YIHAD Y CONQUISTAS MUSULMANAS
EVOLUCIÓN DE LA DOCTRINA Y DE LA PRÁCTICA D EL YIHAD
Mahoma, como hemos visto, no tuvo ninguna reticencia a utilizar la violencia armada. Fue incluso gracias a dicha actividad guerrera como consiguió asentar su autoridad en Medina, y luego en toda Arabia. Las expediciones del Profeta y de los suyos contra los mequíes se conformaron a las prácticas habituales de la Arabia de aquel tiempo. Pero la presencia del Profeta en dichas operaciones, llevadas a cabo por la causa del naciente islam, las sacralizó de manera evidente.
De ello no se deriva, sin embargo, que hubiera predicado el yihad (en su acepción de guerra santa «exterior»), para extender, y menos aún para imponer, el islam más allá de Arabia y del pueblo árabe. No obstante, la actitud del Profeta hacia sus enemigos cuando estaba en Medina y la existencia de varias aleyas coránicas «belicistas», que garantizaron enseguida aquellas expediciones guerreras lanzadas por el triunfo de la pequeña comunidad de los creyentes sobre sus enemigos mequíes, podían conducir fácilmente a ello. El
hecho de que aquellos golpes de mano fueran asimilados a «comba- tes en la senda de Alá» sirvió, en efecto, de fundamento a la elaboración de la noción del yihad en un significado guerrero más amplio, universal, cuando se afirmó la idea del universalismo del islam, que quizás no estaba claro en el espíritu de los fundadores. Dicho universalismo adquirió una dimensión más cabal con las primeras conquistas: la misma expansión fue asimilada al «combate en la senda de Dios». La idea de la extensión del poder árabe se transformó en doctrina de la soberanía universal de la religión predicada por el Profeta.
Como a menudo sucede, los hechos históricos precedieron, en cierta medida, a la teoría, aunque se inspiraron en sus primicias. La teoría del yihad se elaboró después, entre los siglos IX y XI, en una época en la que, paradójicamente, las conquistas terminaron, se estancaron y a veces incluso re fluyeron, y en la que el espíritu de «guerra santa» se debilitó (véanse textos núms. 29, 30 Y 31, págs. 333-341).
La definición doctrinal del yihad por los juristas descansó entonces, en lo esencial, sobre la noción de comunidad de los fieles (Umma), que los musulmanes consideran, conforme a la voluntad de Dios, como la entidad más perfecta del mundo. Dios le asigna una función, una misión: establecer sus derechos sobre la tierra, instaurar en ella la supremacía de la verdadera religión, el islam. Por eso hay que combatir a los infieles que dominan las regiones vecinas, en las «tierras de la impiedad».
Así se desarrolló la tesis de un yihad ofensivo permanente, cuya responsabilidad y dirección compete a los gobernantes políticos: los doctores de la fe hicieron prevalecer la necesidad de conducir la guerra contra los infieles, no tanto debido a la amenaza que pudieran representar-para la comunidad y para el orden musulmán, como a su misma infidelidad. Siendo el islam la verdadera religión y la Umma la mejor comunidad, de ello se deriva en principio, y según su punto de vista, que el islam tiene, en tanto que religión y conjunto de instituciones, una vocación innata para extenderse por todo el universo, mediante la fuerza de las armas si es preciso, en un combate que durará hasta el Final de los Tiempos.
Por consiguiente, los tratados de paz concluidos con el enemigo deben considerarse, en esa perspectiva, como paréntesis, treguas que serán rechazadas, aceptadas o propuestas según que resulten o no útiles y favorables a la comunidad. El «dominio del islam (Dar al- Islam) debe extenderse a todo el mundo, y el «territorio de impiedad» se confunde entonces con el «dominio de la guerra» (Dar al-Harb): debe transformarse en tierra del islam mediante el yihad. Estas distinciones de tipo territorial eran, señalémoslo, desconocidas para el Corán, que sólo habla de fieles, de una parte, y, de infieles, de la otra.
Esa concepción conquistadora y totalitaria de un islam destinado a reinar en todas las partes del mundo era evidentemente teórica; pronto se reveló irrealizable, quimérica, y entonces se creó una tercera designación territorial legal: el «dominio de la tregua» (Dar
al-sulh), formada por las regiones que compraron la paz a cambio del tributo. Los juristas salvaron así las apariencias al afirmar que dicho tributo era un reconocimiento a la autoridad y a la supremacía del islam. Dichas concepciones doctrinales del yihad ampliaron así, a posteriori, y por lo que respecta a las entidades territoriales, las categorías admitidas desde el origen por el islam a propósito de las personas, repartidas en tres grupos: los fieles (los musulmanes), los infieles (paganos y asimilados que se oponen al islam) y, en fin, aquellos que, sin ser musulmanes, se someten a sus leyes y a quienes por esa razón se les tolera vivir en paz en tanto que protegidos (dimmíes).
Esas concepciones jurídicas radicales del yihad hicieron nacer igualmente, por reacción, interpretaciones espiritualistas. Apoyándose sobre un hadit tardío y discutido del Profeta que había declarado, al regreso de una expedición victoriosa: «regresamos del yihad menor, nos encaminamos hacia el yihad mayor», algunos moralistas predican un yihad interior, lucha moral, espiritual y mística, que transfiere el combate guerrero en la senda de Alá, que tiene como objetivo el triunfo de la Umma, en una purificación interior del individuo y también de la comunidad mediante el perfeccionamiento moral, el rigor doctrinal, la lucha contra las desviaciones y contra las herejías.
Hay, por tanto, matices entre la doctrina del yihad codificada por los juristas de los siglos IX al XI, y la noción primitiva del yihad tal como la comprendieron los musulmanes de los primeros tiempos de la conquista, que, sin embargo y de manera indudable, estuvo suscitada por motivaciones religiosas. A pesar de que la doctrina puramente coránica del yihad no sea fundamentalmente guerrera, está claro, no obstante, que, desde los orígenes, la guerra fue un elemento constitutivo de la primera comunidad; más aún, y aunque todavía no estuviera doctrinal mente definida de manera nítida, los musulmanes conquistadores tenían, en el fondo de sí mismos, la noción de un yihad guerrero, ofensivo, destinado a asegurar el triunfo del islam y de la comunidad de los fieles, y por eso mismo sacralizado y capaz de procurar los gozos del paraíso y el estatuto de mártir a quienes perdieran la vida en ella. Esos rasgos de guerra santa se intensificaron aún entre los siglos IX y XI.