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CCE IV (2558-2865) PRIMERA SECCION

3. T RES FUNCIONES DE LA

3.2 L AS FUENTES DE LA DOCTRINA SOBRE LA TRILOGÍA MINISTERIAL

3.2.6 Antecedentes próximos del Vaticano

3.2.7.1 C RISTO R EVELADOR

Con respecto a Jesús, Profeta y Revelador, hay que atender sobre todo a la constitución sobre la Revelación divina, en la que Cristo es llamado “mediador y plenitud de toda la Revelación”.400

En general el Vaticano II, como luego el CCE, se refiere a la Palabra eterna

hecha carne; es decir, habla de Jesús, el Hijo de María, aunque la única Persona que subsiste en Él es aquella única y eterna Palabra del Padre. Es Jesús quien vive como hombre en la historia de los hombres, y les habla del Padre y del Reino y realiza milagros, y quien padece, muere y resucita, y quien envía el Espíritu de la Verdad. No se trata, por tanto, de una Palabra creadora que se hace elocuente sólo en sus creaturas, en cuanto éstas muestran la sabiduría del Creador. Tampoco se trata de una revelación en sentido impropio, en cuanto sólo comunicaría una difusa experiencia de la divinidad, que permanecería esencialmente incognoscible, y que estaría en el origen tanto del cristianismo como de otras distintas tradiciones religiosas, distinguidas simplemente por factores culturales.401

El Concilio –como toda la Iglesia desde sus comienzos– ha entendido de otro modo lo específico de la divina Revelación.

“Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1, 3), ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo (cf. Rm 1, 19-20); queriendo además abrir el camino de la salvación sobrenatural, se reveló desde el principio a nuestros primeros padres... Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. «Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1- 18)”.402

Queda claro en el Vaticano II que “una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la

400

DV 2.

401

“Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está en la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo. Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la persona divina del Verbo encarnado, «verdadero Dios y verdadero hombre», y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida, porque sea dicha en lenguaje humano” (CDF, Declaración Dominus Iesus [6 de agosto de 2000] 6). Cf. CTI,El cristianismo y las religiones (1996),en ID., Documentos 1969-1996, 564-566; J.RATZINGER, Caminos de Jesucristo, 55-76.

402

vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre”,403 tal como se verifica de algún modo en las distintas religiones, es un acercamiento positivo a la verdad de Dios. En las diversas religiones hay ciertamente elementos de verdad, auténticas semina Verbi, que de algún modo orientan hacia el conocimiento de Dios, y “reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.404 No obstante, la Revelación divina propiamente dicha es más profunda y de un orden radicalmente distinto al que se nos ofrece en el cuadro de la creación y en las variadas experiencias religiosas que se han dado en la historia.

“Este propósito universal de Dios en pro de la salvación del género humano no se realiza solamente de un modo como secreto en el alma de los hombres, o por los esfuerzos, incluso de tipo religioso [vel per incepta, etiam religiosa], con los que los hombres buscan de muchas maneras a Dios... ya que dichos esfuerzos necesitan ser iluminados y sanados [indigent illuminari et sanari], si bien es verdad que, por benevolente designio de la Providencia divina, pueden alguna vez considerarse como pedagogía hacia el verdadero Dios o preparación para el Evangelio”.405

Por este motivo la Iglesia “anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas”.406 Es en verdad todo un programa lo que se encierra en las primeras palabras de la Constitución dogmática sobre la Iglesia: “Lumen gentium cum sit Christus...”407

La función reveladora de Cristo es reconocida, además, en una de las páginas más distinguidas de los textos conciliares:

“En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación [altissimam eius vocationem]. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Él su fuente y su corona”.408

Si en nuestra atención al magisterio conciliar sobre la dimensión salvífica de la Revelación nos fijamos más concretamente en lo que se dice de Cristo y de sus misterios, es imprescindible dirigirse a los primeros capítulos de DV.409

403 NA 2. 404 Ibid. 405 AG 3. 406 NA 2. 407 LG 1. 408 GS 22. 409

“Dispuso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 P 1, 4)”.410

Por tanto, se habla de la disposición divina, completamente libre y gratuita, de darse a conocer, con el fin de que el hombre pueda comunicarse con Dios y alcanzar una participación de la naturaleza divina. El “hablar” de Dios, Su Palabra, es comunicación libre de su Misterio personal y de su Amor. Y entonces se hace evidente que la divina Revelación implica un designio salvífico en acción. Así lo dice DV con expresiones generalmente aportadas por el texto bíblico:

“En consecuencia, por esta revelación Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15) y mora con ellos (cf. Bar 3, 38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía”.411

“[Dios] queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio”.412

“Mediante la revelación divina, quiso Dios manifestarse a sí mismo y sus planes de salvar al hombre, para que el hombre «se haga partícipe de los bienes divinos [ad participanda scilicet bona divina], que superan totalmente la inteligencia humana»413”.414

“Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres [ad salutem cunctarum gentium]...”415

“[Cristo Señor... mandó a los apóstoles que el evangelio] lo predicaran a todos los hombres como fuente de toda verdad salvadora [fontem omnis et salutaris veritatis] y de la ordenación de las costumbres, comunicándoles los dones divinos [eis dona divina communicantes]”.416

A partir de todas estas afirmaciones surge con fuerza la siguiente cuestión: ¿La Revelación, entonces, es salvífica por sí misma?

La Revelación aparece como invitación y como descubrimiento del designio

amoroso divino... pero, además, en el Concilio se nos dice que la divina Revelación es, 410 DV 2. 411 DV 2. 412 DV 3, 1. 413

CONCILIO VATICANO I, Const. dogm. Dei Filius: DS: 3005.

414 DV 6, 1. 415 DV 7, 1. 416 DV 7, 2.

de algún modo, eficiente para la salvación del hombre. Por tanto, es más que una invitación y que una comunicación de verdades que sólo enriquecen nuestra inteligencia.

De los textos de DV se desprende que la Revelación es, en cierto modo, portadora de salvación en sí misma. La verdad divina es salvadora: “salutaris veritas”; y la Revelación es donación de esta verdad, con la que el hombre, en alguna medida, ya se hace “partícipe de los bienes divinos” (bona divina, dona divina).

El argumento se refuerza cuando se considera que la Revelación, tal como se ha verificado, tiene sentido únicamente en función del designio salvífico divino. En ese designio se incluye la autorrevelación de Dios en cuanto se ordena al proyecto total de la salvación del hombre. Es sólo un primer paso en el proceso de la salvación (tal vez un “segundo” paso, si concebimos la creación como intrínsecamente salvífica), pero es un paso real hacia la salvación total y definitiva.

Se nos dice también que la acción divina redentora llega a su plenitud en el Verbo encarnado: coinciden la plenitud de la Revelación y la realización concreta y total de la obra salvífica... pero no es pura coincidencia:

“Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de la revelación”.417

Cristo se nos presenta como el Mediador definitivo y como el que revela plenamente el Misterio. Y Él mismo es el Misterio. Es el Revelador del designio salvífico y es la perfecta realización de ese designio. Lo dice con particular claridad un denso texto de DV:

“Por tanto Jesucristo –ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14, 9)– con su propia presencia personal y manifestación, con sus palabras y obras, señales y milagros, y sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente con el envío del Espíritu de la Verdad, completa la revelación y la confirma con el testimonio divino: que está Dios con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna”.418

Este enunciado, leído en su contexto, nos dice que el testimonio del Hijo encarnado es inseparable de toda su actuación salvífica: palabras y obras, señales y milagros… están en la misma corriente salvífica que el MP, aun cuando sólo en este último misterio se completa la Revelación y se realiza la Redención. “[Jesucristo]

417

DV 2.

418

DV 4, 4. Notamos que este texto, particularmente importante en cuanto afirma que el MP es el momento culminante de la Revelación divina, no está citado en el CCE.

«habla palabras de Dios» (Jn 3, 34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5, 36; 17, 4)”.419

“Cristo ha ejercido su función reveladora por todas las vías de la encarnación... La expresión «con su propia presencia personal y manifestación» [tota suiipsius praesentia ac manifestatione], que equivale al término griego epifanía (2 Tm 1, 10), significa que la revelación por Cristo, Verbo encarnado, se ha servido de todos los recursos de la expresión humana, tanto del facere como del docere (Hch 1, 1), para manifestarnos al Hijo de Dios y, en Él, al Padre, porque ver al Hijo es ver al Padre (Jn 14, 9)”.420