YIHAD Y CONQUISTAS MUSULMANAS
LOS CANTARES DE GESTA Y LA GUERRA SANTA
Las especulaciones escatológicas desempeñaron así un papel nada despreciable en el reconocimiento ideológico de IQS combates emprendidos contra los «ocupantes» musulmanes. ¿Podemos evaluar su difusión, importancia y alcance?
Se dice a menudo que tales especulaciones sólo interesaban a algunos monjes confinados en sus monasterios, y que, por consiguiente, tenían un impacto muy limitado sobre las poblaciones. Ello es triplemente falso. En primer lugar, porque el tema del Anticristo y del Final de los Tiempos, hoy casi totalmente ignorado por los cristianos, apasionaba a todos los creyentes en la Edad Media. Después, porque un tema semejante se prestaba de mil maravillas a los sermones y a los relatos capaces de atraer la atención de las masas y de suscitar su temor. Por último, porque las hablillas que concernían a Mahoma y al islam lo tenían todo para agradar a las masas. Es, por tanto, muy probable que los cristianos de Occidente, aunque laicos y poco cultivados (y, de manera particular, los guerreros), tuvieran al menos a través de ellas, y aunque sólo fuera indirectamente, una percepción vaga, muy deformada evidentemente, del islam y de los musulmanes.
Esa imagen muy negativa del islam y de los musulmanes resultaba útil para suscitar o despertar la hostilidad, sobre todo en las regiones donde las invasiones árabes habían podido dejar algunos recuerdos, aunque fuesen lejanos. Como se ha subrayado, los cantares de gesta, que tanto favor gozaron entre los caballeros desde comienzos del siglo XII y probablemente antes, sitúan casi siempre en la época carolingia, incluso merovingia, las hazañas de los caballeros cristianos contra los sarraceno s, a los que consiguieron expulsar de Francia meridional: las epopeyas, en su forma primitiva, acompasaron por tanto, a su manera, la reconquista cristiana, primero en la Galia, luego en España y, mucho más tarde, en el Próximo Oriente.
En cualquier caso, en todos los cantares de gesta, los guerreros cristianos emprenden contra sarraceno s demonizados, asimilados a paganos idólatras y perversos, una lucha que Dios apoya hasta su victoria, o hasta las palmas del martirio si llegan a sucumbir bajos los golpes de aquellos «paganos». El Cantar de Roldán es el prototipo de ello; y es muy probable que su versión actualmente conocida, la denominada «de Oxford», fuera precedida por otros «cantares de Roldán» que glorificaban los mismos valores: es sabido, en efecto, cómo en Hasting, en 1066, un juglar cantó las hazañas de Roldán y Oliveros para animar a los guerreros normandos a que combatieran valientemente a los anglosajones de Haroldo. Dichas epopeyas traducen, mejor que los escritos latinos de que hasta ahora hemos
hablado, la imagen que los guerreros cristianos se hacían de los musulmanes con los que iban a enfrentarse en España en la reconquista, o más tarde en Oriente, durante la primera cruzada.
Los juglares no fueron los inventores de la imagen del islam y de los musulmanes que difundieron y popularizaron entre su público. Dicho público se componía ante todo de caballeros que los escuchaban en las plazas públicas, como antaño se decía, o más verosímilmente en las salas de los castillos y en la corte de los príncipes. Los clérigos también tuvieron conocimiento de aquella imagen, como lo atestiguan los cronistas de la primera cruzada, que reprodujeron los mismos esquemas. Guiberto de Nogent, cuyo espíritu crítico ha sido demostrado muchas veces, corrigió muchos de sus excesos (rechazó, en particular, la idea según la cual los musulmanes adoran a Mahoma como a un dios), pero reprodujo otros muchos, cuya futilidad conocía no obstante, afirmando sin vergüenza, para disculparse por ello, que está permitido hablar falsamente del daño de Mahoma dado que la verdad que concierne a dicho «falso profeta» supera de lejos todo el mal que de él podría decirse.
¿De dónde procede ese «conocimiento» del islam y de los musulmanes? Se ignora, pues él mismo afirma no haber encontrado ninguna información real sobre Mahoma en las obras que consultó. Se contenta, por tanto, con reproducir «la opinión común». Desde su época, pues, se había difundido una imagen semejante. La misma se había nutrido, sin lugar a dudas, de los cantares de gesta anteriores a nuestro Cantar de Roldán, así como de las hablillas transmitidas oralmente, pero también de los escritos polémicas procedentes de Oriente y traducidos al latín, y quizás también de España.
Todos los rasgos que en lo sucesivo formaron la imagen caricaturesca del islam y de su profeta parecían estar, en todo caso, bien anclados en la mentalidad común de los guerreros y de los clérigos de Occidente, como lo atestigua, desde finales del siglo X, la poetisa Roswita (935-975), quien, por lo demás, estaba muy alejada de las zonas de contacto entre los respectivos ámbitos de ambas religiones.
Aquella monja, nacida en el seno de la nobleza sajona y que llegó a ser canóniga de la abadía de Gandersheim, es la primera poetisa alemana. Redactó un poema en honor del godo Pelayo, víctima de un rey sarraceno de España, violento, libidinoso, homosexual e idólatra, retornando así la mayor parte de las trivialidades relativas al islam y a su caricatura. El tirano hizo decapitar al joven Pelayo, y los ángeles llevaron al paraíso el alma de aquel santo mártir.
Las acusaciones de homosexualidad y de lujuria, de violencia guerrera y de ansia de dominación universal, de idolatría y de politeísmo, contra los musulmanes, asimilados a los paganos de la Antigüedad romana, estuvieron, pues, muy ampliamente difundidos en Occidente mucho antes de finales del siglo XI. Los cruzados, por otra parte, iban a describir la estatua-ídolo de Mahoma que, según ellos, dominaba el Templo de Jerusalén (véase texto núm. 13, págs. 304-306). Este hecho no deja de ser importante: significa que incluso
los cronistas, quienes, por lo demás, se codearon con la realidad del islam y pudieron penetrar en las mezquitas, prefirieron conservar y perpetuar el cliché de un islam idólatra que les había sido inculcado en Occidente desde antes de su partida. Esa imagen caricaturesca estaba implantada con bastante fuerza e importancia en sus espíritus para resistir al impacto de la realidad.
El clérigo Raúl de Caen, por ejemplo, al recoger de su señor Tancredo, uno de los héroes de la primera cruzada, el relato de su entrada en el «Templo de Jerusalén» (la mezquita de al-Aqsa), no dudó en describir la presencia en aquel lugar sagrado de una estatua de plata adornada con piedras preciosas, que recuerda mucho, por otra parte, a las estatuas relicarios de las iglesias de Occidente. Dudó a la hora de identificarla, pues no sabía si se trataba de Cristo o de una divinidad pagana, antes de ver en ella la imagen de Mahoma, asimilada por él a un Anticristo precursor de aquél que debe aparecer en los últimos tiempos, y reinar en el Templo de Dios. La demonización del Islam, pues, es doble en este relato.
Dicha caricatura de un islam herético, violento, idólatra y lujurioso estuvo ampliamente difundida en todos los medios. Muestra muy bien cómo esa era la imagen que Occidente percibía -o, más bien, quería percibir- del islam y de los musulmanes, a los cuales se enfrentaban sus guerreros en lo sucesivo, tanto en España como en el sur de Italia, y pronto en Sicilia y en el Próximo Oriente. Esta imagen, destinada en principio a disuadir a los cristianos de las zonas dominadas por los musulmanes de dejarse ganar por la cultura y por la religión de los vencedores, fue cambiando poco a poco de destino. Cuando pasó a Occidente, contribuyó a atizar la animosidad y la hostilidad, a demonizar al adversario y, de rechazo, a sacralizar el combate conducido contra él, facilitando así la formación del concepto de guerra santa que respondió, bastante tardíamente, a la noción del yihad ya admitida desde hacía tiempo en el mundo musulmán.