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Katherine Garbera 10º Serie Multiautor Mujeres para mirar

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Katherine Garbera

10º Serie Multiautor Mujeres para mirar

El vecino de al lado (1998)

Título Original: The bachelor next door (1997) Serie Multiautor: 10º Mujeres para mirar Editorial: Harlequín Ibérica

Sello / Colección: Deseo 746 Género: Contemporáneo

Protagonistas: Rafe Santini y Cassandra Gambrel

Argumento:

Cass Gambrel sentía un escalofrío al recordar el día que Rafe Santini había

acudido a rescatarla. Aquel hombre tan irritante la había liberado con un

brillo en los ojos que parecía decir que estaba interesado…pero sin

compromisos. Precisamente la clase de hombre que ella no necesitaba.

Rafe sabía que muchas mujeres eran capaces de cualquier cosa para que no

quedase un solo hombre en la ciudad sin un anillo de boda en el dedo. Pero

él no tenía intención de caer en esa trampa. Aún así, había algo en Cass que

le estaba quitando el sueño y hasta le hacía preguntarse si no habría llegado

el momento de dejar de ir de flor en flor…

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Capítulo Uno

—Mamá está atrapada en el baño y yo tengo que irme al colegio.

Rafe Santini se pasó una mano por los ojos somnolientos, deseando que aquella diminuta aparición que había delante de su puerta desapareciese de inmediato. Echó un vistazo a su reloj. Eran las siete de la mañana. Bostezó, estiró los brazos y volvió a mirar.

El niño seguía estando ahí. Rafe no sabía nada de niños y se sentía muy a gusto así. Aquel niño había invadido su retiro, y aunque en parte lamentaba aquella intrusión, también se sentía intrigado por aquella extraña situación.

—Por favor, señor… ¿va a ayudarme?

El niño tenía los ojos llenos de lágrimas y Rafe tuvo miedo de que se echara a llorar.

—Está bien. Espera un momento.

Se calzó con las sandalias de cuero que había dejado en el porche y que utilizaba para los paseos nocturnos con el perro, y dudó si buscar una camisa, pero el niño parecía demasiado desesperado como para perder ni un minuto. Aquel chiquillo vivía en la acera de enfrente. Le había visto haciendo los deberes en el porche varias veces.

El jardín estaba limpio y arreglado, sin juguetes, bicicletas ni piscinas de plástico que evidenciaran la presencia de un niño.

Una furgoneta Volvo, vieja y bastante cascada, estaba aparcada al lado de la casa, y el niño le tomó de la mano para que entrase rápidamente. Al abrir la puerta, un suave olor a flores les recibió.

La casa era similar a la suya, a excepción de las reformas. El suelo de madera brillaba, cubierto parcialmente por alfombras tejidas a mano. La barandilla de la escalera estaba tan limpia que se apreciaban perfectamente los dibujos de la madera. La de su casa seguía cubierta por años de suciedad y capas de barniz, pero esperaba dejarla en aquellas mismas condiciones cuando terminase de limpiarla.

—¡Andy! ¿Dónde estás? —llamó una voz desde el piso de arriba—. Será mejor que subas inmediatamente. ¡Andy!

La voz se iba enfadando por momentos. —Será mejor que nos demos prisa.

El niño subió escaleras arriba seguido de Rafe, y ambos se detuvieron frente a la puerta del baño.

—No te preocupes, mamá. He traído ayuda.

—¿Quién es? La única persona con la que le dejo hablar está de vacaciones. —No te preocupes. He traído al señor que vive enfrente. El que dijiste que tenía un trasero bonito.

(3)

—¡Andy! —protestó la voz, casi histérica.

Rafe prefirió ignorar el comentario; lo mejor sería sacar a aquella mujer cuanto antes si no quería que explotase allí dentro. Sonrió. Había formas peores de despertar. Quizás el día no fuese a ser tan malo.

Rafe se fijó más detenidamente en la puerta. El problema parecía ser un pequeño batallón de soldados de plástico que se habían atascado debajo.

—Recreando batallas, ¿eh?

El niño sonrió, y unos perfectos dientes blancos quedaron al descubierto. —Sí, Gettysburg. Estamos estudiando la Guerra Civil en el colegio.

—Andy, por favor, deja las batallas para otro momento —dijo la voz al otro lado de la puerta—. El problema no está en el campo de batalla sino en la cerradura, que debe haberse atascado.

—Lo siento, mami.

—No pasa nada, hijo. Creo que una horquilla de moño podría valer. —Me temo que no tengo ni una sola horquilla de moño —dijo Rafe.

La mujer se había tranquilizado y su voz había perdido el punto de histerismo. —Pero improvisaré ¿Tiene un destornillador?

—Abajo, en la cocina. ¿Qué va a hacer?

La preocupación había vuelto a aparecer en su voz. Seguramente estaba inquieta por tener a un extraño en su casa a solas con el niño. Pero él no era ni un violador ni un asesino, e iba a intentar rescatarla.

—Ve a traérmelo, Andy ¿quieres?

El chiquillo bajó rápidamente la escalera.

Rafe se agachó para examinar la cerradura. Tenía buenas manos, y se había pasado la mayor parte de su vida adulta trabajando en la construcción. Aquel antiguo picaporte sería más fácil de quitar de lo que lo habría sido un modelo nuevo. Pero no estaba seguro de qué clase de mecanismo iba a encontrarse dentro.

—Disculpe, señor, ¿sigue usted ahí? —la voz se había vuelto fría. —Sí, señora.

—¿Qué ha pensado hacer?

—Voy a quitar el picaporte. Si eso no funciona, tendré que sacar la puerta de los goznes.

¿Qué aspecto tendría aquella mujer? —Preferiría que no quitase la puerta.

Aquella frialdad estaba empezando a ponerle los nervios de punta.

—Yo también preferiría no tener que quitar la puerta, demonios, pero a no ser que quiera pasarse el resto del día ahí dentro, puede que tenga que hacerlo.

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—Y le agradecería que no utilizase esa clase de palabras. Andy está en una edad en la que es muy fácilmente influenciable.

Rafe masculló algo entre dientes en lugar de responder, en principio porque no sabía qué clase de respuesta se merecería un comentario como aquél. Lo único que quería hacer era sacarla de aquel cuarto de baño y marcharse a su casa. Sonrió. Debía estar nerviosa porque hubiese sabido qué opinión le merecía su trasero.

—Tranquilícese, señora.

—¿Quién es usted? —le preguntó, en un tono más relajado, casi resignado. —¿No lo sabe?

Hubo un silencio. —No nos conocemos.

—Rafe Santini. Soy su vecino de enfrente —sacó del bolsillo su navaja suiza y rascó en el agujero de la llave. Quería poder ver el mecanismo interno—. ¿Cuánto tiempo lleva ahí encerrada?

—Como una hora. Estaba dándome un baño. Me gusta quedarme un rato en el agua —hizo una pausa y carraspeó—. Señor Santini… mm… no pretendía parecer desagradecida…

—Aquí tiene —dijo Andy, que subía con el destornillador.

Rafe quitó la manivela. Debería haber tardado sólo unos minutos, pero Andy quería saber todo lo que pasaba y hacía preguntas sin cesar.

Cuando él era pequeño, hacia lo mismo con su padre, y eso le dio la paciencia necesaria para contestar a tanta pregunta.

Una vez quitó el picaporte, fue fácil abrir la puerta. Rafe esperaba encontrarse con una mujer de aspecto matriarcal, de formas redondeadas y suaves como las de su madre. Pero aquella mujer… demonios, aquella mujer era atractiva. Y aún más: sexy.

Tenía el pelo recogido en lo alto de la cabeza, y algunos mechones caían en torno a su rostro de formas suaves, y el color arena de su pelo contrastaba con el tono crema de su piel. Sus ojos eran del color de las hojas en otoño, y eso le hizo recordar el día de Acción de Gracias y su casa. La bata de seda que llevaba puesta apenas podía disimular la feminidad de sus curvas. Aquella mujer era una tentación, y se maldijo a sí mismo por haberlo percibido. Una mujer que, cuando iba a salir del baño, pisó uno de los soldados de la frontera de Andy, y de no ser por el rápido movimiento de Rafe, habría perdido el equilibrio.

Era como un capullo, ligero y tentador, y por un instante se olvidó de todo lo demás: del niño, de la rabia, de su ridícula opinión respecto a su trasero. Todo voló de su cabeza, excepto el hecho de que era una mujer y de que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que había tenido a una entre sus brazos. A una mujer que olía dulcemente, y no a perfume barato y whisky más barato aún. Una mujer que estaba haciendo todo lo posible por librarse de sus brazos.

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—Por supuesto.

La dejó en el suelo, lejos del ejército rebelde, y ella se ciñó su dignidad como si fuese un pesado abrigo de invierno. Un poco ridículo, teniendo en cuenta de que sólo llevaba aquel tejido de seda que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.

—Gracias —dijo—. Soy Cassandra Gambrel. Y a Andy ya lo conoce.

Su voz volvía a sonar dulce y suave, lo que le sorprendió. La mano que le tendió era delgada y fina, lo que le hizo sentirse grande y masculino. Problemas.

—Rafe Santini —se presentó.

—Gracias por rescatarme —contestó ella, cerrándose los delanteros de la bata. La piel de aquella mujer tenía el color más uniforme que había visto jamás. ¿Y su sabor? ¿Sería tan bueno como su aspecto? Hubiera querido acercar sus labios al pulso que le latía en la base del cuello.

—Le dejaré puesta la manivela.

—Es que la cerradura a veces se atasca —dijo ella—, pero, normalmente, si espero un poco, se suelta.

—Yo la arreglaré —dijo; necesitaba una distracción. Cassandra asintió.

—No estorbes, Andy —le dijo, deteniéndose al final del distribuidor. —Vale.

Rafe se sonrió al recordar cómo había sido para él crecer intentando luchar contra las limitaciones que imponían los padres.

—Ahora soy yo el hombre de la casa —le explicó el niño—, pero mamá no me deja hacer muchas cosas.

—Las madres son así.

Andy suspiró, y en aquel momento, pareció mayor de lo que era. —Sí.

La atención de Rafe pasó de la puerta abierta y de Andy a la mujer que caminaba por el pasillo. Su paso era suave y firme, y las caderas se balanceaban tentadoramente. ¡Demonios!

Una vez en su dormitorio, Cass se vistió rápidamente con lo primero que encontró y repitió su rutina diaria delante del espejo con toda rapidez, por temor a tener tiempo de pensar en él.

La parte trasera de Rafe Santini era digna de verse, pero era aún más impresionante de frente. Sus ojos eran de un gris brillante que hacía pensar en glaciares, pero con fuego ardiendo en sus profundidades. Tenía el pelo abundante y rizado, y su pecho desnudo le había hecho palpitar la sangre.

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«El que dijiste que tenía un trasero bonito». Las palabras de su hijo se repetían en su cabeza como una letanía. Hubiera querido morirse de vergüenza, pero aquella era la menor de sus preocupaciones.

No le gustaba la forma en que Andy miraba ensimismado al señor Santini, como si fuese un héroe o, peor aún, un candidato para padre. Andy tenía una forma de medir a los hombres que les hacia escabullirse y correr o mirarla a ella de una forma completamente distinta. Y si el señor Santini había pensado en ella como mujer, tenía la sensación de que sus posibilidades de supervivencia no eran buenas.

Desde la muerte de su marido hacia ya dos años, Andy había estado buscando un hombre que pudiese sustituirle. No abiertamente, claro, pero se había dedicado a estudiar a todos y cada uno de los hombres que iban conociendo. Y ella conocía lo bastante a su hijo como para saber que aprovecharía la oportunidad que le brindaba la reparación de la puerta para indagar en el pasado del señor Santini. Y lo haría con todo el entusiasmo de un paleontólogo a punto de descubrir los huesos de un extraño dinosaurio.

Cass sabía que iba a tener que disculparse con Rafe Santini, aunque la idea no le hiciera la más mínima gracia. Había sido grosera con él. Había dado la sensación de que sus preguntas le molestaban, cuando en realidad se trataba, simplemente, de que estaba acostumbrada a llevar el timón, a ser la responsable de solucionar todos los problemas, y le resultaba extraño tener que ser rescatada por un hombre.

Lo mejor sería ignorar el comentario de Andy; seguro que él hacía lo mismo. Además, ¿qué hombre querría hablar de su trasero?

Salió de nuevo al distribuidor y se sorprendió de ver la paciencia que tenía el señor Santini con su hijo. Era evidente que no tenía contacto regular con niños. Su lenguaje era deplorable, como si no se diera cuenta que los oídos jóvenes probaban y repetían cada palabra nueva que llegaba a su alcance. Y sin embargo, estaba haciendo un esfuerzo por ser agradable con su hijo, y parte de su incomodidad se disipó.

La curiosidad de Andy era insaciable. Volvía loco a todo el mundo. Pero aquel extraño, aquel hombre, parecía tener una paciencia ilimitada, y Cass sintió algo suavizarse en su corazón.

Carraspeó, y ambos se volvieron a mirarla.

—¿Puedo ofrecerle una taza de café, señor Santini? —Sí, gracias, señora.

Cassandra odiaba que la llamasen señora, pero prefirió contener la lengua después del comportamiento brusco de antes.

—Andy, prepárate para ir al colegio. —Pero mamá…

—Ahora, por favor.

El niño caminó hasta su dormitorio como si todo el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.

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—¿Ha terminado aquí? —le preguntó a Santini.

—Acabo de hacerlo. Tendrá que poner un picaporte nuevo. Además le he quitado el resbalón de la cerradura para que no vuelva a quedarse encerrada.

Sus ojos grises parecían brillar en la escasa luz del distribuidor. Nunca había estado tan cerca de un hombre tan viril como Rafe Santini. Tenía los músculos bien definidos, aunque no sobre desarrollados, y eso le hizo recordar cuánto tiempo llevaba sin hacer ejercicio. Le hizo sentirse desaliñada y sin forma.

—Ya estoy listo para ese café. —Por supuesto, sígame.

Ambos bajaron a la cocina. Había utilizado una greca de girasoles para alegrar la cocina y había comprado todos los accesorios con el mismo motivo. Su cocina le parecía soleada y acogedora, pero al verle a él allí, se lo cuestionó. Parecía fuera de lugar e incómodo allí.

En lugar de sentarse en la mesa que tenía en un rincón, Rafe se apoyó contra la encimera. Llevaba puestos unos vaqueros viejos que se pegaban a sus piernas como un guante, lo que realzaba su largura, y su pecho desnudo era incluso más tentador que la forma de su trasero. Se le imaginó como un gran gato tumbado sobre la hierba esperando ver aparecer su presa, e intentó convencerse a sí misma de que no tenía ningún parecido con un ratón.

La verdad es que su presencia la estaba poniendo nerviosa. Hacía muchos años que no entraba un hombre en su cocina, que no esperaba pacientemente a que terminase de hacerse el café, y se preguntó si se quejaría de lo poco cargado que lo hacía, igual que Carl.

—Gracias por venir al rescate —le dijo por llenar el silencio. —No ha sido nada.

Pero para ella sí; sobre todo el hecho de que hubiera sido descortés con él y ahora no supiera cómo sacar el tema.

—Señor Santini… —¿Sí?

—Eh… quiero disculparme por no haber sido más cortés con usted cuando estaba intentando sacarme del baño —él se la quedó mirando hasta que ella tuvo la certeza de que debía tener algo raro en la cara, de tal modo que se frotó la nariz antes de abrir el frigorífico para sacar la leche—. Es que no estoy acostumbrada a que haya hombres extraños en mi casa.

—En ese caso, no debería haber mandado al niño a buscar a nadie. Cass se quedó inmóvil.

—No le he mandado a buscar a nadie. De hecho, le había prohibido que lo hiciera, pero es que para Andy…

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Prefirió no terminar la frase. ¿Por qué iba a importarle a él que a Andy le encantase el colegio y aprender, y que estuviera dispuesto a cualquier cosa por no perderse un día de clase?

—Pues no ha sido demasiado obediente que digamos. ¿Cómo demonios sabe que yo no soy un asesino, o un violador, o algo por el estilo?

Cass estuvo a punto de atragantarse con el café, intentando encontrar una forma de defenderse de lo que sabía era una posición indefensible. Andy se había ido antes de que pudiera detenerlo. El niño cada vez era más impulsivo, pero eso no la excusaba por haberle dejado marchar.

—Tiene razón. No sé nada de usted, excepto que… —Que tengo un trasero bonito.

Dios mío… ¿por qué habría tenido que hacerle ese comentario a su hermana? Normalmente, Andy estaba metido en sus juegos y no prestaba atención a su conversación, pero aquel día era evidente que había escuchado.

—Y una perra. —¿Tundra?

—La hemos visto salir de paseo con usted. A Andy le vuelven loco los animales. La cafetera empezó a escupir los restos de café, y llenó la cocina con su ruido. —Mami, ya estoy listo para irme.

Andy entró en la cocina, vestido con unos vaqueros y una camiseta. Sus deportivas nuevas estaban inmaculadas, pero llevaba los cordones sin atar.

—Ven, Andy —le dijo, y se arrodilló para atárselos, agradecida por la distracción—. Ya está —dijo—. No te olvides de la comida, Andy.

Llenó dos tazas de café y le entregó una al señor Santini. —¿Leche o azúcar?

No quiso ninguna de las dos cosas. Andy tomó un puñado de galletas y le ofreció unas cuantas al señor Santini, que las aceptó.

—Vamos a llegar tarde —dijo Cass—. Andy, ¿has cerrado las ventanas de arriba?

—No —dijo—. Ahora subo de una carrera y…

—Yo cerraré la casa. Llévese a este hombrecito al colegio.

Cass dudó un momento, pero luego recordó que el señor Santini era el dueño de una empresa de construcción. La verdad es que sabía más del señor Santini de lo que debiera. Era un respetado miembro de la comunidad, y nada de lo que había en su casa era algo que él no pudiera permitirse sobradamente.

—Gracias —dijo, empujando a Andy hacia la puerta—. Ya le debo dos. —Adiós, señor Santini —dijo Andy, despidiéndose con la mano.

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Cass puso en marcha el coche, preguntándose cómo iba a arreglárselas con su vecino y con la deuda que había entre ellos. Y lo que más la preocupó fue que, durante todo el trayecto hasta el colegio, Andy no dejó de hablar de Rafe Santini.

Vio correr a su hijo hacia la puerta de entrada del colegio justo cuando sonaba la sirena. Andy se estaba convirtiendo ya en todo un hombrecito, a pesar de sus siete años, y no tenía más remedio que reconocer que empezaba a necesitar ayuda con él. La semana anterior había llegado a casa con un ojo morado, y aunque había seguido su dictado de no pelear, había en él una vena de testarudez que empezaba a ser difícil de manejar.

Y ahora tenía a un hombre viviendo enfrente, un tipo con el que Andy parecía haber establecido un vínculo inmediato. Los problemas empezaban a asomar por el horizonte.

Ahora aún podía manejarle, pero en unos años, Andy empezaría a meterse en problemas de verdad, y para eso, el señor Santini no podía ser de ayuda ninguna. Cada mañana, cuando salía a correr con sus pantalones cortos, tenía el aspecto que a cualquier joven le parecería el que un hombre debía tener: atleta y luchador en un solo paquete. De infarto.

Rafe conducía un Jaguar deportivo y seguramente saldría con mujeres de voluptuosas formas y rubias de bote. Desde luego, no era su tipo, y sin duda también, sería una mala influencia para un niño.

Aparcó el coche en el jardín, pero tardó un instante en parar el motor. La verdad es que no le apetecía demasiado bajarse del coche y tener que enfrentarse de nuevo a su vecino, pero en fin… no había más remedio.

Entró en la casa, llenó el termo de café y cruzó de nuevo la calle. Rafe estaba sentado en el porche, con su husky siberiano tumbado a sus pies, ambos totalmente relajados. Él tenía los ojos cerrados y Cass se quedó allí de pie, mirándolo.

—Lo que faltaba —murmuró—. Está dormido.

Pero él abrió sólo un ojo y la miró. Cass carraspeó y levantó en alto el termo de café.

—¿Quiere otra taza?

—Ése sí que es un gesto de buena vecina —contestó él perezosamente, y levantó la taza que tenía en el suelo.

El silencio pareció rodearlos de una forma agobiante y Cass combatió el deseo de salir corriendo hacia la seguridad de su casa. Su experiencia con hombres se reducía a la que había tenido con su difumo esposo Carl.

—Señor Santini… —Rafe.

Ella asintió, pero no utilizó su nombre de pila. —Tengo que decirle algo.

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—¿Y tiene algo que ver con mi trasero?

Cass enrojeció. Iba a tener que hablar muy seriamente con Andy cuando volviese a casa.

—No. Con otra cosa.

Él arqueó una ceja y la estudió con el mismo interés que lo haría un carpintero que fuese a atacar un pedazo de caoba.

—¿Y bien?

—Es que yo quería… —iba a ser más difícil de lo que se había imaginado—. Quería darle las gracias por haberme ayudado esta mariana y ver si hay algo que yo pueda hacer por usted para devolverle el favor.

—Bueno, pues ahora que lo menciona, hay algo que me gustaría que hiciese. Y la miró de arriba abajo de tal forma que partes de sí misma que habían estado durmiendo durante mucho tiempo parecieron despertarse en aquel momento. Cass movió con nerviosismo las manos y dio un paso hacia atrás.

—¿Qué es lo que quiere? —A usted.

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Capítulo Dos

El brillo burlón de los ojos de Rafe evitó que Cass hiciese el ridículo. Se obligó a sonreír e inspiró profundamente. Su pulso seguía siendo desagradablemente rápido, lo que le hacia sentirse como una colegiala.

—Estoy hablando en serio, señor Santini. —Llámame Rafe.

Tenía unos ojos diferentes, tan claros y brillantes en un rostro tan oscuro y burlón. ¿Alguna vez hablaría en serio? Pero recordar la preocupación que aquella mañana había mostrado por Andy le hizo recapacitar. Bajo el exterior de hombre despreocupado, había un hombre que hasta podía llegar a gustarle, y eso la asustaba.

—Esta bien… Rafe.

Su nombre le sonaba raro al pronunciarlo. Si se pareciera más a Tony, su cuñado, o a Marcus, el vecino ya medio calvo que vivía un poco más abajo, todo habría sido mucho más sencillo. Hasta podría haberse engañado fingiendo que podían llegar a ser amigos.

Pero no era así. Aquel hombre de ensueño era un italiano de piel morena que irradiaba toda la seguridad del mundo. Cass tragó saliva.

—Mi intención era darte la bienvenida al barrio y ofrecerme a devolverte el favor que me has hecho esta mañana.

Él arqueo una ceja y mostré una sonrisa que volvió a acelerarle el pulso. —¿Y qué diré al respecto el señor Gambrel?

Carl se habría hecho amigo de cualquier persona que la hubiese rescatado del baño. Nunca había sido celoso, sino un hombre firme, sensato y capaz de encontrar la calma en el caos. Aún le echaba de menos, pero al menos podía decir las palabras sin que el dolor le cerrase la garganta.

—Mi marido murió.

Rafe maldijo entre dientes y rozó su brazo. Tenía las manos endurecidas por el trabajo, y esa dureza pareció no casar con la suavidad de su voz.

—Lo siento. —Gracias.

Por fin había conseguido asimilar la muerte de Carl. Su marido pertenecía casi a otra vida, distinta a la que vivía ya, de no ser por Andy. Su hijo era un recordatorio constante de lo que una vez habían compartido.

Había algo en los ojos grises de Rafe que reflejaba el mismo dolor que ella había sentido tras la muerte de Carl… un dolor del que ya se había recuperado, pero del que él parecía seguir siendo presa. ¿A quién habría perdido?

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No sabía nada de su vida. Se había mudado al barrio hacía apenas dos semanas y sólo le había visto brevemente al salir por la mañana a correr o mientras jugaba con su perro. Y quizás fuese mejor así. Sin conocerlo, soñar con él había sido un pasatiempo inofensivo. Incluso hablar de él con Eve…

—Yo esperaba una oferta de limpiarme los cristales o los cuartos de baño —dijo él con una sonrisa diablesca.

—De eso nada —contestó ella, resistiéndose a devolvérsela—. Llámame si alguna vez estas atrapado en el cuarto de baño o en alguna otra habitación de la casa.

Él apoyó la taza en una rodilla y dejó la otra mano apoyada en el pecho, y por alguna extraña razón, Cass clavó en ella la mirada.

—¿No tienes que ir a trabajar? —le preguntó de pronto, preguntándose por qué le molestaría tanto que no llevase una camisa puesta. Casi todos los hombres del vecindario salían a la calle sin camisa en verano, pero no era lo mismo. La habían educado en la convicción de que ninguna persona decente debía salir a la calle sin estar completamente vestida, y ahora comprendía por qué.

—Estoy de vacaciones —contestó.

—Ah. ¿Y tienes algún plan? —le preguntó, esperando que él contestase que iba a marcharse a Hawaii o a África, por lo menos. A cualquier parte lo bastante lejos como para tener tiempo de acostumbrarse a la atracción que ejercía sobre ella.

—Sí. Quiero hacer habitable esta casa. —¿Ah, sí? ¿Tú sólo?

En su casa había trabajado una cuadrilla de veinte hombres.

—Mi cuadrilla vendrá a finales de semana para hacer el trabajo más general, pero la parte interior la voy a terminar yo mismo.

—Tienes una empresa de construcción, ¿no?

Emily, su vecina de atrás, se lo había contado todo sobre Rafe Santini.

—RGS Construcciones y Desarrollo —dijo con un toque de orgullo—. ¿Y tú? ¿Trabajas?

—Sí; soy madre, pero también llevo un pequeño servicio de antigüedades desde mi casa.

—¿Qué tipo de servicio?

—Restauro antigüedades y ayudo a mis clientes a localizar las piezas que puedan necesitar para completar una habitación.

—Parece interesante. No me olvidaré de ti cuando empiece a trabajar en el interior.

—¿Qué quiere decir RGS?

—Raphael G. Santini —tomo un sorbo de café. La perra se estiró perezosamente y de un salto bajo del porche para perseguir a una ardilla. Verla en movimiento era

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una delicia. Se movía con la habilidad de un cazador, y Cass sospechó que también Rafe debía moverse como un luchador.

Raphael. Qué nombre tan bonito. Su madre debía ser una persona muy

romántica para haberle puesto un nombre así. —¿Qué significa la G?

—Es la inicial de mi segundo nombre —contestó él.

—Muy gracioso, Santini. Vamos, confiesa. No puede ser tan malo —le presionó, utilizando la clase de mirada que siempre conseguía que Andy le dijese la verdad.

—De ningún modo —replicó él, y la expresión de su cara le sugirió que seguramente preferiría dejarse torturar antes que confesar su segundo nombre. Interesante.

—No te estoy intimidando, ¿verdad?

Estaba disfrutando de la compañía de Rafe como hacía tiempo que no disfrutaba de la compañía de un hombre.

—En absoluto —sonrió. —¿Puedo intentar adivinarlo? —Estamos en un país libre. —¿Es George?

Él negó con la cabeza. —¿Gary?

Otra negativa. —¿Gregory?

—Ríndase, señora Gambrel. Nadie en el mundo sería capaz de imaginarse ese nombre.

—Llámame Cass —le dijo sin pensar—. Esta bien, me rindo —claudicó—. En fin… ya nos veremos, Rafe.

—Gracias otra vez por el café, Cass.

Mientras caminaba hasta su casa, oyó a Rafe llamar a la perra con un silbido, y tuvo que obligarse a creer que solo iba a pensar en él como en un vecino… bueno, quizás también como alguien que podía ayudarle a disciplinar a Andy. Pero eso era todo.

«Maldito sea ese hombre y su trasero», se dijo, e inmediatamente añadió dos galletas a la lista de los castigos que ella misma había impuesto por decir palabrotas. A ese paso, no iba a poder volver a tomar postre hasta el año dos mil.

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Rafe trabajó toda la mañana y buena parte de la tarde en el tejado. El tedioso trabajo de quitar tejas le dejaba la cabeza libre para pensar, pero no consiguió pasar de la mujer que vivía al otro lado de la calle. Una semana había pasado desde que la rescatara del cuarto de baño, y aún no había conseguido quitarse de la cabeza la sensación de tenerla entre los brazos.

Y para colmo, Andy rondaba constantemente su casa, bombardeándole con preguntas sobre cada trabajo que hacía. En un principio, el crío le había resultado molesto porque, además, no sabía muy bien cómo contestarle, pero Andy era tan serio, casi como un mini adulto en lugar de un niño, que resultaba fácil hablar con él.

Rafe siempre había procurado mantenerse alejado de las mujeres tipo familiar. Esa clase de mujeres que buscaban un hombre que fuese su marido y padre de sus hijos. Esa clase de mujeres que no se daban por satisfechas hasta casar a todo soltero que conociesen.

Le gustaba estar solo, ir y venir a sus anchas y sin tener que darle explicaciones a nadie. Su negocio marchaba sobre ruedas y su vida seguía el camino que él quería, y no iba a arruinar todo eso dejándose llevar por la atracción que pudiera sentir por una madre soltera. Aunque el discurso de su libido fuese precisamente el contrario.

Se bajó del tejado y sacó una cerveza de la nevera que tenía en el porche. Quizás lo mejor sería colgar el aro de baloncesto y ver si podía tentar a algún vecino con un partidillo.

Colgar el aro le costó quince minutos, terminó su cerveza de un trago largo y sacó el balón de una caja guardada en el garaje. Entonces salió a la acera y botó el balón un par de veces.

—Hola, señor Santini —interrumpió la voz tímida de Andy Gambrel, y sintió deseos de volver a entrar.

Estaba intentando olvidarse de Cassandra Gambrel, y su hijo no iba a ayudarle a conseguirlo.

—Hola, Andy. ¿Qué tal el colegio? El niño sonrió.

—Bien. ¿Qué está haciendo?

—Jugando al baloncesto. ¿Quieres echar un partido?

Andy miró por encima de su hombro antes de asentir. Rafe sabía que el niño estaba contradiciendo las órdenes de su madre.

—¿Has jugado ya alguna vez?

—No —contestó, algo nervioso, y volvió a mirar hacia su casa. —¿Quieres aprender?

Nunca había conocido a un niño tan serio. Andy parecía sopesar las consecuencias de todas y cada una de sus decisiones.

—Mi mamá dice que los deportes son para los grandullones, y que los pequeños como yo debemos dedicarnos al arte.

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Rafe experimentó una bocanada de resentimiento hacia Cass. El deporte ayudaba a desarrollarse a los chicos, aportándoles el entrenamiento y la disciplina que después podrían aplicar al resto de facetas de su vida. Andy iba a necesitar esa disciplina cuando llegase a la adolescencia. Demonios, ya la estaba necesitando. Pero él no tenía derecho a interferir.

—En fin, tu mamá manda, pero si cambia de opinión, házmelo saber.

Rafe botó el balón una vez más y lo lanzó al aro; una canasta limpia que ni siquiera tocó el aro.

—Nunca le he preguntado si me deja jugar. No creo que se enfade porque tire un par de veces.

El niño debía saber lo que se hacía, así que botó varias veces y lanzó un par de veces antes de pasarle el balón a Andy.

—Ahora tú.

Andy lo intentó, pero ni siquiera consiguió llegar al aro. El niño botaba el balón y miraba al aro como si fuese su enemigo; sus tiros tenían fuerza, pero seguía sin conseguir tan siquiera rozar el aro.

—No es culpa tuya, Andy. Es que el aro esta demasiado alto para alguien de tu tamaño.

—Entonces, mamá tenía razón —contestó él, tremendamente triste.

—Lo que necesitas es un aro más bajo —replicó Rafe—. O un poco de ayuda. Bota el balón y yo te levantaré cuando estés preparado.

Rafe oyó el ruido de una puerta al abrirse, pero siguió con la atención puesta en Andy. Era Cass quien les miraba, pero no quiso volverse.

Andy botó el balón un par de veces, Rafe le levantó en el aire y, los dos juntos, consiguieron una canasta. El rostro de Andy se iluminó.

—¡Canasta! ¡Toma ya! Mami, ¿me has visto? —preguntó, y echó a correr para aferrarse a las piernas de su madre—. No puedo creerlo.

Rafe vio el conflicto en el rostro de Cass. Orgullo mezclado con ira y temor. —Bien hecho, cariño, pero ya sabes cuáles son las reglas sobre el deporte. —Es que el señor Santini estaba conmigo.

—Está bien, pero la próxima vez quiero que me pidas permiso. —Gracias, mamá.

—Ve adentro y lávate las manos para cenar.

El niño entró corriendo en casa y Rafe esperó librarse también de una reprimenda, pero no fue así.

—Rafe, no me gusta que Andy juegue al baloncesto. Es bajito para su edad y no quiero que pueda hacerse daño.

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—No estábamos jugando al fútbol americano. Sólo hemos tirado unas cuantas canastas.

—Puede que esté exagerando un poco, pero es que no estoy segura de que Andy esté preparado para empezar a practicar ningún deporte. Sólo tiene siete años.

—No va a pasarle nada. Conoce tus reglas, Cass.

Ella asintió y después se cuadró de hombros, como preparándose para un asalto.

—Soy la presidenta de la comunidad de propietarios de Hollow Acres. —¿De verdad? Debes trabajar mucho.

—No me quita demasiado tiempo —contestó, y miró un momento por encima del hombro antes de continuar—. Ese aro va en contra de nuestras regulaciones.

—¿Cómo?

Sus ojos estaban serios, pero en ellos aún había algo del miedo por Andy.

—Esto es una advertencia. Tienes dos días para quitar el aro; de lo contrario, tendremos que multarte.

—Estas de broma, ¿no?

—Pues no, señor Santini. Estoy hablando muy en serio —se inclinó para acariciar la cabeza de Tundra, y la perra se tumbó boca arriba para que le acariciase la tripa—. ¿Es que no has leído el acuerdo de propietarios?

No lo había leído, pero es que no podía pensar en otra cosa que no fueran las piernas que dejaban al descubierto aquellos pantalones cortos. Se había imaginado que debía estar en forma, pero nunca que fuese a tener aquel tono muscular. Tenía unas piernas largas y delgadas y a él le hubiera gustado sentirlas en torno a su cintura.

Maldición. ¿De qué estaban hablando? Ah, sí, del acuerdo de propietarios. —¿Cuánto tiempo hace que se firmó ese acuerdo?

—Se firmó en l983, cuando las ordenanzas municipales del condado nos ordenaron igualar todas las fachadas.

Se levantó e hizo ademán de marcharse.

—En ese caso, puede que ya sea más que hora de que se actualicen esas reglas. Ella se detuvo y se volvió.

—Es posible, pero hasta que se revisen, ese aro tiene que desaparecer.

—¿Y si no desaparece? —le preguntó simplemente para evitar que se marchara. —Le multaremos —dijo—. Buenas noches, señor Santini.

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Condenada mujer. Bajo aquel exterior primoroso y contenido, rugía una tempestad. Una mujer a la que le gustaba reír y tomar el pelo. Decididamente, quería saber más de ella.

Cass sujetó el auricular del teléfono con el hombro mientras tapaba lo que había quedado de la cena con plástico transparente, y tras cerrar la nevera con la cadera, empezó a lavar los platos.

—Me pasaré a primera hora de la mañana, Dana.

Cass pensó en su amiga y co-presidenta de la asociación de vecinos. El hijo de Dana, Jeff, estaba en la misma clase de Andy, pero los dos niños no se llevaban bien.

Colgó el teléfono y miró por la ventana. El atardecer era ya noche, y las lámparas imitando a las antiguas farolas de gas acababan de encenderse. Le gustaba aquel barrio tan tranquilo con sus casa antiguas.

Andy estaba sentado en el porche delantero haciendo los deberes, y Cass terminó de fregar antes de sentarse con él. El niño había querido invitar al señor Santini a cenar, pero Cass le había quitado la idea. La influencia de Rafe sobre el niño se estaba desmadrando.

No es que Rafe animase a Andy, pero el niño pedía a gritos atención masculina. Un par de días antes, le había oído utilizar una palabra por la que sabía iba a merecer un estricto castigo. También le había visto dejarse la camisa por fuera y mover ligeramente las caderas al caminar, exactamente igual que él.

Rafe había incluido a Andy en un partido de softball el sábado anterior. El niño desde entonces no había dejado de hablar del tema y de preguntarle si no podría jugar en la liga de fútbol o de béisbol, y Cass sabía que tenía que poner fin a todo aquello.

El ladrido de Tundra anunció la llegada de Rafe antes de que hubiese girado en la esquina, pero Cass se dijo a si misma que no debía mirar. Cierto que era una tentación con aquellos pantalones tan sumamente cortos que utilizaba para correr, pero no pudo evitar que la mirada se le perdiera. Si Rafe fuera el ejemplo de qué efecto podía surtir en cualquier hombre correr unos cuantos kilómetros por la noche, media América invadiría las calles.

Tundra respiraba trabajosamente a su lado y Rafe saludó a Andy con la mano. El niño dejo el bolígrafo y miró a su madre.

—Mamá…

Andy nunca hacía las preguntas que con tan sólo una palabra o una mirada se podían contestar, y Cass, tras debatirse entre el sí y el no, se decidió al final por el sí. Andy sonrió encantado.

—¿Puedo jugar con Tundra, señor Santini? —Claro.

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Rafe se sentó en el primer escalón del porche y Andy le tiró un palo a la perra para que fuese a buscarlo. En un instante, el animal y el niño estuvieron jugando sobre el césped.

—¿Quieres tomar algo fresco? —¿Tienes cerveza?

Cass experimentó un repentino deseo de sentirse abrazada a él, de probar el sudor que hacía brillar su frente y experimentar aquel hombre de una forma que creía olvidada.

—No. Un té helado te vendría mejor.

A ella la habían educado en la convicción de que beber, si no era en las celebraciones familiares o en alguna fiesta, estaba terminantemente prohibido.

—No si tiene azúcar.

Siempre tenía la respuesta perfecta para irritarla. —Como si la cerveza tuviese algún valor nutritivo.

—De lo que carece como alimento lo compensa con el sabor.

Tenía que estar de broma. La cerveza sabía a…bueno, pues a cerveza. —Mi té no es demasiado dulce.

—Entonces, acepto.

Lleno dos vasos, uno para él y otro para ella y salió. Aquella iba a ser una buena oportunidad para pedirle que dejase de incluir a Andy en partidos y deportes, aunque claro, ¿cómo se le decía cortésmente a un hombre que no era buena influencia para su hijo?

—Gracias —dijo él cuando le entregó el vaso. Cass se sentó a su lado en el escalón.

—De nada —contestó, intentando ignorar el calor que irradiaba su cuerpo. Él tomo un sorbo largo de té y después se puso de pie.

—Ah, Andy, ¿tienes un balón de fútbol? El niño asintió.

—Ya que el baloncesto va contra las reglas, podemos jugar un poco al fútbol. —Mami…

—Si el señor Santini tiene un balón, no me importa que os lo lancéis —accedió ella, aunque a regañadientes.

—Pues sí que tengo uno —contestó Rafe sonriendo. —¡Bien!

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Santini llevaba muy poco tiempo en sus vidas, pero su influencia sobre Andy ya era grande, y observando como su hijo le miraba se preguntó cómo un hombre que pasaba la mayor parte de su tiempo con mujeres bonitas y coches rápidos reaccionaría ante la adoración de su hijo.

Rafe estaba empezando a enseñarle cómo parar el balón, y Cass pensó que su niño no tardaría demasiado en dejar de serlo para transformarse en un hombre, y una parte de sí misma quiso morirse. Había protegido con esmero a Andy, pero muy pronto él se desprendería de ese caparazón.

Rafe estaba enseñándole cosas que solo un hombre podía enseñarle a otro, y por un instante, viéndoles jugar, se olvidó de que no era la clase de hombre que forma una familia. Parecía estar a gusto con el niño quizás por primera vez, y le parecía imposible que aquél pudiera ser el mismo hombre que veía salir todos los días del barrio haciendo chillar las ruedas de su descapotable.

Entró a la cocina para prepararles algo de picar. Cuando terminasen de jugar, tendrían hambre. Había algo muy especial en estar preparando comida para dos hombres sudorosos, pensó con una sonrisa. Tundra se tumbó bajo el roble del jardín y Cass se sintió feliz por primera vez desde hacía mucho tiempo.

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Capítulo Tres

Rafe le lanzó el balón y vio como el niño saltaba para atraparlo. Aquel crío tenía potencial para ser un atleta; además, el deseo de conseguir hacer bien las cosas brillaba en sus ojos. Tenía la habilidad innata que pocos poseen y parecía disfrutar con cada deporte que le enseñaba. Y la sonrisa de su rostro borraba la mayor parte de la aprensión que solía sentir tratando con él.

Es que, durante la mayor parte de su vida, no había tenido contacto con niños. De hecho, la última vez que había estado con otros niños había sido…demonios, pues cuando él mismo era un crío.

Los niños eran entidades extrañas con los que Rafe no sabía muy bien cómo lidiar. Eran seres llorones, pegajosos y que siempre hablaban a gritos. Pero Andy Gambrel era distinto. Andy proyectaba una sensación de madurez, rara para ser tan joven.

Los demás niños del vecindario eran mayores que él, y Rafe le había visto jugar solo durante toda la semana, y había algo precisamente en la forma en que se entretenía él sólo que había despertado su simpatía. «Ningún niño debería pasar tanto tiempo solo». Él nunca lo había estado, y por alguna razón no quería que el hijo de Cass lo estuviera.

Andy le lanzó el balón y Rafe lo atrapó con una sola mano. —¿Alguna vez has ido a un partido de baloncesto, Andy?

—No; hemos ido al auditorio Bob Carr a ver obras de teatro y conciertos — contestó el niño e hizo una mueca de disgusto—. A veces vemos a la gente que va a los partidos de Magic.

—¿Qué obras has visto?

—Una francesa, Les Misérables —contestó el niño, pronunciando correctamente el título en francés—. No estuvo mal al principio, pero luego estuvieron demasiado rato cantando. A mamá le encantó. Hasta lloró y todo —Rafe se echó a reír—. Seguro que Orlando Arena es un sitio genial.

El toque de envidia de la voz del niño era apenas perceptible, pero estaba ahí, y Rafe se preguntó si su madre se había dado cuenta de lo mucho que su hijo deseaba ir a un partido. Seguramente no, porque de haberlo sabido, le habría llevado. Era una madre buena y que se preocupada por su hijo, aunque quizás un poco sobre protectora.

—¿Has visto algún partido de Magic? —Sí. Tengo un abono de temporada.

—Ah —suspiró el niño con tanta tristeza que Rafe tuvo que ocultar una sonrisa. Andy no era tonto, y había comprendido que preguntar más, sería manipularle.

Lanzaron el balón unas cuantas veces más. —¿Te gustaría venir alguna vez a algún partido?

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—Me encantaría, pero mamá no me dejaría ir. Todavía no ha dejado de quejarse por lo del partido de softball de la semana pasada.

Cass tenía que aflojar las riendas un poco. Su hijo estaba convirtiéndose en un hombrecito, y ella no dejaba de ponerle impedimentos a cada paso del camino.

—Pues intentaremos convencerla de que venga con nosotros —sugirió. —¿Tú crees que querrá?

Pues la verdad era que no, pero no podía decirle eso a su hijo. —Por preguntar, no va a pasar nada.

Se unieron a Cass poco después, cuando ella volvió a salir con más té helado y unos bollitos recién horneados. Cass era el ideal de madre de cualquiera: dulce, firme y afectuosa. Se ocupaba de la casa, trabajaba, y estaba allí para cuando Andy volvía del colegio.

Y al mismo tiempo, tenía un cuerpo tan sexy que le hacía pensar en las largas horas que podría pasarse con ella en la cama. Esa era la razón de que siguiera volviendo a su casa, de que soportara sus sermones sobre utilizar correctamente la gramática y de no utilizar palabras malsonantes. Era el ideal de mujer perfecta, razón por la cual nunca se permitiría tener una aventura con ella. Cass era de esas mujeres con las que había que comprometerse, y eso era precisamente lo único que él no podía ofrecer.

—Cass, he invitado a Andy a venir conmigo al partido de Magic de mañana por la noche, y me gustaría que vinieras con nosotros. ¿Qué te parece?

Sus ojos color avellana se sobresaltaron y vio la negativa escrita en su rostro antes de que la pusiera en palabras.

—Gracias por invitarnos, pero Andy y yo no podríamos encontrar entradas para ese partido. Tengo entendido que están todas vendidas.

Condenada mujer… siempre tenía alguna excusa a mano, pero aquella vez estaba preparado.

—Tengo abonos de temporada.

Ella miró a su hijo, y Rafe la vio medir las consecuencias de la negativa. Al final suspiró.

—En ese caso, estaremos encantados de ir contigo.

Cass se pasó la mañana pretendiendo no pensar en Rafe. Andy no había dejado de hablar del partido durante toda la mañana, y recordarlo le hizo suspirar.

Por naturaleza era una mujer serena e imperturbable, pero Rafe Santini tenía una forma de comportarse que le hacía olvidarse de ser serena e imperturbable. Su personalidad multidimensional le ponía los nervios de punta. Aquel condenado hombre le hacía sentir un escozor en partes de sí misma que tenía olvidadas… en

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emociones en las que hacía tiempo que no pensaba. Le hacía sentirse vulnerable, lo cual no era necesariamente peligroso, ya que también la hacía reír.

Le gustaba su sentido del humor, la paciencia que demostraba con Andy y, sobre todo, la forma en que terminaba todos los trabajos que empezaba, por largos y tediosos que pudieran ser. Simplemente: le gustaba; y eso sí que era peligroso.

Trabajaba en su casa con unos pantalones viejos tan cortos que deberían ser ilegales; la tela se le pegaba de tal manera que se podía adivinar cada uno de sus músculos. Su trasero había sido precisamente lo que primero le había llamado la atención de él, y en aquel momento no hubiera podido despegar los ojos de aquel lugar aunque lo hubiera intentado. Estaba en el jardín, levantando una caja de tejas mientras tarareaba una canción country y movía las caderas al ritmo. Cass no tuvo más remedio que sonreír; desde luego, Rafe tenía su propio estilo, si es que se le podía llamar así, e intentó imaginárselo en la portada de alguna revista de moda. La idea le obligó a ahogar la risa.

Como siempre, no llevaba camisa. ¿Por qué no podía tener algún que otro michelín en la cintura? ¿O la tripa redondeada y las piernas torcidas? ¿Acaso era demasiado pedir?

Los músculos se le marcaban a cada golpe que asestaba con el martillo. Cass se quedo medio hipnotizada contemplando su espalda hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. «Haz el favor de controlarte, mujer», se regañó.

Rafe le hizo un gesto de saludo y Cass supo que la había pillado con las manos en la masa, pero no tuvo más remedio que levantar también la mano, y él la sonrió de tal manera que deseo salir corriendo a esconderse dentro de la casa.

Tenía que prestar atención a la silla victoriana que estaba tapizando para la señora Parsons. El martilleo cesó y Cass volvió a mirar con el ceño fruncido. Rafe estaba haciendo el trabajo de varios hombres él solo. Extendió el rollo de tela asfáltica sobre el tejado y lo claveteó antes de volver a empezar con todo el proceso. A aquel paso, la pequeña porción de tejado que estaba restaurando no estaría terminada hasta por la noche.

Terminó con la tapicería, se puso de pie y se sacudió los jirones de tela de sus pantalones cortos. Su madre la había educado en la creencia de que debía ser buena vecina, y eso quería decir que debía ofrecer su ayuda, así que cruzó la calle y se protegió los ojos del sol para mirar hacia arriba.

—Hola, Santini.

Quería poner distancia entre ellos, y utilizar su apellido le ayudaba a pensar que eran sólo amigos.

Rafe terminó de asegurar la sección en la que estaba trabajando antes de mirarla.

—Buenos días, Gambrel.

Cass deseó haberse cambiado los pantalones cortos por unos vaqueros antes de ir a su casa ya que, por alguna razón, Rafe parecía interesado en sus piernas. En

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líneas generales, estaba satisfecha de su aspecto, pero en aquel momento recordó los dos kilos que no había perdido desde las navidades pasadas.

—¿Necesitas ayuda?

—No —contestó, y desplegó otro rollo de tela asfáltica—. Soy capaz de retejar dormido.

Pero la conciencia de Cass le obligó a repetir el ofrecimiento. —¿No crees que dos manos más te harían avanzar más rápido? —Supongo que sí. No será que te sientes culpable, ¿verdad?

El brillo de sus ojos le advertía que estaba buscándose problemas, pero como una trucha que se sintiese atraída por el anzuelo de un pescador, lo mordió.

—¿Culpable de qué?

—De estar ahí sentada a la sombra mientras yo trabajo aquí al sol.

—Santini, ¿es que no sabes tratar mejor a quien viene a echarte una mano? —Supongo que no, Gambrel.

—¿Quieres que me quede o no? —Sí, por favor.

Cass hizo ademán de subir al tejado, pero él la detuvo. —Un momento. Voy a bajar.

En cuestión de segundos, estuvo a su lado.

—Necesitarás un cinturón de trabajo y un martillo.

—Yo había pensado limitarme a darte las cosas y a sujetártelas en su sitio. La verdad es que no sabía tanto sobre aquella clase de reparaciones.

—¿Qué cosas, Cass? —preguntó mientras rellenaba con clavos el bolsillo del cinturón de cuero.

—Clavos y todo eso.

—Ya veo que eres toda una experta en herramientas.

Pero no había censura en su tono, sino sólo las ganas de bromear que ya había aprendido a reconocer.

—Estás pisando en arenas movedizas, Santini —le advirtió, siguiéndole el juego.

—Qué miedo, Gambrel. Estoy verdaderamente asustado —le entregó un martillo de cabeza de goma—. Date la vuelta.

Ella obedeció, y de pronto se sintió envuelta por él. El calor de su cuerpo y su olor la rodearon mientras le abrochaba el cinturón de trabajo a la cintura. Si se echaba hacia atras un poco, estaría apoyada en su pecho. Un estremecimiento la recorrió de

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arriba abajo y la tentación luchó contra el sentido común mientras pensaba en su pecho desnudo.

—Ya está —dijo él, y su voz sonó diferente. Una versión más profunda y algo más ronca de su tono habitual. Poniéndole las manos sobre los hombros, la hizo darse la vuelta.

—Gracias —dijo ella, con el hilo de voz que pudo obtener de la garganta reseca. Cass se colocó el martillo en una de las trabillas del cinturón. Rafe le pasó una espátula y otras cuantas herramientas que no pudo identificar.

—¿Eso es todo?

—Distribúyete bien el peso del martillo y del mazo. Cass obedeció. Bueno, ya se sentía una mujer mil. —¿Tienen buenas suelas esos zapatos?

—Creo que sí.

Él se agachó a su lado.

—Déjame echarles un vistazo.

Su respiración le rozó el muslo y ella tembló. Estaba tan cerca que tuvo que resistirse para no hundir los dedos en su pelo tan negro.

Al estar en una sola pierna, perdió ligeramente el equilibrio, y rozó sin querer su mejilla. Menos mal que se había depilado las piernas el día anterior y, azarada, se apartó de él. Debía estarle pareciendo una viuda deseosa de cazar a otro hombre.

—Apóyate en mi hombro.

Sus palabras sonaron ásperas, casi guturales. Cass sabía que aquel breve encuentro le había afectado tanto a él como a ella. O eso era lo que esperaba. El corazón le latía tan fuerte que debían estar oyéndolo a un kilómetro de distancia.

Maldita sea… no quería complicarse la vida con aquel deseo, ahora que por fin había conseguido volver a tenerlo bajo control. Pero una parte de sí misma seguía echando de menos tener a alguien a quien abrazar por la noche. No una persona cualquiera, sino un hombre que fuese capaz de llenar el vacío que sentía dentro.

—Está bien —dijo él, una vez hubo examinado sus zapatos—. Ya estás lista para trabajar.

Durante las dos horas siguientes, estuvieron trabajando en el tejado. Aquella tarea le pareció dura pero interesante. A media tarde, ya habían concluido aquella parte del tejado, así que se sintió bien por haberle ayudado.

El sol calentaba de lo lindo y Cass se sentía colorada como un pavo. —Necesito un descanso —le dijo.

—Por supuesto que sí —contestó él, mirándola—. Ve a sentarte un rato a la sombra.

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Un enorme arce rojo ofrecía su sombra a la parte lateral del tejado. ¿Caminar hasta allí ella sola? De ninguna manera.

—Me quedo aquí.

—¿Tienes miedo, Gambrel?

Cass no era de las personas dadas a los desafíos, y normalmente aceptaba sus fallos sin complejos.

—Pues sí.

Él estiró un brazo y le rozó la mejilla con un dedo. —No lo estás. Yo no dejaré que te caigas.

Pero ella tenía miedo de que sí lo permitiera. Pero no del tejado, claro, porque Rafe era un jefe demasiado eficiente como para permitir que ninguno de sus trabajadores sufriera un accidente, pero cada minuto que pasaban juntos, se adentraba más en territorio peligroso. El territorio de los sentimientos en el que fácilmente podía tener problemas. Un territorio que no había explorado desde los días de su matrimonio.

Él le ofreció la mano y la acompañó a la sombra antes de sacar dos latas de zumo de fruta de una nevera portátil. Caminaba con la seguridad de un gato… mejor aún: con la seguridad de un luchador callejero, alguien que se sabía capaz de enfrentarse a cualquier situación.

Cass envidiaba su confianza, porque ella se había sentido débil y algo perdida durante la mayor parte de su vida. Primero con la muerte de su padre cuando tenía dieciséis años, y luego con la pérdida de Carl con veintiséis. Instintivamente se sentía atraída por hombres fuertes, y sin embargo, una parte de sí misma lamentaba esa fuerza.

Él la estaba observando, y eso la ponía nerviosa. Tomó un sorbo largo del zumo.

—Esta noche me gustaría invitarte a cenar antes de irnos al partido. —Sería más fácil tomar algo en el Arena.

Cass digirió la respuesta.

—¿Has conseguido entradas para nosotros?

—Ya te dije que tengo un abono de toda la temporada —contestó e hizo una breve pausa antes de continuar—. ¿Por qué no has querido que Andy viniese solo conmigo?

No quería mentir, y no había forma de esquivar la verdad.

—No me gusta el entusiasmo que sientes por todos los deportes. Andy se mira en ti, y todo lo que tú haces, lo quiere hacer él, y es tan pequeño para su edad que tengo miedo de que se haga daño.

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—Ya sabes que en cuanto le saca el gusto a un juego, se engancha, y luego sería yo el ogro si no le dejase participar.

—Cass, no pretendo influir en tu hijo. Simplemente se me ocurrió que el partido podía ser una buena idea, pero si no querías que fuese, deberías haberlo dicho, simple y llanamente.

—Lo sé, pero Andy quiere empezar con algunas actividades extraescolares, y yo quería contar contigo para que le ayudases a decidir.

—No tengo experiencia con niños, Cass.

—Lo sé. Se trata de una de esas cosas que se le preguntan a un hombre teniendo en cuenta que una vez fue niño.

Rafe sonrió.

—Hombre, eso es cierto; una vez yo también fui un niño.

—Me lo imaginaba —respondió ella, bromeando—. Andy me ha pedido que le deje empezar en el equipo de fútbol.

—Eso tienes que decidirlo tú —contestó él. Era evidente que no quería tener nada que ver en sus vidas.

—Rafe, no quiero que Andy crezca siendo un pusilánime porque yo no le deje probar las cosas que él quiere probar, pero tampoco quiero que se haga daño, y el fútbol es peligroso. He oído a otras madres contar cosas en las reuniones del colegio.

Sus ojos parecían capaces de cercenar de tanta intensidad.

—Los accidentes ocurren, Cass, pero participar en los deportes ayuda a desarrollar la disciplina.

Y Cass recordó entonces que él le había censurado precisamente eso en su primer encuentro.

Andy carecía de disciplina. Su hijo se desmandaba cuando quería, y Cass sabía que eso era culpa suya.

—¿No puedes sugerirme alguna alternativa al fútbol?

—Déjame pensar —dijo, y se levantó antes de ofrecerle una mano—. Tienes que bajar de este tejado un rato.

—¿Por qué?

—Pues porque te estás abrasando con el sol.

Cass dejó vagar la mirada por su cuerpo casi desnudo. Su piel morena sólo se había oscurecido algo más con aquel sol de últimos de octubre, pero si ella se quedaba un rato más, parecería un cangrejo.

—Me bajo.

Se aferró con fuerza a la mano de Rafe mientras él la conducía hasta la escalera. Miro hacia abajo antes de poner el pie en el primer peldaño, y sintió que el mundo empezaba a darle vueltas.

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—Creo que me voy a quedar aquí arriba un rato más —dijo. Quizás durante el resto de su vida. Podía ver crecer a Andy desde allí arriba.

—Vamos, miedica, yo te ayudaré.

Ella intentó resistirse, pero Rafe no se lo permitió…

—No soy miedica. Además, cualquier persona con dos dedos de frente tendría miedo de caerse.

—Lo sé —contesto él, con la voz más dulce que le había oído desde que se conocían—. Yo bajaré primero.

Rafe la rodeó por completo mientras bajaron.

Debería haberse sentido sólo protegida y segura, pero también experimentó las peligrosas llamaradas de la pasión. Se apoyó en su pecho, y él se detuvo también.

—Rafe —le llamó, sin saber bien qué quería. Aquel hombre la hacía sentirse viva; era como si hubiese estado congelada durante mucho tiempo y ahora estuviese encontrándose de nuevo consigo misma.

Sus labios la rozaron en la base del cuello y una sacudida eléctrica recorrió su cuerpo. Le sentía cálido y poderoso a su espalda, y se sintió tan segura como lo habría estado en tierra firme. Sin querer se apoyó en él, deseando poder tener más de lo que aquel momento y aquel lugar podía ofrecerles.

—Cassie —murmuro él, deslizando los labios por su cuello.

Tundra ladró con fuerza, rompiendo el momento como ninguna otra cosa lo habría hecho, y Cass sintió arderle las mejillas. ¿En qué demonios habría estado pensando para reaccionar de aquella forma en los brazos de un hombre? Y sobre todo, en los de aquél, un hombre que tenía mujeres con tan solo chasquear los dedos.

Rafe había reemprendido el descenso, y en un instante, estuvieron de nuevo en el suelo.

—Cass, ¿estás bien?

Su voz era sincera y amable, y maldición, ella odiaba sentirse tan débil y vulnerable.

—Estoy bien. Nos vemos esta noche.

Y se marchó antes de que pudiera hacerle alguna pregunta a la que ella no supiera cómo contestar. Cuando entró en su casa, estaba temblando. Temblando de deseo por el hombre menos apropiado de mundo. ¿Y qué demonios iba a hacer?

Rafe estaba deseando mostrarle a Cass una parte de su mundo, la parte que iba a ser aquel partido. Y además, estaba disfrutando por adelantado de cuando llegase el momento de desearse buenas noches. Porque, desde luego, no iba a marcharse sin conseguir despedirse de ella con un beso.

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Introducir a Cass en los deportes tenía la ventaja de que, al mismo tiempo, el pequeño Andy podía convencer a su madre de que participar en alguno de ellos estaba bien. A pesar de haber tomado precauciones, no podía evitar que aquel niño le gustase.

Y fue precisamente ese pensamiento el que le hizo quedarse helado. Estaba empezando a participar en la vida de aquella familia, a pesar de haberse jurado a sí mismo que no iba a volver a hacerlo jamás. Cass Gambrel era demasiado tentadora, aunque junto con esa tentación le hubiesen llegado las señales de alarma. Su padre, su madre y Angélica habían dependido de él, y les había fallado.

Apartó aquellas imágenes de su cabeza con determinación y llamó a la puerta. —Yo abro —se oyó decir desde dentro.

Rafe sonrió al oír los pasos del niño bajando la escalera. Era un crío encantador. —Hola, señor Santini. Ya creía que no iba a venir.

Rafe había llevado una camiseta de Magic para él y otra para su madre, y le entregó la suya al niño.

—Vaya… gracias, señor Santini. Mamá, ya ha llegado —gritó Andy al pie de la escalera.

—Lo sé, cariño —contestó ella.

Su aspecto era el que él había esperado: informal, cómodo y chic al mismo tiempo. Y todo sin que ella fuese consciente. Se había vestido con un polo verde claro y unos pantalones color caqui.

Rafe contaba con la ayuda de Andy para conseguir que su madre se cambiara de ropa y se pusiera unos vaqueros y la camiseta que le había traído.

—Estas muy guapa, pero te he traído una camiseta.

Cass bajó las escaleras, tomó la camiseta y se la colocó encima, midiéndola. Le había traído la talla más pequeña, pero aún así, le iba a quedar grande.

—No sé. Tengo una pinta muy rara con camiseta. —Por favor, mami —la animó el pequeño.

—Vamos, Cass. Todo el mundo las lleva. —Está bien. Voy a cambiarme.

Veinte minutos más tarde estaban ya de camino.

Rafe conducía el Volvo de Cass entre el trafico de la ciudad y Andy iba sentado en el asiento de atrás hablando de todo bajo el sol, desde la televisión hasta el colegio. Rafe intentaba concentrarse en la conducción, pero la imagen de Cass bajando las escaleras estaba impresa a fuego en su retina. Se había puesto unos vaqueros usados y descoloridos, pero que se le ceñían como una segunda piel, y al colocarse la cazadora, la camiseta se le había ceñido al pecho, y el deseo había sido tan fuerte que le había cortado la respiración.

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Por fin llegaron al estadio. Cass sujetó con fuerza la mano de Andy. —Suéltame, mamá. No me separaré de ti, te lo prometo.

—No, Andrew. Hay demasiados coches aquí.

Rafe sabía que iba a seguir una discusión, así que decidió mediar. —Yo también le daré la mano a tu madre. ¿Qué te parece?

Andy asintió, pero Cass pareció desconfiar. —No voy a morderte.

—No había pensado que fueses a hacerlo.

Él se echó a reír mientras subían las escaleras de acceso al estadio. Cass le hacía sentirse bien de una forma que no había sentido en mucho tiempo.

Durante todo el partido, Andy no dejó de gritar como si fuese el animador numero uno de Magic. Durante los tiempos muertos y los descansos, insistía con su madre para que le dejase practicar algún deporte, pero Cass siguió negándose con firmeza.

Cuando el partido hubo concluido, volvieron a casa, y tras detener el coche al lado de la acera, Rafe se volvió hacia atrás. Andy se había quedado dormido.

—¿Quieres que lo lleve yo en brazos? —se ofreció. —Por favor.

Cass abrió la puerta de la casa y Rafe llevó al niño a su habitación, y tras dejarlo sobre la cama, se quedó en la puerta contemplando como Cass le quitaba la ropa y le ponía el pijama, pero cuando sintió algo extraño en el corazón, dio media vuelta y se marchó.

Demonios… aquello no tenía que estar pasando. Una mujer con una familia a sus espaldas no debería hacerle sentir de aquella manera. El deseo era fácil de manejar, pero lo que sentía por Cass era más intenso.

Y él era Rafe Santini. Un solitario, alguien que trabajaba duro, y lo más importante, un hombre sin ataduras emocionales. Y siguió repitiéndose aquellas palabras como una letanía mientras bajaba las escaleras, pero no consiguió quitarse a Cass de la cabeza.

La noche era muy agradable, y Cass se quedó contemplando las estrellas. La voz de Rafe estaba teniendo el efecto de un bálsamo, y se sentía adormilada. Además, el vino también hacia su parte, se dijo, dejando la copa a un lado.

Hasta entonces, nunca había bebido alcohol sin un motivo. La influencia de Rafe la había alcanzado también a ella, aunque tenía que admitir que era agradable estar haciendo algo distinto, algo un poco atrevido.

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—El baloncesto es uno de los deportes más seguros que hay —comentó Rafe, poniendo el columpio del porche en movimiento. Tenía un brazo estirado por encima del respaldo y Cass se resistió al deseo de apoyarse en él. Su calor, su olor, sus propios pensamientos la empujaban.

Rafe estaba callado, esperando que dijese algo. ¿Qué era lo que le había preguntado? Algo sobre el baloncesto y, con una sonrisa, improvisó un comentario vago.

Debatir los méritos del baloncesto le dio oportunidad de dar voz a todos sus impedimentos, y Rafe, además de demostrar lo versado que estaba en cuestiones de deporte, fue franco con ella. En lugar de quitarle importancia a todos sus razonamientos, se limitó a analizarlos. Quería ayudarla a hacer la elección correcta, y Cass sabía que eso era difícil para él.

—Gracias por habernos llevado esta noche al partido.

—De nada. Espero no haber empujado a Andy a hacer algo que a ti te parezca incorrecto.

Sus ojos brillaban con los restos de luz que llegaban a través de la ventana de la cocina. Rafe daba la sensación de ser un hombre duro, y Cass tuvo que admitir que al principio ni siquiera se había molestado en ver más allá de su fachada, pero ahora era consciente que detrás se ocultaba un hombre afectuoso.

En muy poco tiempo, su pequeña familia había empezado a sentir afecto por el vecino de enfrente. Aquella noche le había demostrado que podía ser parte de esa familia, pero también que no deseaba serlo. Cada vez que Andy le había apretado la mano para compartir la excitación del juego, él la había retirado.

Tomó un sorbo de vino.

—¿Jugabas al baloncesto cuando eras pequeño?

—Sí. Bueno, en realidad jugaba a todo lo que me propusieran. Al principio a mi madre le pareció fatal, pero terminó por aceptarlo.

Era algo más que afecto lo que sentía por Rafe, y sin darse cuenta, se encontró rozando con las yemas de los dedos la línea de su mandíbula. Era firme y muy masculina, y en aquel momento no deseó otra cosa más que besarlo. Necesitaba encontrarse con Rafe en otro nivel… un nivel íntimo, nuevo para ella.

No tenía experiencia en cómo se debía tentar a un hombre, pero recordar su anterior encuentro en la escalera reafirmó su confianza. En su matrimonio, Carl siempre había llevado la voz cantante, y sinceramente, nunca había sentido algo tan fuerte como en aquel momento.

Entonces miró a Rafe a los ojos y se quedó helada. Él la estaba mirando con una avidez que ella nunca había visto antes en los ojos de un hombre, y mucho menos dirigida a ella.

Pero le oyó maldecir entre dientes.

—No soy una buena influencia para los niños, Cass —dijo, apoyando los antebrazos en las rodillas.

(31)

—No te estoy pidiendo que lo seas.

Y era verdad. En aquel momento sólo deseaba sentirse abrazada por él, sentir sus labios, sentirle a él de la forma más elemental.

Entonces se volvió a mirarla de nuevo y la esperanza de Cass se desvaneció. —Contigo hay que comprometerse, Cass, y no estoy preparado para eso.

Su sinceridad la conmovió y no pudo contener la necesidad de tocarlo, de rozarle con los dedos.

—Sólo quiero un amigo, Rafe. Él arqueó las cejas.

—Es cierto. Amistad es lo único que deseo, o para lo único que tengo tiempo. —Nosotros no podemos ser amigos.

—Entonces despídete de mí con un beso y nunca volveré a molestarte.

Cass no podía creerse que hubiera sido capaz de decir eso, pero es que una parte de sí misma moriría si no probaba su beso aunque fuera solo una vez.

—Cassie, no tienes ni idea de lo que me estas haciendo —murmuró, y tras dejar su copa sobre la mesa, le quitó a ella la suya de las manos—. Ven aquí, que voy a besarte, pero no lo consideres una despedida.

(32)

Capítulo Cuatro

Besar a Cassandra fue como volver a casa después de un largo viaje. Tratar de ir paso a paso y no abrumar a Cass fue más difícil de hacer que de decir, porque estaba siendo bombardeado por emociones nuevas y distintas, y una sensación de intimidad que nunca antes había sentido.

Hacía años que alguien conseguía traspasar sus barreras. Casandra Gambrel amenazaba su forma de vida y su salud mental, y las preguntas se abrieron paso rasgando el momento, pero rápidamente quedaron olvidadas cuando el deseo le hizo hervir la sangre. Dios, era una maravilla tenerla en los brazos. La delgadez de Cass, su fragilidad, no le habían parecido tan evidentes antes de abrazarla, y sus labios se abrieron junto a los suyos en total rendición. La oyó gemir al primer contacto de sus lenguas, y él reprimió un suspiro. El aire de la noche estaba empapado del dulce aroma del jazmín, que no llegaba a ser tan dulce como su aliento. Sabía vagamente a vino y a algo más, mucho más sutil.

Su pelo era más suave que la piel de un visón, y se deslizaba en su palma como la brisa fresca del océano. Pero él quería más. Quería sentirla sin vaqueros y sin camiseta, quería disfrutar de la suavidad de su cuerpo, saborearlo con sus labios, acariciarlo con los dedos, hacerle el amor con su propio cuerpo, y sí, también con el alma. Quería sentir sus piernas largas y delgadas enroscadas en su cintura mientras él le comunicaba el ritmo frenético que corría por sus venas.

Pero un gemido se escapó de su garganta porque sabía que aquel abrazo tendría que terminar así, porque Cass no era el tipo de mujer que se acostaba con un hombre en la primera cita.

Cass se movió hasta que sus cuerpos quedaron completamente pegados, y Rafe disfrutó como nunca habría imaginado sólo de saber que podía hacerla reaccionar de aquella manera. Años de experiencia le habían dado el conocimiento íntimo del cuerpo de las mujeres, y sabía que podía hacer que su cuerpo le deseara tanto que años de escrúpulos y moral no tendrían ni una oportunidad de sobrevivir.

Aquello le hizo sentirse mal, apartó a Cass y se levantó, y apoyado en la barandilla del porche, respiró profundamente. Hasta se obligó a contar hasta cien antes de volverse hacia Cass.

—¿Rafe?

Aquella voz le encogió el corazón. No quería mirarla, porque sabía que si lo hacía, sus buenas intenciones se esfumarían como la niebla. El control era una noción olvidada frente a aquella mujer. ¿Por qué tendría que haberla besado?

Pero lo sabía muy bien. Llevaba días pensando en aquellos labios, en su cuerpo, en su forma de moverse, en sus piernas tan largas…

—¿Rafe?

Su voz sonaba asustada e incierta. Él siempre había salido con mujeres que sabían lo que querían, pero ése no era el caso de Cass. Estaba tan lejos de su estilo de

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