• No se han encontrado resultados

Un cambio en el “nosotros” y el “ellos”

Capítulo 3. El Orden de la Colonización La traducción

3. Encuentros culturales Concepciones de orden

3.4 Un cambio en el “nosotros” y el “ellos”

En la coexistencia cultural que propició el proceso colonizador, se matizaron las manifestaciones específicas de cada uno de los grupos implicados en éste: negritudes caribeñas y atrateñas, indígenas emberá chamí, emberá katío, tule y zenú, grupos mestizos de raigambre cordobesa y del interior. Los grupos culturales trataron de hacerse su lugar recogiendo las nuevas experiencias y poniendo a prueba las suyas en un escenario de múltiples interrelaciones donde se compartieron mutuamente conocimientos, formas organizativas, música, comida y todo lo requerido para sobrevivir en un nuevo hábitat.

Encontrarse con otro, con un diverso, es saber qué magnitud de posibilidades tiene el ser humano y qué restrictiva es cada cultura. Esa época propició la conciencia de la inmensidad del ser y de la cultura, también de la hibridación de conocimiento, el diálogo de saberes, la inserción de la subjetividad en las formas de conocimiento, la incorporación de los intereses en la toma de decisiones y en las estrategias de apropiación de la naturaleza. Dio la posibilidad de abrir un espacio para el encuentro entre lo racional y lo sensible pues, de alguna manera, la experiencia había replanteado en los colonos la razón tradicional y se abría paso una razón abierta,

... Contraria a la razón cerrada que es simplificadora e incapaz de afrontar la complejidad de la relación sujeto-objeto u orden-desorden, la razón abierta reconoce, dialoga y trabaja con lo irracional (azares, desórdenes, aporías, brechas lógicas). Puede y debe reconocer lo a-racional pues, como dice Pierre Auger, el ser y la existencia no son ni absurdos ni racionales, simplemente son; y como añade Bachelard, hay que reconocer lo supra-racional pues en toda creación e invención hay algo que la racionalidad puede comprender finalmente tras la creación, pero nunca antes. Hay fenómenos que, como el amor, son a la vez irracionales,

racionales, a-racionales y supraracionales. Una razón abierta se convierte en el único modo de comunicación entre lo racional, lo a-racional, lo irracional69.

Estos cambios solo podían ser asimilados en el seno de la cultura, acompasados por la experiencia de múltiples relaciones sociales que posibilitaron el cambio de una razón cerrada a una razón abierta, por eso,

... la cultura resulta ser un agente de desorden tanto como un instrumento del orden, un elemento sometido a los rigores del envejecimiento y de la obsolescencia, o como un ente atemporal. La obra de la cultura no consiste tanto en la propia perpetuación como en asegurar las condiciones de nuevas experimentaciones y cambios. O, mas bien, la cultura “se perpetúa” en la medida en que se mantiene viable y poderosa, no el modelo, sino la necesidad de modificarlo, de alterarlo y remplazarlo por otro. Así pues, la paradoja de la cultura se puede reformular como sigue: todo aquello que sirve para la preservación de un modelo socava al mismo tiempo su afianzamiento.

La búsqueda del orden transforma a todo orden en flexible y en menos que eterno. La cultura no puede producir otra cosa que el cambio constante, aunque no pueda realizar cambios si no es a través del esfuerzo ordenador. La pasión por el orden, nacida del temor al caos, y el descubrimiento de la cultura, la percepción de que el destino del orden se halla en las manos del ser humano fue lo que marcó la entrada del mundo moderno en la era de un imparable y acelerado dinamismo de formas y modelos70.

Si bien la cultura desempeñó un lugar destacado en el Orden que se tejió alrededor de la colonización, y que albergó el desorden y el caos, otras órdenes -con minúscula- también hicieron que los pobladores se redefinieran en la praxis cotidiana (prácticas políticas, económicas, personales,

colectivas) y aprendieran a transformar la idea de Urabá como región objeto y de ellos como objetos de un proyecto ilustrado, a construir la región y a ellos mismos como sujeto.

Los colonos se dieron cuenta que el mundo había que construirlo. Para los paisas significó cambiar las certezas de la razón formal y del orden preestablecido que habían aprendido de sus mayores. El orden no era asunto natural, cósmico, divino, objetivo, preexistente a las sociedades sino

69 MORIN, Op. cit. p. 305

que se hacía en la praxis. El orden cultural, como dice Bauman, es una estrategia para clasificar el mundo de una forma específica que ayuda a los hombres a situarse en él, pues:

...clasificar supone poner aparte, separar...en otras palabras, dotar al mundo de una estructura, manipular sus probabilidades; hacer algunos sucesos más verosímiles que otros; comportarse como si los sucesos no fueran casuales o limitar o eliminar la arbitrariedad de los acontecimientos...Un mundo ordenado es aquel en el que uno puede saber cómo conducirse, en el que uno sabe cómo calcular la probabilidad de un suceso y cómo aumenta o disminuye esa probabilidad; un mundo en el que la vinculación entre ciertas situaciones y la efectividad de ciertas acciones se mantiene constante, de modo y manera que se puede confiar en los sucesos pretéritos como referentes orientativos para el futuro...Clasificar, entonces, consiste en actos de inclusión y exclusión. Cada acto de designación divide el mundo en dos: entidades que corresponden al nombre y el resto que no71.

Para paisas y demás contingentes culturales, el encuentro colonizador muy posiblemente significó la relatividad de las culturas y “...reconocer la debilidad de nuestra lógica verificadora y computacional y entender que por diversas vías se llega al mismo resultado; que las mismas causas pueden provocar efectos diferentes, que no solo es imprecisa nuestra capacidad de entendimiento sino que las realidades y sus interacciones también son vagas, imprecisas, inciertas y cambiantes”72.

Esta experiencia transformadora generó un cambio en el “nosotros” del colono. Para el colono paisa perdió sentido el mito colonizador y fueron dramáticamente relativizados los ideales culturales ancestrales de tradición y religión y los enfoques sobre la vida que de ahí se derivaban. La familia conservó un lugar importante puesto que ella era sostén para la tarea colonizadora. Igual ocurrió a los pobladores de las demás culturas. Así que el “nosotros” de la identidad paisa cambió por un “nosotros” construido en la región con los demás colonos con quienes se inventó la forma de estar en el mundo, en un rincón llamado Urabá, región que hizo cambiar las

71 BAUMAN, Modernidad y ambivalencia. p 74-75 72 MORIN, Op, cit. p. 305

concepciones de origen, creó sentidos de tolerancia, solidaridad y lealtad que facilitaban que los colonos pudieran aliviar el miedo y las penas de esa tarea, además de ofrecer respuestas a situaciones dadas que fueron conformando un catálogo útil para no tener que encarar, permanentemente, la toma de decisiones. Este nosotros no era, sin embargo, armonioso, pues a pesar de compartir la creación de una misma región, seguían vigentes los imaginarios interculturales y tal vez, se entendía la importancia de un orden civil por fuera de los restrictivos y excluyentes órdenes culturales.

En cuanto al “ellos”, ya no se trataba de los colonos de otras culturas sino de los que no eran colonos, es decir, funcionarios, empresarios, dirigentes, militares, la población minoritaria durante los primeros cincuenta años el siglo XX. En esa relación entre el nosotros y el ellos prevalecía la concepción de orden de los funcionarios, un orden instrumental que ejecutaba las concepciones de los órdenes nacional y departamental, un orden civil aceptado a medias, y un orden draconiano impuesto en la Violencia. En el Orden de la Colonización no prevalecía ningún orden (ni cultural, ni civil, ni militar) pero de todos existía un poco.