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En un principio, Rafe creyó haber oído mal, pero la mirada de Cass no había cambiado, y a él la sangre se le helo en las venas; el miedo le impedía respirar.

Matrimonio. Imposible pronunciar en voz alta esa palabra.

Cass parecía estar tan segura de que iba a decir que sí, que él era la respuesta a sus sueños, el elemento que le faltaba a su familia, e intento encontrar una forma amable de rechazarla, porque el problema no era que no la quisiera, sino que la quería demasiado.

Pero ella no iba a comprenderlo. De hecho, incluso a él mismo aquella razón le parecía algo irracional. Sólo sabía que su relación se alteraría irrevocablemente si se casaban.

—¿Por qué echar a perder algo tan hermoso como esto?

Apenas había formulado la pregunta, lo lamento, porque sabía perfectamente cuales eran las razones de Cass para querer un matrimonio. No le importaría vivir con ella, pero casarse… era un paso que no quería dar. Al mismo tiempo, el corazón se le encogía al pensar en la posibilidad de pasarse el resto de la vida solo. Quizás pudiera convencer a Cass de seguir tal y cómo estaban.

Al menos era lo bastante honesto como para admitir, aunque fuese sólo ante sí mismo, que la razón principal por la que no quería casarse era que tenía miedo de herirla. Sabía que podía llegar a convertirse en el mismo bastardo egoísta que había acabado involuntariamente con la vida de sus padres y su hermana. Además, como amante, habría un límite en las cosas que Cass esperaría de él: no esperaría que le ayudase a educar a Andy. No esperaría que acudiera a la iglesia con ella. No esperaría palabras de amor que él jamás sería capaz de decir en voz alta.

Ella se levantó y tras enderezarse el camisón, se cruzó de brazos, y él salió de la habitación para deshacerse del preservativo. La vida siempre encontraba la forma de echarlo todo a perder cuando las cosas empezaban a sonreírle.

Al volver, se encontró con que Cass se había puesto la cazadora encima del camisón. Desde luego, era capaz de hacer daño de las formas más insospechadas, porque con aquella cazadora no sólo se estaba cubriendo de él físicamente, sino que la estaba utilizando también para cubrirse el corazón.

Había apagado todas las velas y aquella música romántica había dejado de sonar. La había herido, y ya no podía hacer nada para evitarlo.

—Demonios, Cass… ¿por qué has tenido que sacar ese tema esta noche? Ya sabes lo que pienso del matrimonio.

—Creía que habías cambiado de opinión.

Rafe se sentía fatal. La expresión de Cass era suficiente como para hacerle desear cambiar de opinión. Iba a pasarse la eternidad en el infierno por aquello; sin duda. Cass se estaba desmoronando ante sus ojos y él era el culpable. Llevaba tiempo

sabiendo que aquello iba a ocurrir, pero no podía hacer lo que ella le pedía. No podía enterrar a otro Santini.

—No puedo —le dijo con suavidad—. Si te hago mi esposa, Cass, y luego te ocurriera algo…

Pero no podía admitir algo que casi era incapaz de formular. Cass se acerco a él y la abrazó. Sus curvas encajaban a la perfección con su cuerpo y Rafe supo que ninguna otra mujer sería como aquella, y se maldijo por haberse rendido al deseo que había despertado en él. Por mucho que la desease, no tenía derecho a tocarla, ni a besarla ni a unirse con ella. No era justo para ninguno de los dos.

—No permitiré que ocurra nada.

Cass tenía la confianza inocente de alguien que creía en los finales felices. Alguien convencido de que, si uno creía de verdad en una meta y trabajaba lo bastante duro, siempre iba a alcanzarla. Pero él ya no creía en eso. Hacía tiempo que había dejado de hacerlo.

—Cass, esto no es un juego. Soy responsable de las muertes de mis padres y de mi hermana, y no podría seguir viviendo si algo os ocurriera a Andy y a ti.

—Tú no eres responsable de las muertes de tus padres —contesto, con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí que lo soy.

—¿Es que los mataste tú?—le preguntó con un hilo de voz. —No, por Dios.

Espero sin decir una palabra. Su proposición la había dejado desnuda ante él, y Rafe era consciente de que debía decirle la verdad, aunque no quisiera.

—Mis padres murieron en un accidente de coche. La vista de mi padre se había ido debilitando con los anos, pero el muy cabezota no quería ponerse gafas. Yo no le dejaba conducir por la noche, pero Angélica tenía un recital y yo llegué tarde a buscarlos. La verdad es que me olvidé por completo de que me estaban esperando, y mi padre saco el coche. Iban tarde, e iba pisando a fondo el acelerador. Las carreteras estaban mojadas y resbaladizas…

No podía seguir. Cass lo abrazó, lo acarició, susurrando palabras de consuelo. —Eres tan dulce, Cassie… pero es que tú no lo entiendes.

—Las carreteras también habrían estado mojadas si hubieras conducido tú. —Pero no fue esa la causa de su muerte.

—No comprendo.

—Lo sé. Me olvidé de ellos porque estaba con una mujer; llevaba tiempo intentando seducirla y por fin lo había conseguido. La lujuria me hizo olvidarme de mi familia.

Y apartó a Cass. No era digno de aquella mujer, ni del papel de padre, ni de llegar a engendrar un hijo, aunque Dios sabía que eso era lo que deseaba, lo que necesitaba; verla con su hijo.

—Pero eso no podría volver a ocurrir.

—Sí que podría. Soy incapaz de controlar mis acciones en lo que a ti respecta, y si algo llegase a ocurrirte… Compréndelo. No puedo correr ese riesgo.

Cass cerró los ojos y se acerco a la ventana.

—Y yo no puedo seguir así. Te quiero, pero mantener una relación como ésta va en contra de todo en lo que siempre he creído.

Le quería. Sus padres y su hermana también le habían querido, pero eso no había impedido que murieran en un absurdo accidente. Un accidente que él podría haber evitado si no hubiera sido tan egoísta. Y lo único que ahora podía esperar era que la herida que le había causado sanase pronto.

—Entonces, ¿por qué me dejaste hacerte el amor?—le preguntó, acercándose a ella.

—Creí que… no sé. Que las cosas saldrían bien al final.

Que creyese en los cuentos de final feliz le molestó, porque sabía que iba a dejar de creer antes de que la noche acabase.

—Es una forma infantil de ver la vida, Cass. No existen los finales felices. La muerte de Carl debería habértelo demostrado.

Ella suspiro y miré hacia otro lado. —En eso tienes razón.

—Cass, dime que vamos a poder continuar tal y como estamos ahora, o me marcharé de aquí.

—¿Para siempre?

—No puedo seguir haciéndote daño. No lo soporto —ella fue a contestar, pero él le puso los dedos en los labios—. Ojala pudiera cambiar, Cassie, pero no puedo. Lo siento.

Ella apartó la mano.

—No, no es culpa tuya. Yo sabía que nuestra relación podía no funcionar, pero tenía que intentarlo.

La voz le falló en la última palabra y las lágrimas le rodaron por las mejillas. Rafe sintió que el corazón se le partía en dos, y la rodeó con sus brazos.

—Daría cualquier cosa para que esto pudiera ser lo que tú quieres.

Cass no volvió a hablar. Se quedó en sus brazos, llorando en silencio. Rafe la soltó cuando sus lágrimas habían cesado y la besó en lo alto de la cabeza.

Tenía que marcharse. Tenía que vender aquella condenada casa que acababa de comprar. Tenía que desaparecer cuanto antes de su vida para que ella pudiera encontrar al hombre que se merecía.

—Adiós, Cassie.

Y salió a la noche oscura. Se había sentido traicionado con la muerte de sus padres, y roto con la muerte de su hermana dos semanas después. Todas sus plegarias, todas sus promesas no habían significado nada. La vida era un asco.

Cass se quedó contemplando la fotografía que había mandado ampliar y enmarcar para Rafe. Estaban los tres, en el día de Acción de Gracias, Su hermana había capturado la imagen de Rafe sonriendo como si fuera el rey del mundo, y había pensado en regalársela para Navidad, pero ahora…

Era muy doloroso seguir viéndole, pensar en él, seguir echándole de menos. Sabía que, una vez hubiera desaparecido la vergüenza, la ira sería incontrolable. El no era el culpable; le había advertido de aquel posible final desde el principio. Era culpa suya. Había puesto sus esperanzas en algo que sabía que él no podía dar.

—¿Señora?

Cass miró al vendedor y se dio cuenta de que se había quedado allí de pie, suspirando.

—¿Cuánto le debo?

Pagó y buscó a Andy en la tienda. Jeff y él se llevaban ahora bastante bien, teniendo en cuenta que habían pasado sólo tres días desde la pelea. El primer día que los habían juntado, ni siquiera se habían dirigido la palabra, pero el aburrimiento les había empujado a hacerse amigos.

Salieron de la tienda de fotografía y entraron en el supermercado de al lado. Hay que ver qué distinto era llevar dos niños en lugar de uno. Juntos se volvían ruidosos y traviesos. Cass sacó un carro de fa fila, y sin querer tropezó con alguien mientras caminaba hacia atras. Era Rafe.

Por un momento, ninguno de los dos se movió, hasta que Cass sintió que su cuerpo empezaba a responder a su proximidad y se hizo a un lado.

—Lo siento —murmuró, tirando del asa del carro, pero aquel trasto se negaba a moverse. Quería escapar antes de que Andy se diera cuenta.

—Hola, Rafe.

Andy le había echado de menos aquellos últimos días, y poder hablar con su héroe estando delante su amigo no era una oportunidad que fuese a dejar pasar.

—Hola, socio.

Cass oyó el intercambio de palabras, pero no su significado. Ver a Rafe le resultaba más doloroso de lo que se había imaginado. Estar tan cerca de él era como darse un golpe en una rodilla herida con el pico de una mesa. Sabía que la herida estaba allí, pero hasta que no se la tocaba, podía olvidarse del dolor.

—Andy, vámonos. Tenemos un montón de recados que hacer todavía.

Cass no quiso rendirse a la mirada de su hijo. Se sentía como la madrastra de Cenicienta, pero no había más remedio.

De un tirón sacó el condenado carro de la fila, pero el paquete con la fotografía que llevaba bajo el brazo se le cayó al suelo. Unas tremendas ganas de llorar la asaltaron. Nada le estaba saliendo bien aquella semana. Se agachó para recogerlo del suelo, y colisionó con la frente de Rafe. Aquel hombre era una cabeza dura en más de un sentido.

Rafe la sujetó por un hombro. —¿Estás bien?

—Eso creo.

—¿Qué es? —le preguntó al recoger por fin el paquete. Cass sintió que las mejillas le ardían.

—Nada.

—¿No era nuestro regalo de Navidad para Rafe, mamá? Andy sería capaz de cualquier cosa con tal de no marcharse. —¡Andrew! —le reprendió.

—Voy a ver los cómics —dijo, y Jeff salió detrás de él.

Extendió un brazo para pedirle el paquete, pero Rafe no se lo devolvió. —Por favor.

—¿Qué es, Cass? ¿Qué me has comprado?

Su voz había cambiado el tono y sus sentidos lo estaban acusando. —Nada que importe ya. ¿Quieres devolvérmelo, por favor?

—Si ya no importa, ¿por qué no puedo verlo? —ella se encogió de hombros. No era la primera vez que se humillaba delante de aquel hombre, así que…

—Adelante —le dijo—. No vas a parar hasta saber lo que hay dentro.

Rafe rasgó el papel y sacó la fotografía enmarcada. Cass tenía los ojos clavados en el suelo. No quería ver su expresión.

Pero oírle suspirar la obligó a levantar la mirada. Sus ojos estaban llenos de un dolor insufrible.

—Gracias, Cass. Para mí significa mucho más de lo que te imaginas.

Cass ya no pudo aguantarlo más. Estaba claro que le importaba, pero también estaba claro que no estaba dispuesto a hacer algo al respecto. ¿Por qué no podía dejarla en paz?

—Me alegro de que te guste —espetó—. Y ahora, si me disculpas, tengo que hacer la compra. —Cass, no me hagas esto.

A ella tampoco le gustaba, pero…

—¿Qué no te haga qué, Rafe? Fuiste tú quien lo dio todo por terminado, ¿recuerdas?

Él masculló una maldición entre dientes, pero no lo bastante bajo como para que ella no lo oyera.

—Y deja de maldecir constantemente —empujando el carro, entró en la tienda—. Vamos, niños.

Andy y Jeff la siguieron en silencio, y para cuando hubo terminado con la compra, Rafe hacía tiempo que se había marchado. Dios, aquello iba a ser peor que la muerte de Carl, porque lo de su marido había sido irrevocable, mientras que Rafe seguía vivito y coleando, y justo al otro lado de la calle.

Era el viernes anterior al día de Navidad, y Rafe no se había sentido tan solo desde la muerte de su hermana. Cass le había hecho lamentar su decisión, pero él se negaba a dejarse convencer. Si sólo fuese él quien sufriera, habría podido soportarlo, pero sabía que su relación no podía continuar porque, irremediablemente, sería ella quien saliera malparada.

Estaba sentado en el porche tomándose un café que, por cierto, era bastante peor que el que hacía Cass, cuando su viejo Volvo apareció al principio de la calle, y él acarició el pequeño paquete que tenía en la mano. Tiró lo que le quedaba de café en la taza a las plantas y le ordenó a Tundra que no le siguiera.

Esperó a que Cass se bajara del coche antes de salir de su casa. Cruzó la calle con paso lento y calculado. Vio a Cass ponerse en guardia al verle acercarse. Por mucho que intentase salir de su vida, le resultaba imposible conseguirlo.

—Cass —la llamé cuando ella había subido ya los escalones del porche.

Ella se dio la vuelta y sus ojos le miraron fríos y duros a la luz de la mañana. Seguía resentida, y Rafe renuncié a cualquier esperanza de que Cass pudiera cambiar de opinión y volver a él… la absurda esperanza que había albergado desde haber visto aquella fotografía. Una esperanza más dura que cualquier otra cosa, porque tras la muerte de su familia, no había tenido más remedio que renunciar a ella; pero en el caso de Cass, había seguido esperando contra todo lo esperable.

—He recogido este paquete en tu nombre —dijo, y le entregó el paquete. Lo que no le dijo fue que había perseguido al mensajero por la calle para convencerle de que le dejase a él el envío. Cualquier cosa con tal de volver a verla, de volver a oír su voz.

Ella dudó, pero al final recogió el paquete. Nunca se había fijado en lo pequeñas que eran sus manos, pero en cambio sí que recordaba bien cómo eran sus caricias, y con un movimiento convulsivo, retiró la mano, al mismo tiempo que Cass hacía lo que él.

El paquete cayó al suelo. Cass le miró fijamente, y la frialdad desapareció, dejando en su lugar un profundo dolor. Dios… él no había pretendido hacerle daño… no había pretendido amarla.

—Cassie —gimió, y extendió los brazos como invitación.

Ella di un paso hacía atras rodeándose la cintura con los brazos. —No, Rafe, por favor.

Él recogió del suelo el paquete y se lo entregó con cuidado de no rozarla. Rafe estaba ya de espaldas cuando ella le rozó suavemente el hombro. —Gracias, Rafe.

—No hay de qué. Ya nos veremos, Cass. Y se alejó sin mirar atras.

Unos minutos más tarde, Cass salía a todo correr de la casa. Rafe salía de la suya para su carrera matinal con Tundra, y la vio subirse a toda prisa al coche y perderse en la calle. Veinte minutos después, volvía a casa. No le había servido de nada el ejercicio, porque no había podido dejar de pensar en Cass, y el teléfono sonó cuando estaba a punto de entrar en la ducha.

—Rafe, soy Iris, la madre de Cass.

—¿Sí, Iris? —preguntó, con el corazón en la garganta.

—Cass ha tenido un accidente. ¿Podrías ir a recoger a Andy al colegio?

Rafe sintió que la cabeza le daba vueltas y se sentó en la cama. Cass estaba herida, corría peligro. Iris hablaba rápidamente, pero él consiguió hilar unas cuantas palabras: un pulmón dañado por las costillas rotas.

—¿Dónde está?

—En el Centro Médico Orlando.

—Recogeré a Andy y nos encontraremos allí.