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C OMENTARIO : «Miserere»

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43 1 Hazme justicia, oh Dios,

E L CULTO ESPIRITUAL

II. C OMENTARIO : «Miserere»

Hemos indicado que el centro de la primera parte del salmo es el v. 6b: el amor leal de Dios o su misericordia entrañable. Todo queda dicho en el primer imperativo del salmo: «Miserere». Nos movemos en el oscuro dominio del pecado. Su poder es tan opresor que gene- ra una doble petición (vv. 3-4.9-11), explicitada en diversos imperati-

vos. Corresponde a Dios la realización de cuanto se le pide: sólo Él puede hacerlo. Al hombre tan sólo le queda suplicar, exponer su situación y esperar. Adentrémonos en esta página tenebrosa a la vez que esperanzada.

1. La oscura región del pecado (vv. 3-11). Encontramos la siguiente confesión en la Regla de la Comunidad de Qumrán: «¡Por desgracia pertenezco a la humanidad impía, a la asamblea de la carne inicua! Mis iniquidades, mis transgresiones, mis pecados con la perversión de mi corazón me unen a la asamblea de los gusanos y de quienes mar- chan a las tinieblas» (1QS IX, 9-10). Esta descripción tan pesimista evoca lo escrito por Pablo en Rm 3,23: «porque todos pecaron y les falta la gloria de Dios». Escuchemos la súplica del hombre pecador.

1.1. Petición para obtener el perdón (vv. 3-4). Lo primero que pide el pecador es que el Dios soberano se incline benignamente hacia el humilde vasallo, que descienda para estar con él, que “condescienda”; así le mostrará piedad o benevolencia. Es la misericordia que el sal- mista implora. Esta petición, que es concreta, se completa con otras tres. La primera procede del ámbito comercial o jurídico. La cantidad adeudada o el delito cometido eran puestos por escrito para poder pedir cuentas a su debido tiempo. Que Dios borre lo escrito en el documen- to, de modo que pueda escribirse sobre él nuevamente. Tradujo muy bien la Vetus Latina por «ob-literare». Leemos en Is 43,25: «¡Yo, yo mismo borraba tus delitos por mi respeto, / y de tus pecados no me acordaba!». La segunda petición («lava a fondo») nos lleva al mundo de la tintorería, donde la ropa se limpia a fondo. De aquí pasa al ámbito litúrgico (Lv 6,20-21) y también al teológico: «[él] será como fuego de fundidor y lejía de lavandero…» (Ml 3,2s). Lo impuro puede resplande- cer tras haber sido «purificado». Es la tercera petición: «purifícame». No es tan sólo una purificación exterior, sino interior y existencial, como insiste la profecía (cf. Jr 13,27; 33,8; Ez 24,13; 36,25.33; 37,23).

¿Quién se atreve a orar así? Uno que yerra, es decir, que corre fuera del camino o por el camino que no conduce a la meta: «La necedad del hombre extravía [h.t. ’] su camino» (Pr 19,3). Es un «pecador» (h.at. t. a-’). La misma imagen espacial está latente en el «delito» (a-wôn): la inver- sión de lo bueno, la distorsión de lo recto, la caricatura de lo bello. Es el camino opuesto a Dios. No puede actuar de otro modo el hombre porque está envuelto en la «culpa» (pesˇa‘). Es el pecado por excelencia,

la rebeldía contra el soberano, es el pecado radical como el de Adán, que pretende ocupar el puesto de Dios (Gn 3,5). Quien es radicalmen- te pecador, no puede generar más que pecado.

Un hombre de esta índole nada atractivo puede presentar ante Dios para atraer la mirada divina. Pero podrá apelar a los atributos divinos. Son los atributos que Yahvé dice de sí mismo cuando pasa ante Moisés: «Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente (rah.ûm

we

h.annûn), tardo a la cólera y rico en amor (h.eded) y fidelidad» (Ex

34,6). Ya me he referido a la “clemencia”: la inclinación benevolente del soberano hacia el vasallo. El amor de Dios no tiene vuelta atrás: es un amor fiel (h.sed), con matices de bondad, de ternura. Es un amor que brota de las entrañas (rah.a-mîm), y, por ello, se asemeja al amor materno (cf. Is 49,15: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, / sin compadecerse [me

rah.e-m] del niño de sus entrañas? / Pues aunque

ésas llegasen a olvidar, / yo no te olvido»). El amor de Dios sabe a ter- nura maternal. Estos tres atributos divinos se convierten en puente de Dios hacia el pecador. «Por ser grande tu misericordia –escribe san Agustín–, son muchas las misericordias; y de tu gran misericordia proceden todas las conmiseraciones tuyas» (Enarraciones, II, 249).

1.2. Confesión del pecado y perdón (vv. 5-8). Quien así se dirige a Dios, con esas peticiones y aduciendo los atributos divinos, tiene su propia motivación: está dispuesto a “conocer” y a “reconocer”. El verbo en imperfecto durativo equivale a “confesar”. El pecador se abre a Dios mediante la confesión (cf. Sal 32,5; 38,19). Entre Dios y el hombre se interpone el pecado radical, velo opaco que oculta el amor divino: «mi pecado está siempre ante mí» (v. 5b). Que sea un pecado radical, lo aclara con insistencia el verso siguiente: «contra ti, contra ti solo pequé» (v. 6a). El vasallo se ha rebelado contra el sobe- rano. La afrenta de David a Urías, por ejemplo, adulterando con Betsabé, es un pecado contra Dios (cf. 2 S 12,9). Es precisa la confe- sión de David, tras reconocer su doble pecado –asesinato y adulterio–: «He pecado contra Yahvé» (2 S 12,13). El pecador no se ha recatado de cometer la maldad, aun sabiéndose ante la mirada divina: «come- tí la maldad ante tus ojos» (v. 6a). Ante la rebelión del vasallo contra el soberano no es inevitable la ejecución del castigo (cf. Dn 9,14-16). Con esta nítida conciencia de pecado, el orante reconoce la inocencia de Dios, y apela a la misericordia divina pidiendo perdón (cf. v. 6b). Como afirma Pablo (Rm 3,3), la infidelidad humana no frustrará la

fidelidad divina, y a continuación cita el v. 6 del salmo. No habla san Pablo de la legitimidad de una sentencia condenatoria, sino de la actuación de la justicia salvífica de Dios. Es la dinámica que intuyen Jerónimo y Agustín al explicar este salmo. «Si tú lo pones [el pecado] ante Dios, Dios no lo pone ante ti» (Jerónimo, PL 26,972). La frase de Agustín es lapidaria: «Tu agnoscis et ille ignoscit» («Tú lo reconoces y el él lo desconoce»).

El salmista sabe que su pecado es radical en una segunda acep- ción: le afecta desde los comienzos de su existencia, desde el momen- to de su concepción y nacimiento (v. 7). No se refiere el poeta al lla- mado “pecado original”, sino que, recurriendo a la imagen espacial, alude a su condición natural. Esta segunda confesión no es un ate- nuante del pecado confesado, sino una declaración de su impotencia absoluta, como constata Jeremías: «El corazón es lo más retorcido; / no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?» (Jr 17,9). Únicamente Dios es capaz de trasformar la condición natural del hombre pecador. El sal- mista ha puesto ante Dios –ha confesado [ya-da‘]– con verdad total, con sinceridad, cuanto sabe de sí mismo: es profundamente pecador desde siempre. Dios responde con la complacencia y con el don de la sabiduría. A Dios no le agradan los sacrificios, se dirá algo más ade- lante (v. 18); lo que le agrada es la sinceridad interior, que es un fruto de la sabiduría inculcada [ya-da‘]: «La visión de las profundidades recónditas de la caída del hombre en la culpa no es el resultado de una contemplación humana, sino don de una comunicación y revelación divina» (Kraus, 768). Comenzaba la estrofa con un conocimiento, confesión humana («pues yo reconozco [ya-da‘] mi culpa», v. 5) y fina- liza con un conocimiento, inculcación divina («en mi interior me inculcas [ya-da‘] sabiduría», v. 8b).

1.3. Petición para obtener el perdón (vv. 9-11). En correspondencia con la primera estrofa (vv. 3-4), la tercera repite algunas acciones ya conocidas (“quedar limpio”, “lavar”, “borrar”). Se añaden otras nue- vas. La primera es «rociar con el hisopo». En realidad, ignoramos de qué planta se trata en concreto, pero sabemos que el hisopo –una planta aromática– era utilizado en el rito de purificación de la lepra (cf. Lv 14,4. 6), así como en las prescripciones sobre la pascua (Ex 12,22); es, por tanto, un símbolo catártico, cuya relación con la alian- za sinaítica (Ex 24,8) es aprovechada por el autor de la carta a los Hebreos en su homilía sobre la nueva alianza: «… casi todo ha de ser

purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay remi- sión» (Hb 9,22). El que es purificado de este modo aparece en toda su belleza y esplendor, semejante al de la nieve (cf. Is 1,18: «Así fueren vuestros pecados como la grana, / como nieve blanquearán»).

La segunda acción, también nueva, recurre a un antropomorfismo: la mirada de Dios: «aparta de tu vista mis yerros» (v. 11a). El rostro divino es bifronte. Su mirada puede ser aterradora, por ser punitiva (cf. Sal 38,2; 90,8), y también acogedora y fascinante, como lo es la mirada amiga. Que Dios retire la mirada del pecado, pero que no la aparte del pecador, sino que le admita en su presencia (v. 13).

Entre las dos acciones anteriores, y como anticipo de la segunda sección del salmo, el salmista pide algo que ya ha experimentado anteriormente: el gozo y la alegría, que llega hasta lo más profundo del ser humano: hasta los huesos (v. 10). Así sucederá, cuando Dios pronuncie su sentencia de gracia. «Al verlo, se alegrará vuestro cora- zón y vuestros huesos florecerán como un prado» (Is 66,14). Se insi- núa la aparición de una nueva creación. Resucitarán el cuerpo y el espíritu triturados, como expone la segunda sección del salmo.

2. La luminosa región de la gracia (vv. 12-19). Formalmente conti- núan los imperativos; pero es tan novedoso lo que se pide ahora –nada menos que “crear”–, que se inicia esta sección con un corte radical. Nadie puede sacar pureza de lo impuro (Jb 14,4). Crear algo nuevo es competencia únicamente de Dios. Es necesario que la gracia divina no sólo sea “imputada”, sino “implantada” en el ser.

2.1. El espíritu en el hombre (vv. 12-14). Como en la primera crea- ción (Gn 1), también en la nueva creación es necesaria la presencia y actuación del espíritu. «Es necesaria una verdadera creación, de la que salga una nueva criatura con espíritu recto, con aliento divino, diverso del de la primera criatura» (A. González Núñez, 248). Se caracteriza la nueva creación por la triple petición del espíritu.

En paralelismo con el «corazón puro», que ha de ser creado, el orante pide ser renovado en lo más íntimo de sí mismo con un «espí- ritu firme» (v. 12). El adjetivo se aplica en otros lugares al corazón (cf. Sal 78,37; 112,7). Parece algo paradójico pedir firmeza a lo que de suyo es movilidad como el viento (el espíritu). El poeta pide un ánimo pronto y dispuesto para adherirse firmemente a la Torá (cf. Sal 108, 2; 119,5.12). Así dejará de frecuentar caminos extraviados.

Es un espíritu que procede de Dios; por ello es “santo”, como Dios es santo. Es un aliento divino que da vida al ser creado (Gn 2,7; 7,22), pero pertenece a Dios. La donación de este espíritu constituye al pue- blo de Dios en pertenencia divina, a la vez que le separa del resto de las naciones. Es un «pueblo santo» (cf. Ex 19,6; Is 62,12; 63,18, etc.). El pueblo rescatado de Egipto se rebeló y contristó «a su espíritu santo, y él [Dios] se convirtió en su enemigo» (Is 63,10). El pecador arrepentido del Miserere pide lo contrario: que sea contado entre los hijos del pueblo o que no sea arrojado lejos del rostro divino: «no me rechaces lejos de tu rostro» (v. 12b).

El tercer espíritu se caracteriza por la generosidad: «afiánzame con espíritu generoso» (v. 13b). El salmista «desea recibir un dina- mismo nuevo que impulse sus acciones desde dentro, sin necesidad o no en virtud de imposiciones externas, y con generosidad, no para cumplir lo mínimo» (Alonso, Treinta salmos, 218). Este espíritu se convierte en el fundamento moral («afiánzame») de la nueva criatura. Con el don de este espíritu –firme, santo y generoso– el pecador per- donado y recreado experimentará la plenitud de la alegría, ya antici- pada en el v. 10.

2.2. El sacrificio agradable a Dios (vv. 15/16-19). El pecador se con- vierte en predicador. Ha sido instruido interiormente (v. 8b); ahora comunica a sus hermanos pecadores cuanto ha aprendido. Se ha con- vertido y ha sido perdonado; está capacitado para anunciar la con- versión a los pecadores. Los labios y la lengua, también la boca, serán los instrumentos de la predicación y de la alabanza divina. El predi- cador que anuncia y alaba no está solo ni actúa por sí mismo; Dios está con él. Si habla es porque Dios le abre los labios y pone sus pala- bras en boca del que entona la alabanza, como sucedía con los profe- tas. Entre una acción y otra tiene lugar una postrera súplica de libe- ración: «Líbrame de la sangre, oh Dios, / Dios salvador mío, / y acla- mará mi lengua tu justicia» (v. 16). No se halla el salmista bajo la ame- naza de una venganza de sangre, como piensa Schmidt, ni pide ser liberado del “silencio”, de la muerte (para esta interpretación habría que alterar el texto hebreo). La construcción hebrea, teniendo el pecado como complemento, significa “librar de”, “perdonar”. Liberado del delito, el orante es liberado también del castigo que le correspondería: ser excluido de la alabanza comunitaria. Esta exclu-

sión es semejante a la muerte, porque en el abismo ya no se alaba al Señor. El salmista sabe por experiencia que la justicia divina no es vengadora, sino que perdona. He aquí el milagro: quien era incapaz de volver (de convertirse) ha retornado; quien habitaba en la región sombría del pecado ha sido trasladado al reino luminoso de la gracia. Este hijo, como el del evangelio, estaba perdido y ha sido encontrado por Dios; estaba muerto y Dios lo ha devuelto a la vida (cf. Lc 15,24). ¡Cómo no ser un apóstol al estilo de Pablo…!

El sacrificio grato a Dios está en estrecha relación con la alabanza comunitaria. El sacrificio más bello, que llega hasta Dios como «cal- mante aroma» (Gn 8,21), no es ni siquiera el holocausto (cf. Am 5,21- 27). Puede ser éste un sacrificio vacío, porque no implica la existencia. Un «sacrificio divino» –grato a Dios– es «un espíritu contrito, un cora- zón contrito y humillado» (v. 19). El orante se presenta a sí mismo como sacrificio. Lleva «ante Dios el corazón de un penitente contrito y de un orante que suplica ardientemente» (Kraus, 771). Este sacrifi- cio sí que es grato a Dios, como ratifica Pablo en Rm 12,1.

2.3. Apéndice: liturgia nacional (vv. 20-21). El destierro fue tiempo de aflicción y de quebranto. Sin templo y sin instituciones sacras, Israel tuvo la oportunidad de ofrecer a Dios un sacrificio grato: la pro- pia existencia, un alma arrepentida y un espíritu humillado, como sucederá posteriormente en la plegaria de Azarías (cf. Dn 3,39). Después de haber pagado el doble de lo que merecían sus delitos (cf. Is 40,2), el pueblo retorna al solar patrio y emprende la reconstruc- ción del templo y de las murallas (época de Nehemías [cf. Ne 2,17- 20]); los sacrificios tienen valor nuevamente: son expresión externa del sacrificio íntimo, existencial. Por tanto, un autor del postexilio añadió estos versos al salmo original, y lo adaptó a la nueva situación en la que vivía la comunidad que regresó del destierro. De este modo dio al salmo una dimensión de liturgia nacional. No es un añadido falso teológicamente, puesto que el salmo no condena el culto sin más, sino cierto culto: el que se ha convertido en rito, carente de vida. Cuando el culto es expresión de la vida, bienvenidas sean todas las prácticas cultuales.

El antagonista del orante de este salmo no es un enemigo externo, sino el pecado que lleva, que inunda la existencia del salmista de una forma total, avasalladora. ¿Qué hacer para escapar de las manos de tan poderoso soberano? En contra del pecado sólo puede actuar quien es más poderoso: Dios, que no condena como juez, sino que muestra su poder «sobre todo perdonando». Quien ha experimentado la ternu- ra divina del perdón se convierte en misionero de la bondad de Dios, a la vez que acude al templo con su sacrificio de alabanza: ofreciendo la vida, junto con la ofrenda que deposita en el altar. Como pecadores que somos, podemos derramar las lágrimas de nuestro arrepenti- miento en el cauce de este salmo, unidas a las lágrimas de tantos peca- dores. Podemos también experimentar el gozo de la nueva creación. III. ORACIÓN

«Oh Dios, Trinidad inefable, torrente de misericordia, que limpias de toda inmundicia la cloaca del corazón humano y lo transformas en más blanco que la nieve, te rogamos que renueves en nuestro interior tu Espíritu Santo, para que podamos proclamar tu alabanza; y así, afianzado en nosotros un espíritu justo y original, merezcamos ser reunidos en la ciudad eterna de la Jerusalén celeste. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142, 208).

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