43 1 Hazme justicia, oh Dios,
S IÓN , MONTE DE D IOS
II. C OMENTARIO : «la ciudad de Yahvé Sebaot»
Jerusalén es celebrada como «la ciudad de nuestro Dios» (v. 2) o como la «ciudad de Yahvé Sebaot..., ciudad de nuestro Dios» (v. 9). Es el Dios del que se ha de hablar a la generación siguiente en estos tér- minos: «Éste es Dios, nuestro Dios...» (v. 15). La ciudad y Yahvé son inseparables. El título guerrero «Yahvé Sebaot» no está de más cuan- do el caos bélico amenaza la seguridad de la ciudad y su belleza. El salmo que comento puede ser explicado desde esa óptica.
1. Cántico a Sión victoriosa (vv. 2-9). La alabanza litúrgica no se dirige a la ciudad, sino al que habita en la ciudad: a Yahvé, que es grande. La alabanza se entona en un lugar concreto: la ciudad, que es
la ciudad de nuestro Dios. La grandeza de Yahvé hace que la ciudad sea grandiosa. Esta ciudad es grande porque en ella «está el monte santo» de Yahvé (v. 2). «Desde el principio se impone el tema del poema, la vinculación del Señor con un lugar preciso, real y maravi- lloso» (Alonso-Carniti, 680).
A continuación una serie de títulos o de piropos caracterizan la ciu- dad cantada. Esta pequeña y rocosa colina es «bella» o «bellísima»: un adjetivo que ordinariamente se aplica a los humanos, sobre todo a la mujer (cf. Gn 12,11; 1 R 1,3; Pr 11,22; Ct 1,15, etc.). Esta colina es «ale- gría de toda la tierra». Este segundo piropo no dejaría de ser una exa- geración, si no fuera porque Yahvé está en esta ciudad luminosa, que irradia alegría en torno a sí, y atrae a todas las naciones hacia sí (cf. Is 2,2-5). La bella colina tiene nombre propio: es «el monte Sión». En la cima de este monte convergen las dos laderas. El poeta polemiza con el monte Safón, morada de Baal y equivalente al Olimpo griego. El verda- dero Olimpo es el monte Sión, donde se juntan el cielo y la tierra en la adoración de Yahvé. Es también la capital imperial. Por ser la morada de Yahvé y también del Soberano, el verdadero monte Safón es el monte Sión. Hasta ahora se ha hablado de un lugar, del que sería adecuado decir que es un baluarte. Pero de pronto es Dios quien irrumpe y se hace conocer como alcázar o baluarte. Es algo que ya conocemos por otros pasajes del Salterio (cf. 9,10; 18,3; 46,8.12, etc.). Lo original es que se une lo local con lo personal. Lo que el poeta descubre, o lo que Dios le revela, es que Dios es la propia y última defensa de la ciudad. Dios actúa como muralla: «Yo la rodearé como muralla de fuego», leemos en Za 2,9. Hasta aquí la filmación de una ciudad vista desde dentro.
Del interior de la ciudad pasamos al exterior. La escena adquiere vivacidad de movimiento. Seis verbos en dos versos. La acción es tre- pidante, en contraste con los sustantivos de los versos anteriores, que invitaban a la contemplación sosegada de la ciudad. El ejército nume- roso de reyes aliados avanza con rapidez y rodea la ciudad (v. 5; cf. Sal 2,2-5). Inspeccionan la ciudad santa; inmediatamente son presa del terror y huyen despavoridos. Irrumpieron bien organizados: «todos a una» (v. 5), y huyen «en tropel» (v. 6). Entre la irrupción y la huida media la visión: «Al verlo». Les basta con ver al habitante más impor- tante de la ciudad para dispersarse desordenadamente. El terror divi- no paraliza y confunde a los enemigos en el salmo anterior (46,7.9). Es lo mismo que ven los ejércitos aliados: ven al Gran rey. Así como
las aguas del caos tiemblan y se estremecen ante Yahvé (cf. Sal 77,17), del mismo modo los reyes: el caos histórico y bélico se estrella contra el «baluarte» (v. 4b), que es Yahvé. El «llegué, vi, vencí» de César, en este caso es «llegué, vi, huí».
Dos imágenes ilustran la secuencia verbal anterior. El orgullo del ejército forajido es lo opuesto a los dolores de parto de la mujer. Es un símbolo frecuente en contextos bélicos (cf. Jr 4,31; 6,24; 13,21; 22,23; 30,6, etc.). Los mencionados «navíos de Tarsis» –naves fenicias capa- ces de llegar a la remota Tarsis– son el equivalente a nuestros trasa- tlánticos. Sin embargo, basta con que sople el viento solano, viento del este, para que las naves queden destrozadas (v. 8). No es un viento cualquiera, sino el mismo viento que sopló sobre el mar del éxodo (cf. Ex 14,21), llamado también «viento de Yahvé» (Ex 15,10) o viento terrible. El poderío de los ejércitos es nulo ante la presencia de Yahvé. Dentro de la ciudad se respira el sosiego y la belleza extasía. Fuera de la ciudad el estrépito caótico de los ejércitos aliados enmudece ante el baluarte divino. Sión ha alcanzado la victoria, porque Yahvé mora en esta ciudad. Es la ciudad de Yahvé Sebaot.
2. Cántico a Sión litúrgica (vv. 9-15). El nosotros sálmico ha oído y también ve, como los ejércitos aliados. Existe una diferencia: los ver- bos «oír» y «ver» son propios de la fe, que se fundamenta en las inter- venciones de Yahvé. Lo que este grupo ve es algo que ya pertenece al pasado: los ejércitos que han retrocedido ante la presencia de Yahvé. Tiene algo propio del presente: la ciudad que aparece ante su mirada es la «ciudad de Yahvé Sebaot», el Dios nacional y guerrero. En ella habitan quienes ven y el mismo Yahvé: es «la ciudad misma de nues- tro Dios». La visión se asoma también al futuro: la ciudad ha sido fun- dada y consolidada por Yahvé, tiene la misma solidez y estabilidad propias de Yahvé. Permanecerá para siempre. Jerusalén es «la ciudad eterna». Tras este esbozo de la fe, que es experiencia, el poeta nos lleva al interior del templo.
La belleza y la derrota militar de la estrofa anterior dan paso a la meditación evocadora que descubre nuevas bellezas. Lo primero que descubren quienes meditan es que el amor de Dios es leal: «Tu amor,
oh Dios, evocamos / en medio de tu templo» (v. 10). Dios es leal a su
pueblo y a sus compromisos. Tal es la actitud de Yahvé; la actitud como algo previo a su actuación. Así lo descubre el silencio sosegado y contemplativo. Lo segundo que descubre es que Yahvé es conocido
y reconocido; tiene nombre y renombre; tiene fama. Dios mismo vela por su fama. Ésta se articula en una alabanza cósmica; se canta en el templo y sus ecos llegan hasta los confines de la tierra (v. 11), preci- samente porque la ciudad y el templo son el centro que atrae hacia sí a todos los pueblos. Es necesario, por ello, que la alabanza del renom- bre divino no se quede encerrada en el templo, sino que se extienda por toda la tierra. Lo tercero que descubren quienes meditan es que la justicia de Yahvé es salvadora; es «gracia» que se derrama a manos llenas sobre su pueblo. Es una justicia o gracia que se manifiesta en las múltiples actuaciones salvíficas, en las sucesivas liberaciones del mal. «La justicia» y «los juicios» (vv. 11c-12) forman paralelismo. Quienes meditan en el interior del templo también descubren, en cuarto lugar, que la justicia salvadora y las acciones de justicia llenan de gozo la metrópoli y se expanden por los pueblos y aldeas que la rodean. Ese gozo contrasta con la huida en tropel de los enemigos. Es un retrato de la Jerusalén teológica.
La acción nos lleva fuera del templo, a las afueras de la ciudad. Los dos imperativos primeros del v. 11 («rondad» y «rodead»; en la tra- ducción, «dad vueltas en torno a Sión») aparecen juntos en Jos 6,3. Tienen su matiz cultual. Jericó fue tomada después de una serie de procesiones en torno a ella. Sión es conquistada con la mirada cor- dial. Si damos al segundo verbo la acepción de inspeccionar, no es con intención bélica, sino para contar sus torres. Continúan otros dos imperativos, que acaso también pertenezcan al campo semántico de la vista: «prestar atención» y «examinar» (en la traducción, «visitar»). Así pues, se cuentan las torres, se presta atención a las murallas, se examinan o visitan los palacios, todo ello con la intención de poder «contar-narrar» a la generación siguiente lo que se ha visto. Para poder decir a la generación siguiente quién es Dios, el habitante de la ciudad. No ha de cesar la transmisión de la fe. Nosotros se lo oímos a los antepasados; ahora lo hemos visto (v. 9). Hemos de referírselo a la generación venidera, y también ellos verán. Este final de la escena, rodada en el exterior, contrasta también con el final de la escena de los reyes aliados: éstos ven y huyen despavoridos; quienes han medi- tado en el interior del templo (v. 10) y han descubierto la belleza de la ciudad teológica han anotado en su corazón lo que han de transmitir. ¿Qué han de transmitir? Lo dice el último verso del salmo: «Éste es
Dios, nuestro Dios, y la ciudad están unidos con vínculos indisolubles. No sólo es el Gran Rey, es el pastor que va al frente de su rebaño, lo guía para siempre. «Éste es el Dios eterno que nos guía por los cami- nos de la historia: el que provoca un naufragio a las puertas de la ciu- dad, el que coloca en un montículo el vértice del cielo» (Alonso-Carniti, 684). Si un día el rebaño es dispersado, nuestro Dios no olvidará el ofi- cio de pastor, y se pondrá nuevamente el frente de su rebaño. Es «nuestro guía para siempre».
* * *
Cierto es que no podemos circunscribir a un lugar la presencia de Dios, de nuestro Dios. Es peligroso identificarlo con la ciudad y con el templo; esa identificación puede generar falsas seguridades. Es nece- sario, sin embargo, descubrir la presencia de Dios que, con su belleza, embellece cuanto toca o el lugar por el que pasa. ¿Cuáles son los luga- res de la presencia de Dios? ¿Los suburbios de la ciudad?, ¿los cam- pos de refugiados?, ¿los cuerpos enfermos o mutilados...? Nuestro Dios, esté donde esté, será baluarte y guía. La meditación sosegada de su presencia, la contemplación serena y prolongada de su belleza, nos permitirá decir a la generación siguiente: «Éste es nuestro Dios». ¿Por qué no nos hacemos preguntas de esta índole mientras oramos con este salmo? Así no se romperá la cadena de la transmisión de la fe: «Lo que hemos oído, lo hemos visto, y lo contaremos». Es el compro- miso que adquiere el que ora con este salmo.
III. ORACIÓN
«Oh Dios, digno de alabanza y terrible, príncipe ilustre de la Jerusalén celeste, concédenos tal comprensión espiritual, que, acogi- da tu misericordia en el templo de nuestro corazón, seamos dignos de anunciar tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,196).