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Había estado despierta hasta el amanecer dándole vueltas a la cabeza, y había decidido disfrutar del tiempo que estuviera con Rafe al máximo. Como Escarlata O`Hara, ya pensaría en sus problemas al día siguiente. Por el momento, iba a ir paso a paso y a disfrutar de cada día tal y como fueran viniendo.

No tenía que recoger a Andy hasta el día siguiente después del colegio, e iba a disfrutar de su breve libertad. Miró el reloj y se sorprendió de que fuesen las once. Qué bien se estaba allí, en el calor de Rafe.

Podría acostumbrarse a aquello muy fácilmente, pero no debía hacerlo, aunque, a pesar de su determinación para vivir el momento, esperaba convencer a Rafe de que se merecían pasar una vida llena de felicidad juntos. Estaba convencida de que él no llegaría a ser feliz nunca si no era capaz de alcanzar un compromiso. Lo difícil iba a ser convencerle de ello.

Un rayo de sol se coló por entre las cortinas de la ventana, y aquella cama le hizo sentirse prisionera en una lejana isla. El corazón le latía en sincronía con el de Rafe y se quedó en silencio escuchando el sonido de su respiración y mirando hacia la ventana.

Sus ropas estaban tiradas por el suelo, y recordar la pasión que se había disparado entre ellos le hizo enrojecer. Había compartido más con aquel hombre que con cualquier otro. Carl y ella nunca habían experimentado aquella clase de pasión.

Rafe se movió en sueños, y la ropa se le quedó a la altura de la cintura. Rafe tenía un cuerpo maravilloso, y al verlo recordó cómo había sentido su piel, la textura de su pelo, su fuerza, y paso el dedo índice a lo largo de la línea que dibujaba la sábana.

Y si no se levantaba de la cama en aquel momento, nunca lo haría. Sobre la sábana, había una colcha fina de hilo, e intentó separarla de la sábana para cubrirse con ella, pero en el intento la sábana cayó al suelo. Un rayo de luz brilló a través del visillo de la cama, bañando el cuerpo de Rafe. Cass contuvo la respiración al mirarle. El cuerpo que había amado la noche anterior, parecía diferente a la luz del día. Aquél era el cuerpo que le había hecho sentirse entre nubes, el cuerpo del hombre al que amaba. Ella nunca había sido quien tomara la iniciativa en el sexo, pero en aquel momento deseó tumbarse sobre él y volver a hacer el amor.

En fin, que si no se levantaba inmediatamente de aquella cama, no lo haría nunca. Recogió la colcha y con ella puesta alrededor del cuerpo, buscó entre la ropa del suelo. Lo primero que encontró fue la camisa de Rafe. Era una de las que ella le había regalado, y debía haberle gustado porque se la había visto puesta varias veces, y rápidamente se la puso, inhalando al mismo tiempo el aroma que había dejado en ella e intentando convencerse de que no había optado por ponerse su camisa porque quisiera sentirse abrazada de nuevo por él. Incapaz de contenerse, se acercó de nuevo a la cama y se quedó contemplándole a través de los visillos translúcidos, y no

pudo reprimir el deseo de acariciar su espalda desnuda, y sus nalgas después, y sus piernas, y sus pies…

«Por amor de Dios, Cass, ¡que esté durmiendo!»

Nunca se había considerado a sí misma una mujer sedienta de sexo, pero estaba empezando a dudar de su juicio. Jamás había sentido aquel deseo incontenible, aquella necesidad de unirse a otra persona, aquel… amor.

Salió de aquel dormitorio como si el mismísimo diablo le pisara los talones, y una vez en la cocina, intentó recuperar el aliento. Que el cielo la ayudase, porque acababa de darse cuenta del daño que Rafe podía hacerle si la dejaba, se llevaría su alma con él.

Rafe había descubierto qué era lo que quería de la vida: a una mujercita tímida madre de un niño de corta edad. Poco antes había estado a punto de tirar de ella y volver a tumbarla en la cama al sentir su caricia en la espalda, pero instintivamente se había quedado inmóvil.

El sol dibujaba sombras en la pared y Rafe volvió a cerrar los ojos. Por primera vez desde hacía años, se sentía en paz con la vida, y eso le asustaba sobremanera. Cass había obrado cambios en él sin tan siquiera ser consciente de ello. Desde que habían hecho el amor, se sentía distinto.

Se estiró y bostezó antes de levantarse y vestirse con unos viejos vaqueros cortados. Mientras se los abrochaba, oyó el sonido de unos pasos en el pasillo, y a punto estuvo de volver a meterse rápidamente en la cama e intentar tentarla para que ella hiciera lo mismo.

Verla entrar en la habitación le dejó sin aliento. Parecía tan dulce, tan llena de ternura… tan capaz de partirle el corazón. Tenía el pelo suelto y alborotado, desafiándole a domarlo, y cuando ella le ofreció una de sus sonrisas, Rafe gimió en voz alta.

Supo entonces que tenía que alejarse de ella. Físicamente Cass no estaba preparada para él, no en aquel momento, y emocionalmente él no estaba preparado para ella, y era posible que nunca llegase a estarlo. El silencio se prolongó y él carraspeó al fin para llamar su atención.

—He puesto la cafetera —dijo ella.

Su voz algo ronca por el sueño tentó sus sentidos ya demasiado despiertos, pero ella no se atrevía a mirarle a los ojos, y tenía las mejillas arreboladas, y en cuanto le abrió los brazos, ella entró en ellos sin pensar. Su cuerpo menudo encajaba a la perfección con el suyo, y tan sólo recordar lo maravillosamente bien que se había sentido abrazado a ella durante la noche era como echar gasolina a un fuego ya ardiendo.

—Cassie, cariño, me estás volviendo loco. ¿Por qué te has levantado de la cama? —le preguntó.

—¿Estabas despierto cuando me he levantado? —preguntó ella con un hilo de voz, y ocultando la cara en su pecho. Debía estar roja como la grana.

—¿Por qué no te has quedado?

Pero Cass no quiso contestar, y Rafe la abrazó con más fuerza y se inclinó para besarla. La noche pasada le parecía un recuerdo lejano y su alma le pedía a gritos que volviese a saborearla. Ella le rodeó el cuello con los brazos, y sus cuerpos quedaron totalmente pegados. Dios, qué bien le hacía sentirse tener a aquella mujer en los brazos. Deslizó la mano por su espalda y después la escabulló debajo de la camisa; qué sorpresa fue descubrir que estaba desnuda, tanto que volvió a gemir, pero esta vez fue un sonido primitivo, casi animal. Puso entonces su muslo entre las piernas de Cass y sintió su calor húmedo.

Dejó vagar los labios por su cuello y aún más allá, hasta alcanzar sus pechos, que le recibieron llenos de deseo. Lamió su carne por encima de la camisa, y los pezones se endurecieron inmediatamente, y cuando se separó brevemente y sopló, fue Cass quien gimió.

Rafe tuvo la sensación de que si no la penetraba pronto, si no la sentía pronto cerrarse sobre él y alcanzar el clímax, iba a explotar, así que la tomó en volandas para llevarla a la cama, y fue un breve gemido de Cass al tumbarse sobre ella lo que le devolvió a la realidad.

«Tranquilízate, maldita sea», se dijo. —Lo siento, Cass.

—Rafe —susurró ella, acariciándole con la voz—. Date prisa.

Si le hubiera oído decir aquella misma frase en cualquier otro momento, se habría echado a reír, pero estaba peligrosamente cerca del precipicio, así que en un abrir y cerrar de ojos se quitó los pantalones y cuando Cass le vio colocarse otro preservativo, se deshizo de la camisa y se tumbó sobre los cojines de la cama, con los brazos abiertos hacia él. Fue en ese instante cuando Rafe supo que estaba enamorado. Se tumbó sobre ella y sus bocas y sus cuerpos se encontraron. Era como estar envuelto en fuego, en una lava ardiente y palpitante que le acercó aún más al paraíso. Con un gemido, entró aún más. Cass levantó las caderas para recibirlo y Rafe, sintiendo ya en su espina dorsal las mieles del éxtasis, se separó levemente y buscó primero el clímax de ella, antes de hundirse en aquel cuerpo que le esperaba y que acometió con una intensidad que no había experimentado nunca. Su respiración era pesada y dolorosa, y la abrazó con fuerza antes de tumbarse boca arriba.

—Demonios, Cassie…

Con un suspiro, ella se incorporó para apartarle un mechón de pelo de la frente. —No maldigas.

Rafe se echó a reír y volvió a abrazarla. Ninguna otra mujer le había llegado al alma como aquella, llenando de luz los rincones oscuros.

—¿Cómo?

—Tu segundo nombre.

—No. Es Gen… —pero se detuvo a tiempo y le mordió en el cuello—. Eres una tramposa, pero no pienso revelarte mi secreto.

Ella se echó a reír, y Rafe supo que no iba a volver a dormirse, pero no le importó. Algo en su interior le empujaba a disfrutar de cada momento mientras durase.

Cass estaba mirando por la ventana. La lluvia escurría lentamente por el cristal. Rafe le había sugerido que volviesen a su casa después de haber comido por si Andy les necesitaba, y el gesto le había conmovido más de lo que debiera.

Aquella tarde había sido maravillosa. Rafe tenía el potencial más que suficiente para ser un compañero maravilloso, aunque él no fuese consciente de ello.

«No pienses que yo soy el eslabón perdido de tu familia», le había dicho, y con un suspiro, apartó el pensamiento de aquellas cosas e intentó pensar en la semana que se avecinaba. La Navidad no tardaría en llegar, así que tenía que empezar a comprar los adornos e ir pensando en un árbol.

Rafe se acercó a ella por la espalda y la abrazó, y Cass, apoyándose en él, se sintió como en casa.

—Tengo que comprar un árbol la semana que viene. —¿Quieres que vayamos ahora a buscarlo?

Su tono casual le decía más que una docena de rosas. —¿Está seguro?

Rafe suspiró, pero no contestó, sino que se limitó a besarla en lo alto de la cabeza.

—Ve a ponerte una chaqueta. —Tendremos que recoger a Andy.

—Ya lo sabía —contestó él, algo molesto.

Ella se encogió de hombros e intentó no sonreír.

Rafe pretendía ocultar sus sentimientos, pero Cass podía leer en él como en un libro abierto. Sabía que su hijo se había encariñado con el vecino durante las semanas anteriores, pero no tenía ni idea de que Rafe sintiera lo mismo por él.

—De acuerdo —dijo—. ¿Quieres que llevemos mi coche?

Quizás, si actuaba como si nada hubiese ocurrido, él haría lo mismo. Del armario del recibidor, saco una vieja cazadora.

—¿Por qué? —le preguntó cuando salían ya. —Pues porque…

—Estoy esperando.

—Porque me gusta conducir —dijo, muy diplomático.

—No creas que por un gesto caballeroso te voy a perdonar todo lo demás. —Ya Le dije que no era un caballero —le advirtió.

Cass le vio subir al coche y pensé que no tenía razón. Su código de honor le hacía mucho más caballero que a cualquier otro hombre que conociese.

—¿No te importa tener que ir a recoger a Andy? —le preguntó. —No, Cass no me importa.

Quizás le echase tanto de menos como ella, o quizás fuese una forma de mantener la paz entre ambos. Fuera lo que fuese, decidió no hacer preguntas. Su relación era frágil como el cristal, pero parecía cobrar fuerza a cada minuto.

Andy salió corriendo de la casa de su abuela y Cass sintió encogérsele el corazón cuando el chiquillo se le lanzó a los brazos.

—¡Mami! Te he echado de menos.

—Yo también, cariño —le contestó, besándole en la cabeza.

Andy se soltó de ella y miró a Rafe para después volver a mirarla a ella con una de esas miradas inquisidoras suyas. Quería saber si podía abrazarle también a él, pero ella no sabía qué le parecería a Rafe, así que, tras un instante, contestó que no con la cabeza. No quería hacerle pasar por esa clase de prueba.

—Hola, señor Santini —le saludó. —Hola, socio.

Algo parecido a la desilusión pasó fugazmente por el rostro de Rafe. —¿Cómo es que has venido?

—Pues porque he decidido que ya era hora de ir a comprar el árbol de Navidad. —¡Bien! —exclamó el niño—. Enseguida vuelvo.

Cass vio a Andy entrar de nuevo corriendo en la casa. Rafe se acercó a ella y, pasándole un brazo por los hombros, ambos entraron detrás.

Cass tenía la sensación de que algo dentro de Rafe había cambiado; algo que había mantenido oculto todos aquellos años.