De qué modo se demuestra la resurrección de Cristo con pruebas convenientes.
Habiendo Cristo anticipado su resurrección para que fuese en nosotros una razón experimental que nos hiciera esperar nuestra resurrección, necesario fue, para inspirarnos esta esperanza, que su resurrección y todas las cualidades que son consecuencias suyas, se demostrasen con pruebas convenientes. Cristo no manifestó su resurrección indiferentemente a todos, como manifestó su humanidad y su pasión, sino solamente a testigos escogidos por Dios, es decir, a sus discípulos, elegidos por Él para obrar la salvación del género humano, porque el estado de la resurrección, como ya se dijo, pertenece a la gloria del comprensor, cuyo conocimiento no es debido a todos, sino a los que se hacen dignos de Él. Cristo les manifestó la verdad de la resurrección, y la gloria que es consecuencia suya; la verdad de la resurrección, manifestando que Él mismo era el que había muerto, y que realmente había resucitado en cuanto a la naturaleza y en cuanto al supuesto. En cuanto a la naturaleza, porque demostró que era verdaderamente un cuerpo humano,
dejándose ver y tocar por sus discípulos, a quienes dijo por San Lucas, XXIV: "Tocadme y vedme; un espíritu no tiene carne y huesos como Veis que yo los tengo". Lo manifestó también ejerciendo actos propios de la naturaleza humana, comiendo y bebiendo con sus discípulos; comiendo muchas veces y andando con ellos, cosas todas que son actos de un hombre vivo, aun cuando la acción de comer no fuera una necesidad. En efecto: los cuerpos, incorruptibles después de la resurrección, no tendrán necesidad de alimento, porque en ellos no habrá pérdidas que sea necesario reparar. Esta es la razón por qué los alimentos que Cristo tomó no se trasformaron en su cuerpo para nutrirle, sino que se resolvieron en la materia preyacente. Sin embargo, por lo mismo que comió y bebió, demostró que era verdadero hombre.
En cuanto al supuesto, probó también que Él era. el mismo que había muerto, haciéndoles ver en su cuerpo los indicios de su muerte, es decir, las cicatrices de sus heridas, y por esto dijo a Santo Tomás (San Juan, cap. XX) : "Mete tu dedo aquí, mira mis manos, dame la tuya, y métela en mi costado". En, el último capítulo de San Lucas dice: "Mirad mis manos y mis pies, porque soy el mismo". En virtud de una disposición particular, conservó en su cuerpo las cicatrices de sus heridas, para que fueran prueba de la verdad de la resurrección; porque los cuerpos incorruptibles deben tener después de la resurrección una integridad completa, aun cuando pueda decirse que ciertos indicios de las heridas que se infirieron antes a los mártires aparecerán en sus cuerpos con cierta gloria en testimonio de su valor. Cristo demostró también que era el mismo supuesto, ya por el modo de hablar, ya por otras acciones que dan a conocer al hombre; y en virtud de esto sus
discípulos le reconocieron en la fracción del pan. Luc. XXIV. También se les apareció en Galilea, donde solía hablar con ellos. Además demostró la gloria de su resurrección entrando en el lugar en que estaban con las puertas cerradas, y desapareciendo a su vista, San Juan, XX, y San Lucas, cap. último. En efecto: pertenece a la gloria de un ser resucitado la facultad de aparecer o desaparecer, cuando quiera, en visión gloriosa. Sin embargo, como el fin de la
resurrección ofrecía dificultad, demostró con muchos indicios, ya la verdad de la resurrección, ya la gloria de un cuerpo resucitado, porque si hubiera demostrado totalmente la condición inusitada de un cuerpo glorificado, hubiera perjudicado a la fe de la resurrección, en atención a que la inmensidad de esta gloria hubiera podido excluir la opinión de la misma naturaleza; así lo manifestó, no sólo con signos visibles, sino también con pruebas inteligibles, iluminando la inteligencia de aquellos para hacerles comprender las Escrituras, y demostrando que debía resucitar, según los Profetas.
CAPÍTULO CCXXXIX
De la doble vida reparada en el hombre por Cristo.
Así como Cristo con su muerte destruyó nuestra muerte, así también con su resurrección reparó nuestra vida. La muerte y la vida son de dos clases en el hombre. La muerte del cuerpo, que consiste en su separación del alma, y otra que consiste en su separación de Dios. Cristo, en quien no tuvo lugar la segunda muerte por medio de la primera muerte que sufrió, esto es, la corporal, destruye en nosotros una y otra muerte. Del mismo modo, y en sentido inverso, hay dos vidas, una del cuerpo, que procede del alma, y es llamada vida de la naturaleza; otra, que procede de Dios, y es llamada vida de la justicia o vida de la gracia. Esta última vida se opera por la fe, mediante la cual Dios habita en nosotros, según estas palabras de Habacúc, II: "Mi justo vive en su fe". Por esta razón hay dos clases de resurrección: una corporal, por la cual el alma se reúne nuevamente al cuerpo, y otra espiritual, por la cual se une nuevamente con Dios. Esta segunda resurrección no tuvo lugar en Cristo, porque su alma jamás estuvo separada de Dios por el pecado. Por consiguiente, en virtud de su resurrección corporal es causa de nuestra doble resurrección, la corporal y la espiritual. Sin embargo, debemos observar que, como dice San Agustín super Joan.: "El Verbo de Dios resucita a las almas; pero el Verbo hecho carne resucita los cuerpos", porque sólo pertenece a Dios vivificar el alma. Pero como la carne es el
instrumento de su divinidad, y como el instrumento obra por la virtud de la causa principal, nuestra doble resurrección corporal y espiritual se refiere a la resurrección corporal de Cristo como a su causa. En efecto: todo lo que operó en la carne de Cristo fue saludable para nosotros, por la virtud de la divinidad unida a Él, y esta es la razón por qué demostrando el Apóstol que la resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección espiritual, dice en la epístola a los Romanos "que fue entregado por nuestros pecados, y que resucitó para nuestra justificación". Que la resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección corporal, se demuestra también por estas palabras de la epístola a los Corintios, XV: "Si decís que Cristo ha resucitado, ¿cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos?" Con razón
admirable atribuye el Apóstol la remisión de los pecados a la muerte de Cristo, y nuestra
justificación a su resurrección, para designar la conformidad y semejanza del efecto con la causa, porque así como se quita el pecado cuando es remitido, así también Cristo al morir dejó la vida pasible en que se encontraba la semejanza del pecado. Cuando uno es justificado adquiero una nueva vida, y por lo mismo, resucitando Cristo adquirió una nueva gloria. Así, pues, la muerte de Cristo es la causa de la remisión de nuestros pecados, efectiva como instrumento y ejemplar sacramentalmente y meritoria. La resurrección de Cristo fue causa de nuestra resurrección, causa efectiva, a la verdad, como instrumento, y ejemplar sacramentalmente; pero no meritoria, ya porque entonces Cristo no era viador para que pudiera merecer, ya porque la gloria de la
resurrección fue el premio de la pasión, según se ve en la epístola de San Pablo a los Filipenses, II. Es evidente, pues, que Cristo pudo ser llamado primogénito de los que resucitaban de entre los muertos, no sólo en el orden del tiempo, porque fue el primero que resucitó, según las profecías, sino también en el orden de la causa, porque su resurrección es la causa de la
resurrección de los demás: y además, en el orden de la dignidad, porque resucitó mucho más glorioso que los demás. Este es el dogma de la resurrección de Cristo que el Símbolo de la fe formula en estos términos: "Al tercer día resucitó de entre los muertos".