EN LA SOCIEDAD FEUDAL (SIGLOS VIII-XI)
ROMA Y LOS «SARRACENOS» BAJO LOS CAROLINGIOS
El reconocimiento de los guerreros se aplicó, en todos los casos precedentes, a quienes protegieron la «Patria», el Imperio «romano». Pero el calificativo «paganos» para designar al adversario acentuó el carácter religioso del enfrentamiento, haciendo de la batalla un «juicio de Dios»: Dios estableció y confirmó la veracidad de la fe cristiana a través de la victoria.
Una dosis suplementaria de sacralidad se añadió a su crédito cuando aquellos guerreros combatían al mismo tiempo contra los «paganos» y para proteger la Iglesia de Roma, corazón y cabeza de la cristiandad occidental. Su lucha armada disfrutó entonces de un doble reconocimiento unido a promesas que la acercaban a una guerra santa. Esos nuevos elementos aparecieron por vez primera a mediados del siglo IX.
Roma, en efecto, estuvo también amenazada en aquella fecha: los árabes tomaron posesión de Sicilia desde 827, y luego del sur de Italia, y saquearon a menudo las costas de Cerdeña y las del Lacio. En 846 llegaron hasta los muros de Roma, penetraron en ella, saquearon la ciudad y asolaron la iglesia de San Pedro. Aquella audaz incursión despertó los antiguos temores: el patrimonio pontificio fue puesto en peligro, una vez más, no por los cristianos, como sucedió en tiempos de los lombardos, sino por los sarracenos, por los «paganos». El peligró pareció aún mayor. ¿Cómo conjurarlo?
Conforme a las antiguas tradiciones establecidas desde la época de Pipino, el papa llamó en su auxilio al rey franco. Pero esta vez, para que se decidieran a ir a socorrerle, el papa León IV no dudó en hacer a los guerreros francos promesas de recompensas de tipo espiritual: afirmó, en efecto, que a todos los que llegaran a morir en aquel combate emprendido por la protección de Roma «no les serían negados los reinos celestiales». Ello no constituyó todavía una promesa explícita del paraíso a los guerreros que cayeran como «mártires» por la protección de Roma, pero la idea no quedaba lejos (véase texto núm. 14, págs. 307-308). Se abrió camino.
El combate emprendido por el interés de Roma se encuentra triplemente sacralizado, en este texto, gracias a una hábil amalgama que une los valores morales de la Antigüedad romana (morir por la Patria), los de la ética universal (la protección de los hermanos) y los de la religión (la defensa de la fe amenazada por los paganos).
Las amenazas no cesaron y el papa Juan VIII renovó sus llamamientos al emperador entre los años 876 y 879: en varias cartas, subrayó el peligro que representaban al mismo tiempo, para Roma, la Iglesia y la fe cristiana, aquellos sarraceno s «enemigos de la cruz de Cristo», que de nuevo amenazaban la Iglesia de Roma, saqueaban e incendiaban ciudades y pueblos, cautivaban a los fieles de Cristo, destruían las iglesias y destrozaban los altares, masacraban sin piedad a los servidores de Dios y (lo que era el colmo) llegaban a conseguir aliados entre los vecinos potentados cristianos. Pero, a pesar de sus acucian te s llamamientos, próximos, por su énfasis, al llamamiento a la cruzada de Urbano 11 dos siglos más tarde, la ayuda esperada no llegó. Otras cartas, en 877,
tampoco tuvieron ningún efecto. Es cierto que ellas no comportaron ninguna promesa de tipo espiritual.
En cambio, una promesa de ese tipo reapareció en 879 en la respuesta del papa a una cuestión precisa de los obispos: le preguntaron si quienes llegaran a morir combatiendo por la salvaguarda de Roma podrían esperar obtener el perdón de sus pecados. La respuesta estimulante del papa merece nuestra atención:
Confiando en la justa benevolencia de Cristo Nuestro Dios, nos atrevemos a responder que quienes caen en el campo de batalla, mediando en ellos el amor a la religión católica, entrarán en el descanso de la vida eterna [...]. Desde nuestra humildad, y por la intercesión del bienaventurado apóstol Pedro, a quien pertenece el poder de atar y desatar en el cielo y en la tierra, tanto como sea posible hacer, nosotros los absolvemos y los encomendamos a Dios mediante nuestras oraciones.
Esa promesa puede parecer sorprendente: expresa un nuevo grado de sacralización de la guerra jamás alcanzado antes, cuando es emprendida por la protección de Roma y del Papado. ¿Se trata ya aquí de una «indulgencia por acto de guerra»? No es seguro, pero estamos, sin embargo, muy cerca de ello. Sin entrar en el detalle de la discusión relativa a la exégesis de este texto, podemos extraer en todo caso una mínima conclusión: el combate emprendido por los guerreros reclutados por la causa fue considerada lo bastante «sagrada» como para que el papa los absolviera de sus pecados confesados. Si llegaban a morir en el combate sin haber podido cumplir la penitencia habitualmente exigida (incluida, sin duda, la debida por el homicidio en el campo de batalla en el combate que iban a llevar a cabo por el papa), Dios, por su benevolencia, los admitirá a pesar de todo en su paraíso.
Este texto constituyó en todo caso un jalón muy importante en la elaboración de la noción de guerra santa. Estableció un lazo fuerte y nuevo entre el combate armado por Roma y el acceso al paraíso de los guerreros muertos por dicha causa. La noción de guerra santa se encuentra aquí en germen, en la época incluso en que estaba ya bien establecida y codificada en el adversario musulmán. Iba a desarrollarse bajo la doble influencia del combate a favor del Papado y contra los sarracenos.
No fue, sin embargo, la única influencia: la protección de las iglesias contra sus enemigos, en el interior mismo de la cristiandad, desempeñó también un papel que conviene no despreciar.