justo para salvarse».

Las cuatro peticiones de la súplica inicial creo que quedan bien sin- tetizadas en una sola petición: «Sálvame por el poder de tu nombre».

2. Motivaciones: los enemigos; el pasado/presente (v.5). La petición de auxilio surge de la situación iniciada en el pasado, pero aún presente. En el momento presente el salmista vive las asechanzas de otro poder distinto al poder del nombre divino: es el poder opresor y destructor de unos “extranjeros” o de unos “arrogantes”, que son “violentos”.

El texto hebreo, tal como nos ha llegado, habla de “extranjeros” (za-rîm). No es necesario suponer que los insurgentes sean enemigos del rey y de la nación. Puede funcionar el cliché sociológico y teológico. Sería gente sin escrúpulos, que, apoyados en su fuerza, actúan contra el prójimo con violencia extrema, y no tienen presente a Dios. Estos hombres pertenecen a la familia del ateo descrito en el salmo anterior (Sal 53) o son afines a aquel “valiente” que se refugia en sus riquezas y se jacta de su crimen (Sal 54,9). Prescinden de Dios y oprimen al pró- jimo. Es posible que en relecturas posteriores, de la época macabea por ejemplo, los “extranjeros” tengan connotaciones xenófobas.

Esa calaña de hombre «se levanta contra mí», en plan de guerra o ante el tribunal. Si nos fijamos en la respuesta divina: «destrúyelos, Yahvé» (v. 7), hemos de pensar en una acción bélica (cf. Sal 3,2). Si recordamos el segundo imperativo de la súplica inicial: «hazme justi- cia» (v. 3b), hemos de trasladarnos al foro (cf. Jb 30,12; Dt 19,15). En todo caso, lo que pretenden es la muerte de otro, y se levantan contra él, como Caín se levantó contra Abel y lo mató (Gn 4,8). Son gente a- religiosa, para quien Dios nada cuenta: «sin tener presente a Dios». No existe en ellos el temor de Dios (cf. Sal 36,2). Hasta pueden ironi- zar formando coro con aquellos que dicen: «¡Listo, apresure su acción, de modo que la veamos. Acérquese y venga el plan del Santo de Israel, y que lo sepamos!» (Is 5,19). ¿Para qué van a recurrir al poder salvador de Dios, si tienen bastante con su poder? Pues Dios irrumpirá en la escena y actuará.

3. Dios protector y vengador; el presente (vv. 6-7). El salmista ha invocado el poder del nombre divino. Dios aparece causando cierta sorpresa, como parece indicar el texto hebreo con la partícula inicial del verso: «¡Mira…!» (v. 6). Dios viene como auxilio y defensa o pro- tector. El “ayudante” por antonomasia es definido en el segundo hemistiquio mediante una perífrasis: «Mi Señor está entre los que sos-

tienen [defienden] mi vida» (v. 6b). Es el que sostiene o defiende por excelencia. Se yergue como un contrapoder eficaz frente a aquellos que «buscan mi muerte». Únicamente él es el Poderoso; como lo es su nombre.

¡Ironías de la historia o del destino!, decimos nosotros: el mal se vuelve contra aquel que lo tramó. Esta “némesis inmanente” es atri- buida, por los escritores bíblicos, al agente divino. El mal planeado por los “extranjeros” o “arrogantes” se vuelve contra ellos (cf. Sal 7,16- 17). Se levantaron contra el orante, y se encontraron con Aquél que está a favor del débil. El Dios que actúa es Yahvé, el Dios del éxodo, que libró al pueblo oprimido del yugo de la esclavitud, y contrajo vín- culos de alianza con su pueblo. Ahora destruye al poderoso opresor, porque Dios no se desdice de la palabra dada: actúa por su «fidelidad / verdad» (’emet). La ayuda de Yahvé es segura. «Por consiguiente, puede apelar a esta fidelidad salvadora de Dios aquel que, rodeado de enemigos, suplica la derrota de los poderosos corruptores (Sal 54,7)» (Kraus, Teología, 58). Su santo nombre destruirá a los insurgentes y salvará al débil y perseguido.

4. El sacrificio del fiel; dar gracias al Nombre…; el futuro (vv.8-9). El orante tiene una confianza absoluta en el poder del nombre del Señor. Su presente angosto se abre al futuro expresando su gratitud: «Te ofreceré de corazón [de buen grado] sacrificios» (v. 8a). No son sacri- ficios prescritos por la ley ni exigidos por la formulación de un voto, sino que son muestra de agradecimiento. La ofrenda del sacrificio va acompañada de la palabra, que es un himno de reconocimiento al poder del nombre divino: «Señor, daré gracias a tu nombre que es bueno» (v. 8b) [«te daré gracias por tu bondad» –acaso sea mejor la mención explícita de Yahvé, que completa el septenario de los nom- bres divinos en el salmo, y también la del “nombre” por la importan- cia estructural que tiene en el salmo–]. Dios es bueno. Su nombre, per- sonificación de Dios, es bueno, y muestra su bondad con el angustia- do y perseguido.

La manifestación de la bondad divina o del poder de su nombre es paradójicamente opuesta si se trata del perseguido o del perseguidor. El poderoso nombre de Dios libera al perseguido «de toda angustia»: lo lleva de la estrechez al espacio abierto; el perseguidor, por el con- trario, es derrotado, causando el correspondiente regocijo en el per- seguido. Es éste un sentimiento muy humano en quien ha visto de

cerca la muerte, y ahora se ve libre de la trampa mortal. Es incluso muy divino, porque en la derrota del enemigo queda patente el poder del nombre de Dios, que es fiel.

* * *

Completo mi comentario con un párrafo de san Agustín sobre el v. 9: «Entendí que es bueno tu nombre. Si hubiera podido conocer eso antes de las tribulaciones, quizá no me hubieran sido necesarias. Pero se prescribió la tribulación para amonestar, y se amonestó para ala- barte. Pues no hubiera sabido en qué estado me hallaba si no hubie- ra sido amonestado en mi flaqueza. Pues de todas las tribulaciones me libraste» (Enarraciones, II, 326).

III. ORACIÓN

«Salva, Señor, a tu Iglesia, que confiesa la protección de tu nom- bre, para que despreciados los enemigos, te engrandezca con una pro- clamación sincera. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142, 213).

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