YIHAD Y CONQUISTAS MUSULMANAS
YIHAD Y TOLERANCIA
Las conquistas musulmanas no fueron, por lo demás, guerras misioneras: no perseguían la conversión de todos los infieles, sino su sumisión a la ley de los vencedores.
Puede decirse incluso que, desde muy pronto, y ante la amplitud de los éxitos obtenidos, las conversiones fueron poco alentadas, incluso desalentadas. Teóricamente al menos, conferían al-nuevo converso el estatuto de ciudadano de pleno derecho, en el seno de la comunidad, en igualdad con los conquistadores: llegaba a ser
como ellos, dispensado del impuesto y admitido a los mismos privilegios legales, cuando no a las mismas funciones. El predominio árabe salía perdedor. La igualdad borraba las diferencias. A veces fue tan poco respetada que las reivindicaciones a la igualdad de los creyentes, procedentes de las poblaciones autóctonas islamizadas, fueron precisamente una de las causas de la revolución abbasí.
La conquista, por lo demás, no fue fácil en todas partes. Como en cualquier guerra, hubo masacres. Pues, aunque los musulmanes no exigieron la conversión de sus adversarios, sí exigieron su sumisión a la nueva ley del Estado musulmán. Toda resistencia armada a los combatientes de Alá colocaba a sus enemigos en el campo de los impíos, asimilándolos al mismo tiempo, cualquiera que fuese su religión, a los enemigos de Dios y del islam, merecedores de muerte. En cambio, cuando se rindieron y aceptaron someterse a la autoridad de los vencedores, judíos y cristianos obtuvieron el derecho de vivir en tanto que dimmíes, protegidos: ciudadanos de segunda clase, ciertamente, pero a pesar de todo ciudadanos. Los paganos, por el contrario, no tuvieron derecho de ciudadanía: para ellos sólo se planteaba el dilema de la conversión o la muerte.
Fue así cómo, sobre todo en el lrak abbasí y a veces en Al- Ándalus, algunos judíos y también (aunque de manera más rara) algunos cristianos ocuparon puestos importantes cerca de los gobernantes y se hicieron ilustres en las ciencias (medicina, matemáticas), las artes o las letras.
Hubo, a decir verdad, límites a dicha tolerancia; una «tolerancia» que, en todo caso, hay que comprender en un sentido restrictivo, a saber, la ausencia de persecuciones por motivos religiosos. En realidad, esas persecuciones fueron bastante escasas antes del siglo XI, hecho importante que conviene abonar en la cuenta del islam medieval.
Aquella forma de «tolerancia» admitió en cambio la dis- criminación, pues no se concedió a los no musulmanes los mismo derechos que a los creyentes. Algunos edictos llegaron a recordar periódicamente a los gobernantes su obligación de hacer respetar las medidas discriminatorias adoptadas hacia los tributarios, judíos y cristianos: prohibiciones de indumentarias que permitían distinguir a primera vista un judío o un cristiano de un musulmán (por ejemplo, la prohibición de la barba y del turbante, uso obligatorio del cinturón y de vestidos de color amarillo, etc.) o discriminatorias (prohibición de dar empleo en las oficinas administrativas a judíos o cristianos). La multiplicidad de esos recuerdos demuestra, ciertamente, que dichas medidas no se aplicaban siempre de manera rigurosa, pero subraya también los límites de aquella «tolerancia» condescendiente. Ése fue el caso, de manera particular, en Al- Ándalus, durante la época de los almorávides, en el siglo XI, y luego durante la de los almohades que les sucedieron y que predicaron un islam «puro y duro», reforzando las prohibiciones y las medidas discriminatorias o humillantes.
A pesar de esos límites, dicha «tolerancia», subrayémoslo de nuevo, fue completamente notable para la época. Se acercó en sus
fundamentos -pero la superó ampliamente en los hechos- a la que los Estados cristianos concedieron a los judíos en la cristiandad occidental, y descansó sobre principios similares: para el islam, judíos y cristianos son creyentes que han recibido la revelación de
profetas anteriores reconocidos como tales. Pero que la han olvidado, pervertido o desnaturalizado. Mahoma, al recibir y publicar el Corán, vino a rectificar y completar las revelaciones anteriores, llevándolas así a su perfección.
El cristianismo tenía casi la misma percepción de las cosas respecto del judaísmo; para los cristianos, Jesús vino a cumplir la ley de Moisés, a prolongar el mensaje de los profetas, a rematar la antigua revelación. Más aún: gracias a la Encarnación, en tanto que Hijo de Dios, el mismo Jesús es, para ellos, revelación. El Evangelio, corazón del Nuevo Testamento, completa y otorga todo su significado a la Biblia de los judíos, el Antiguo Testamento.
Así, en ambos casos, la nueva revelación se trasplanta sobre la antigua, a la cual pretende prolongar, completar, realizar y purificar. El cristianismo antiguo y medieval toleró (a pesar de los periodos de crisis sobre los que luego volveremos) a los judíos puesto que reconocía a Moisés y a los profetas como anunciadores de Jesús. El islam, asimismo, toleró a los judíos y a los cristianos porque reconocía igualmente a Moisés y a Jesús como profetas precursores de Mahoma.
En cambio, judaísmo y cristianismo no pueden manifestar la misma actitud hacia el islam sin admitir, al mismo tiempo, la cualidad de profeta de Mahoma: en este caso, y en toda lógica, judíos
y cristianos deberían convertirse entonces en musulmanes. El principio de anterioridad cronológica explica, por lo demás, la tendencia, sobre la cual volveremos también más tarde, que empuja a los cristianos conquistados o amenazados por el islam a ver en Mahoma no sólo un falso profeta, sino un hereje cristiano, suscitado por las fuerzas oscuras del Anticristo.
En fin, la civilización árabe fue tan avanzada, en aquella época, que irradió y sedujo; la lengua árabe, que la transmitió, se impuso muy pronto a todos los habitantes de las zonas sometidas. Los cristianos que vivían en tierras del islam corrieron el grave riesgo de una verdadera aculturación, de un abandono de la fe por asimilación, por integración. Algunos medios rigoristas reaccionaron entonces replegándose sobre sí mismos, endurecieron la oposición, tiñeron con los tintes más sombríos al islam y a los musulmanes -con quienes, no obstante, se codeaban- y elaboraron caricaturas destinadas a alejarlos, a desacreditados, a rechazados. Esto fue lo que sucedió particularmente en España, a mediados del siglo X, con los «mártires de Córdoba», aquellos cristianos fanáticos que fueron ejecutados por haber injuriado a Mahoma y al islam.
Dichas caricaturas de tendencias polémicas, que también estuvieron presentes en Oriente, contribuyeron a «demonizan al adversario musulmán. He aquí un nuevo elemento constitutivo de la noción de guerra santa que poco a poco fue elaborándose en el Occidente cristiano. Nació sin lazos directos con la doctrina del
yihad, pero se desarrolló y se intensificó en el contacto «rugoso» de ambas civilizaciones.
CAPÍTULO 7