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C OMENTARIO : Oración desde los confines.

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43 1 Hazme justicia, oh Dios,

O RACIÓN DE UN DESTERRADO

II. C OMENTARIO : Oración desde los confines.

La overtura del poema da acogida a dos verbos que reclaman la escucha. Ambos van dirigidos a un Dios que parece lejano y sordo: «escucha…, atiende» (cf. Sal 5,2-3). Es impreciso a qué debe atender o qué debe escuchar. El sustantivo “oración” es demasiado genérico y el “clamor” surge bien en una situación excesivamente dolorosa (cf. Sal 17,1; Jr 7,16) o bien en otra sumamente gozosa (cf. Sal 30,6; Is 48,20). El clamor de este poema tiene ese doble colorido: desde el dolor vivido en los confines de la tierra al gozo de los deseos formulados. Sigamos los vestigios de la presencia de Dios en el espacio y en la historia.

1. Presencia de Dios en el espacio (vv. 3-6). Aunque la imagen de “los confines” sea geográfica, se refiera al mundo infernal o a la distancia espacial, es apropiada como categoría existencial. Lo digo con pala- bras de Dahood: «El hombre está constantemente al borde del abis- mo, y sólo la asistencia divina puede evitarle la caída» (Dahood, II, 84). Desde esa situación existencial ha de entenderse una súplica como la siguiente: «Desde la tierra [los infiernos] elevé mi plegaria, / supliqué ser librado de la muerte» (Si 51,9) –obsérvese el paralelismo entre “tierra” y “muerte”–. El ser humano tiene conciencia de que en cualquier momento puede ser devorado por el monstruo mortal, lo cual le genera un desfallecimiento vital. El verbo “desfallecer”, en efecto, se emplea en contextos de peligro mortal. Sirva como ejemplo este pasaje del libro de Jonás: «Cuando mi aliento desfallecía / me acordé de Yahvé / y mi oración llegó hasta ti, / hasta tu santo templo» (Jon 2,8; cf. Lm 2,11; Sal 102,1; 107,5). La oración de nuestro poema es de esta misma índole.

Más allá de la lejanía espacial o existencial, se yergue una roca o la Roca tan consistente y estable como Dios mismo. Pero esta cúspide rocosa es demasiado alta para el ser humano, es “inaccesible”. Es necesario que Alguien lo conduzca hacia la altura, como el pastor con- duce a su rebaño (cf. Sal 22,3). La oración se torna petición: “condú- ceme”. Porque la roca se identifica con Dios (cf. Sal 18,3) y porque el ser humano, acechado por el peligro mortal, encuentra su refugio tanto con la roca como en Dios, la razón que aduce el poeta para que Dios le conduzca es ésta: «pues tú eres mi refugio» (v. 4a). El verbo “ser” puede tener una acepción estática: “tú eres”, y aludir a una pre- sencia constante, o dinámica: equivalente a “te has convertido” o “has

llegado a ser”, es decir, eres para mí «mi refugio», precisamente en los momentos de peligro. Dios como refugio es un motivo frecuente en el Salterio (cf. Sal 7,1-2; 11,1; 14,6; 16,1; 21,2; 31,2; 46,2; 57,2; 71,1). El refugio adquiere corporeidad inmediatamente a continuación: Dios es la “fortaleza” (= torre fortificada) frente al enemigo (cf. Pr 18,10). Bajo la categoría de los enemigos cabe cualquier enemigo, desde el peligro de muerte al agresor militar, desde el difamador y calumniador al adversario sin más…

El itinerario hasta ahora ha sido espacial: un recorrido vertical que va desde la profundidad de la tierra a lo alto de la roca. Sin abando- nar el espacio, también es posible un itinerario horizontal: desde la lejanía a la cercanía de la roca. Dios es Roca. También lo es la colina del templo, punto de convergencia del cielo con la tierra. Es el lugar elegido por Dios para morada de su nombre. Llegado a esta meta, el poeta desgrana una segunda petición con sabor a intimidad: «¡Que me hospede en tu tienda eterna…!» (v. 5a). Es la tienda de la reunión de Yahvé con su pueblo peregrino por el desierto (cf. Ex 33.7). Vivir, habitar en la cercanía de Dios, como el poeta de Sal 15,1, es el deseo ahora expresado. Porque el morador de esta tienda es el Dios eterno y porque ella misma es un anticipo de la habitación celeste, el templo de Jerusalén adquiere una dimensión de eternidad, sin que sea nece- sario pensar en el paraíso (como opina Dahood). Dios es refugio, acaba de decir el poeta (v. 4); el templo es el lugar concreto del refu- gio, al abrigo de las alas de los querubines que cubren el arca (cf. el comentario a Sal 17,8; 36,8; 57,2). El poeta tiene una percepción mís- tica, no mítica, del espacio sacro: Dios ofrece cobijo y protección a quienes le temen, a sus adeptos.

El que ora desde los confines, añadiendo promesas solemnes a su voz suplicante, abriga la esperanza de que su oración sea acogida por Dios. El v. 6, traducido en presente –«escuchas…, otorgas»– es apoyo y explicación del verso precedente. Si los verbos fueran traducidos en perfecto serían “perfectos de confianza”, expresión de la fe del que ora. El orante pertenece al grupo de los que temen el nombre del Señor, sus adeptos (cf. comentario a Sal 34,8). Forman parte del pue- blo elegido, que ha recibido la tierra como heredad. En la tierra santa convergen Dios y el orante, Sión y la dinastía davídica, también los que «temen tu nombre». Sin embargo, atendiendo al paralelismo de los hemistiquios y recordando Sal 21,3, es posible otra traducción:

«Pues tú, oh Dios, escuchas mis votos / y atiendes la petición de tus adeptos». En todo caso, la oración de los confines –sean éstos los que fueren– llega al lugar de la presencia de Dios, adonde el mismo sal- mista pide ser conducido y allí hospedado y protegido. Dios está pre- sente en el espacio.

2. Dios presente en la historia (vv. 7-8.9). Es clara la intercesión por el rey, aunque ignoremos quién la formula; acaso un coro de fieles. El orante está persuadido de la presencia de Dios en la historia. En las manos de Dios está conceder al monarca una larga vida, un motivo tópico (cf. Sal 21,5; 72,5) en consonancia con el estilo de la corte. Natán anuncia al rey David: «Yo consolidaré el trono de tu realeza para siempre… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente» (2 S 17,13-16; cf. Sal 89.37). Pedir la longevidad del rey no es un mero deseo humano, sino «el signo de una presencia divina en la historia humana» (Ravasi, II, 241). La monarquía dinástica de Judá tiene una dimensión teológica, que se caracteriza por ser un reinado en la presencia de Dios: «¡Reine para siempre en presencia de Dios!» (v. 8a). «El correspondiente monarca de la dinastía de David ocupaba un puesto especial en pre- sencia de Yahvé» (Kraus, II, 22), acaso como señor del culto y como rey elegido. Se parece en este sentido a Abrahán, padre del pueblo, a quien se le pide: «anda en mi presencia» (Gn 17,1). Como rey que es, el pueblo elegido ha de estar flanqueado por dos personificaciones propias del Dios de la alianza: la lealtad y la fidelidad (cf. Sal 89,15.25). Son los dos ángeles tutelares, semejantes a la “luz” y la “verdad” que acompañan al desterrado hasta llevarlo ante la presen- cia divina (cf. Sal 43,3), o que forman el cortejo del fiel, sea un sacer- dote o un simple fiel (cf. Sal 40,11). Porque son dos personificaciones divinas, será Dios quien tendrá que concederlas. En la traducción que comento falta la versión de un vocablo hebreo, que acaso haya de interpretarse así: «Concédele la lealtad y la fidelidad». En todo caso, el monarca de Israel no camina solo; está acompañado por la lealtad y la fidelidad divina, que lo protegen y tutelan.

El verso conclusivo (v.9) es una síntesis sinfónica del poema. El cla- mor y la plegaria iniciales tienen su eco en los dos verbos finales: “tañer” y “cumplir”. El “nombre” para el que se tañe es el nombre temido (v. 6). Las promesas solemnes (votos) que acompañaban a la plegaria (v. 6) son las que ahora se cumplirán. El tiempo prolongado,

anticipo de la eternidad, se recoge en la expresión final «para siem- pre», en la que se perciben los ecos del hospedaje eterno (v. 5) y tam- bién de los muchos días, de las generaciones pedidas para el rey (v. 7), y aun de que su reinado sea por siempre (v. 8).

* * *

Esta plegaria, tan breve como compleja, experimentó sucesivas relecturas. Porque Dios está presente en el espacio y en el tiempo –en el templo y con la dinastía de David–; porque santifica con su presen- cia nuestro espacio y nuestro tiempo, sin suprimir nada de lo que es humano y cósmico; porque el creyente de hoy también habita en los confines y tiene anhelos de la sublime presencia de Dios; porque el rey por el que se suplica tiene rasgos mesiánicos…, este salmo pertenece a nuestro tiempo. San Agustín, comentando el v. 5b, escribe: «Seré cubierto con el velo de tus alas. He aquí por qué estamos seguros en medio de tantas tentaciones hasta que venga el fin del siglo y nos reci- ban los siglos eternos: porque seremos cubiertos con la protección divina. En el mundo hay fuego, pero debajo de las alas de Dios hay una gran sombra» (Enarraciones, II, 524-525).

III. ORACIÓN

«Oh Dios, consolador misericordioso de nuestras angustias, prote- ge a tu familia ante los enemigos, para que, resguardada en tu torre fortificada, merezca habitar en la tienda eterna. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos» (PL 142, 234).

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