Rafe salió al porche con una taza de café en la mano. Si estaba allí antes de las siete y media, podía contemplar a Cass que salía a llevar a Andy al colegio. A aquellas horas siempre la veía alegre, y su día parecía ir mejor si lo empezaba con aquella imagen.
Pero al mirar hacia la casa de enfrente, se encontró con que la furgoneta de Cass ya no estaba. «Mierda», pensó, desilusionado. Odiaba tener que admitirlo, pero estaba empezando a depender de Cass Gambrel, aunque lo que era todavía más inquietante era saber que ella también sentía algo por él.
Dio media vuelta para entrar a vestirse para ir al trabajo cuando un paquete envuelto en papel de embalaje le llamó la atención. Estaba apoyado junto a la puerta, y su aspecto inocuo le atrajo como el clavo al imán.
Tundra subió de un salto los peldaños y se acercó a olfatearlo. —¿Qué te parece, chiquitina?
La perra ladró de una forma amistosa y Rafe comprendió que había reconocido el olor. Dejó la taza sobre la barandilla y lo recogió, sabiendo instintivamente que era de Cass.
Al quitar el papel, una nota cayó al suelo, e intrigado, se agachó para recoger aquella nota de color pastel.
La verdad era que aquel color resultaba ridículo en sus manos endurecidas por el trabajo. A veces olvidaba los rastros que en su físico dejaba su trabajo; olvidaba que ya no podía volver a ser un caballero.
La escritura era graciosa y femenina, pero también firme.
Un caballero debe ir bien vestido en todas las ocasiones. Feliz día de Acción de Gracias.
Rafe se sonrió, y Tundra mordió el lazo y salió corriendo con él en la boca. Dentro del paquete había siete camisas en varios colores y telas, y tras escoger una camiseta caqui, entro en su casa a darse una ducha. Un regalo de aquella clase exigía otro a cambio. ¿Pero qué?
Quizás algo de ropa. Una bata de esas tan especiales. Además, conocía la mejor tienda para hacer esa clase de compra. A Cass le gustaban las cosas bonitas, pero se había dado cuenta de que su ropa era, ante todo, práctica. Un regalo como aquél sería algo que ella no se comprase.
Quince minutos más tarde, Rafe salió de su casa, se subió al Jaguar y justo cuando iba a salir, Cass llegaba, así que aparcó al lado de su acera y bajó la ventanilla.
—Buenos días, Cassie.
Ella bajó la mirada y sonrió. Llevaba el pelo recogido en una coleta, lo que le hacía parecer más joven de lo que era.
—Señor Santini —dijo, en tono jovial—, bonita camiseta.
—Gracias —contestó él, sonriendo—. Es que me han dicho que un caballero debe ir bien vestido en todas ocasiones.
Cass enrojeció hasta las cejas y Rafe sonrió aún más. Ella hizo lo mismo, y a él el estómago se le contrajo por la emoción. El tiempo de esperar había pasado. Quería pasar la noche con ella.
—Rafe, quería invitarte a cenar con nosotros el jueves.
Se la quedó mirando un momento antes de contestar que no con la cabeza. Quería cenar con ella, hasta había pensado invitarla, pero no en el día de Acción de Gracias. Esas fiestas le recordaban siempre todo lo que había perdido. Tenía planes para ese día, pero desde luego no tenían nada que ver con estar rodeado de una familia.
—Es el día de Acción de Gracias, Rafe, y he pensado que quizás le gustaría conocer a mi familia. Siempre nos reunimos en mi casa ese día. En Navidad, vamos donde mi madre.
Por su forma de contestar, Rafe supo que le había hecho daño declinando su oferta.
—No puedo, Cass. Lo siento.
—No pasa nada —contestó ella, pero el daño seguía en sus ojos—. ¿Tienes otros planes?
—Sí.
No podía decirle que tenía pensado ir a Jimmy’s, un bar del centro, y emborracharse. Que sólo después de haber consumido toda una botella de whisky tenía valor suficiente para soportar el recuerdo de la muerte de sus padres.
—¿Con la familia? —Tengo que irme.
Subió el cristal de la ventanilla y pisó el acelerador.
Tenía que alejarse de Cass. Tenía que alejarse de aquella casa y de los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Tenía que olvidar que su madre habría querido a Cass y que su padre habría disfrutado de lo lindo con Andy. Que los Gambrel habrían sido bienvenidos en el clan Santini. Pero es que ya no había ningún clan Santini. Sólo un solitario superviviente.
Rafe fue maldiciendo hasta que la imagen de Cass ya no fue visible en el retrovisor. Quizás trabajando sin descanso consiguiera quitársela de la cabeza… sólo quizás.
Dos días más tarde, Cass estaba sentada en el suelo al lado de la cama que Rafe había comprado, intentando no pensar en él. El trabajo estaba casi concluido, lo cual
era un alivio, porque de esa forma podría librarse de una pieza que le empujaba constantemente a pensar en él, y de una forma, digamos, no demasiado propia.
En realidad era culpa de él. Todas las noches salía a correr por el barrio con aquellos pantalones tan sumamente cortos, lo que la obligaba a recordar cómo eran sus besos. Sin ir más lejos, la noche pasada había vuelto a soñar con él y con su cama. Su subconsciente aún no había registrado el hecho de que Rafe había decidido ignorarla.
La idea le hizo aferrarse al poste de la cama. Aquella pieza era uno de sus mejores esfuerzos, y mientras deslizaba la mano sobre la delicada talla del pie, intentó quitarse de la cabeza la imagen de Rafe tumbado sobre ella con tal solo sus pantalones de correr.
Entonces sonó el timbre de la puerta.
—¿Quién es? —preguntó desde dentro, mirando por la mirilla. —UPS. Envío para la señora Gambrel.
Cass abrió la puerta intentando recordar si había pedido algo últimamente. Firmó la nota de entrega y cerró la puerta antes de abrir el paquete. Era un camisón de satén rojo.
—Dios mío… —musitó.
La única persona que podía enviarle una cosa así era Rafe. Sólo un hombre decidido a seducir a una mujer podría comprar algo así. Solo Rafe tendría el valor de enviarle algo tan descarado e ignorarla después.
Lo sacó de la caja y se ruborizó al ver que el delantero era de encaje, y que la espalda lucía un escote en forma de uve que llegaba hasta la cintura. Aquel camisón no era para dormir, sino para tentar. Jamás tendría el valor suficiente para ponerse algo así.
¿Por qué se lo habría enviado? Se acordaba muy bien de la mañana que le había enviado las camisas. En un primer momento, se había acercado a ella siendo un hombre tierno, amable, como si hubiese encontrado algo largo tiempo perdido.
Pero después se había alejado de ella convertido de nuevo en el hombre frío y distante que había sido en un principio. Rafe había cambiado en cuestión de segundos y ella sabía bien por qué. Temía que estuviese considerando la posibilidad de ponerle un anillo en el dedo. Y no podía culparle por ello, porque era una madre soltera que algún día quería volver a casarse. Pero Rafe no estaba en el mercado.
Sacudió el camisón para encontrar una tarjeta, e instantes después vio caer una al suelo. Esperaba que hubiese enviado el paquete después de su confrontación, pero en el fondo sospechaba que lo habría hecho antes. Preocupada y excitada al mismo tiempo, la sacó del sobre.
Creo que una dama debe ir bien vestida especialmente por las noches.
¿Querría eso decir que sus palabras le habían parecido arrogantes? Miró aquel precioso camisón e intentó contener las lágrimas. Ningún hombre le había hecho un regalo así. Ni siquiera Carl. Él solía regalarle batidoras y aspiradoras.
El repentino ladrido de un perro le hizo asomarse a la ventana. Rafe y Tundra aparecieron ante sus ojos, y no pudo evitar preguntarse si no habría preparado él deliberadamente la llegada, aunque dudaba que pudiera saber la hora exacta de entrega del paquete.
De pronto se enfadó consigo misma y con él. Rafe era un hombre al que quería conocer, con el que quería pasar más tiempo, con el que deseaba acostarse, pero que no estaba hecho para ella.
Su experiencia anterior y la de él trabajaban en contra de ambos. Algo en la vida de Rafe debía haberle enseñado a huir de los compromisos, aunque fuesen a corto plazo. Y a ella, por su educación, le resultaba imposible quererlo sin que mediase un compromiso.
Así que, decidida a hablar con Rafe, salió al porche. Lo primero que tenía que hacer era averiguar por qué había rechazado su invitación para el día de Acción de Gracias. Le conocía lo bastante como para saber que sus otros planes no eran más que una excusa. Demonios, no tenía por qué conocer a su familia si no le apetecía.
—Raphael Santini —le llamó en voz alta. —Señor… —contestó él.
—Quiero hablar contigo —le dijo desde el primer peldaño de la escalera.
Él cruzó la calle y subió los peldaños. Cass le vio mirarle las manos, y recordó el camisón.
—Gracias.
—De nada. Quería que el regalo fuese algo… —se encogió de hombros—. No importa. La razón ya no existe.
—Dímela de todas formas —le exigió, con más valor del que había sentido nunca.
—Es que no te va a gustar.
Se le quedó mirando fijamente, esperando que contestase. Aquella vez no iba a dar marcha atrás. Necesitaba comprender a aquel hombre al que estaba comenzando a querer.
—Sabía que tú nunca te comprarías un camisón así —dijo, y tocó el tejido—. Y quería imaginarte durmiendo con algo tan bonito como tú.
—Rafe —dijo, apenas susurrando. Tenía ganas de echarse a llorar. Estaba claro que el regalo no había sido algo elegido al azar, sino cuidadosamente meditado.
—Pero aunque es precioso, ni se acerca a tu belleza.
Él acarició su mejilla y ella se apoyó en su caricia. Se quedaron así unos instantes hasta que Cass recordó que tenía algo más que preguntarle.
—¿Qué fue lo que te molestó la otra mañana? —le preguntó—. Le he dado cien vueltas a lo que te dije y no soy capaz de saber en qué te ofendí.
—No es nada que tú hayas dicho —contestó, besándola en lo alto de la cabeza. —Ayúdame a comprender.
Los dos se sentaron en la escalera.
—Mis padres murieron en un accidente de tráfico el día de Acción de Gracias. —Rafe… lo siento muchísimo —ahora comprendía su dolor. Sabía muy bien cómo la muerte de un ser querido podía destrozarte por dentro. Pero también sabía que su herida aún no había comenzado a sanar—. Pero no puedes pasarte todo el día solo.
—Voy a irme a Jimmy’s.
—¿Es amigo tuyo? —le preguntó. Quizás fuese alguien de su trabajo. —No —contestó él sonriendo—. Es un bar.
—Nunca lo había oído.
—Esta en el centro, cerca de Church Street. —¿Un bar?
Él asintió y miró hacia otro lado.
—Rafe, el alcohol no es nunca la solución —le reprendió.
—Lo sé, Cassie, pero es mejor que quedarse sentado en casa recordando.
—Lo que deberías hacer es venir a mi casa —le dijo, acurrucándose en su abrazo—. Mi cuñado es el único hombre de la familia, y le encantaría contar con compañía masculina.
Rafe se quedó mirando sus manos entrelazadas. —Creo que eso sería aún peor.
—No somos ogros, Rafe. Tony es encantador, sobre todo si está con alguien a quién le gusta el fútbol.
—Estoy seguro de que tu familia debe ser estupenda… pero es que no quiero conocerlos, Cass. No quiero volver a sentir. No quiero sufrir.
Cass comprendió que no sólo se estaba protegiendo a sí mismo, sino a Andy y a ella también.
—Gracias por explicármelo.
Él no dijo nada más, y ella tampoco, pero Cass tuvo la certeza de que habían llegado a un plano nuevo, y no estaba dispuesta a renunciar a Rafe. Tenía potencial de sobra para ser un compañero maravilloso, y esa iba a ser su meta.
Alguien llamaba a su puerta. Rafe lo había estado esperando. Sabía que Cass intentaría una vez más convencerle de que fuera a su casa.
Pero cuando abrió la puerta, fue Andy quien estaba detrás. El chico parecía incómodo con el traje de chaqueta que le habían puesto, y cambiaba su peso de un pie al otro.
—Hola, Andy. ¿Qué hay? —le preguntó, apoyado contra el marco de la puerta. —Mi madre me ha dicho que te diga que todos se van a marchar a las seis. —De acuerdo.
Cass era única; había sido capaz de encontrar la forma de hacerle saber que no estaba sólo.
—Mamá me ha dicho que te invite a cenar. —Gracias por traerme el mensaje, socio.
—De nada. Además, no podía seguir allí ni un minuto más. Están todas mis primas.
—¿Y qué pasa?
—Pues que están empeñadas en que juegue a los novios con ellas. ¡Puaj! Preferiría comer brócoli.
Rafe contuvo la risa, porque sabía que Andy se ofendería.
—Te entiendo. Mi hermana me obligaba a jugar a las casitas con ella una vez a la semana.
—Qué asco. ¿Por qué las chicas son tan tontas? Una pregunta difícil de contestar.
—Cuando crecen se les pasa, créeme.
—¿Quieres venirte conmigo? El tío Tony se ha encerrado en el cuarto de estar. Seguro que podríamos colarnos sin que nadie nos viera.
«Así que no ibas a permitir que llegasen a importarte, ¿eh?» En fin, un día no podía marcar demasiada diferencia. Además, el daño ya estaba hecho. Haría lo que pudiera por el niño y desaparecería después.
—Vale. Espera que me cambie.
Rafe se vistió con una de las camisas de Cass y unos vaqueros limpios, y mientras se peinaba, se dio cuenta de que las manos le temblaban. Las familias le asustaban más que cualquier otra cosa en el mundo. ¿Y si hacía algo que pudiera herir a Andy? ¿Y si le hacía daño de la misma forma que se lo había hecho a su hermana?
«Ánimo, hombre» se dijo, mirándose al espejo, y tras cerrar la puerta, salieron Andy y él.
El niño estaba inusualmente dicharachero. —Oye, Rafe…
—Se suponía que yo no tenía que invitarte ni insistir, ni nada de eso. —No te preocupes. No lo has hecho.
Entraron en la cocina y Rafe tuvo la sensación de haber retrocedido en el tiempo. Los olores del día de Acción de Gracias le rodearon: el pavo tostándose en el horno, las tartas enfriándose sobre el mostrador, voces femeninas hablando todas al mismo tiempo y preparando la comida.
Incluso esperó ver a su hermana y a su madre en el grupo. Todo le resultaba tan familiar… la única diferencia era que en su casa tomaban lasaña en lugar de pavo. Los recuerdos le sobrecogieron y estuvo a punto de dar media vuelta y desaparecer, pero entonces vio a Cass.
Dejó la cuchara que tenía en la mano sobre el mostrador y se acercó a él, y cuando le rodeó con sus brazos, Rafe supo que todo iba a salir bien. No le gustaba ser consciente del poder que aquella mujer tenía sobre él, pero por un día no iba a pasar nada.
—Feliz día de Acción de Gracias, Rafe —le dijo suavemente, antes de besarle en los labios.
Un aplauso espontáneo surgió de toda la cocina. Cass enrojeció y le condujo al centro de la habitación.
—Os presento a… a mi vecino de enfrente, Rafe Santini. Rafe, ésta es mi familia. El resto del día pasó en un abrir y cerrar de ojos. Estuvo charlando con la madre de Cass, Iris, que se movía por la cocina con una gracia y una elegancia innatas, dejando a su paso un suave perfume de Chanel. La hermana mayor de Cass, Eve, se pasó veinte minutos contándole su noviazgo con Tony, y la hermana pequeña, Sara, le entretuvo contándole un montón de historias de cuando Cass era pequeña. Pero la única mujer de la que no podía apartar los ojos era Cass. Brillaba como un espejo puesto al sol, absorbiendo y reflejando felicidad por todos sus poros.
Rafe y Tony fueron reclutados para ayudar a machacar las patatas y rellenar el pavo. Tony se alegró de contar con compañía masculina y entretuvo a Rafe hablando de futbol. Fue el mejor día de Acción de Gracias desde la muerte de sus padres, y todo se lo debía a Cass.