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CCE IV (2558-2865) PRIMERA SECCION

2.4 S ALVACIÓN Y R EDENCIÓN

Hasta ahora hemos hablado de salvación y redención sin señalar ninguna distinción entre estos términos. De hecho la impresión que deja la primera lectura del CCE es que los vocablos “redención”/“redentor” y “salvación”/“salvador” son intercambiables. Son utilizados con profusión, a lo largo de todo el Catecismo, y no parece que exista una marcada diferencia entre ellos.

Algunas veces “redentor” y “salvador” se predican simplemente de Dios, del único Dios, principio y fin de cuanto existe. La salvación, en definitiva, es obra y don exclusivo de Dios, “el Único: «volveos a mí y seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro... ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y fuerza!» (Is 45, 22-24; cf. Flp 2, 10- 11)” (201).

Pero “redentor” y “salvador” se dicen con la más alta frecuencia del Hijo de Dios encarnado. Jesús realiza en sí mismo con perfección absoluta lo que significa su nombre: “Dios salva”. En Él “Dios recapitula... toda la historia de la salvación a favor de los hombres” (430).

“El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la persona del Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados... de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7)” (432). Aunque estas calificaciones –salvador y redentor– parecen identificarse, el análisis pormenorizado de ambos términos en el contexto del Catecismo nos conduce a distinguir mejor sus respectivos contenidos conceptuales.

Dado que el CCE refleja de un modo estructurado el contenido doctrinal de la Palabra de Dios, debemos referirnos, ante todo, al sentido que tienen dichos vocablos en la Biblia, que siempre será el más fundamental marco de comprensión.

En la Sagrada Escritura hay vocablos que no siempre guardan el mismo significado. Si consideramos que los componentes de la Biblia se han ido redactando a través de un amplio arco temporal y cultural, es razonable pensar en una modificación del sentido de algunos términos, que no pone en cuestión el valor permanente de los conceptos teológicos fundamentales. Es perfectamente compatible con la sabiduría divina que los términos varíen en función de una mayor profundización de los conceptos que el mismo Dios revela.

Además, la variación del significado de una palabra puede darse incluso por relación al particular contexto del autor que emplea ese vocablo, en sentido transversal al devenir de la historia. Es decir, en el mismo momento histórico una palabra, incluso entre los que hablan la misma lengua, puede tener un sentido diverso según el lugar de procedencia, las diversas condiciones culturales u otras circunstancias de quien la emplea.

Con respecto a “redención” y “salvación”, advertimos fácilmente que son términos frecuentes en todo el recorrido de la Biblia. Nos interesa especialmente el sentido teológico que estos términos alcanzan en el NT. Pero es cierto que este sentido depende en buena medida del significado que los mismos conceptos poseen en el AT.319

La redención paradigmática del AT es la liberación de la esclavitud en Egipto. Dios es el Redentor de Israel, y esto significa que libera a este pueblo de la opresión del faraón no sólo para que sea un pueblo independiente, sino para que sea “su” pueblo. La redención se hace con vistas a la adquisición de Israel como Pueblo de la Alianza: “En efecto, en la conciencia judía el Éxodo no puede disociarse de la Alianza”320 (cf. Ex 6, 6-7; 2 Sm 7, 23-24). Israel será un pueblo “santo”, “consagrado a Yahvé”, el “pueblo particular” de Dios (Ex 19, 5-6), cuyo Rey será el mismo Dios Libertador (cf. 1 Sm 8, 1-9; 10, 18-19).321 Por tanto, la redención es salvación y, por consiguiente, en un sentido fundamental los dos vocablos se refieren a una misma realidad.322

El mismo vocablo “salvación” encierra diversas posibilidades de significado, a partir de una noción elemental y genérica, madurada y enriquecida en el proceso de la divina Revelación. Supuesta la evolución del significado que “salvación” va adquiriendo en el AT,323 también en los mismos escritos del NT nos encontramos con su

319

Los estudios sobre el vocabulario soteriológico del NT coinciden en que los variados términos que expresan la obra salvífica de Cristo pueden ser rectamente entendidos solamente desde el contexto de la religión judía. Las categorías fundamentales tienen su propia historia en el AT, dado que el NT está en continuidad con la Antigua Alianza, aunque la trasciende y aporta una novedad absoluta. Cf. CTI,

Cuestiones selectas sobre Dios Redentor (1994), en ID., Documentos 1969-1996, 512-520; ¿No hay lugar para un influjo helenista en el vocabulario del NT? Ciertamente que existe algún influjo de la cultura helénica, tan presente en el mundo del NT. Pero los principales términos soteriológicos –como la gran mayoría de los términos teológicamente importantes del NT– tienen su raíz semántica en la misma tradición judía. Cf. ST.LYONNET–L.SABOURIN, Sin, Redemption and Sacrifice, Roma 1970, 61-181; 291- 292; O.CULLMANN, Christologie du Nouveau Testament, Neuchâtel 1958, 206-212 (en donde se trata de las posibles raíces helenistas o judías del título σωτήρ aplicado a Cristo Jesús).

320

ST.LYONNET, Redención, en VTB, 758.

321

Sobre el lugar esencial de la “alianza” en el proyecto de Dios, cf. J.RATZINGER, Many Religions–One Covenant, San Francisco 1999, 47-77; S.HAHN, A Father who keeps his promises. God’s Covenant Love in Scripture, Ann Arbor 1998.

322

“En el NT, σωτήρ designa 8 veces a Dios (Lc 1, 47; luego en las cartas tardías 1 Tm 1, 1; 2,3; 4, 10; Tt 1, 3; 2, 10; 3, 4; Jds 25). Swth´r se predica 17 veces de Cristo. Con excepción de Flp 3, 20, σωτήρ vuelve a aparecer ya a modo de fórmula en textos algo tardíos... La traducción oscilará entre el término – más bien con acentos negativos– de Redentor y el término –con acentos más bien positivos y sobre todo escatológicos– de Salvador” (K.H.SCHELKLE, σωτήρ, en DENT, II, 1655). De hecho, las traducciones más conocidas del NT no utilizan “redentor” como calificativo personal de Cristo. Swth´r es traducido siempre como “salvador”. “(…) the root  is mainly used in the NT in order to designate the Messianic salvation, understood not merely as a preservation from evils, temporal and also spiritual, but, above all, in a positive manner as the eschatological possession of all blessings” (ST.LYONNET–L. SABOURIN, Sin, Redemption and Sacrifice, 69).Cf.W.MUNDLE–J.SCHNEIDER, Redención, en DTNT, IV, 54-66; J.GNILKA–W.DETTLOFF, Redención, en H.FRIES (dir.), Conceptos fundamentales de Teología, II, Madrid 19792, 484-499; A.B

ONORA, Redención, en NDTB, 1596-1609: En este artículo se identifican los dos vocablos; no hay en este diccionario un artículo distinto para el término “salvación”.

323

“Hay aquí un término clave en el lenguaje bíblico; pero sus resonancias finales no nos deben hacer olvidar el lento proceso de elaboración” (C.LESQUIVIT–P.GRELOT, Salvación, en VTB, 825). “It is of special interest to note the progress in the notion itself of salvation which from day to day become more spiritual, as did the notions of life and death” (ST. LYONNET–L. SABOURIN, Sin, Redemption and Sacrifice, 69).

sentido analógico: el contenido de la salvación está expresado con diversidad de fórmulas. Además, en cuanto a la acción propiamente salvífica, en el NT hallamos referencias a la Encarnación, a toda la vida de Cristo y, sobre todo, al MP. También se dice que la salvación se adquiere con la fe en Cristo, pero también con el bautismo y con el cumplimiento de la voluntad del Padre. La obra de la salvación ya está realizada por el Salvador, pero al mismo tiempo se nos dice que “hemos sido salvados, pero [sólo] en esperanza” (Rm 8, 24), porque la salvación perfecta y definitiva es escatológica.324

Si ponderamos el conjunto de los textos del NT en que se habla de “salvación”, debemos concluir que el término se refiere más directamente a la totalidad del designio divino y sobre todo a su múltiple efecto “positivo”: la donación de la gracia, la adopción filial, la nueva creación y el nuevo Pueblo de Dios; “efecto” que alcanzará su plenitud en la consumación escatológica, cuando se identifique con la bienaventuranza eterna.

Algo semejante a lo que afirmamos sobre el vocablo “salvación” sucede con el término “redención”. Éste designa en el NT la obra salvífica consumada “por la sangre de la cruz” de Cristo (cf. Col 1, 20; Ef 1, 7), cuyo efecto directo es el perdón y la liberación del pecado; pero esta obra redentora, en otros lugares, involucra también a Cristo resucitado y su efecto es más amplio, porque incluye la donación de la vida nueva del Espíritu y la adquisición de un nuevo pueblo de Dios. Y también es cierto que, además de esta faz histórica, la Redención se refiere a unos efectos cuya plena consumación tendrá lugar en el más allá.

Podríamos decir –como síntesis y conclusión del uso del término en el NT– que la Redención es la forma concreta en que se realiza históricamente la salvación de Dios.325 La Redención sería, entonces, el modo elegido por Dios para otorgarnos la salvación; un “modo” propiamente divino, que se concreta en el abismal abajamiento de la Encarnación y en la subsiguiente entrega de la cruz.326 La densidad de este misterio está admirablemente expresada en el siguiente texto paulino:

324

Cf. J.SCHNEIDER, (sw´’zw) Redención, en DTNT, IV, 60-66, en donde se encuentran numerosos ejemplos del NT.

325

Este aspecto específico de la Redención puede explicarse en una densa síntesis del siguiente modo: “El fruto del evento de la reconciliación puede ser comprendido (en un primer momento más bien negativo) como liberación del hombre: de la esclavitud del pecado (Rm 7; Jn 8, 34), del diablo (Jn 8, 44; 1 Jn 3, 8), de los «poderes del mundo» (Ga 4, 3; Col 2, 20), del poder de las tinieblas (Col 1, 13), de la ley (Rm 7, 1), sobre todo de la «ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2), finalmente del «juicio de la ira» (1 Ts 1, 10). Esta liberación es… descrita bajo el símbolo de pagar un (alto) «precio» (la sangre de Cristo: 1 Co 6, 20; 7, 23; 1 P 1, 18ss), un «rescate» (Mc 10, 45 par), desde el sentido cultual como medio de reconciliación (Rm 3, 15), para una «redención eterna» (Hb 9, 12). También aquí con relación al AT la expiación se ve sobre todo en la «sangre», sin la que «no hay perdón» (Hb 9, 22), con lo que se incluye la muerte (violenta) (Hb 9, 15) o, más exactamente, la entrega de la vida (Jn 10) que conduce a lo primero” (TD 4, 219). Este momento –“más bien negativo”– define propiamente a la Redención. Por supuesto que es inseparable de un segundo momento: “Esta liberación de cadenas (Lc 13, 16; Mt 12, 29) es más que la devolución de la libertad perdida (…). Se trata en su sentido positivo de inserción en la vida divina trinitaria…” (ibid., 219-220), que puede incluirse sólo en un sentido amplio del término “redención”.

326

Cf. Ex 15, 6; Lc 1, 51. “La noción de «redención» (gr. lytrosis o apolytrosis) o de «rescate» (gr.

lytrusthai), a la que hay que añadir la de «adquisición» (gr. peripoiesis) o de «compra» (gr. agoradsein), está estrechamente ligada en la Biblia con la idea de «salvación»: designa el medio privilegiado escogido

“...aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien” (Tt 2, 13-14).

Con estas indicaciones –generales, pero suficientes para ubicarnos en lo esencial– podemos dirigirnos a nuestro libro. En el CCE no encontraremos nada radicalmente distinto a lo que nos enseña el uso de los dos términos en la Sagrada Escritura. Aunque a veces la distinción entre “salvación” y “redención” se impone con facilidad,327 en general sólo con una cuidadosa atención en la lectura del CCE, podremos advertir que los vocablos no son sinónimos.

Exponemos ahora algunas constataciones que resultan del examen de estos términos en el conjunto del CCE, atendiendo especialmente a los lugares de mayor significación soteriológica.

1. Ambos vocablos aparecen con frecuencia, pero en el conjunto del CCE está más presente “salvación” que “redención”. Si nos atenemos al capítulo cristológico, comprendido como paradigma y síntesis de la soteriología del CCE, verificamos que aparecen: “salvación”, 35 veces; “salvador” (como sustantivo y adjetivo), 14 veces; “redención”, 13 veces; “redentor” (como sustantivo y adjetivo), 11 veces. Es notable que “redención” y términos afines se utilizan con mayor frecuencia dentro del artículo

4: “Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado” (571-630), concretamente en los nn. 573, 587, 598, 601, 603, 605, 607, 608, 613, 616, 618 y 622. En este mismo artículo se utiliza el término “salvación” 14 veces, sobre todo integrando la expresión “designio divino de salvación”. Es elocuente el título del acápite II del párrafo 2: “La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación”. Sólo tres veces se emplea el adjetivo “salvador” y no se refiere a la Muerte de Jesús, sino al designio divino.

2. Nos preguntamos por el sujeto activo de la salvación y de la Redención. Y el CCE nos indica la causa absolutamente primera desde el enunciado inicial: “Dios... ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso en todo tiempo y en todo lugar está cerca del hombre” (1). Es decir, en el designio trinitario de la Creación está inscrita la salvación del hombre. El Creador se identifica con el Salvador. Más aún, el CCE suele conectar la salvación y la Redención con la creación, y

por Dios para salvar a Israel liberándolo de la servidumbre egipcia (Ex 12, 27; 14, 13; cf. Is 63, 9) y constituyéndolo su «pueblo particular» (Ex 19, 5; Dt 26, 18)” (ST.LYONNET, Redención, en VTB, 757- 758).

327

Por lo menos en dos enunciados se dice de Cristo “Redentor y Salvador” (1 y 1701), con lo que ya se insinúa alguna distinción entre los conceptos implicados.

también con la santificación, todo como obra del único Dios trinitario, según un único designio de la sabiduría divina (14, 898, 1652, 1951, 2244, 2502).

Esta verdad fundamental está supuesta en todo el texto y halla diversas expresiones concretas, como por ejemplo:

“Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el «designio benevolente» (Ef 1, 9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado... Este designio es una «gracia dada antes de todos los siglos» (2 Tm 1, 9- 10), nacido inmediatamente del amor trinitario…328” (257).

Siempre es claro en el CCE que la obra redentora no es extraña a la acción creadora de la Trinidad, que en la Escritura y en la Tradición se apropia directamente a

la Persona del Padre (258-259). Es ilustrativo lo que se dice, por ejemplo, hacia el final del texto dedicado a la creación del mundo visible:

“El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa a la primera329” (349).

Se puede decir, por tanto, que el Padre es Salvador y Redentor, en la medida en que se le atribuye la creación “del cielo y de la tierra”. Y esta consideración, que se hace desde la perspectiva trinitaria del NT, no hace más que reforzar la afirmación escolástica: la Causa absolutamente primera de la salvación –identificada con el mismo Agente primero y exclusivo de la creación– es la Santísima Trinidad.330

Además, el título de “Salvador” se predica simplemente de Dios sobre todo cuando se hace referencia a las gestas divinas a favor del pueblo elegido, según el AT (710, 1164, 2575, 2584, 2628). Algo parecido sucede con el título de “Redentor”. Se afirma especialmente, como hemos subrayado, que el único Dios es el Creador y Redentor de todos los hombres (898, 1951, 1961, 2176, 2244); y se dice particularmente que el mismo Dios es el Redentor de Israel (431, 1961).

También la divina Persona del Espíritu Santo, a quien se apropia la obra de la santificación (como ya se señala en el prólogo [14] y se seguirá diciendo a lo largo del texto, muy especialmente al tratar del capítulo tercero del Credo), es Causa –según su propio modo personal– de la salvación y Redención del mundo. Es cierto que no se dice en el CCE que el Espíritu Santo sea Salvador o Redentor.331 Pero se nos enseña insistentemente que “el Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo

328

Cf. AG 2-9.

329

Cf. Missale Romanum, Vigilia Paschalis, oratio post primam lectionem.

330

Cf. por ejemplo, STh 3, 48, 5.

331

Desde el punto de vista lingüístico lo más parecido se encuentra en el texto citado en el n. 2516: “...quoad actionem salvificam Spiritus Sancti” (DeV 55: AAS 78 [1986] 878).

del designio de nuestra salvación y hasta la consumación... Este designio divino, que se consuma [impletum] en Cristo «Primogénito» y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu Santo que nos es dado [corpus in humano genere per Spiritum effusum sumere poterit]” (686; cf. 152, 243-244, 257-259, 688, 689-690).332

En varios lugares del CCE se apropia al Espíritu Santo la santificación, como al Padre la creación y al Hijo la Redención (cf. 1, 14, 50-51, 235...). Y podría pensarse que la santificación es algo distinto de la salvación del mundo, como sobreañadido al opus Redemptionis. Bastaría el estudio de los nn. 683-690 y sus referencias marginales para convencernos de que la acción santificadora del Espíritu Santo no está en paralelo con la acción redentora del Hijo ni pretende inaugurar una nueva era salvífica, que Cristo no hubiera podido alcanzar. Todo el Evangelio y toda la Tradición de la Iglesia proclaman la “misión conjunta”. Tiene sentido, en consecuencia, hablar de “acción salvífica del Espíritu Santo”, como se hace en el texto de Dominum et vivificantem citado en el n. 2516.

No obstante, en la totalidad del CCE se afirma masivamente que el Redentor y el Salvador del mundo es Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

Se enseña con la máxima frecuencia y en diversos marcos conceptuales que

Jesucristo es propia y directamente el Redentor/Salvador del mundo (1, 14, 122, 388, 410, 412, 478, 598, 605, 616, 618, 633, 679, 795, 963, 970, 1010, 1069, 1372, 1376, 1476, 1545, 1548, 1701).

No puede estar más resaltado, dentro del cuadro de tensiones propias de un misterio que nos desborda, que el Salvador es –de modo inmediato y con toda propiedad– el Logos encarnado. Sobre esta declaración fundamental y omnipresente volveremos constantemente en nuestro estudio. Ahora simplemente recordamos, entre otras expresiones categóricas, el último enunciado de CCE I:

“Jesucristo mismo es el «Amén» (Ap 3, 14). Es el «Amén» definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro «Amén» al Padre: «Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él Amén a la gloria de Dios» (2 Co 1, 20)” (1065).

3. En numerosos enunciados se vincula la salvación/redención a los misterios de Cristo. En el CCE se lee: “Encarnación redentora” (309, 686; cf. 606-607); “sufrimiento redentor” (618); “pasión redentora” (607, 1505, 1521), “muerte redentora” (571, 599, 601, 612); “cruz redentora” (778) y “sacrificio redentor” (616, 618, 1545, 1548). También se lee: “misión redentora” (440, 502, 515, 606). Pero no se dice “economía redentora [o de la redención]”, aunque está bien afirmada la expresión “economía de la

332

Con respecto a la intervención del Espíritu Santo en la salvación del mundo tenemos dos sólidos fundamentos. Por una parte, el Espíritu Santo es Persona divina, y con esto ya está dicho lo esencial. La Santísima Trinidad es el Principio y Fin de toda salvación (cf. 257-259). En segundo lugar, la Escritura y el CCE nos hablan de dos misiones divinas para la salvación del mundo, o como se lee en el título de un

salvación”. El adjetivo “salvífico” nunca acompaña a los sustantivos “pasión”, “muerte” y “sacrificio”; y tampoco se dice “Encarnación salvífica”, cuando todo esto podría decirse con toda exactitud teológica. Pocas veces se utiliza “misión salvífica” de Cristo o de la Iglesia (351, 873, 1286). Añadamos que se habla del “amor salvífico” de Dios (122) y, sobre todo en el marco del MP, del “amor redentor” (603, 604, 607, 609).

4. Una nueva verificación se obtiene a partir del estudio de la expresión “designio [consilium] divino de salvación”, muy presente en el conjunto del CCE, sea en su literalidad, sea con una locución parecida (designio benevolente, de amor redentor…), y que se refiere al plan total de la salvación concebido ab aeterno por la Sabiduría divina.333 Esta mirada al designio “primero” e irrevocable de Dios sobre el hombre es lo que manifiesta lúcidamente la catequesis del CCE sobre Dios creador