EN LA SOCIEDAD FEUDAL (SIGLOS VIII-XI)
LOS CAROLINGIOS Y EL PAPADO: UN DESARROLLO CONJUNTO
Pipino el Breve
El «golpe de Estado» relatado más arriba, que Pipino llevó a cabo con el consentimiento del papa para apartar del trono a la dinastía merovingia, reforzó la alianza entre el Papado y la monarquía franca, que ya fue esbozada bajo Clodoveo. Pipino y sus hijos fueron ungidos con el santo crisma y «hechos reyes» mediante las manos del papa. Por su parte, Pipino «restituyó» (en realidad, dio) al papa el exarcado de Rávena y reinstaló solemnemente a Esteban II en el trono de San Pedro. Reforzó en su reino la autoridad pontificia en materia de disciplina eclesiástica e impuso la liturgia romana.
Carlomagno
En 773, el rey lombardo Desiderio se apoderó a su vez de algunos territorios pontificios y amenazó Rávena. El papa Adriano I acudió a Carlos, que descendió a Italia con dos ejércitos y encerró a Desiderio en Pavía. El rey franco celebró la Pascua en Roma, donde fue recibido como salvador, y confirmó al papa Adriano la promesa de «restitución» antaño hecha por Pipino: de haber tenido efecto, dicha' promesa habría atribuido a la Santa Sede más de las dos terceras partes de Italia y habría hecho del papa, desde entonces, un poder temporal apreciable. Pero sólo fueron promesas verbales, cuya sinceridad no puede ponerse en duda: en realidad, Carlos no quiso de ningún modo desprenderse de la menor parcela de su autoridad temporal. Por esa razón, él mismo se ciñó la corona de hierro de los lombardos y no concedió al papa más que algunas ciudades.
La concepción que tenía de la función real y de la protección debida a San Pedro condujo al rey de los francos a considerarse como el jefe del «Imperio cristiano», que por esa razón gobernaba Italia directamente (como fue el caso del reino lombardo) o bien a través de subordinados, a modo de protectorados. Ese dominio de hecho del rey franco sobre Italia corría el riesgo de hacerle entrar en conflicto con el basileus, el emperador «romano» griego de Bizancio, de quien teóricamente dependían dichos territorios. Pero se encontró que, en 797, el emperador era en realidad una mujer, Irene, lo que a duras penas resultaba aceptable para los occidentales. Además, acababa de destituir a su propio hijo, Constan tino, haciéndole sacar los ojos. ¡Mujer y madre indigna! El momento, pues, estaba bien escogido para realizar otro «golpe de Estado», fruto de un nuevo entendimiento entre los carolingios y el Papado.
Ambas partes sólo podían obtener ganancia de ello: el papa encontró la ocasión para liberarse de la tutela jurídica de Bizancio y afirmar su ideología política. Carlomagno, a su vez, podía conseguir un título prestigioso que ilustrara su preeminencia de hecho, ya adquirida, sobre todos los reyes de Occidente, y la posibilidad de «renovar» el Imperio romano, un Imperio del que él sería el jefe, lugarteniente de Dios en el plano temporal, incluido el militar, reconociendo así su acción de pacificación y unificación en el interior y su acción de conquista militar en el exterior. El papa, con un poder naciente, habría podido ser su rival. Las circunstancias lo convirtieron primero en un aliado. La confrontación de los dos poderes, el del Imperio y el del Papado, no ocurriría sino dos siglos y medio más tarde.
La coronación imperial de 800
En abril de 799, el nuevo papa León III se hallaba en una mala situación. Se enfrentó al partido de la aristocracia romana, que amenazó con sacarle los ojos y destituirlo, acusándolo de adúltero (es decir, de traición hacia su esposa, la Iglesia), de herejía y de
indignidad. León III se adelantó a la acción de sus enemigos: consiguió refugiarse cerca de Carlos (entonces en Sajonia), el cual lo hizo acompañar bajo protección a Roma y se propuso ir más tarde a examinar su caso. Es decir, que Carlos, patricio de los romanos, tomó muy en serio su papel de protector de la Santa Sede, pero se consideró con derecho a juzgar al pontífice. Nos encontramos lejos de la noción ulterior de un papa que domina a los reyes. Por el contrario, casi podríamos hablar de «cesaropapismo», habida cuenta de la gran influencia, de la autoridad de Carlomagno sobre la Iglesia y sobre el obispo de Roma.
De hecho, algún tiempo más tarde, Carlos descendió a Roma, donde fue acogido por el papa como si fuera un emperador. El 23 de diciembre, el rey restableció a León III en el trono de San Pedro después de haberle hecho jurar, mediante un <<juramento purgatorio», que era totalmente inocente de los pecados que se le imputaban. En seguida fue recompensado: en la Navidad del año 800, mientras rezaba piadosamente en la catedral de San Pedro, Carlos fue coronado emperador por el papa, y aclamado según el ritual bizantino, algo modificado, por lo demás, para engrandecer el papel del papa.
Al igual que en la consagración de Pipino, no se trató en el fondo más que de un intercambio de servicios que aprovechó a ambas partes y confirmó un estado de hecho. Después de sus victorias militares, Carlomagno se convirtió en el soberano más poderoso de Occidente. Desde 799, el consejero del rey, Alcuino, aprovechando el debilitamiento moral y político del emperador (emperatriz) de Bizancio y del obispo de Roma, había ensalzado la ideología imperial. Puede resumirse así: Carlos era, de Jacto, el único defensor verdadero de la comunidad cristiana, pues las otras dos autoridades legítimas, a saber, «la dignidad imperial de la segunda Roma» (el basileus de Constantinopla) y la «sublimidad apostólica» (el papa), estaban, en efecto, totalmente desconsideradas en aquella fecha. En cuanto a la tercera dignidad, la de la realeza franca, concedida por Dios a Carlos, Alcuino la consideraba superior a las otras dos tanto en poder como en gloria. Carlos, «nuevo David» (así fue como lo designaron Alcuino y algunos de sus consejeros, y dicha asimilación está preñada de sentido ideológico), fue encargado por Dios para proteger y dirigir hacia la salvación al Imperio, a la Iglesia, a la cristiandad.
Carlomagno no se sentía de ninguna manera al servicio de la Iglesia romana. Antes al contrario, su misión protectora le confería una autoridad que creía tener directamente de Dios. El mismo Carlomagno expresó esa concepción en una carta al papa León III, en la cual repartió claramente los papeles: a él, al emperador, la carga de combatir por la expansión del Imperio y la protección de las iglesias y de las poblaciones de los ataques de los enemigos y de los infieles; al papa, rezar por la victoria de los ejércitos imperiales. Dichos ejércitos se vieron así doblemente reconocidos en el plano de la ideología religiosa.
Carlomagno ejerció, por lo demás, una autoridad casi absoluta sobre la Iglesia: los obispos, incluido el de Roma, fueron considerados por él como funcionarios y confinados a un papel puramente sacerdotal. En cambio, él mismo intervino en el dominio de la doctrina, al imponer, por ejemplo, la introducción del filioque en el credo occidental (“el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo”). Esa sería a continuación una de las principales divergencias doctrinales entre el Occidente «católico» y el Oriente «ortodoxo». Más que un nuevo David (pues Carlos, como David, fue un rey ungido por Dios, pero no pretendió ser profeta como él), Carlomagno se nos presenta más bien como un «nuevo Constantino».
Luís el Piadoso y el reparto del Imperio
Luís el Piadoso aumentó todavía más el carácter «religioso» del Imperio, verdadero «Estado cristiano»: envió misioneros hasta las regiones paganas de Escandinavia, y trató de atraer sobre el Imperio, gracias a su piedad, la gracia divina. Esa piedad incluso lo debilitó: sus hijos se repartieron las tierras en el tratado de Verdún (843) y se destrozaron entre sí permanentemente; el desaparecido Imperio carolingio siguió siendo un recuerdo vivaz en los espíritus, un mito que conservó un efectivo alcance ideológico. Los letrados se acordaban todavía de un Imperio cristiano unitario, y fue hacia al emperador hacia donde siempre se dirigió el Papado para obtener la ayuda militar de la que tuvo necesidad para hacer frente a los diversos enemigos que podían amenazarlo. Esos hechos favorecieron, por supuesto, la promoción ideológica de las empresas militares imperiales.