A Rafe le encantaba la sensación del aire frío en la cara cuando salía a correr por las mañanas. Tundra corría a veces delante, otras detrás, y por una vez, se sintió en paz con el mundo.
Intentó no pensar en las preguntas que últimamente no dejaba de plantearse; preguntas sobre su futuro y lo que sentía por Cass. Había tratado de no permitir que las cosas se pusieran demasiado serias con ella, pero es que sus instintos eran difíciles de controlar. Deseaba tener una familia como el alcohólico busca su copa de licor. Además, lo de que apenas faltasen unas semanas para Navidad tampoco ayudaba demasiado. Cada vez que intentaba alejarse de Cass, el recuerdo de la soledad le asaltaba.
Aflojó el paso al llegar a su calle, e inconscientemente busco con la mirada la casa de Cass, y al verla, masculló una maldición. Estaba subida en una escalera intentando colgar sus luces de Navidad, y teniendo en cuenta que la casa era de dos plantas, hacerlo sola era buscarse problemas. ¿Por qué demonios no le habría pedido ayuda?
Tundra anunció su llegada y Cass se agarró a la escalera antes de mirar hacia abajo y sonreír, con una expresión que le llenó de calor el corazón.
Además, los vaqueros se le ajustaban al trasero al bajar y en lo único que era capaz de pensar era en acariciarla, así que la sujetó por la cintura y la apoyó sobre su pecho. Ella se dio la vuelta y los dos se besaron.
La parte física de su relación no tenía peros. Echaba de menos dormir con ella, pero Cass siempre respondía a sus besos con una pasión generosa que nunca dejaba de sorprenderle. No era el sexo lo que echaba de menos, sino el abrazo, el encuentro, la unión.
—¿Qué estás haciendo?
Ella se encogió de hombros, y Rafe se sorprendió de comprobar en cuántos niveles le atraía aquella mujer. No era sólo la amante más apasionada que había tenido, sino la persona más compasiva, amable y cariñosa que había conocido. La sentía como si fuese la otra mitad de su alma, la mitad vacía que había intentado enterrar.
—¿Necesitas ayuda con esas luces? —le preguntó; necesitaba quitarse de la cabeza el recuerdo de su hogar, de la seguridad y el amor con que siempre le había rodeado su familia.
Pero antes de que ella pudiera contestar, el teléfono sonó. —¿Quieres entrar?
«No», pensó, pero claro, eso no se lo podía decir. —Claro.
Rafe la siguió. Cada vez que entraba en aquella casa, se sentía envuelto por su acogedora naturaleza, y mientras ella contestaba, él puso en marcha la cafetera sin dejar de recordarse que él era un hombre soltero que pretendía seguir siéndolo. No quería ni el dolor ni la responsabilidad que venía siempre ligada al matrimonio, por mucho que una preciosa mujer de ojos color avellana le hiciese pensar de otra manera.
Quería poder buscar consuelo en ella y ofrecérselo a su vez. Necesitaba enterrar los viejos recuerdos y empezar a tenerlos nuevos, pero ¿merecería la pena el dolor? Cass necesitaba un compromiso. Demonios, necesitaba un matrimonio, un hombre que fuese capaz de ayudarla a tomar decisiones respecto al futuro de Andy.
—¿Rafe?
Su voz parecía agitada, y Rafe dejó los filtros de la cafetera sobre la mesa para acudir a su encuentro.
—¿Qué ocurre?
—Andy ha tenido otra pelea. —¿Cómo que otra pelea?
—Sí; ha tenido problemas para adaptarse en su nueva clase. Tengo que ir a recogerlo. Le han expulsado.
Cass se aparto de él y Rafe apago la cafetera antes de seguirla al recibidor. Todo lo que había estado pensando antes se desvaneció. No podía dejarla en aquel momento. Le necesitaba.
—¿Y por qué le han expulsado? —le preguntó, sujetando la chaqueta que ella había sacado del armario para ponérsela.
—Ha sido él quien ha empezado la pelea.
Rafe la siguió sin saber muy bien qué debía hacer. ¿Debería ofrecerse a ir con ella? ¿De verdad quería hacerlo? Lo que si era cierto es que no podía dejarla conducir en aquel estado.
—Te llevaré.
La gratitud brillo en sus ojos un instante, pero cuando iba a darle las llaves, pareció recordar su acuerdo: una relación casual, nada seria.
—No pasa nada —dijo él—. Quiero acompañarte.
—Gracias —contestó ella, y rápidamente se subió al asiento del acompañante. Rafe intento varias veces iniciar una conversación, pero fue imposible. Debía estar preocupada por Andy e intenté tranquilizarla.
—Cass, estoy seguro de que Andy está bien. —¿Y cómo puedes estar seguro?
Cass guardo silencio durante tanto tiempo que Rafe empezó a sentirse mal. Quizás debiera haberle pedido permiso antes, pero Andy le había asegurado que a su madre no le importaría.
—Sólo le he ensenado unos cuantos movimientos básicos nada que pueda hacer daño a otra persona.
Movimientos defensivos. —¿Y dónde estaba yo?
—En el centro, recogiendo el otomán en casa de la señora Feuller. —¿Y fue un buen alumno?
—Si.
El silencio volvió a prolongarse y Rafe se llamo de todo a si mismo. Si no le hubiera enseñado esos movimientos, Andy habría huido de la pelea y no estaría ahora sentado en el despacho del director.
—Como me habías contado lo de las lecciones de karate, se me ocurrió que podía enseñarle yo unos cuantos movimientos para ver si le gustaba —aventuró, pero de alguna forma, todas aquellas explicaciones parecían carecer de sentido ya.
Ella asintió pero siguió sin decir una palabra. Tenía esa expresión con la que parecía estar a punto de llorar, y Rafe se volvió a llamar unas cuantas de las cosas que se había dicho antes.
Paró el coche delante del edificio de administración del colegio e hizo ademán de abrir inmediatamente la puerta. Necesitaba escapar del coche, pero Cass le detuvo.
—Gracias, Rafe —le dijo—. Sé que has intentado evitar entablar una relación con mi hijo, pero significa mucho para mí que le hayas enseñado a defenderse.
Y dicho esto, le beso en los labios. Las lágrimas habían empezado a rodar por sus mejillas y él se las secó.
—¿Quieres que entre contigo? —le pregunté. Ya sabía que estaba perdido. —Por favor… no me gustaría que Andy se avergonzara de mí por verme llorar. Juntos entraron en el edificio.
—Estoy seguro de que comprenderá tus lágrimas, cariño.
Cass sonrió agradecida y Rafe espero no ver nunca desilusión o dolor en sus ojos.
Andy se sentó en el asiento trasero del Volvo y no dejó de mirar por la ventana, mientras Cass contenía el deseo de abrazarle y estrujarle. Sabía que nunca aprendería la lección si le trataba como a un bebé.
Aquella forma de comportarse le hizo pensar en que, cualquier día, llegaría a ser un adolescente, y con un suspiro, miró a Rafe, y él se encogió de hombros para indicarle que él tampoco sabía qué hacer.
Miro hacia atrás un instante y se horrorizo al ver los restos de la pelea en la cara de su hijo. Tenía un ojo hinchado y el labio superior le había sangrado.
Querría abrazarle y no volver a dejarle salir de casa.
—Andy, ¿empezaste tú la pelea? —le pregunto cuando se pararon en un semáforo.
Él clavó la mirada en el regazo y luego volvió a mirar por la ventana.
—Contesta a tu madre, Andy —intervino Rafe, sorprendiéndose a si mismo. —No exactamente.
—Pues dime exactamente qué ha pasado.
Cass intento mantener la calma, pero es que imaginarse a su hijo en una pelea… —Jeff me llamo galgo pulgoso, y yo le llamé foca grasienta. Luego él me dio un puñetazo, y yo se lo devolví.
—Ya sabes lo que pienso de las peleas.
—Demonios, mamá, al menos esta vez he sabido defenderme. La última vez me dieron una paliza como si fuera un pulpo y todo el mundo lo vio.
—No maldigas, Andy —le reprendió. Cass comprendió por qué Andy necesitaba saber defenderse; si no lo hacía, nunca llegaría a ser un hombre. Rafe le había hecho un regalo y ella no se había dado cuenta.
—Esté bien, Andy, pero a partir de ahora, intenta alejarte de las peleas. —Lo intentaré.
Rafe paro el coche delante de la puerta, pero nadie hizo ademan de moverse. Al final fue Cass quien lo hizo, y ordenó a Andy que subiera a su habitación. Iba a tener un castigo de tres días.
—Rafe —le llamo desde la puerta. —¿Sí, socio?
—Gracias —le dijo antes de entrar corriendo en la casa y cerrar la puerta a su espalda.
Rafe no supo qué decir y Cass sonrió, disfrutando del momento. —Me voy a casa a ducharme. ¿Quieres salir esta noche a cenar? —Veré si puedo encontrar una canguro.
—Andy puede venir con nosotros.
—No, no puede. Esta castigado para que no olvide que pelearse no es la solución.
—Llámame luego —dijo, y echó a andar hacia su casa. —¡Rafe… gracias!
El asintió y cruzó la calle. No es que él pareciese demasiado cómodo con el papel que había jugado en aquellos acontecimientos, pero algo era algo. Y aquella noche iba a ser la noche.
Cass le llamó para invitarle a cenar, antes de llevar a Andy a casa de Jeff Lowell. La mamá de Jeff, Dana, era una buena amiga suya, y las dos estaban de acuerdo en que los chicos necesitaban pasar tiempo juntos. Dana iba a quedarse con ellos por la noche, y Cass los cuidaría a día siguiente mientras Dana estuviera trabajando.
Cass se apresuró en volver a casa, haciendo una breve parada para comprar una botella de champán. Se puso el camisón rojo y encendió velas en toda la planta de abajo. En el salón puso su compacto favorito de Harry Connick.
El timbre sonó, y Cass se detuvo en el recibidor para mirarse en el espejo, y le asaltó de pronto la duda de si debía o no abrir la puerta con aquel atuendo. ¿Y si era un vecino que quería pedirle algo? Mejor sería ponerse una chaqueta.
—¿Quién es? —Soy yo, nena.
La voz de Rafe resbaló sobre ella como la miel caliente, y al abrir la puerta, sintió que el deseo le recorría el cuerpo de arriba abajo.
Rafe llevaba unos vaqueros ajustados y una de las camisetas que le había regalado en color azul turquesa y que moldeaba su pecho musculoso. Intentó sonreír, pero lo único que pudo hacer fue mirarle a la cara.
—Cassie…
—Perdona —murmuró, y se volvió a guardar la chaqueta en el armario; además, aprovecho el momento para recuperar la compostura.
Un silbido de apreciación y se volvió a mirarle. —Demonios, Cassie, estas muy sexy.
—Es el camisón.
—No. Eres tú —contestó él con un calor en la mirada que la hizo estremecerse. Cass le condujo al salón, donde había preparado la botella de champan y unos cuantos aperitivos, pero antes de que pudiese ofrecerle nada, él se sentó en el sofá y la acomodó sobre su regazo. Ella se había imaginado una noche tranquila, un preludio para su oferta de matrimonio y algo más quizás más tarde, pero por lo visto había infravalorado el atractivo del camisón.
—Y no siento vergüenza. Sólo quería hablar contigo, y no puedo pensar si me tocas.
—No importa. Ya hablaremos más tarde —le pasó las manos por la espalda y Cass se estremeció—. Mucho más tarde.
Cass apoyó la cabeza en su hombro y Rafe mordisqueó el lóbulo de su oreja, y de lo que si sintió vergüenza fue de lo fácil que era para él excitarla.
Rafe la colocó de modo que quedase con las piernas abiertas frente a él y la cabeza apoyada en el brazo del sofá. El contacto húmedo y ardiente de su boca fue siguiendo la línea del escote del camisón, y las caricias por encima de la tela sólo servían para causarle más frustración. Dejó que la hombrera del camisón resbalara por su brazo, pero Rafe ignoró la indirecta y siguió excitándola.
Cass estaba sintiendo una necesidad imperiosa de devolverle las caricias, y tiró de la camiseta para sacársela de los pantalones y hundió las manos bajo el algodón del tejido para hacerle sentir lo que ella estaba sintiendo; más que eso, quería derribar las barreras que le contenían cuando hacían el amor. Necesitaba hacerle comprender lo mucho que le quería, y que le querría siempre.
Mordió y lamió su carne, excitándole tal y como él había hecho con ella. Cass se bajé del sofá y se arrodillo entre sus piernas. Tenía que darle más de sí misma de lo que jamás le había ofrecido a nadie. Tenía que demostrarle lo que sentía por él. Tenía que demostrarle que era su igual en todo, incluso haciendo el amor.
Apoyó la cabeza en su regazo, besando la piel que delimitaba la cinturilla de los vaqueros, hasta que él volvió a subirla sobre sus piernas, y allí, de rodillas, Cass tiró de su pelo hacia atrás y volvió a devorar su boca.
Rafe tiró de sus caderas para sentarla sobre él, directamente sobre su sexo. La sensación era demasiado buena para ser cierta, y ella manipuló el botón de los pantalones para poder sentirle sin barreras, mientras él levantaba su camisón por encima de las caderas.
—Rafe… —susurró ella.
—¿Llegas al bolsillo trasero? —le preguntó, y al levantar las caderas para separarse del respaldo, Cass gimió.
El preservativo estaba allí, en el bolsillo trasero, y Rafe dejó que se lo colocara antes de volver a besarla justo en el momento en que la penetraba.
La sensación fue como de fuego por las venas, y Cass arqueó la espalda para sentirlo hasta llegar al vientre. Quería ser ella quien llevase el control de la situación y se libró de las manos de Rafe que la sujetaban por las caderas.
—Déjame a mí —le susurré.
Lentamente repitió el movimiento, una y otra vez, cada vez más rápido, y el clímax fue acercándose hasta que un instante después, los dos lo alcanzaron. Cass se dejé caer sobre él, respirando con dificultad y preguntándose por qué la vida nunca había sido tan maravillosa antes.
—Eres mágica, Cassie.
—Rafe… —esperó a que su pulso recuperara un ritmo razonable y a ser capaz de formular un pensamiento coherente—. ¿No te gustaría que pudiéramos estar juntos siempre?
Él la miró con tal ternura que Cass se convenció de que tenía que ser amor. —Sí, claro que me gustaría.