CCE IV (2558-2865) PRIMERA SECCION
4. L A R EVELACIÓN SALVÍFICA
4.2 L A R EVELACIÓN COMO SALVACIÓN EN CCE I ( EXCEPTO CCE I, 2, 2)
4.2.3 CCE I, 2, 3: Creo en el Espíritu Santo
En su explicación del capítulo tercero del Credo el CCE desarrolla ampliamente la fe de la Iglesia en el Espíritu Santo.
Jesús nos revela al Padre, y también revela al Espíritu Santo como Persona divina. Y es igualmente cierto que el mismo Espíritu de la verdad nos lleva a la verdad plena sobre el Hijo y sobre las profundidades del Misterio trinitario. Por tanto, el Hijo y el Espíritu son inseparables en la revelación de los misterios de Dios (cf. 686).
En este lugar se vuelve a resaltar la relación que existe entre el conocimiento de la fe (fidei cognitio) y la unión con Dios Padre, es decir, la salvación (683). Y el Espíritu Santo precisamente se nos da para despertarnos a la fe y a la relación filial con Dios. “El Espíritu Santo con su gracia es el «primero» que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva [primus est in fide excitanda nostra et in vita nova] que consiste únicamente en conocer al Padre y a su enviado, Jesucristo (cf. Jn 17, 3)” (684). La salvación plena consiste exactamente en la visión de Dios, en perfecta y eterna comunión de vida y amor con la Trinidad.
Más adelante, al hablar del don del Espíritu de la verdad que Jesús hace a su Iglesia, se hace evidente de modo nuevo que la verdad es elemento esencial de la obra salvífica. El empeño de Cristo para que sus discípulos sean llevados a la verdad completa y den testimonio de ella ante el mundo, y en todos los confines de la tierra, obedece al designio universal de salvación (cf. 728-732).
Con este presupuesto es fácil entender que la misión de evangelizar es esencial a la Iglesia, sacramento universal de salvación (774-776). Todo lo que se enseña sobre la Iglesia en el CCE “depende enteramente [plene dependet]” (749) de los artículos que se refieren a Cristo Jesús y al Espíritu Santo. Si la obra salvífica del Señor Jesús incluye necesariamente el ministerio profético, la Iglesia deberá prolongar aquel ministerio hasta el fin de los tiempos, sabiendo que la salvación del mundo depende también del anuncio de la verdad revelada por Cristo en el Espíritu Santo (783, 785, 849-856). Lo dice con toda nitidez el siguiente enunciado:
“Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero... En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad [ad agnitionem veritatis]» (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad [salus in veritate invenitur]. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela” (851).
Está claramente afirmado lo que intentamos resaltar: “Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad”.511
Por eso el CCE tiene que ocuparse de la misión de enseñar de la Iglesia (888- 892; 904-907). Y con razón se hace la siguiente aclaración: “El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera” (890). Si la Iglesia debe velar por la verdad de Cristo, es porque esta verdad libera y conduce a la salvación plena. No puede haber ningún interés meramente especulativo, o ideológico, o partidista, o cualquier otro que tenga raíces y fines intramundanos. Lo cual significa que si juzgamos a la Iglesia desde esos intereses, no podremos comprender su vigilante preocupación por la verdad... ni compartiremos su apremio por la obra evangelizadora.
En el comentario al artículo 12 del Credo: “Creo en la vida eterna”, se explica, de acuerdo a la Escritura y a la Tradición, lo que la Iglesia enseña sobre la salvación en sus efectos últimos y eternos. Importa especialmente la relación de identidad entre la visión –es decir, la Revelación en su estadio definitivo y trascendente– y la salvación perfectamente lograda. La salvación se vincula inmediatamente al concepto de vida, de vida plena e inmarcesible. En efecto, la divina Revelación nos habla de la felicidad perfecta del hombre en términos de visión, de inmediatez cognoscitiva:
“[Los bienaventurados] son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).
«[las almas de los santos en el cielo] ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura»512” (1023).
“A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia «visión beatífica»” (1028).
La bienaventuranza última, salvación perfecta y definitiva, se nos presenta, entonces, desde la perspectiva de la visión. Esta “visión”, que designa intuición inmediata, pero que por su carácter trascendente no puede univocarse con la intuición sensible, ciertamente no es la única categoría bíblica que se vincula a la felicidad total. En el lenguaje del NT existen otros vocablos que expresan la realidad de la bienaventuranza, que “sobrepasa toda comprensión y toda representación” (1027).
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El subrayado es del CCE.
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