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E L HOMBRE SIN D IOS

In document irisarri-022 (página 108-112)

43 1 Hazme justicia, oh Dios,

E L HOMBRE SIN D IOS

1Del maestro de coro. Para la enfermedad. Poema. De David.

2Dice el necio en su interior:

«No hay Dios».

Están corrompidos, pervertidos, no hay quien haga el bien.

3Se asoma Dios desde el cielo

y observa a los seres humanos, por ver si hay uno sensato, alguien que busque a Dios.

4Todos están descarriados,

pervertidos en masa. No hay quien haga el bien, ni uno siquiera.

5¿Nunca aprenderán los malhechores

que comen a mi pueblo como pan y no invocan a Dios*?

6Allí se pusieron a temblar

sin razón para temblar.

Pues Dios dispersa los huesos del sitiador, son ultrajados porque Dios los rechaza*.

7¡Quién trajera de Sión la salvación a Israel!

¡Cuando cambie Dios la suerte de su pueblo, exultará Jacob, se alegrará Israel!

V. 5 Es posible otra versión: «… que devoran a mi pueblo, / devoran el grano de Dios, / que no han cosechado» (se respeta mejor el texto hebreo).

I. UN SALMO YA CONOCIDO(cf. Sal 14)

El Sal 53 ya nos es familiar. Lo hemos leído casi tal cual en el Sal 14. Son dos recensiones del mismo salmo, con algunas variantes. Unas son explicables por el lugar que los dos salmos ocupan: el Sal 14 en la llamada «colección yahvista» y el Sal 53 en la llamada «colección elohista». El nombre del Dios del Sal 14 es Yahvé; el del Sal 53 es Elohim. Otros cambios son más bien estilísticos; por ejemplo: «cada uno» (53,4a: [kullô] en vez de «la totalidad» (14,4: [hakko-l]), o bien «la salvación» (53,7: en plural; 14,7: en singular). En ninguno de estos dos casos cambia el sentido. Un tercer tipo de variantes, que expondré enseguida, sí que afectan al sentido de un salmo a otro. El hecho de que existan dos recensiones de un mismo poema es una llamada a la cautela: nos cura de nuestras manías por el rigor. El último redactor del Salterio no tuvo inconveniente en admitir dos recensiones de un mismo poema, ni armonizó las diferencias redaccionales, aunque el texto se fuera cargando de defectos a lo largo de su transmisión.

Hoy desconocemos el texto original que dio origen a dos recensio- nes del mismo. Es posible que cada recensión fuera hecha en lugares distintos (sur y norte, respectivamente), y acogidas en distintas colec- ciones: la yahvista y la elohísta. Ya agrupadas en una colección, fueron respetadas por los transmisores sucesivos del texto. Para el comentario general del salmo remito a lo que ya escribí a propósito del Sal 14. Expongo ahora brevemente las variantes más significativas del Sal 53. II. EXPLICACIÓN DE ALGUNAS VARIANTES

El lector de la NBJ encuentra un título más completo y complejo en Sal 53,1 que en el Sal 14: «Del maestro de coro. Para la enferme- dad. Poema. De David». Son dos las novedades con relación al Sal 14. El Sal 53 es un «mas´kîl» (poema sapiencial). Tal vez era ejecutado ins- pirándose en las modulaciones de una melodía entonces conocida y hoy ignorada. La melodía se titulaba «‘al ma-h.a-lat», que la NBJ tradu- ce: «Para la muerte». En todo caso, los títulos son secundarios y nada ayudan para la comprensión del poema.

Los actores son los mismos en ambos salmos. El necio piensa lo mismo en los dos salmos: «¡No existe Dios!». La reacción que suscita el necio varía un tanto de un salmo a otro. En Sal 14,1b se dice: «da

asco su conducta» [«odiosa es su conducta»]; Sal 53,2 se fija más en la caracterización del necio o de los necios: «están… pervertidos». El verbo es el mismo en ambos lugares; varía el complemento verbal. En el Sal 53 ya no es el modo de proceder y la reacción que suscita, sino el modo de ser, calificado como «iniquidad / vanidad», con una posi- ble alusión a la idolatría. Ser injusto equivale a ser idólatra y ateo.

La totalidad de los necios se «ha rebelado» (Sal 14,3). Cada uno de los necios ha abandonado el camino recto, está «descarriado» (53,4); en sentido ético ha abandonado el buen comportamiento y la fe. Es una auténtica apostasía: «todos han apostatado», han abandonado la fe y el buen comportamiento, en consonancia con la perversión del v. 2.

Mayor divergencia encontramos en Sal 14,5-6 comparado con Sal 53,6, como se aprecia en la sinopsis siguiente:

Sal 14,5-6 Sal 53,6

Allí se han puesto a temblar, Allí se pusieron a temblar pues Dios está con el justo; sin razón para temblar.

el designio del pobre os confunde Pues Dios dispersa los huesos del sitiador, porque Dios es su refugio. son ultrajados porque Dios los rechaza.

Titulaba el comentario al Sal 14: «¿Dónde está Yahvé?» Los vv. 5-6 dan la respuesta: está con el justo. Si mantengo la misma pregunta para el Sal 53, la respuesta ha de ser: está en contra de los necios. El v. 6, pese a las grandes dificultades que presenta al traductor, celebra la derrota de los necios. La teofanía desencadena un terror sacro, des- tructor para los sitiadores y salvador para su pueblo –éste no ha de temblar–. La derrota es total: es una vergüenza y ultraje, porque Dios, aguerrido guerrero, los rechaza; más aún, dispersa sus huesos, «como huesos esparcidos a la boca de la tumba (cf. Sal 141,7b). Es una derro- ta mortal. Dios está en la historia. Desconocemos si en este salmo sub- yace un acontecimiento histórico concreto, como la retirada del ejér- cito de Senaquerib que había sitiado Jerusalén, o si ese mismo hecho u otro semejante es trasladado a un contexto escatológico: la ciudad es sitiada, Dios se muestra en Sión, y desde Sión salva a su pueblo, mien- tras que los sitiadores son dispersados y sus huesos esparcidos, sin recibir sepultura (cf. Ez 39). En este caso, el salmo celebraría el «cam- bio de suerte» del pueblo de Dios: que, desde Sión, salvará a su pueblo.

¿Dónde está Dios?, continúa siendo la pregunta básica. Se necesi- ta una fe muy despierta para descubrir la presencia de Dios en la his- toria. Sin embargo, es justo lo que escribe G. Ebeling: «El Dios de los sin-Dios continúa perturbando, es el Dios que da el vuelco a todo… El Dios de los sin-Dios es el gran vuelco» (Sui Salmi, 71).

III. ORACIÓN

«Oh Dios clementísimo, que miras desde tu santo cielo, pon fin a nuestras necedades, para que, destruidos nuestros vanos terrores, te agrademos a ti solo con la pureza del corazón. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,212).

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