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C OMENTARIO : ¿En quién confías?

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43 1 Hazme justicia, oh Dios,

J UICIO DEL PÉRFIDO

II. C OMENTARIO : ¿En quién confías?

Según el título, este salmo es un mas´kîl, un poema sapiencial. Desde luego no es una versión profética del Sal 1, aunque ambos des- criban la oposición existente entre el justo y el malvado. El autor del

título encuentra un hueco en la historia de David en el que colocar este salmo (v. 2). Doeg era mayoral de los pastores de Saúl (1 S 21,8), que delata a David, refiriendo a Saúl cómo fue acogido el hijo de Jesé y de sus secuaces por los sacerdotes de Nob (1 S 22,6-23). Es decir, el espía Doeg nada tiene que ver con el opulento, mentiroso y jactancioso mal- vado del Sal 52. Los títulos de los salmos, como bien sabemos, son secundarios. Si a este título concreto hay que darle cierta credibilidad histórica, acaso debamos ver en él la hostilidad de cierto sacerdocio contra la injerencia política y/o religiosa en las funciones sacerdotales, como la que está documentada en el libro de los Macabeos (cf. 1 M 7,5ss; 9). El título en sí nada nos aporta para la comprensión del salmo. Aunque no sepamos datar el salmo, ni siquiera aproximadamente, es verificable que esta composición se caracteriza «por el sarcasmo y por la invectiva, pero también por la cálida profesión de fe en la bondad de Dios» (Dahood, II, 12). La pregunta de fondo que me hago es la que figura en el título del comentario: en quién o en qué confían los dos personajes del salmo; en quién confía el lector actual del mismo.

1. La fotografía del impío (vv. 3-6). Se inicia el salmo como una pre- gunta abrupta y un texto difícil, cuya traducción, sin alterar el texto consonántico hebreo, puede ser: «¿Por qué te glorías en la maldad, valiente?, / ¿por qué injurias a Dios / maquinando iniquidades todo el día?» (v. 3). El personaje es presentado como un héroe, como un sol- dado, semejante a la soldadesca de la que habla Is 5,22: «¡Ay de los valientes para beber vino!». El soldado fanfarrón del salmo se gloría de su propia maldad y, según cree, cuenta con la aquiescencia divina (cf. Si 5,4-6: «No digas: El Señor es compasivo / y borrará todas mis culpas. / No te fíes de su perdón / para añadir culpas a culpas…»). En realidad, las maldades meditadas sosegada y ponderadamente, duran- te todo el día, son una injuria a Dios. El poeta/profeta desenmascara al malvado desde el comienzo del poema: sus planes y pensamientos, antes de ser ejecutados, son una ofensa a Dios. O bien, según la tra- ducción de la BJ, ante la contumacia del “valiente” se yergue el amor leal (h.eded) de Dios: «¡Dios es fiel todo el día!» (v. 3b). Esta oposición radical tendrá resultados nefastos para el malvado.

El malvado peca de pensamiento: «urde crímenes» o «maquina ini- quidades», y también de obra. Un utensilio doméstico, como es la navaja, sirve de término de comparación. Esta herramienta domésti- ca y domesticada, que es el instrumento del barbero (Nm 8,7; Is 7,20;

Ez 5,1), es también un arma cortante, pero las heridas que causa no llegan al alma. La palabra es más cruel: saja y desgarra el alma, y quien así actúa se convierte en «autor de fraudes» (v. 4b) y su lengua es «embustera» (v. 6).

El fraude y la mentira tienen dimensiones éticas, subvierten los valores: prefieren el mal al bien, la mentira a la justicia. La oposición entre “mentira” y “justicia” puede entenderse desde el ámbito forense: el que falte a la verdad, en perjuicio del acusado, que tiene derecho a un testimonio justo o a una defensa justa, se comporta de un modo mentiroso; es un proceder asocial y destructor de la comunidad. La expresión «le gusta destruir con la palabra» (v. 6a) tiene connotacio- nes infernales. El verbo hebreo traducido por “destruir” tiene una acepción primera de “devorar”, “tragar”, como el abismo. La lengua mentirosa no sólo destruye, también sepulta. La profecía clama indig- nada ante quienes de este modo invierten los valores: «¡Ay, los que lla- man mal al bien, / y al bien mal; / que dan oscuridad por luz, / y luz por oscuridad; / que dan amargo por dulce, / y dulce por amargo!» (Is 5,20; cf. Jr 4,22; 9,4).

1.1. La actuación de Dios ante los justos (vv. 7-9). Porque así es la realidad o puesto que así es, Dios actuará o se le pide que actúe. Dios “aplastará” (demolerá), como hace el ejército en la guerra, y «destrui- rá para siempre». El malvado tiene un lugar en el que habita cómo- damente, pues será arrancado de su tienda, acaso para ser conducido al destierro. Está afincado en fértil tierra y, como planta frondosa, crece desafiante; pues será arrancado de raíz y se pudrirá. El que era sepulcro para el “fiel” se convierte en cadáver para el sepulcro.

Un grupo de espectadores ve la actuación divina: «verán y temerán» (v. 8a). No ha de confundirse el temor con el miedo, sino que es sobre- cogimiento ante lo sagrado, veneración y adoración de Dios. Es la acti- tud propia del espíritu religioso. La intervención divina suscita también el gozo, la risa burlona ante el fracaso del “valiente”. No se refugió en Dios, sino en su crimen, porque no confió en Dios, sino en su inmensa riqueza (v. 9). Se desvela ahora la raíz de su pecado: la confianza en las riquezas y no en Dios. La verdadera confianza se deposita en Dios, el único apoyo seguro de la vida humana. «Quien confía en las riquezas va a la ruina» (Pr 11,28); la seguridad que dan puede ser una engañosa despreocupación, que, a la postre, termina en catástrofe. La gran abe- rración del “valiente” ha sido confiar en sus riquezas. Finaliza su reco-

rrido desprotegido y caído por tierra, despojado y desnudo de toda insolencia. Es un buen ejemplo de lo que es la incredulidad.

1.2. La fotografía del fiel (vv. 10-11). En contrate con el v. 7, con la planta arrancada de raíz, el salmista se presenta como «olivo frondo- so». La tierra de los vivos del v. 7 es sustituida por «la Casa de Dios» (v. 10a). No creo que el lugar sea suficiente para afirmar la condición sacerdotal del orante; explica, más bien, de dónde procede la lozanía del olivo, es decir, del justo: de la cercanía de Dios. Junto a Dios el olivo se nutre de la confianza en Dios –opuesta a la confianza del “valiente”–. El justo confía en el amor fiel de Dios; su confianza no merma a lo largo de los años: es «para siempre jamás» (v. 10b). Es un nuevo contraste: Dios destruirá al malvado para siempre (v. 7a); el justo estará lozano siempre, porque confía siempre en Dios.

Llegados a este punto, el justo o fiel entona un himno en compa- ñía de todos los justos o fieles: «todos los que te aman» (v. 11). Dos son los motivos hímnicos. El primero, «por todo lo que has hecho», que es lo descrito en el v. 7, y lo visto por los justos en el v. 8: Dios ha doble- gado el orgullo altanero del malvado y sostiene al fiel ahora y por siempre. La actuación divina es una muestra del amor fiel y leal (h.esed), tal como es celebrado litánicamente en el credo histórico que es el Sal 136: «porque es eterno su amor…». El segundo motivo es: «porque eres bueno». Es «el Bueno» por antonomasia, tal como lo confiesa el orante de Sal 16,2. Es el sumo bien del que procede todo bien. La bondad divina comprende la bondad moral, la belleza (cf. Ex 33,9), la fuerza, la perfección, el esplendor… Sal 54,8 repetirá este mismo motivo: «te daré gracias por tu bondad». La bondad absoluta de Dios genera la esperanza, en buena compañía con la confianza, a no ser que debamos traducir “proclamar”, que también es posible, en paralelismo con «te daré gracias».

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¡Qué fácil es que el hombre confíe en su fuerza y en su opulencia, en sus planes astutos y en sus programaciones! Da la impresión de que tiene el éxito en sus manos. ¿Para qué remontarse a un plano que es inabarcable, como religioso, para explicarse los acontecimientos intramundanos? El hombre actual, al menos el de las sociedades prós- peras, parece que ya no necesita a Dios, y pone su confianza en seres

de barro que no pueden salvar. Ante el éxito de nuestras sociedades (que se ocupan de ocultar celosamente sus fracasos), es necesario que todos nos preguntemos: ¿En quién confiamos?; ¿a quién entregamos nuestra vida? Es una pregunta fundamental para que nuestra vida tenga consistencia para siempre.

III. ORACIÓN

«Dios omnipotente, destructor de toda vanidad humana, haz que florezcamos como olivo en tu casa, para que, esperando en tu miseri- cordia, seamos salvados de la maldición de la iniquidad. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espí- ritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,210).

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