El mercadillo estaba lleno de los sonidos de la Navidad y de gente contenta, algo que Rafe siempre había ignorado, pero que aquel día encontró agradable. Música navideña sonaba por los altavoces y cuando Andy se agarró de su mano para caminar entre la gente, él no sintió la necesidad de apartarse del afecto del niño.
—Éste es el que quiero —exclamó Andy.
El chiquillo no había parado de hablar desde que le habían recogido, y Rafe había preferido no ahondar en la desilusión que había sufrido al ver que Andy saludaba a su madre con un abrazo y a él no. Ciertas cosas era mejor no marearlas.
Volvió su atención al árbol. Dios del cielo. Hasta Charlie Brown tenía mejor gusto. ¿Aquel árbol larguirucho y casi desnudo era el que quería comprar? Hubiera querido apoyar su decisión, pero ¿qué podía decir?
—¿Tú qué opinas, Cass? Pues que es demasiado… alto. Él la miró y se encogió de hombros.
—Rozaría el techo —añadió él, confiando en que eso fuera lo que ella esperaba. No sabía bien como hacer esas cosas de padre.
—Podríamos cortarlo un poco, mamá —sugirió Andy.
¿Cómo sería Cass capaz de resistirse a la carita de su hijo? Si él fuese el padre de Andy, el niño estaría malcriado hasta resultar insoportable. Y es que la paternidad estaba resultando ser mucho más difícil de lo que se había imaginado.
Cass rodeó a su hijo con un brazo.
—No, no podemos. ¿Recuerdas lo que pasó con el del año pasado?
Madre e hijo se echaron a reír. La verdad es que aquel amor tan evidente entre ellos le hacía sentirse algo incómodo, pero al mismo tiempo, le llegaba muy adentro.
—Yo le ayudaré a podarlo —se ofreció, intentando que el chiquillo recuperase la ilusión que había desaparecido de sus ojos.
—No vas a tener que hacerlo, porque he encontrado otro árbol —dijo Cass—. Seguidme.
Rafe la observó caminar entre los árboles con aquel balanceo de caderas que era tan suyo, y deseó poder volver a tocar esas curvas.
—Aquí está —dijo, con los ojos brillantes—. Es el árbol perfecto.
Sacó un pino de tamaño medio de entre los demás y se lo enseñó. Las luces de Navidad que adornaban el mercadillo iluminaban su melena y la felicidad brillaba en sus ojos, y Rafe supo que conservaría aquella imagen para toda la vida.
Su selección había sido perfecta. Era un árbol con la altura y la corpulencia adecuadas para el salón.
—De acuerdo, mamá —dijo el niño tras dar una vuelta de examen al árbol. Pero Rafe ya no oyó el resto de palabras que madre e hijo se dijeron; lo único que podía ver era una Navidad de hacia tiempo, y a sí mismo de la mano de su padre comprando el árbol de Navidad. Siempre había sido trabajo de los hombres de la familia. Casi podía oler el tabaco de la pipa de su padre y su acento inglés al preguntar el precio del árbol. Le recordaba regateando con el vendedor y la alegría que había experimentado él porque su opinión se tuviera en cuenta.
—¿Rafe? —le llamó Cass. —¿Sí?
—¿Te gusta éste?
Su expresión confiada y llena de vida le rompió el corazón, y deseó abrazarla, protegerla durante el resto de su vida, asegurarse de que no le faltara de nada y de que su hijo tuviera un padre junto a quien crecer.
—Es precioso. No había visto otro más bonito, excepto el que Andy había elegido.
—No importa, Rafe. El de mamá es mejor. Vamos a pagar —añadió el niño, colgándose de nuevo de la mano de Rafe—. Mamá, tú quédate con el árbol.
Rafe se echó a reír. Para ser alguien tan pequeño de estatura, Andy podía ser una bulldozer cuando quería. Buscaron al dueño del puesto y Rafe sintió de nuevo el espíritu de su padre al regatear para bajarle el precio. Andy salió corriendo después a decirle a su madre que ya lo habían pagado.
—Un chiquillo muy guapo el suyo —comentó el vendedor.
El primer impulso de Rafe fue corregirle, pero es que la frase le había sonado tan bien, que no pudo hacerlo.
—Sí que lo es.
Cuando volvió a buscarlos, Cass le ofreció una pequeña sonrisa, y Rafe se la devolvió al tiempo que le alborotaba el pelo a Andy. Llevaron el árbol al Volvo y con la ayuda de Andy, lo sujetó con una cuerda para que no se tumbara.
—Muy bien, chicos. Vámonos a casa, que os voy a preparar un chocolate caliente —dijo Cass.
Rafe condujo de vuelta, todo el tiempo dándole vueltas a los cambios que habían ocurrido en él mientras estaban en el mercadillo. Le gustaba la idea de ser el padre de Andy, y eso le asustaba, pero sin pensárselo dos veces, se unió al villancico que Cass y Andy estaban cantando. No quería que nada le estropease la felicidad del día.
El buen humor de Rafe era contagioso. Gastaba bromas, se reía y cantaba los villancicos que ponían en la radio. Cass era consciente del esfuerzo que estaba
haciendo por disfrutar del día, y ojalá sirviera para que su relación fuese más fluida de allí en adelante, pero no quiso confiarse.
Sabía que Rafe odiaba las fiestas, que eran dolorosas para él y que le recordaban todo lo que había perdido, pero esperaba que aquel año pudiera ser distinto, que de alguna manera pudiera enseñarle a volver a amar.
Cass empezó a abrir las cajas para buscar las luces del árbol, y las encontró hechas un lío en el fondo de la última caja que abrió.
—Aquí están.
Rafe se quedó mirando aquella pesadilla de electricista que tenía en la mano e hizo una mueca.
—¿Qué demonios les ha pasado? —¡Rafe! —lo regañó.
—¡Cass! —exclamó él, imitándola—. Anda, dame las luces que voy a intentar arreglarlas.
—Mamá no es muy mañosa —comentó Andy.
—No, ya lo veo —contestó Rafe, sonriendo, y Cass le devolvió la sonrisa. —Pero no deberías hablar mal delante de ella.
Cass se mordió los labios para no echarse a reír. —Tienes razón, hijo. Lo siento, Cass.
Una disculpa de Rafe Santini. Cass no pudo evitar reírse, y Rafe le prometió venganza con la mirada.
—Voy a echarle un vistazo a las galletas mientras vosotros arregláis las luces. —El lugar de una mujer es la cocina.
Oyó el comentario de Rafe cuando salía del salón, pero prefirió dejar la respuesta para más tarde, cuando estuvieran solos.
Sabía que las cosas tardarían su tiempo con Rafe, y no es que esperase que quisiera casarse con ella o algo así, pero se alegraba de ver que había cambiado, que de ser un hombre que iba a pasar el día de Acción de Gracias en un bar, parecía empezar a mostrar otra actitud.
Sacó la mantequilla del frigorífico y colocó las galletas en la bandeja del horno, pero de pronto tuvo la sensación de que alguien la observaba, y al volverse, se encontró con que Rafe estaba en la puerta, apoyado contra el marco. Algo en su expresión le recordó la mañana en que se conocieron.
—¿Dónde está Andy? —le preguntó.
—Le he pedido que vaya a soltar a Tundra en el jardín de mi casa. ¿Te importa? —No, ¿por qué iba a importarme?
¿Qué estaría pensando? Estaba claro que no le gustaba su nueva forma de comportarse con su familia, pero parecía incapaz de evitarlo.
—No lo sé. No deberías dejar a tu hijo conmigo, Cass. No sabes que clase de influencia podría ejercer sobre él. Además, me paso el tiempo soltando tacos.
—¿Es que le has dicho alguno ahora?
—No, claro que no, pero ya sabes cómo soy.
El hecho de que estuviera preocupado por su lenguaje la tranquilizó.
—Estoy segura de que no va a pasar nada. Andy sabe que le castigaría si utilizase esa clase de palabras.
—¿Le castigarías por algo que yo le hubiera enseñado?
—No es que fuese a pegarle, Rafe. Si usa esa clase de palabras, no come postre. —Estás de broma, ¿no?
—Hombre, a veces yo también utilizo palabras que no debiera, así que tiene que ser un castigo que nos valga a los dos. Como no le doy dinero, lo de poner una hucha de castigo no servía.
—Buena idea, Cass.
—Gracias. Ven a comer unas galletas.
—Mejor será que siga tus reglas mientras esté en tu casa, ¿no te parece? —Claro, pero ¿por qué no quieres comerte una galleta?
—Pues porque llevo hablando mal desde que tenía catorce años. —Rafe…
—Y no me mires así —protestó, abrazándola. —¿Así, cómo?
Cass echó la cabeza hacia atrás y le miró a sus brillantes ojos azules.
—Pues de esa manera que sólo me da ganas de besarte hasta que pierdas el sentido.
—Ah…
Cass se humedeció los labios, esperando tentarle para que la besara, pero él se limitó a acercarse tanto a ella que pudiera sentir su respiración en la boca.
—Rafe… —susurró, muriéndose por que la besara. —¿Qué?
Pues si lo que quería era que ella tomase la iniciativa, lo consiguió, y se besaron apasionadamente, con la sangre hirviéndole por las venas, hasta que de pronto, oyeron cerrarse la puerta de la entrada y Cass se separó de inmediato.
—Demonios —murmuró él, pasándose la mano por el pelo—. Eres una tentación que no puedo vencer.
—No deberías haberte aventurado en mis dominios. Rafe arqueó las cejas.
—Me rindo.
Andy entró en la cocina y se lanzó a por una de las galletas que se enfriaban en la encimera.
—Lávate las manos, Andy —le dijo su madre. —Jo, mamá.
—Jo, hijo.
Andy se lavó rápidamente las manos y volvió a entrar en la cocina. —¿Qué hay de cena?
—¿Qué os parecería una pizza? —sugirió Cass. —¡Genial! —exclamó Andy.
—Pues venga, vámonos —dijo Rafe.
A Cass le pareció buena idea. Tenían que alejarse de la casa. No podía confiar en sí misma a solas son Rafe, y es que aquel hombre le hacía hervir la sangre con tan sólo mirarla.
El aire de la noche había refrescado bastante. Incluso Rafe se había puesto un jersey para sentarse en el columpio del porche. Cass se apoyó sobre su hombro. Siempre se había imaginado que así debería ser la vida de una pareja casada, pero Carl había estado siempre demasiado ocupado para tener tiempo de sentarse en el porche.
Varias casas del vecindario habían decorado los jardines para Navidad y las luces de los Papá Noel y sus venados iluminaban suavemente la calle.
—Rafe, necesito que me des un consejo.
—Dispara —contestó él, mientras colaba la mano entre el jersey y su blusa. —Si no te estas quieto, no puedo concentrarme.
Él suspiró exageradamente. —Este bien. Te escucho.
—He decidido que Andy empiece a tomar clases de karate en enero. He pensado que las clases sean un regalo de Navidad.
—¿Y?
Cass se volvió a mirarlo.
—No estoy segura de que sea una buena decisión. Es que ya sabes que él nunca ha hecho deporte, y como tú mencionaste lo de las artes marciales, yo he pensado que…
Sabía que estaba dándole demasiadas vueltas al asunto, pero es que no estaba segura de haber tomado la decisión adecuada. Necesitaba que alguien le dijera que lo
había hecho bien. Incluso había llegado a pensar que se había decidido por complacer a Rafe.
—No sé, Cass. Yo estoy convencido de que practicar deporte ayuda a los niños a crecer, pero no tengo ni idea de cómo puede afectarle a Andy en concreto. Las artes marciales se basan en la disciplina, y estoy seguro de que él te escucharía si tú le dijeras que no saliera de casa.
—¿Pero crees que he hecho bien?
Él la miró y su rostro era una confusa masa de emociones.
—No me preguntes a mi, Cass. Yo no soy su padre, y no tengo ninguna experiencia con niños, así que no puedo ayudarte.
Cass se levantó y se acercó a la barandilla del porche. Cada conversación que tenían parecía terminar invariablemente en ese punto.
—Rafe Santini, me vuelves loca.
—Lo sé —contestó él, acercándose—. Lo sé, pero no quiero darte un consejo equivocado, y creo sinceramente que no estoy cualificado para darte una opinión.
—Está bien. No pretendía presionarte —le dijo, apoyándose en él.
—¿Ya hemos terminado de hablar? —le preguntó, jugando con el cuello de su chaqueta—. ¿Quieres que entremos?
—Sí —contestó, intentando volverse, pero él no se lo permitió, sino que desabrochó los botones de su chaqueta y acarició su piel por encima del fino tejido de algodón—. ¿Y Andy?
Entre el índice y el pulgar acarició sus pezones, y Cass los sintió endurecerse. —Supongo que tendremos que esperar a otro momento —contestó el, desilusionado, y volvió a abrocharle la chaqueta antes de volver al columpio. Cass se sentó a su lado y dejó que el movimiento del columpio la adormeciera.
—Quiero estrenar mi camisón contigo —dijo ella después de unos minutos. —Vámonos a pasar fuera el fin de semana.
—Me encantaría, Rafe.
Un fin de semana juntos sería lo más excitante que le habría ocurrido desde hacía mucho tiempo, pero sabía que Rafe nunca llegaría a aceptar los lazos con su familia si le permitía que la tratase como a una mujer soltera.
—Me da la impresión de que vas a contestar que no.
No parecía resignado o desilusionado, sino consciente de que no podía huir y dejar a Andy con su abuela cada dos por tres.
—Voy a ponértelo más fácil —dijo él—. Podemos llevarnos también a Andy e irnos a Busch Gardens, en Tampa.
—¿De la ciudad? ¿Ir a Disney? ¿A EPCOT? ¿De verdad te apetece estar rodeada de tanta gente?
—No, pero no quiero irme estando tan cerca la Navidad. Tengo un montón de cosas que hacer.
—De acuerdo. Esperaremos a que pasen las fiestas.
A Cass le pareció bien y el silencio volvió a rodearles. Se quedaron en el columpio hasta que el frío les obligó a entrar. Cass supo entonces lo que iba a hacer: antes de Navidad, le pediría a Rafe Santini que se casara con ella.